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Hay que salvar al Presidente

Remil es el protagonista de una exitosa trilogía literaria de espionaje político escrita por el periodista y escritor Jorge Fernández Díaz. La nueva serie del escritor, Política Ficción que lleva un lema sarcástico: “Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad”, se publicará todos los martes en Zenda. A continuación, compartimos la segunda entrega, Hay que salvar al Presidente.

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Desde que lo balearon en el puerto de Olivos y casi lo mandan al otro barrio, Leandro Cálgaris utiliza para caminar un bastón de estoque con empuñadura de galgo de ébano: el coronel practicó esgrima desde joven y la hoja delgada de acero puro que lleva escondida podría atravesarle el corazón a cualquiera. El servicio de Inteligencia técnicamente no nos ha retirado todavía, pero nos ha quitado el mando y nos mantiene en un nuevo limbo, que Cálgaris aprovecha para gerenciar sus empresas y tomar café con los políticos, y yo para cumplir encargos de ganapán y algunos de sus caprichos de ocasión. Nuestro interlocutor de esta tarde es un norteamericano de origen cubano, mirada dura y lentes con armazón de metal. Estamos saboreando unas copas y fumando en el Oak Bar del Palacio Duhau. El yanqui mordisquea un Partagás; Cálgaris, una de sus pipas con tabaco aromático: es una conversación a media voz, con apropiada música de fondo. Nuestro interlocutor dirige una compañía de seguridad privada llena de ex analistas y operativos de distintas agencias de los Estados Unidos: le dicen la “CIA paralela”; hay cosas que la Embajada no puede ni debe hacer. Usa siempre una primera persona del plural para nada enigmática y le explica a Cálgaris, aunque lo hace de manera oblicua, que últimamente han invertido mucho dinero en nuestro país y que los “amigos argentinos”, en tanto son una fuerza aluvional e improvisada, resultan bastante desprolijos: “Nos gustaría proteger al Presidente de sí mismo”, desliza de manera elegante. En menos de tres o cuatro años, se han subido a esa nave de locos y desesperados unos seiscientos dirigentes de primera línea y miles de funcionarios y militantes desconocidos; algunos provienen de la actividad privada o de otros partidos, pero muchos son lúmpenes de la “casta” y personajes de gruesos prontuarios que fueron aceptados porque de pronto juraron haber visto la luz, o porque aportaron fuerte para el financiamiento de la campaña. “Las revoluciones son así”, devuelve el coronel, y el yanqui encaja la ironía sin sonrisas, envuelto en humo. Le parece que “estos chicos” no han sido efectivos al “escanear” a su propia tropa, conoce la propensión que tienen a pegarse tiros en los pies y la agencia necesita un baqueano experto en el territorio local que le aligere un poco la faena.

"Hay un cónclave en la agencia, se acepta mi propuesta y se resuelve una planificación conjunta"

El coronel traza un diagnóstico general, con algunos ejemplos penosos o risibles, y lo que sigue son una serie de reuniones que ya se organizan en las suntuosas oficinas que abrieron sobre la Plaza San Martín. Mientras nos presentan a los gerentes, a los investigadores y al personal de soporte —tienen una tecnología increíble y por supuesto ilegal—, nos ofrecen unos despachos sin vista al exterior y nos hablan de Rosalía H., que consiguió no se sabe cómo ubicarse muy cerca del círculo áulico, en Balcarce 50, y a quien sus jefes la han habilitado para “intercambiar información sensible” con la diplomacia. Al yanqui le preocupa un antecedente turbio de ella, una antigua causa por lavado de activos que se cerró por falta de pruebas. Cálgaris me ordena revisar nuestros archivos, pero Rosalía nunca estuvo en nuestro radar: al juez sí lo tenemos fichado; también a un ex marido que anda flojo de papeles. El coronel les explica que esos dos tipos tienen una sola cosa en común, un padrino político que es uno de los más poderosos y ubicuos jefes de la oposición. “Un mal paso lo da cualquiera: ninguna mujer tiene la culpa de haberse casado de joven con un sinvergüenza —reflexiona—. Pero como es una enfermedad contagiosa habría que ‘caminarlos’ un rato. A ella con mucho cuidado, no sea cosa que levantemos la perdiz de nuestros propios colegas”.

Comparto el comando con un ex agente de campo de la DEA que es callado y eficaz, y también con un equipo que está en otro nivel: es como andar en una Ferrari después de haber manejado un Falcon. Las intervenciones y los seguimientos llevan igualmente una semana larga. Ella trabaja de sol a sol en la gestión de gobierno, y parece gozar de una gran confianza; él se empeña a fondo en hacer negocios con distintas administraciones públicas y, por lo tanto, en mantener contactos en todo el espectro político, que incluye frecuentes viajes al interior. Un día los separados se reúnen, en un hotel de la zona de Cardales, donde pasan un fin de semana romántico y muy discreto. No parece prudente ni fácil pincharle el teléfono a ella, y él tiene cinco celulares diferentes. Le recomiendo al coronel una acción directa. Sus fuentes de tribunales le actualizaron la vida y obra del juez que “indultó” a la damisela en apuros: su señoría tiene fortuna inexplicable y vida opulenta, y la promesa firme del padrino de ascenderlo este mismo año a camarista. Hay un cónclave en la agencia, se acepta mi propuesta y se resuelve una planificación conjunta.

"Una piba del departamento de Informática abre el Ipad con la misma facilidad con que yo abro una lata de sardinas"

Esperamos que el ex marido salga a almorzar con unos clientes para asaltarle las oficinas, que quedan sobre la calle Reconquista. Desactivamos antes las cámaras del edificio, y subimos por la escalera: somos tres y vamos encapuchados y con escopetas recortadas. Es un departamento de cuatro ambientes, y trabajan seis personas: una se desmaya del susto, las otras obedecen sin chistar. Sólo una secretaria amaga resistir la orden de abrir la caja fuerte, aduciendo que no conoce la clave, pero cambia de parecer cuando tiro de la corredera y le apoyo el cañón en la boca del estómago. Adentro hay papeles, tres fajos de dólares y un Ipad de última generación. Nos llevamos en tres bolsones todas las computadoras —aunque nos interesa sólo una—, y además todos los móviles, y los encerramos a los seis empleados en un baño estrecho. Cuando intentamos salir, el encargado nos sorprende en planta baja, pero sin que le digamos nada, se tira al piso y pone la cara contra el zócalo: no quiere ni el mínimo problema. Una piba del departamento de Informática abre el Ipad con la misma facilidad con que yo abro una lata de sardinas. Nos reparten a todos copias de los chats y los mails más jugosos: el dueño se escribe a diario con varios peces gordos, y también con su padrino político, a quien le envía la información confidencial que le transmite verbalmente su ex esposa. Rosalía H. filtra decisiones de gabinete, secretos de política exterior, estrategias mediáticas y militares, negociaciones parlamentarias y pecados de palacio. Uno de los jefes de la oposición sabe al detalle qué se cocina en la Casa Rosada y puede anticipar jugadas, bloquear operaciones y desbaratar planes.

"La mujer está pálida y ojerosa, acepta estrechar las manos y se sienta en un sillón, aunque se mantiene rígida"

Cálgaris sugiere ahora un encuentro cara a cara con la dama. Se le envían por mail algunos diálogos de su ex esposo con su padrino, y se la cita en Oak Bar. Me aseguro de que Rosalía llegue sola y luego la sigo hasta la mesa donde el yanqui y el coronel fuman. La mujer está pálida y ojerosa, acepta estrechar las manos y se sienta en un sillón, aunque se mantiene rígida. No escucho la conversación, pero veo que Cálgaris gira todo el tiempo su bastón: el galgo de ébano pega vueltas y vueltas mientras el yanqui con acento cubano se toca a cada rato los lentes de armazón de metal y la señorita tiene conatos de llanto. Después todos se ponen de pie y continúan la charla en el estribo. Rosalía suspira, asiente y se dirige hacia la puerta, y al pasar junto a mí ni siquiera me registra. No tardará una semana en presentar su renuncia “por cuestiones de salud” y el hecho ni siquiera saldrá en los diarios, porque los periodistas no la conocen. “Un topo —dice Cálgaris, y le enciende a su socio otro habano—. ¿Cuántos topos le habrán sembrado al señor Presidente?”. El yanqui inhala con la vista perdida, y responde: “Muchos, muchos”.

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Otras entradas de esta serie:

La Navidad de los corruptos

Relatos publicados en el diario La Nación de Argentina

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