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Gustavo Faverón Patriau y la inquietud por la locura

Gustavo Faverón Patriau y la inquietud por la locura

Foto: Cristina Cáceres

Gustavo Faverón Patriau tenía catorce años cuando una profesora de Literatura lo mandó a leer La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, para hacer una presentación escolar. Aquel deber lo entusiasmó tanto que llegó a casa a buscar un ejemplar del libro en la biblioteca familiar y al no encontrarlo llamó a su mamá para pedirle que le comprara uno. Esa tarde, mientras la esperaba, el adolescente leyó Los jefes y Los cachorros. Corría el año 1981, unos meses después Vargas Llosa publicó La guerra del fin del mundo, y Faverón —para entonces— ya había leído todas las novelas del Nobel peruano.

—Así comencé a ser más lector —dice, en Barcelona, en la sede de la editorial Candaya—: con las novelas de Vargas Llosa y la poesía de Antonio Cisneros.

—¿Y antes de eso qué leías?

—Leía novelas para adultos que ahora se han vuelto novelas para niños: Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver. Leía sobre todo novelas de aventuras.

—¿También las leías por obligación?

—No. Esas las leía porque estaban en casa.

" En mi casa había muchos libros, se hablaba de literatura, y eso me inclinó, de forma inconsciente, hacia la lectura, pero eso no implica que quieras hacerte escritor"

La casa estaba, primero, en La Punta —un pequeño distrito del Callao, a quince kilómetros del centro de Lima— y, luego, en Lima, la capital de Perú. Nacido en 1966, a sus cinco años aprendió de su mamá —Yolanda, una bioquímica con estudios de literatura— sus primeros versos: ella le ponía melodías a poemas de Góngora o de Quevedo que luego él memorizaba —“la primera canción que recuerdo haber sabido de memoria es «Canción del pirata», de Espronceda”, dice—. En esa casa —en esas casas— Gustavo veía a su padre —Oswaldo, un oficial de la marina— leer libros de historia y a su hermano mayor leer novelas bélicas.

—En una época yo quería ser marino. Luego me di cuenta de que iba a ser una vida terrible para mí, que no iba a soportar en lo más mínimo.

—¿De niño qué querías ser?

—No lo sé. Una vez un primo dijo que él quería ser arquitecto. Yo no tenía ningún tipo de ambición en la vida y comencé a decir que quería ser arquitecto. En mi casa había muchos libros, se hablaba de literatura, y eso me inclinó, de forma inconsciente, hacia la lectura, pero eso no implica que quieras hacerte escritor.

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Vivir abajo (Candaya, 2019), la nueva novela de Faverón Patriau, es una obra inquietante que incluye torturadores, manicomios, prisiones subterráneas, cineastas, dictadores, agentes de la CIA, escritores-secuestradores, poetas nazis, profesores universitarios, sobrevivientes de Auschwitz y un narrador que intenta reconstruir un sinfín de historias que transcurren entre Perú, Estados Unidos, Paraguay, Argentina, Chile y parte de Europa. Roberto Bolaño, Miguel de Cervantes, Jorge Luis Borges y los autores de la novela total latinoamericana —Vargas Llosa y García Márquez— están entre sus referencias.

—¿Volviste a leer a alguno de ellos previo a la escritura de la novela?

—No. Cuando comencé a escribir no tenía tiempo para leer. Escribía todo el día.

Escribió la novela en tres meses. Escribió sin parar una primera versión de mil páginas que, tras un año de correcciones, se redujo a 664.

—No fue que estuviera arrebatado o poseído por la creación ni nada por el estilo. Tenía claro que tenía tres meses para escribir durante mis vacaciones, porque soy profesor universitario y cuando comienzan las clases pongo todo en la congeladora. Tenía que terminar en esos tres meses, pero no tenía idea de que lo que iba a terminar era un manuscrito de mil paginas. Lo que quería hacer era una novela corta.

—¿No hiciste nada más en las vacaciones?

—Nada más. En mi defensa puedo decir que escribía en un balcón, en el segundo piso de mi casa, que daba hacia el jardín; y en el jardín construían una biblioteca que habíamos encargado. La novela fue escrita desde ese balcón viendo la construcción de esa biblioteca y yo asumí que mi trabajo era supervisar que todo fuera bien.

—¿Y terminaron la biblioteca?

—La terminaron casi al mismo tiempo que la novela. Es bastante más notable construir una biblioteca en tres meses que escribir una novela.

"Lo que único tenía claro en esos años era que quería estudiar literatura. Era una decisión acerca de mis estudios y no de mi trabajo posterior"

Lo que comenzó como dos cuentos cortos que iban a ser el guión de una película —y que iba a dirigir el peruano Salvador del Solar— se transformó en una novela de cuatro partes. En la primera, un hombre comete un crimen en la Lima de los años 90; en la segunda, se repasa la infancia y la vida familiar de ese futuro asesino; en la tercera, el protagonista viaja tras los pasos de su padre por las dictaduras latinoamericanas de los años 70 y 80; en la última, un narrador ata los cabos sueltos del relato.

De Vivir abajo, finalista de la pasada Bienal Vargas Llosa de novela, se han dicho varias cosas. Se ha dicho, por ejemplo, que son 664 páginas de pura y simple genialidad (Alberto Olmos, El Confidencial). Se ha dicho, también, que es una obra maestra que funciona como una matrioska infinita (Carlos Zanón, El País).

—No pensaba, al escribir, en cómo iba a ser recibida. Si piensas en eso pasas a preguntarte si vas a ser entendido y corres el riesgo de pensar que tienes que hacer las cosas más simples. Eso te lleva a crear algo menos valioso de lo que hubieras hecho.

—¿Lo de «obra maestra» no te sorprende?

—No me sorprende que sea bien recibida. Es un libro lo suficientemente bueno como para tener críticas positivas, pero obra maestra son cosas que han escrito señores que ya murieron hace muchos años, y tú no quieres estar en esa posición.

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Hace muchos años, en 1983, Faverón Patriau terminó el colegio y no sabía qué estudiar. Lo de Arquitectura y oficial de la marina había quedado atrás. En 1984 se matriculó en la Pontificia Universidad Católica del Perú y le dijo a sus padres que quería ser abogado porque era mejor opción que decirles que quería estudiar Literatura. Fue un pésimo estudiante en sus primeros dos años hasta que profesores como Luis Jaime Cisneros —quien llegó a ser presidente de la Academia Peruana de la Lengua— y Mario Montalbetti —uno de los principales poetas peruanos de hoy— lo llevaron hacia las letras. Con ellos descubrió a Felisberto Hernández y a Horacio Quiroga y a filósofos y teóricos del lenguaje. Para entonces sólo quería eso: estudiar literatura y leer.

"No creo haber tenido una obsesión con el tema de la locura antes de lo de Daniel"

—Lo único que tenía claro en esos años era que quería estudiar literatura. Era una decisión acerca de mis estudios y no de mi trabajo posterior.

—Dijiste: «Estudio literatura y después ya veré».

—Sí, ya veré.

En la universidad armó un taller de lectura con sus amigos. Leían a narradoras inglesas. Leían a Virginia Woolf, a Jane Austen, a las hermanas Brontë. Leían a autores que estaban de moda en ese momento. Leían a Günter Grass, a Italo Calvino.

—Éramos un grupo de estudiantes que compartíamos lecturas. Entre ellos estaba Daniel, mi amigo que luego tuvo una vida desgraciada, el de El anticuario (Peisa, 2010).

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La historia de Daniel es mas o menos así: un día, años después de terminar la universidad, sufrió una crisis psicótica y asesinó a su novia y fue enviado a una clínica psiquiátrica en lugar de a una prisión. Faverón Patriau nunca se atrevió a visitarlo hasta que un par de años después recibió una llamada del propio Daniel y le pidió que fuera a verlo.

—Fue una cosa que a mí me impactó mucho: ver a una persona que estimas, culta, intelectual, un coleccionista de libros antiguos, en esas circunstancias. Cuando lo vuelves a ver, tiempo después de que cometió el crimen, es una sombra de lo que era. No creo haber tenido una obsesión con el tema de la locura antes de eso.

El anticuario —en el que se narra la historia de un hombre que comete un crimen y, años más tarde, recurre a un viejo amigo para que lo ayude a demostrar su inocencia en otro asesinato en el que está implicado y que ocurrió en el recinto psiquiátrico donde lo internaron— recibió buenas críticas de autores como Vargas Llosa o Daniel Alarcón tras su lanzamiento, en 2010, en Perú. No fue hasta 2014 que se publicó en España. La envió a Candaya, con quien ya había editado el libro de ensayos Bolaño salvaje.

—La leímos —dice Paco Robles, editor de Candaya— y enseguida dijimos que sí.

El anticuario fue —El anticuario es— su primera novela.

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El escritor guatemalteco Eduardo Halfón escribe en su novela El ángel literario (Anagrama, 2004) que existe el momento de la primera inspiración literaria; que toda persona que decide incursionar en el mundo de las letras debe tener —lo difícil es ubicarlo, aclara— un instante específico de génesis literaria. Dicho de otro modo: se pregunta Halfón en qué momento una persona se convierte en escritor.

"Cuando se publicó Vivir abajo quedé agobiado y, tiempo después, cuando quise volver a hacer algo creativo lo que hice fue pintar"

—Recuerdo una vez —dice Faverón Patriau— haberle dado a mi mamá un cuento que había escrito en el que había unos personajes que sufrían un naufragio y llegaban a una isla y de repente comenzaban a caer rayos de la punta de un cerro, y tenían que hacer una especie de mochila pararrayos, y yo, que tenía diez u once años, decía que estaba influenciado por García Márquez. Mi mamá me hizo notar que eso era lo que pasaba en un episodio de La isla misteriosa que había visto la semana anterior.

—¿Te quitó las ganas de escribir?

—Me quitó las ganas un buen tiempo.

—¿Pasó mucho para volverlo a intentar?

—La primera vez que intenté escribir una novela ya estaba en la universidad.

Pintura de Gustavo Faverón

En Vivir abajo un narrador escribe 197 novelas en trece años y de repente deja de escribir. No se pregunta por qué dejó de hacerlo sino qué le impulso, en su momento, a escribir esos libros. Una pregunta trivial —explica el personaje— que cualquier periodista le formula a cualquier escritor en cualquier entrevista: ¿por qué escribes?

—Tengo que preguntártelo: ¿por qué escribes?

—Para serte sincero —responde Faverón Patriau— mi impulso es de crear cosas, y la literatura es la forma de creación que he encontrado en la que soy menos malo. Si hubiera descubierto que mi talento era pintar o componer música, lo haría. De hecho, cada cierto tiempo lo hago. Cuando se publicó Vivir abajo quedé agobiado y, tiempo después, cuando quise volver a hacer algo creativo lo que hice fue pintar.

—¿Qué haces con esas pinturas?

—Están todas almacenadas en mi casa.

—¿Las tienes montadas?

—Sólo un par.

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La biografía de la solapa de Vivir abajo dice que Faverón Patriau es doctor en literaturas hispanas por la Universidad de Cornell y que trabaja como profesor asociado en Bowdoin College, en Maine; dice que es autor del libro de historia Rebeldes (2006) y del libro de teoría literaria Contra la alegoría (2011), dice que ha editado Toda la sangre: Antología de cuentos peruanos de la violencia política (2006) y —junto con Edmundo Paz Soldán— el libro de ensayos Bolaño salvaje (2008), dice que El anticuario ha sido traducida al inglés y que será traducida al turco, al árabe, al chino y al japonés; dice que ha sido periodista, que ha sido editor de la revista Somos y que desde 2005 hasta 2011 administró el blog Puente Aéreo, considerado por ABC como el más influyente de Hispanoamérica.

"Nadie debería tener una conversación con un médico sobre las probabilidades de muerte de su hija. Tuve esa conversación una docena de veces"

Tenía veintitrés años cuando un amigo encargado de la sección de Cultura de un diario del Estado al inicio del gobierno de Fujimori lo invitó a escribir de literatura y se inició en el periodismo. En 1995 entró a la redacción de El Comercio para editar la revista Somos. Trabajó allí hasta que en el año 2000 decidió irse a Estados Unidos.

—El peso de dirigir una revista de oposición durante una dictadura que secuestraba periodistas fue agobiante para mí, pero influyó más el hecho de que yo no podía hacer eso y al mismo tiempo leer, escribir críticas, darle un espacio a la literatura. El que me dijo que tenía que elegir entre las dos cosas fue Edmundo Paz Soldán.

Fue entonces cuando decidió emigrar. Él y su esposa Carolyn —por aquel tiempo su novia— se postularon a seis o siete universidades con la intención de ser admitidos en la misma. Su pareja terminó en Colorado y él en Cornell.

—¿Por qué Cornell?

—Cornell me la vendió Edmundo con malas artes. Me dijo que el campus de la universidad era un lugar paradisiaco en medio de los bosques de Nueva Inglaterra, a una hora y media al norte de la ciudad de Nueva York. Cuando me aceptaron, Cornell ya estaba a unas dos horas y media; cuando estaba a punto de viajar, me dijo que estaba a cuatro horas y cuando llegué supe que estaba a cinco horas de Nueva York.

Se fueron, hicieron el doctorado, se juntaron en Maine, los contrataron como profesores asistentes en Bowdoin College y se quedaron. Luego, él comenzó a publicar.

—¿Por qué ocho años entre una novela y otra?

—Porque en 2011 tuve una hija.

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"Todas las demandas por acoso fueron desestimadas. Ni siquiera eso: nunca fueron presentadas"

En la pasada edición de la Feria Internacional del Libro de Lima (FIL) Faverón Patriau fue noticia. Un grupo de veinte mujeres interrumpieron la presentación de Vivir abajo para protestar contra el acoso y el abuso sexual. «Por una FIL libre de acosadores», se leía en uno de los carteles. En septiembre de 2016 fue acusado por varias mujeres en redes sociales. Él siempre lo negó. Se defendió con escritos en su Facebook y en su blog.

—¿Qué pasó con esas denuncias?

—Todas fueron desestimadas. Ni siquiera eso: nunca fueron presentadas.

—En Estados Unidos sí hubo una demanda formal.

—La demanda fue por difamación, no por acoso, porque yo respondí a las acusaciones. Hubo una persona que me demandó como respuesta. Fue revisado por dos jueces federales en Estados Unidos y ambos archivaron el caso.

—¿Crees que eso te perseguirá por un tiempo?

—Espero que no. Lo que pasa es que en este tipo de casos me da la impresión de que las acusaciones son mas publicitadas que los fallos que te absuelven. Si hay esta lógica, la historia te puede seguir persiguiendo. No debería ser.

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Es octubre, es 2019. Faverón Patriau viste un pantalón granate y una camisa gris con mangas negras. Presenta Vivir abajo en la Librería La Central de la calle Mallorca de Barcelona. Afuera llueve; llueve y hay disturbios; llueve y muchas zonas de la ciudad están colapsadas por las protestas contra la sentencia del procés que se hizo pública esa mañana. Habla de su libro y las sirenas policiales se escuchan al fondo. Habla de la locura. Dice que su hija nació con una enfermedad congénita y que fue operada del cerebro, dice que nadie debería tener una conversación con un médico sobre las probabilidades de muerte de su hija, dice que él tuvo esa conversación una docena de veces, dice que ella hoy vive con una válvula para la hidrocefalia conectada a su cabeza, dice que si su hija se hubiese muerto él se hubiese vuelto loco. Dice eso, frente a una decena de personas, antes de seguir su gira por España y regresar a Maine, con su esposa y con su hija.

—¿Tu esposa te lee?

—Sí, es mi primera lectora. Tiene la amabilidad de leer cada versión.

—¿Y no te dice que estás loco por las cosas que escribes?

—Al contrario: agradece que escriba lo que escribo, porque si no estaría loco.

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