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Hernán Díaz, de autor inédito a finalista del Pulitzer

Hernán Díaz, de autor inédito a finalista del Pulitzer

La tarde que conocí a Hernán Díaz el mundo exterior aún existía.

La gente trabajaba en sus oficinas, podía salir a la calle sin perros, se reunía en bares, asistía a presentaciones de libros y se despedía con besos y abrazos.

"La tarde que conocí a Hernán Díaz el mundo exterior aún existía y él me dedicó su libro: Para Daniel, con la esperanza de que conversemos pronto"

Él llevaba un pantalón y unos zapatos negros, un jersey azul y una chaqueta verde. Sus gafas marrones bordeaban su pelo al ras. Estaba sentado y al pie de su silla tenía una bolsa de tela con figuras de conejitos color rosa. A un lado se encontraban los escritores Gabi Martínez e Irene Solà. Era sábado, era febrero, la Librería Calders estaba llena y él acababa de llegar a Barcelona desde Nueva York. Se le veía cansado.

Esa tarde, ante el público, dijo que nació en Buenos Aires y se crió en Suecia, que vivió en Londres y vive en Estados Unidos. Habló despacio, como si buscara las palabras precisas en español. Anunció que su lectura duraría trece minutos. Lo hizo como si fuera una advertencia: a él, en ese tipo de eventos, le angustia no saber cuánto falta.

Leyó en inglés.

Lo que leyó fue un fragmento de A lo lejos (Impedimenta, 2020; traducción de Jon Bilbao), su primera novela, finalista del Premio Pulitzer 2018.

La tarde que conocí a Hernán Díaz el mundo exterior aún existía y él me dedicó su libro: “Para Daniel, con la esperanza de que conversemos pronto”.

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—Mi hija me pintó las uñas —dice, se ríe y alza su mano izquierda para mostrarla a través de la pantalla. Dos de sus dedos, en sus extremidades, están pintados de rojo—. ¿Esto lo vas a poner en vídeo o la entrevista sólo es escrita?

—No te preocupes. Sólo es escrita.

Es marzo, finales, el mundo está afectado por una pandemia y Hernán Díaz está confinado en su apartamento en Brooklyn con su esposa y su hija de nueve años. Viste una sudadera negra con capucha y unas gafas de pasta del mismo color. La toma de su cámara web deja ver parte de su biblioteca al fondo, casi toda de literatura norteamericana. Hay, a un extremo, un busto en miniatura de Charles Dickens.

—Estamos en casa desde hace no sé cuánto. Perdí la cuenta. Se hace difícil con una niña.

"A lo lejos, el resultado de cinco años de trabajo, es una novela que colinda con el western, la novela de aventuras y la novela de formación que se extiende hasta la madurez"

Desde que publicase su novela en Estados Unidos, en octubre de 2017, y quedara entre los finalistas del PEN/Faulkner —uno de los premios más importantes del sector editorial estadounidense—, no había parado de viajar, de presentar el libro y dar una ingente cantidad de entrevistas. Si se hace un rastreo por algunas de ellas —que repiten preguntas y obtienen respuestas similares— se pueden conseguir varios detalles o hechos de su infancia que han forjado su biografía: nació en Buenos Aires en 1973. El Golpe de Estado de 1976 en Argentina obligó a sus padres —Ana, psicoanalista; y Pablo, cineasta que cultivó el documental médico y científico; ambos dueños de una librería especializada en marxismo— a encontrar refugio en Estocolmo. Tener tantos libros en casa hizo que se acercara a ellos. Primero leyó cómics —Lucky Luke y Tintín—; luego, una serie de literatura infantil sueca que incluía a autoras como Astrid Lindgren. A los siete o a los diez años, o en algún momento entre los siete y los diez años, volvió a Argentina. Su gusto temprano por la lectura se transformó pronto en una aspiración: ser escritor.

—¿Tienes algún recuerdo de esos primeros dos años en Argentina?

—No, ninguno.

—¿Tus primeros recuerdos son de Suecia?

—Sí.

—¿Y cómo fue tu infancia allá?

—Igual preferiría que hablemos de literatura más que de mi vida personal.

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Hubo una época, hace veinte años, en la que leyó una serie de novelas sobre el desierto —leyó a Mijaíl Lermontov, a Nikolai Leskov, a Eduardo Gutiérrez, a Thomas Edward Lawrence, a Dino Buzatti— y pensó que ese, el desierto, era un lugar interesante para reflexionar sobre la soledad y el encierro. La idea se gestó de a poco en su cabeza y acumuló notas y lecturas hasta que mucho tiempo después se puso a escribirla. A lo lejos, el resultado de cinco años de trabajo, es una novela que colinda con el western, la novela de aventuras y la novela de formación que se extiende hasta la madurez. Demuestra que Hernán Díaz es un narrador con una capacidad extraordinaria para recrear el mundo que retrata: el de un niño sueco que desembarca por error en el Oeste de Estados Unidos del siglo XIX e intenta atravesar el país para llegar a Nueva York.

—Me interesaba, por un lado, la dimensión física absoluta de la novela de aventuras, sus cuerpos en movimiento; y, por otro, la lentitud de cierta vida interior y contemplativa y del mundo de las ideas. Es una novela de ideas, muy posiblemente.

"Hernán Díaz forma parte de una tradición de autores que no escriben en su lengua materna"

Del western se apropió de su contexto y de sus personajes icónicos: los buscadores de oro, el sheriff, los indios, las caravanas de mineros. La filosofía de Ralph Waldo Emerson, las novelas de Charles Dickens y Herman Melville, las crónicas de Indias de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y los diarios de viajes de autores y de naturalistas del siglo XIX como John Muir y Francis Parkman le sirvieron de referencia al escribirla. En el proceso, una escena llevó a otra, un personaje a otro, una locación a otra.

—Quise revisar el western como un modo de revisar ciertos estereotipos de la cultura norteamericana. Me di cuenta de que subvirtiendo el género podía subvertir un poco las narrativas más convencionales de la historia de esta nación.

—¿No tuviste dudas al ser un extranjero que escribe un género tan americano?

—Más que dudas, creo que la escritura estuvo plagada de muchos momentos de miedo y de terror. El modo de seguir fue no negar mi lugar excéntrico. Al contrario, tomar esa excentricidad, dársela al personaje, dársela al lenguaje cuando corresponda y que sea un material más. Por otra parte, la verdad es que a esta altura me considero un escritor estadounidense. No nací aquí, pero hace veinte años que vivo acá y tengo una hija acá y siento un gran amor por la tradición literaria norteamericana, pero me interesan libros, autores, textos y relaciones entre textos más que pasaportes.

—¿No te sentiste extraño al leerte en español?

—Totalmente.

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“La labor de traducción fue ardua y estimulante, como suele suceder con los libros buenos y complejos”, dice el escritor asturiano Jon Bilbao, traductor al español de A lo lejos. “Trabajé con total libertad. Hernán se incorporó al proceso en la fase final, la de corrección. Revisó mi trabajo e hizo una serie de matizaciones y sugerencias que fueron incorporadas al texto. Fue un proceso muy fluido y constructivo”.

Hernán Díaz forma parte de una tradición de autores que no escriben —o escribían— en su lengua materna. Joseph Conrad, Vladimir Nabókov o, más recientemente, Valeria Luiselli y Chimamanda Ngozi Adichie optaron por el inglés para escribir sus obras. Samuel Beckett, Irène Némirosvky y Milan Kundera adoptaron el francés.

—¿Siempre te has sentido más cómodo escribiendo en inglés?

—No pasa por la comodidad, no es la palabra que elegiría. Siempre me atrajo esa lengua, su plasticidad, sus características sintácticas, lo ilimitado de su vocabulario, sus posibilidades acústicas. Es la lengua que hace que quiera escribir. Me da placer. No sé, ciertos escultores prefieren el yeso o el mármol o el bronce porque hay algo en esos materiales que les atrae. Para mí es así el inglés. Hay algo ahí que funciona.

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A veces, antes de responder, suelta un resoplido que podría interpretarse como duda o como cansancio. A veces, al hablar en español, sus palabras dejan entrever la musicalidad rioplatense. Dice cuidate, dice empezás, dice querés.

"Tenía dieciséis años cuando supo que Ricardo Piglia impartía seminarios en Buenos Aires. Estaba aún en el colegio secundario y se colaba a escuchar sus clases de cuatro horas"

La adolescencia la pasó en Buenos Aires. A los diez años, quizás a los once, leyó a Julio Cortázar —“el primer escritor literario, entre comillas, que me encantó”—, después empezó con la ciencia ficción y el policial y encontró a Jorge Luis Borges —“el gran descubrimiento que me cambió la vida”—, que le sirvió de guía de lectura y le llevó a establecer un primer contacto con el canon estadounidense: Emerson, Nathaniel Hawthorne, Walt Whitman, Henry James. A ellos llegó por asociación.

2019 Whiting Awards winner Hernan Díaz, by Beowulf Sheehan

—Te doy un ejemplo real, que es también el modo en que funciona mi cerebro hasta el día de hoy: me gustaba Cortázar de chico, pero entre los libros de mis padres estaban las obras completas de Edgar Allan Poe. Yo no tenía idea de quién era Poe. Un día agarro uno de estos libros y dice en la tapa «traducción de Julio Cortázar». Digo: «Ah, esto debe de ser bueno, porque lo tradujo Cortázar». Y Edgar Allan Poe debe de haberme llevado a leer alguna otra cosa, que no recuerdo qué es. Seguramente en el prólogo de ese libro Cortázar menciona a otros escritores norteamericanos, y así se va abriendo el abanico de un modo fractal, y sigo leyendo de ese modo: que un autor me guíe hacia otros.

—¿La escritura en qué momento apareció?

—Empecé a escribir antes. Desde chico escribía poemas muy malos, malísimos. Después, con mis primeros cuentos, estaba en cuarto grado; es decir, a los nueve.

—¿Qué hacías con esos cuentos?

—Se los mostraba a mis padres. Alguno que otro salió publicado en algún lugar.

—¿Y a quién imitabas en tus inicios?

—Creo que en esos años Cortázar fue mi primera gran influencia. Quería ser como él. Le tengo mucho cariño, pero no es alguien que haya permanecido.

Tenía dieciséis años cuando supo que Ricardo Piglia impartía seminarios en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Estaba aún en el colegio secundario y se colaba a escuchar sus clases de cuatro horas.

—Eso me abrió el mundo de un modo muy súbito. Piglia hablando de literatura y yo tomando notas a lo loco y escuchando nombres que jamás había escuchado en mi vida. Después iba a la biblioteca a buscarlos y leerlos.

"Luego, en los ratos libres que le permitía la docencia, escribió A lo lejos, que también fue rechazada una y otra vez hasta que se publicó, generó una crítica positiva tras otra y obtuvo un premio tras otro"

Al terminar el colegio decidió estudiar Letras en la UBA. Al graduarse, y sentirse extranjero en su país de nacimiento, decidió emigrar. Se presentó a una beca del British Council, se la dieron y se fue a hacer una maestría en el King’s College de Londres. Dos años después, al terminarla, volvió a Buenos Aires por un par de meses y vio que Jacques Derrida daba clases en la Universidad de Nueva York. Se presentó a otra beca, se la dieron y se fue a hacer un doctorado. En su tesis abordó las figuras del encierro y aislamiento en la literatura moderna. No ha cambiado de país desde entonces.

—Al principio no estaba seguro a dónde ir. Lo que más quería era vivir en inglés. Terminé en Nueva York, pero imagino una vida paralela en Londres.

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—Perdón, un segundo —dice, y atiende el teléfono que vibra a un costado de su escritorio–. Hello —poco después de contestar, cuelga, fastidiado—. No sé si esto sucederá en España, pero acá llaman todo el tiempo pidiendo plata, son estafas.

—Aquí también pasa.

—Me pareció que era un número familiar, por eso atendí.

La vida en Estados Unidos: hacer un doctorado, casarse con Anna, tener una hija llamada Elsa, trabajar en la Universidad de Columbia, quedarse. Escribir. Escribió cuentos y una primera novela que nadie quiso publicar. En 2012 publicó su primer libro, Borges, between History and Eternity, un ensayo crítico en el que discute su relación —la de Borges— con los Estados Unidos. Luego, en los ratos libres que le permitía la docencia, escribió A lo lejos, que también fue rechazada una y otra vez hasta que envió el manuscrito a una convocatoria de la editorial Coffee House Press. Se publicó, generó una crítica positiva tras otra y obtuvo un premio tras otro.

—¿Qué hacías en el momento en que te dijeron que eras finalista del Pulitzer?

—Me alegra decir que estaba sentado en un café escribiendo. Me empezaron a llegar emails sin parar, a sonar el teléfono, a felicitarme.

—¿Y pudiste continuar escribiendo?

—No, no. Me fui a comprar una botella de champán.

"Hernán Díaz se había ganado una beca de residencia para pasar el mes de julio en la antigua casa de Ingmar Bergman, en Suecia, y ya no sabe si va a poder ir"

Su vida, a partir de entonces, es otra. La novela se ha traducido a una docena de idiomas y su agente ya ha vendido los derechos para una futura adaptación al cine. Ha conocido ciudades y países —“el año pasado no estuve más de dos semanas consecutivas en mi casa”—. Pasó de ser leído sólo por dos personas —quienes revisaban sus manuscritos— a formar parte de una conversación más amplia con lectores y escritores.

—La verdad es que el cambio más grande y más feliz es que, justamente, a través de estos viajes y eventos, he conocido a un montón de escritores, algunos de ellos mis héroes, y de golpe estoy ahí tomando una cerveza con ellos y son mis amigos.

—¿Todo eso no te pone presión?

—Sí.

—¿Sientes que ahora debes escribir algo que esté a la altura?

—Creo que tengo la ventaja de que nadie me pone tanta presión como yo mismo. Hay una presión externa que es real, pero la interna siempre fue la misma, y es esa la que me ha movido. En cierto sentido, todo sigue igual.

—¿Por qué insististe en seguir escribiendo después de tantos rechazos?

—Porque escribir es lo que más me gusta hacer en el mundo. No lo iba a dejar porque nadie me publicaba. Si uno quiere escribir, escribe.

—¿Te ves escribiendo toda tu vida?

—Siempre.

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El día que termino de escribir esta entrevista la vida sigue suspendida. La gente que trabaja lo hace desde su casa, sale a la calle con perros o bolsas de basura, los bares y las librerías están cerradas y la comunicación se hace a distancia. Es abril, principios, Hernán Díaz se había ganado una beca de residencia para pasar el mes de julio en la antigua casa de Ingmar Bergman, en Suecia, y ya no sabe si va a poder ir. Se despierta a las 4:00 o 5:00 de la mañana para escribir y aprovechar las tres o cuatro horas de silencio que puede tener durante el encierro.

El día que termino de escribir esta entrevista la vida sigue suspendida y pienso en la última palabra que Hernán Díaz me dijo al despedirse: “Cuidate”.

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