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Hasta siempre, querida Lilibet

El final de una serie que te ha acompañado durante varios años a lo largo de sus diferentes temporadas es siempre amargo. Estas Navidades varios usuarios de Twitter recordaban el último capítulo de David el Gnomo, que no era solo un epílogo —en el que después de veintiséis episodios, el protagonista, al cumplir los 400 años, acababa convertido en un árbol—, sino también el descubrimiento de nuestro fatal destino, la llegada de la parca. Esas imágenes quedaron en la retina de los niños de toda una generación, que también lidió con el fallecimiento de Chanquete en Verano Azul; discutió sobre lo que en realidad le había pasado a Tony después de ese fundido a negro con el que concluyeron Los Soprano; y descubrió el final de la juventud —de la real y también de la inventada— cuando Chandler —en la primera de las dos veces que murió Mathew Perry— hizo aquella fatídica pregunta al resto de protagonistas de Friends: «¿Dónde?». Esa sensación de desamparo me ha vuelto a invadir al despedir a Lilibet.

"El gran acierto ha sido volver a poner en el centro de la narrativa a la gran protagonista del relato, Lilibet, situar a la persona por encima del personaje que la historia le hizo interpretar, el de la reina Isabel II"

Había prometido administrarme los últimos capítulos de The Crown, pero la impaciencia me pudo. Después de experimentar tedio agudo con los capítulos dedicados a la pareja más aburrida de la historia de la humanidad, Dodi Al-Fayed y Lady Di, me habían entrado dudas de qué podía ofrecer Peter Morgan —el creador de la ficción— en su despedida. Dividida en dos partes, la sexta temporada cerró la primera tanda con una brillante entrega, «Aftermath», el puente necesario, después del tostón sufrido con el heredero de Harrods y Diana Spencer, hacia una colección de pequeñas obras maestras —entre las que destaca el que posiblemente sea el mejor capítulo de los sesenta de esta ficción, «Ritz», una oda a la vida, la amistad y el amor fraternal—. Esos seis episodios han servido para despedirnos de esta serie con el gran aplauso que se merece. El gran acierto ha sido volver a poner en el centro de la narrativa a la gran protagonista del relato, Lilibet; situar a la persona por encima del personaje que la historia le hizo interpretar, el de la reina Isabel II. No es casualidad que los mejores momentos los hayamos vivido con esas historias en las que la soberana se mostraba desnuda, humana: «Aberfan», en el cual la monarca visita un pueblo minero galés asolado por la tragedia; «Fagan», en el que un misterioso asaltante se cuela en los aposentos reales; y «El golpe», donde la reina fantasea sobre cómo habría sido su vida fuera del trono. Mención aparte merecen esos espléndidos momentos durante los encuentros con los primeros ministros, que sirvieron para definir al personaje por sus relaciones con cada uno de ellos: desde la admiración hacia Churchill, pasando por la inesperada sintonía que tuvo con el laborista Wilson, a la rivalidad con la Dama de Hierro y la desconfianza que le provocaba Tony Blair.

"Ese luminoso paseo hacia su final me recuerda a los vividos antes y me apena igualmente. Ya solo me queda decir adiós de nuevo a David, a Chandler, a Chanquete y a Tony"

Despedimos a Lilibet con esa imagen de Imelda Staunton acompañada de Claire Foy y Olivia Colman, las tres actrices que han interpretado a la reina, las tres versiones de una mujer que llevó el timón de un país que empezó el siglo XX liderando el mundo y ha llegado al XXI como un invitado despistado en una fiesta a la que ni él mismo saber por qué lo han invitado. Si algo ha caracterizado a The Crown a lo largo de estos años ha sido su gran carga visual, con fotogramas poderosos como los del entierro de Churchill o esa imagen aterradora de un príncipe de Gales que al girarse descubre a su familia observándole con el colmillo retorcido. La serie de Peter Morgan se despide con dos planos sensacionales, los dos cenitales. El primero de ellos —que tiene lugar pocos minutos antes del fin de «Ritz»— nos muestra a las dos hermanas, Margaret y Elisabeth caminando hacia su destino, Buckingham Palace, después de haber disfrutado de una noche de diversión como las dos jóvenes que eran, como las dos hermanas que se quisieron hasta el final. El segundo, el último, lo presenciamos desde la parte alta de una iglesia, cuya enorme nave recorre la reina a pasos cortos, una mujer a la que todavía le faltan casi veinte años para su funeral, pero que se ha enfrentado a su mortalidad durante todo el capítulo. Ese luminoso paseo hacia su final me recuerda a los vividos antes frente al televisor y me apena igualmente. Es momento de decir adiós de nuevo a David, a Chandler, a Chanquete y a Tony. Suena música de gaitas, y con las notas de «Sleep, Dearie Sleep» todavía en mi cabeza, solo me queda decirte: hasta siempre, querida Lilibet.

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