Albert Tugues (Barcelona,1947) escribió esta narración, «Historia de una carta», cuando los móviles, los celulares, no establecían su tiranía en medio de una mesa o un sofá o una extensión de hierba donde se encuentran dos o más personas. Tampoco la correspondencia postal garantizaba en aquellas fechas plenamente la comunicación.
Remitente y destinatario —sean quienes sean ellos, ellas, él o ella— sí acaban perfilándose conforme transcurren el zigzag de los días y los años de devoluciones. Quizá por la incapacidad de declarar la verdad cara a cara y afrontarla. Acaso por su temperamento introspectivo y callado, taciturno, de medias palabras, de medios viajes, laberínticos casi —con tantos calendarios y repeticiones del mismo recorrido— para descender a lo que hacía falta revelar por fin.
El destinatario —se llame como se llame, viva donde viva—, ausente, jamás responde. ¿Por acarrear dentro una herida? ¿Por desprecio? ¿Por su negativa a perdonar? ¿Por un sentido extremo de la justicia? ¿Por estar ya lejos?
Pero tal vez otros personajes que refuerzan esta inquietante historia cumplan papel decisorio aunque breve. En el pronombre indefinido algunos caben bastantes. Ese runrún. Colectivo runrún. Malicioso runrún social. Se figuran que la materia de la carta es materia del corazón. Pero qué sabrán. De todos modos, no lo desautoriza quien hace de frío narrador del cuento, que se parapeta en el plural: «No lo sabemos».
Alberto Tugues —poeta y narrador en catalán y en lengua castellana— se sabe un «escritor recóndito», oculto. Por hallarse «al margen de los grandes circuitos editoriales», o por quedar en «un lugar más o menos escondido dentro del panorama comercial y mediático». Por ceñirse a un lugar permanentemente recónditos en lo que escribe. Por responsabilidad.
Y recordemos que responsable señala en esencia a alguien que responde. Que dice que sí lo hizo o que no.
La literatura de Tugues es responsable, pese a todo, cavila, satiriza, les da vueltas a las cosas. Sus personajes —lean Historias breves de este mundo— repiten caminos diarios en un barrio que representa casi el universo mundo, hipersensibles, finos y con nobleza de ser, «sujetos poéticos —según acertó a definir Carme Riera— que pertenecen a la estirpe de los perdedores, de los perplejos o de los acosados por el excesivo grado de realidad que deben soportar».
Con laboriosa frecuencia, añade Albert Tugues piezas al blog que mantiene con vida y con inquilinos: «Pensión Ulises».
*****
Historia de una carta
Durante mucho tiempo, diez, quince años, envió siempre la misma carta al mismo destinatario, y siempre también, invariablemente, le era devuelta al cabo de unos días. Entonces, abría el sobre, releía de nuevo la carta, y se disponía a reducir un poco más el texto, suprimiendo hoy, por ejemplo, casi media línea; luego, ya con las palabras bien tachadas, escribía en un sobre nuevo la misma dirección, y lo mandaba al mismo destinatario. Algunos decían que era una carta de amor. No lo sabemos. Pero lo único cierto es que el texto de la carta, con el paso del tiempo, se fue reduciendo más, hasta que sólo le quedaron seis palabras, que, estas sí, al fin llegaron un día a su destino. Y decían las seis palabras: «Sí, fui yo quien lo hizo».
——————
Historias breves de este mundo, Barcelona, Random House Mondadori | DeBolsillo, 2002, pp. 157-158.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: