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Horacio, sementera de poetas

Quinto Horacio Flaco nace el 8 de diciembre del 65 a.C. en Venosa, población meridional de Italia, en la provincia de Potenza, región de la Basilicata, la otrora Lucania. Venosa, conocida como Venusia, estaba consagrada a la diosa Venus, señora del amor, de la pasión.

Su padre fue esclavo y consiguió la manumisión antes del nacimiento de su hijo. Ya como liberto, trabaja cobrando impuestos y consigue adquirir un pequeño terreno cuyas rentas le ayudan a encauzar el destino de su vástago. Quinto pierde de muy niño a su madre. Su padre decide alejarlo de su ciudad natal, donde sufría los prejuicios de sus compañeros por sus serviles orígenes. Quería para él la mejor educación posible.

"Quieren algunos estudiosos que en este período coincidiera con Virgilio, al cual le unirá una fraternal amistad desde entonces"

Con 7 años se trasladan a Roma, para que sea educado junto a los hijos de los nobles y de los equites o caballeros. En la primera etapa de su educación, entre los 7 y los 12 años, es encomendado a un ludi magister, cierto Orbilio, al cual recordará con desagrado, motejándolo como plagosus, por su insano apego a abusar de la vara con sus discípulos. A él le debe también una venal aversión a la literatura latina arcaica, a pesar de que dos paisanos suyos, Livio Andrónico y Ennio, fueran figuras señeras de este período. ¡Cuánto daño ha hecho el infame lema “la letra con sangre entra”! No obstante, reconocerá que con Orbilio aprendió La Odisea en la traducción de Andrónico y leyó en griego La Ilíada.

Parece ser que su padre lo acompañaba a las lecciones, preocupado por su formación. Tal amor paterno es reconocido por el lírico, llegando a decir, ya en el culmen de la fama, que de volver a nacer no elegiría otro padre diferente.

Para continuar con la segunda fase de su enseñanza, con unos 16 años, su progenitor lo envía a Nápoles, junto a dos preceptores de la escuela epicúrea. Quieren algunos estudiosos que en este período coincidiera con Virgilio, al cual le unirá una fraternal amistad desde entonces.

Acaba sus estudios secundarios y su padre asume un nuevo sacrificio, costeándole la estancia en Atenas para completar su formación. Valoramos más el titánico esfuerzo que debió asumir su progenitor si tenemos en cuenta que sólo las élites de aquel momento podían permitirse enviar a su vástagos a Atenas, una de las capitales culturales de la Antigüedad.

"Él mismo confiesa que, al igual que ya hiciera antaño su admirado lírico griego Arquíloco, arrojó el escudo para poder huir con más celeridad y se lanzó al suelo a fin de no ser descubierto. Reconoce que en su fuga lo protegió Mercurio, el veloz dios de mensajeros y ladrones"

Se forma en la Academia y en la Escuela Peripatética, instituciones ambas de enorme prestigio, pues fueron fundadas por Platón y Aristóteles. Mantiene su independencia y no se adhiere a ninguna corriente ni a ningún maestro. Se maneja perfectamente en griego y escribe en esta lengua sus primeros versos, composiciones que no nos han llegado, exceptuando un epigrama atribuido a un tal Flaco, si aceptamos que escribiera firmando con su cognomen o apodo. Allí también entra en contacto con la doctrina epicúrea, que lo influirá en su poesía.

El 15 —las idus— de marzo del año 44 a.C. es asesinado Julio César. Sus asesinos, defraudados al ver que el pueblo no los aclama como libertadores, se refugian en Atenas. Buscan organizar un ejército con el que oponerse a los cesarianos, comandados por Marco Antonio y por Cayo Julio César Octaviano. Horacio, inflamado como tantos otros jóvenes romanos por el ideal republicano, se alista a las órdenes de Bruto, uno de los asesinos de César. A pesar de su bisoñez, es nombrado oficial superior con el rango de tribunus.

En octubre del 42 sufre su bautizo de sangre en la batalla de Filipos, Macedonia. Las tropas republicanas son derrotadas y sus caudillos Bruto y Casio se suicidan. El joven Horacio no muestra un comportamiento muy heroico, y él mismo confiesa (Carm. II, 7) que, al igual que ya hiciera antaño su admirado lírico griego Arquíloco, arrojó el escudo para poder huir con más celeridad y se lanzó al suelo a fin de no ser descubierto. Reconoce que en su fuga lo protegió Mercurio, el veloz dios de mensajeros y ladrones.

Derrotado y amparándose en la amnistía promulgada por los vencedores, ha de volver a Roma. El terreno, que con tantos sacrificios su padre adquirió y que le proporcionaba las rentas para subsistir, es expropiado a fin de entregárselo a los soldados cesarianos vencedores en la contienda civil.

Gracias, presuntamente, a su amigo Asinio Polión, consigue un puesto como funcionario del Tesoro (scriba quaestorius). No descuida su labor poética y continúa escribiendo para engordar sus magros ingresos, sobre todo yambos y sus primeras sátiras. Consigue, así, hacerse un nombre en la Roma de la posguerra.

"El ser admitido en el Círculo de Mecenas le permite a Horacio desentenderse de su trabajo rutinario, recibir una finca y dedicarse, única y exclusivamente, a cultivar su musa"

En el 38 a.C. es presentado por sus amigos Virgilio y Vario a uno de los principales ministros de Octaviano: Cayo Cilnio Mecenas. Éste es un personaje crucial en la historia de la cultura occidental, no sólo por ser ministro y consejero del futuro princeps sino, sobre todo, por haber tomado bajo su protección a prometedores artistas y haber hecho posible que desarrollaran sin agobios económicos sus talentos.

Horacio llevaba preparado un elocuente discurso a su primera entrevista, pero los nervios que sintió ante tan señero personaje, de rancia estirpe etrusca e íntimo amigo del nuevo señor de Roma, lo traicionaron, y sólo pudo balbucear unas palabras.

Perdida la esperanza de ingresar en el círculo de Mecenas, torna a su anodino oficio. Ocho meses después, recibe un mensaje del ministro comunicándole que a partir de ese momento se considere entre sus amigos.

El ser admitido en el Círculo de Mecenas le permite a Horacio desentenderse de su trabajo rutinario, recibir una finca en las inmediaciones de Tibur (Tivoli), en las montañas sabinas, para subsistir con sus rentas, y dedicarse, única y exclusivamente, a cultivar su musa. Mecenas pasó a la historia también por haber brindado la misma protección a figuras clave de la denominada Edad de Oro de la literatura romana: Virgilio y Propercio entre otros.

"Nada es desmedido en él: ni la pasión que le insuflan algunas mujeres o varios efebos, ni la burla que hace de determinados personajes y costumbres de su entorno"

En una de sus sátiras, Horacio nos da referencias de un viaje que hizo acompañando a su protector y al futuro Augusto a una crucial entrevista con Marco Antonio, en el sur de Italia, a fin de limar asperezas. En ella descubrimos que en la comitiva viajaba también Virgilio, que abrazará la inmortalidad componiendo la Eneida a instancias de Mecenas y Augusto. Nos conmovemos observando cómo, mientras Mecenas y sus amigos se van a jugar a la pelota en uno de los descansos, Horacio declina acompañarlos y se queda a hacerle compañía a su íntimo amigo Virgilio, cuya salud era más bien precaria: padecía del estómago y de problemas respiratorios, llegando a vomitar sangre a veces, por lo que parece. Tampoco es que nuestro Horacio fuera muy atlético: él mismo confiesa que es rechoncho y corto de talla.

Horacio se nos manifiesta como un poeta tocado por los dioses, pero que se sabe, fundamentalmente, humano. Se desliza en sus poemas entre un estoicismo moderado y un tibio hedonismo. Nada es desmedido en él: ni la pasión que le insuflan algunas mujeres o varios efebos, ni la burla que hace de determinados personajes y costumbres de su entorno. Invita a sus amigos, a sus lectores, a ser contenidos en los reveses de la fortuna y en los momentos de gloria. Se nos muestra amigo cabal y fiel, profundamente agradecido a Mecenas por su protección, pero sin renegar jamás de sus humildes ancestros. Es comedido en sus pasiones, aunque no casto. Aconseja huir de burdeles y de relaciones adulterinas y frecuentar a libertas o a esclavas. Sabe que su poesía no está hecha para ser apreciada por el vulgo, para convertirse en popular. Se conforma con que sólo los amigos a los que ama sean capaces de valorarla en lo que vale.

"Descubriremos al hombre que se agazapa tras el poeta. Bendeciremos al poeta por haberse vuelto humano"

Se trata con las figuras más relevantes de su momento, sin renegar jamás de sus humildísimos orígenes. Aunque se codea con el Príncipe y sus ministros, sabe guardar su independencia. Así, rechaza cortésmente el ofrecimiento que le hace Augusto para ser su secretario personal. Prefiere transcurrir su vida en lo que llama la Aurea Mediocritas, la dorada medianía, disfrutando de su finca sabina, de los atardeceres frente al Soracte, bebiendo junto a sus amigos. No son para él ni sedas ni oropeles. No los busca, pero tampoco critica con saña a los que lo hacen. Consigue que Augusto respete su independencia, pero pone sus versos al servicio de su causa, como hiciera su amigo Virgilio.

Es la suya la poesía de un hombre, consciente de su humanidad, que saborea con templanza los dones y reveses de la vida; que, sin pretenderlo nunca, se ha convertido en maestro de vida para muchos a lo largo de los siglos.

Son sus versos idóneos para ser paladeados a pequeños sorbos. En una versión bilingüe, si fuera posible, con la que poder descubrir su música. Son versos para degustarlos en el velo del paladar, para descubrir el aroma a tierra, a frutas del bosque, a ser humano que se disfraza en ellos. Son versos para saborearlos en solitario o compartirlos con amigos al amor de una candela o de un vino. Sin prisas. Con pausas. Demorándonos en ellos. Abandonándolos cuando no nos digan nada, a la espera de que se restablezca la comunicación. Descubriremos al hombre que se agazapa tras el poeta. Bendeciremos al poeta por haberse vuelto humano.

Su poesía se convirtió en escuela de poetas, y muchos de los tópicos literarios posteriores arrancan de su pluma. Así el tema del carpe diem, recogido en sus Odas, 1.11.8:

Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. ut melius quidquid erit pati,
seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum: sapias, vina liques, et spatio brevi
spem longam reseces. dum loquimur, fugerit invida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.

Lo perpetúa Ausonio en el siglo IV:

AUSONIO (310-395)

De rosis nascentibus
conquerimur, Natura, brevis quod gratia florum:
ostentata oculis ilico dona rapis.
quam longa una dies, aetas tam longa rosarum,
quas pubescentes iuncta senecta premit.
quam modo nascentem rutilus conspexit Eoos,
hanc rediens sero vespere vidit anum. […]
collige, virgo, rosas dum flos novus et nova pubes,
et memor esto aevum sic properare tuum.

 ***

Lamentamos, Naturaleza, que sea tan breve el regalo de las flores:
Les arrebatas rápidamente las gracias mostradas a los ojos.
Tan larga como un solo día es la edad de las rosas,
tan pronto llegan a su plenitud, las oprime su propia vejez.
A la que el lucero brillante vio nacer,
a ésa al regresar por la tarde la vio anciana. […]
Recoge, doncella, las rosas mientras la flor está lozana y la juventud fresca,
y acuérdate de que así se apresura también tu edad.

A veces los dioses sonríen a quienes nos dejamos la piel en las aulas públicas por educar a ciudadanos capaces de legar un mundo mejor, concediéndonos discípulos dispuestos a tomar el relevo de nuestras enseñanzas y a evangelizar a su vez a nuevos pupilos con la cultura y el humanismo como únicas armas. Tal fue el caso de mi exalumna en Alhama de Murcia, la librillana Lidia Ballester. Lidia ejerce hoy como profesora de Lengua y Literatura en Aragón. En un delicioso artículo publicado en Zenda llamado “La mano de Horacio, colmada de flores” sigue la estela del tópico horaciano del carpe diem pasando por el citado Ausonio, Garcilaso de la Vega, el galo Ronsard, Machado, Jorge Guillén y el reciente Premio cervantes Francisco Brines.

Veamos cómo algunos grandes de la literatura bebieron de Horacio y Ausonio:

Garcilaso de la Vega

En tanto que de rosa y azucéna
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazôn y lo refrena;
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;
Coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el vienta helado,
todo la mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.

Soneto a Helena, Pierre de Ronsard

Cuando seas muy vieja, a la luz de una vela
y al amor de la lumbre, devanando e hilando,
cantarás estos versos y dirás deslumbrada:
«Me los hizo Ronsard cuando yo era más bella».

No habrá entonces sirvienta que al oír tus palabras,
aunque ya doblegada por el peso del sueño,
cuando suene mi nombre la cabeza no yerga
y bendiga mi nombre, inmortal por la gloria.

Yo seré bajo tierra descarnado fantasma
y a la sombra de mirtos tendré ya mi reposo;
para entonces serás una vieja encorvada,

añorando mi amor, tus desdenes llorando.
Vive ahora; no aguardes a que llegue el mañana:
coge hoy mismo las rosas que te ofrece la vida.

De Sonetos para Helena. Versión de Carlos Pujol.

Bruguera, 1982

VERSIÓN ORIGINAL EN FRANCÉS:

Sonnet à Hélène

Quand vous serez bien vieille, au soir, à la chandelle,
Assise auprès du feu, dévidant et filant,
Direz, chantant mes vers, en vous émerveillant:
Ronsard me célébrait du temps que j’étais belle.

Lors, vous n’aurez servante oyant telle nouvelle,
Déjà sous le labeur à demi sommeillant,
Qui au bruit de mon nom ne s’aille réveillant,
Bénissant votre nom de louange immortelle.

Je serai sous la terre et fantôme sans os:
Par les ombres myrteux je prendrai mon repos:
Vous serez au foyer une vieille accroupie, 

Regrettant mon amour et votre fier dédain.
Vivez, si m’en croyez, n’attendez à demain:
Cueillez dès aujourd’hui les roses de la vie.

Pierre de Ronsard, Sonnets pour Hélène, 1578

Machado (Retrato, XCVII)

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Pablo Neruda

Cuando estés vieja, niña (Ronsard ya te lo dijo),
te acordarás de aquellos versos que yo decía.
Tendrás los senos tristes de amamantar tus hijos,
los últimos retoños de tu vida vacía…

Yo estaré tan lejano que tus manos de cera
ararán el recuerdo de mis ruinas desnudas.
Comprenderás que puede nevar en primavera
y que en la primavera las nieves son más crudas.

Yo estaré tan lejano que el amor y la pena
que antes vacié en tu vida como un ánfora plena
estarán condenados a morir en mis manos…

Y será tarde porque se fue mi adolescencia,
tarde porque las flores una vez dan esencia
y porque aunque me llames yo estaré tan lejano…

Francisco Brines

(El otoño de las rosas, 1986)

Estás ya con quien quieres. Ríete y goza. Ama.
Y enciéndete en la noche que ahora empieza,
y entre tantos amigos (y conmigo)
abre los grandes ojos a la vida
con la avidez preciosa de tus años.
La noche, larga, ha de acabar al alba,
y vendrán escuadrones de espías con la luz,
se borrarán los astros, y también el recuerdo,
y la alegría acabará en su nada.

Mas, aunque así suceda, enciéndete en la noche,
pues detrás del olvido puede que ella renazca,
y la recobres pura, y aumentada en belleza,
si en ella, por azar, que ya será elección,
sellas la vida en lo mejor que tuvo,
cuando la noche humana se acabe ya del todo,
y venga esa otra luz, rencorosa y extraña,
que antes que tú conozcas, yo ya habré conocido.

Luis Alberto de Cuenca

(Por fuertes y fronteras, 1996)

Collige, virgo, rosas

Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana.
Córtalas a destajo, desaforadamente,
sin pararte a pensar si son malas o buenas.
Que no quede ni una. Púlele los rosales
que encuentres a tu paso y deja las espinas
para tus compañeras de colegio. Disfruta
de la luz y del oro mientras puedas y rinde
tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico
que va por los jardines instilando veneno.
Goza labios y lengua, machácate de gusto
con quien se deje y no permitas que el otoño
te pille con la piel reseca y sin un hombre
(por lo menos) comiéndote las hechuras del alma.
Y que la negra muerte te quite lo bailado.

Francisco de Medrano (Sevilla, 1570 – ibídem, 1607)

Vive despacio, olvida cuerdamente
Lo pasado, no temas lo futuro,
Mas con seso maduro
Goza del bien presente;
Que todo es humo y sombra y desparece;
Dejará Eutropio sus preciosos lares;
Sus rentas, sus lugares,
Y cuanto le envanece…
Todos seremos, todos, cuán temprana
Víctima de la muerte. ¿Qué cansamos
La vida? Hoy, hoy, vivamos,
Que nadie vió a mañana.

Durante la Edad Media Horacio no fue muy valorado. Al contrario: el monje alemán Notkerus Balbulus (Notker el Tartamudo), 840-912, lo define como lubricus et vagus y aconseja evitarlo:

Vt cecinit sensu verax Horatius isto
cetera vitandus lubricus atque vagus
pallida mors aequo pulsans pede sive tabernas
aut regum turres ‘Vivite’ ait ’venio’.

No obstante, según Félix Fernández Murga, Dante Alighieri (1265-1321), que llamaba al de Venusia magister noster, en el Canto IV (v. 89) del Infierno, lo incluye en el reducido grupo de los grandes autores de la antigüedad greco-latina que lo acompañan a él y a su guía, Virgilio, para entrar en el noble castillo, situado en el Limbo de los que, aun no habiendo conocido a Cristo, pudieron salvarse del infierno verdadero. Formaban aquel grupo Horacio, Homero, Ovidio y Lucano, junto a Virgilio y Dante.

Fernández Murga también nos informa de que Petrarca escribe una laudatoria epístola a Horacio, que lo proclama rey de la poesía lírica: «Regem te lyrici carminis italus / Orbis quem memorat«. Y de que Boccaccio, al ofrecer su Ninfale di Ameto a un amigo, le pide que lo acepte como aceptó Augusto los versos de Virgilio y Mecenas los de Horacio.

Otro de los tópicos horacianos más famosos es el del ubi sunt? Éste ha dejado huella indeleble en nuestro Jorge Manrique y las Coplas a la muerte de su padre:

COPLA XVII

¿Qué se hicieron las damas,
sus tocados y vestidos,
sus olores?

¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?

¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?

¿Qué se hizo aquel danzar,
aquellas ropas chapadas
que traían?

COPLA XXIII

Tantos duques excelentes,
tantos marqueses y condes,
y barones,
como vimos tan potentes,
di, Muerte, ¿dó los escondes
y traspones?
Y las sus claras hazañas
que hicieron en las guerras
y en las paces,
cuando tú, cruda, te ensañas,
con tu fuerza las atierras
y deshaces.

Cerremos este repaso a la pervivencia horaciana en la literatura universal trayendo la versión que del beatus ille ofreció el lírico latino y la revisión que hiciera fray Luis de León:

BEATUS ILLE. Horacio, Epodo II

‘Beatus ille qui procul negotiis,
ut prisca gens mortalium,
paterna rura bubus exercet suis
solutus omni faenore
neque excitatur classico miles truci
neque horret iratum mare
forumque vitat et superba civium
potentiorum limina.

Dichoso aquél que lejos de los negocios,
como la antigua raza de los hombres,
dedica su tiempo a trabajar los campos paternos con los bueyes,
libre de toda deuda,
y no se despierta como los soldados con el toque de diana amenazador,
ni tiene miedo a los ataques del mar,
que evita el foro y los soberbios palacios
de los ciudadanos poderosos.

Versión de Fray Luis de León

Dichoso el que de pleitos alejado,
cual los del tiempo antiguo,
labra sus heredades, no obligado
al logrero enemigo.
Ni la arma en los reales le despierta,
ni tiembla en la mar brava;
huye la plaza y la soberbia puerta
de la ambición esclava.

ODA A LA VIDA RETIRADA

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Quinto murió un 27 de noviembre con 57 años, cerca de dos meses después que su amado Mecenas, al que consideraba una de las mitades de su alma. Murió el hombre. Nació Horacio.

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