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Herederos en apuros (Arresto domiciliario 49)

Herederos en apuros (Arresto domiciliario 49)

El más grande problema de los confinados es también nuestra única riqueza incalculable: el tiempo. Hay quienes a esta hora ven el suyo agotarse sin remedio, mientras otros no sabemos qué hacer con la cantidad de horas que el encierro nos ha puesto en las manos. Es como si heredaras un capital inmenso, y con él incontables dolores de cabeza. Sabemos, además, la mala fama que tienen los herederos como administradores. Se gastan la marmaja con la facilidad que el yonqui mata el tiempo.

Mucho se habla de las incalculables pérdidas económicas que habrá de generar esta pandemia, si bien apenas se presta atención al enorme derroche de horas-hombre que por ahora ocurre en el planeta. Según mis cálculos, dos horas-hombre equivalen aproximadamente a media hora-mujer. Ahora, por ejemplo, mi correclusa duerme profundamente, tras haber exprimido a conciencia los minutos del día, mientras yo me desvelo por causa de mi mala administración. Mucho confinamiento, pero en términos prácticos somos legión los hombres que vivimos en la Luna. Especulemos ahora, para mi desagravio, en cuántas horas-Trump podría cotizarse una sola hora-Merkel.

"Ahora intenta explicarle a quien vive enjaulado y disperso que esta montaña de horas tiene algún sentido"

Se teme uno que los problemas demasiado voluminosos —digamos, una cuarentena indefinida— no tengan solución. Luego, técnicamente, ni problemas serían. A menos que los rompas en problemitas y vayas resolviéndolos uno detrás del otro. Es así que se escriben las novelas, en cuya construcción suelen emplearse cantidades de tiempo equiparables a una ejemplar sentencia judicial. Leemos o escribimos las novelas para escapar del caos de la vida real hacia un mundo ordenado, sucesivo y exacto donde nada sucede porque sí. Ahora intenta explicarle a quien vive enjaulado y disperso que esta montaña de horas tiene algún sentido.

Como su nombre ciertamente lo indica, la única herramienta que permite lidiar con tantas horas plúmbeas y vacías es el horario. No tener uno más o menos definido —ya sea por inercia o en el curioso nombre de la libertad— es resignarse a vivir como esclavo de las manecillas. Pues si al fin tengo tres o cuatro veces más tiempo disponible del que necesito y no sé en qué gastármelo, será ese tiempo el que me tenga a mí. Solamente el gandul profesional —conozco a algunos cuantos, los admiro en secreto— cuenta con el preciso adiestramiento para jamás cansarse de no hacer nada, igual que el heredero inconsecuente dilapida hasta el último centavo de lo que nunca fue en realidad suyo.

"Los horarios caen como salvavidas entre las aguas puercas del nihilismo"

Hasta para cumplir función de droga, el trabajo requiere de alguno que otro límite. Pongamos, por ejemplo, la columna semanal del periódico. Sabes que a cierta hora se cierra la edición, y que ésta va a salir con o sin ti. Esa sola rutina basta para obligarte a hacer tierra cuando menos un día de la semana. Y hoy que además de un manuscrito en la recta final tengo un Cuarentenario esperando en mi cama, los horarios caen como salvavidas entre las aguas puercas del nihilismo.

Siempre hacen falta un antes y un después, un claro desde entonces y un estricto hasta aquí. Incluso el más idiota de los juegos necesita de algunas cuantas reglas. A algo menos de mil doscientas horas del inicio de nuestra relación, Cuarentenario My Love, me horroriza pensar qué habría hecho con semejante herencia sin tu eficacia como capataz. Ahora guarda ese fuete. Vámonos a dormir, que el tiempo apremia.

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