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Hermano Sol, hermana Luna, hermana Tierra

Hermano Sol, hermana Luna, hermana Tierra

“No, la vida no funciona así: la vida no necesita un jefe”.

¿La vida, qué vida? ¿Mi vida, tu vida, nuestra vida? No, la vida sobre la Tierra. Cuando el neurobiólogo vegetal y profesor en la Universidad de Florencia Stefano Mancuso habla de vida no se refiere a la vida de los humanos, sino a toda vida, humana, no humana, a lo que llamamos animales y a lo que llamamos plantas. Me fascina Mancuso porque tiene absolutamente asumido, y asume que nosotros, humanos, lo asumimos también, que existe un todo y el ser humano es solo una parte mínima del engranaje de este todo. Si no entiendes esto, lectora, lector, no podrás entender este libro. El cántico de la Tierra (Galaxia Gutenberg) es el manual del universo hecho poesía y hecho ciencia. Porque, ¿quién dijo que una y otra no tuvieran que ver?

El título del libro se refiere a El Cántico de las criaturas, de San Francisco de Asís, el primer poema en lengua italiana, que cumple ahora ochocientos años. Este ensayo está inspirado en ese bellísimo poema que tiene ahora más actualidad y necesidad de ser proclamado que nunca. El hermano Sol, la hermana Luna, el hermano Viento, la hermana Agua, el hermano Fuego, la hermana Madre Tierra, la hermana la Muerte Corporal, cada capítulo relata una parte de nuestro ecosistema terráqueo.

“Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente mi señor el hermano Sol,
que es el día, y por él nos iluminas.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana Luna y las estrellas:
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas”.

Me llevo de viaje el libro, con sus hermosas ilustraciones, monotipos firmados por el autor. El monotipo es una técnica de grabado que consiste en dibujar directamente sobre una superficie lisa, un cristal o un metal, y cuyo efecto es un dibujo con bordes un tanto borrosos y una textura que parece vegetal. Así que me llevo el libro de viaje como si tuviera hojas prensadas entre sus palabras. Resulta que me voy a Roma y resulta que cerca de mi alojamiento se encuentra el Museo de los Capuchinos, una rama de los franciscanos. San Francisco fundó los franciscanos en el siglo XIII, una orden que se extendió rápidamente por toda Europa. Tres siglos después nacieron los capuchinos, con el propósito de retornar a la vida de pobreza radical de San Francisco. Mancuso explica bien que el ideal de Francisco era el desposeimiento absoluto. Los franciscanos no podían ser ni dueños de sus sandalias. ¿Por qué? Porque todo es de todos. El ser humano no posee la Tierra, ni el agua, ni el viento, ni la Luna. Mancuso da valor a eso que nos parece tan obvio. Pongamos, por ejemplo, el suelo. El suelo, la delgada capa de suelo que cubre la Tierra —de solo 30 centímetros—, es una de nuestras posesiones más valiosas y la estamos destruyendo despreocupadamente y, sin embargo, para conseguir 114 milímetros de suelo se necesitan mil años. Pongamos, por ejemplo, el agua que ha provocado casi dos mil guerras en la historia de la humanidad. Los datos se extienden por el libro, al tiempo que las palabras de Mancuso ordenan, susurran, a veces ríen, y siempre seducen.

"Mancuso desgrana en el libro los horrores que hemos llevado a cabo los humanos, pero también narra la vocación de comunidad de la vida"

El Museo de los Capuchinos resulta mucho más escalofriante que el libro de Mancuso. No es ese San Francisco que encuentro allí el que respira en sus páginas. En el museo hay una célebre cripta llena de huesos y calaveras, que un monje extravagante dispuso artísticamente. Pero también hay un hábito franciscano, remendado, agujereado, desteñido. Y eso es lo que más se parece al libro de Mancuso. Esa simplicidad, esa sencillez. Hasta la parte más humilde de la vida en la Tierra, una célula, por ejemplo, tiene un espacio relevante en la disposición del universo.

Mancuso desgrana en el libro los horrores que hemos llevado a cabo los humanos, pero también narra la vocación de comunidad de la vida. Se opone a los darwinistas extremos, aquellos que creen en la supervivencia del más fuerte. Recuerda a la célebre investigadora estadounidense Lynn Margulis, quien hizo un descubrimiento esencial: que las células complejas surgieron gracias a la cooperación entre bacterias que se integraron unas dentro de otras. O como recoge Mancuso: “La vida no conquistó la Tierra a través de la lucha, sino a través de la cooperación”.

Salgo del museo y de la cripta con el libro en la mochila. El último capítulo de este ensayo se titula Nuestra hermana la muerte corporal. Quizá esa cripta con sus esculturas hechas de huesos tenga que ver con ese capítulo. Me siento en las escaleras de la iglesia a terminar el libro. Y lo que sucede es que me doy cuenta de que este libro nada tiene que ver con esos huesos. Porque cuando un ser vivo muere, sus componentes no son exhibidos, son reutilizados por otros organismos. Exhibir los huesos no es algo que haga la naturaleza. Imagino que a San Francisco no le hubiera gustado ni el museo ni la cripta. Imagino que a Mancuso, tampoco. Dice Mancuso que “la muerte no es más que una herramienta que la vida utiliza para prosperar, no su más feroz antagonista”. Dice también que la muerte y la comunidad trabajan juntas a favor de la vida. Y entonces entiendo que la vida no necesita un jefe porque lleva millones de años sosteniéndose a sí misma gracias a la más revolucionaria de las estrategias: la cooperación.

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Autor: Stefano Mancuso. Título: El cántico de la Tierra. Traducción: David Paradela López. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros.

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