Un hombre camina por las calles de una ciudad de provincias —ese concepto—. Quizá lleva un periódico bajo el brazo, quizá lleva un maletín con su portátil, quizá un libro, seguro, un móvil que nunca usa, y lleva también la cabeza llena de ideas que van y vienen, el saludo en la boca, la sonrisa, conoce a todo el mundo y se para a charlar cada cinco minutos, y su cabeza le dice “aquí hay una buena frase, esto para el diario”, la luz hace un quiebro raro al encontrarse con las vidrieras de la catedral, “esto para el diario”, se toma unos cortines en un bar y el dueño le cuenta esto y lo otro y piensa “esto para el diario”. Entonces me encuentro a ese hombre, porque ese hombre es un flâneur, el flâneur fiscal y escritor, y siempre que voy a esa ciudad de provincias, León, me lo encuentro al azar más o menos a la altura del mismo bar —La Trébede— y siempre es mediodía y siempre me invita a un prieto picudo y habla de esto y de lo otro y yo pienso: “Está pensando que esta conversación puede ir para ahí, para el diario”. Porque ese hombre es un cazador, caza conversaciones, anécdotas, momentos que se escapan, momentos de belleza, de ironía, incluso un dolor aquí, una tristeza acá. Porque ese hombre, Avelino Fierro, es un flâneur de la vida, ni más ni menos.
Y eso, su vocación de flâneur de la vida la vuelca en los diarios, de los que ya lleva cinco volúmenes publicados, y hoy vamos a escribir del que acaba de ver la luz y en el que por primera vez habla de su oficio de fiscal en León: Vidas de jurista (Renacimiento).
Escribe Fierro:
“Me veo plácido, sencillo, pacífico y modesto”.
Escribe sobre su relación con los libros de su insondable biblioteca:
“El libro está sobre mis piernas. Parece un objeto sexual, se mantiene abierto, sus hojas vibran lentamente; voy leyendo por la mitad de sus páginas. Toda la vida cuidando de ellos y ahora veo que se adaptan a estas posturas —incómoda la mía, incómoda la suya— con una neutralidad que yo desconocía”.
Escribe sobre sus días en el hospital:
“La lluvia sigue cayendo sobre el mundo. Amaneceres y crepúsculos. Venas estrechas las de mi madre, difíciles. El fluir de la sangre”.
Escribe sobre el Museo del Prado:
“… visitar de nuevo la sala de Velázquez para comprobar si la vida seguía oscilando a derecha o a izquierda, o se abría de nuevo la senda de tramo recto, y eran para mí soportables la luz y esa especie de gloria que viene en silencio hacia uno como un regalo sincero”.
Escribe Fierro sobre su vida como si fuera una aventura, un libro de intriga, viaja a Madrid, viaja a Barcelona, visita el Prado, acompaña a su madre en el hospital.
Y después está su vida de fiscal.
El día a día de los pequeños crímenes, las sentencias, a veces surrealistas, a veces costumbristas, otras hasta literarias. Las sentencias, las vistas, los casos, los atestados, le hacen reflexionar sobre el amor, sobre la vida rural o sobre la maldad o no del ser humano. También sobre el uso de ChatGPT para redactar escritos de letrados. Todo cabe en una página bien —hermosamente— escrita.
También, el tráfico de drogas, los navajazos, la prostitución. Y Tim Roth, Larkin, Martin Amis, un poema, unos versos. Y vuelta a los juzgados, a las salas de juicio o las conversaciones con sus colegas de profesión. Vida y literatura, vida y arte, todo junto y agitado. Porque en realidad, la literatura se nutre de la vida. El arte se nutre de la vida.
Dice Fierro que no es lector de novelas, prefiere el ensayo, los diarios, la poesía. Sin embargo, en sus libros la vida se desenreda como una novela fragmentada. Una escena aquí, una escena allá, y el hilo que entreteje las escenas es él, el gran protagonista, la cabeza pensante que se mueve y guía el pulso del lector, de la lectora. Así que siento contradecirte, Fierro, pero eres lector de novelas porque eres escritor de novelas. De la novela que es tu vida.
La pregunta es: ¿por qué escribes diarios, por qué esa insistencia en los diarios, que son y serán por definición la obra siempre inacabada de una vida?
Tal vez la mejor respuesta se encuentre en esta frase: “Escribir un diario para apurar este tiempo que calla y huye”.
O tal vez en esta otra: “Ahora que lo pienso, puede que escriba para que me quieran”.
Léanlo y quiéranlo, enamórense de Fierro como él lo hace de la vida, de los seres humanos, con todas sus miserias, y de la belleza en todas sus infinitas formas.
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Autor: Avelino Fierro. Título: Vidas de jurista. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus libros.


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