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Tu Marcellus Eris, Tú Marcelo serás

Tu Marcellus Eris, Tú Marcelo serás

Había sido incapaz de cerrar los ojos en toda la noche. Un enjambre de abejas roía sus entrañas. Le dolía la garganta como si tuviera un manojo de aliagas. Al menos, llevaba semanas sin esputar sangre. Intentó serenar el galope de su corazón recordando algún Idilio de Teócrito. Repasó el del diálogo de Thyrsis con el Cabrero.

῾Αδύ τι τὸ ψιθύρισμα καὶ ἁ πίτυς αἰπόλε τήνα,

ἃ ποτὶ ταῖς παγαῖσι μελίσδεται, ἁδὺ δὲ καὶ τὺ

συρίσδες: μετὰ Πᾶνα τὸ δεύτερον ἆθλον ἀποισῇ.

αἴκα τῆνος ἕλῃ κεραὸν τράγον, αἶγα τὺ λαψῇ.

αἴκα δ᾽ αἶγα λάβῃ τῆνος γέρας, ἐς τὲ καταρρεῖ

ἁ χίμαρος: χιμάρῳ δὲ καλὸν κρέας, ἕστέ κ᾽ ἀμέλξῃς.

Estos hexámetros siempre obraban la magia de apaciguarlo. Escuchó ruido por el atrium: Horacio no había perdido las costumbres sabinas ni aunque estuviera en su casa de Roma. Seguía levantándose antes del primer canto del gallo y poniendo a sus esclavos a trabajar.

Se puso por encima una túnica y se unió a su amigo en la ofrenda a los lares, penates y manes que presidían el lararium, el altar portátil que su anfitrión siempre llevaba consigo. Horacio vertió ante ellos vino, leche y miel y prendió unas ramas de romero. Cogió la estatuilla que representaba a su padre y la besó con infinita ternura.

—“No hay día en el que no piense en él. Aún lo echo de menos. Sólo le pido a los dioses haber sido digno de él. Ser digno de aquel que nació esclavo, compró su libertad, se deslomó en todos los trabajos que encontró, sin desdeñar los más indignos, para darme la mejor educación. Abandonando nuestra Venusia, trayéndome a Roma para estudiar con los mejores Grammatici… Por cierto, que los dioses sigan maldiciendo al Palmetas, al plagosus Orbilius, al que espero que Cerbero empotre en el Tártaro por toda la eternidad. No sé. Cuando me vi trabajando como un mísero escribiente de un cuestor, sentí que había traicionado la memoria de mi padre. Pero ahora, que gozo de la amistad de Mecenas, de la confianza de Augusto y Agripa, de tu fraternidad, me gustaría creer que se sentiría orgulloso de mí, aunque no me haya abierto camino en la judicatura o en la política como él quería. Pero yo, dioses inmortales, no había nacido para la arena pública ni para abogado: la dulce Erato me hizo esclavo de su lírica”.

"A Virgilio se le hizo un nudo en la garganta al pensar en su propio padre: él no debió pasar tantas penurias como el de Horacio, pero también se sacrificó para darle los mejores estudios"

A Virgilio se le hizo un nudo en la garganta al pensar en su propio padre: él no debió pasar tantas penurias como el de Horacio, pero también se sacrificó para darle los mejores estudios en Mantua, Cremona, Milán, Roma y Nápoles y conseguir que se hiciese el mejor abogado de Roma. También él, Publio Virgilio Marón, rompió los sueños paternos abducido por el torbellino de la poesía. Cuando conoció a aquellos poetae novi, a aquellos barbudos desaliñados, capitaneados por Catulo, a través de cuyos versos unas veces las musas destilaban miel, otras acíbar, cuando aquellos ídolos suyos lo admitieron en su cofradía, sintió que había sido llamado para componer versos, no para las leyes ni la oratoria.

Se le humedecieron las pupilas recordando a su progenitor. Su conciencia estaba tranquila: se había desvivido por hacerle sus últimos años lo más placenteros posible. Lo había atendido en su finca de la bahía de Neapolis con devoción. No se había privado de declararle en su lecho de muerte todo lo que le debía, todo el amor filial que abrasaba su alma. Había recogido de sus labios su postrer aliento. Sus cenizas reposaban en una tumba con vistas al mar y al Vesubio.

Cogió del lararium la escultura que representaba a su padre y la besó. En su Aeneis lo había ennoblecido convirtiéndolo en Anquises, el progenitor del héroe Eneas. Sólo Horacio y Mecenas conocían este secreto. Ni siquiera Augusto, el Princeps, quien no paraba de presionarlo para que diera fin a la epopeya que lo haría inmortal y elevaría la literatura romana al parnaso en el que ya moraba Homero.

Horacio lo condujo hasta sus termas, donde tomaron un baño. Su cháchara intrascendente consiguió hacerle olvidar el brete que tenía que afrontar al atardecer.

Les sirvieron una ligera colación en el triclinium a base de pan, uvas, queso e higos secos. Le trajeron una infusión de romero y tomillo, endulzada con miel y jalea, y la poción que Antonio Musa, médico personal del Princeps, le prescribió para sus afecciones respiratorias. Quinto insistió para que tomara también una tisana relajante.

Horacio lo abrazó y lo condujo al tablinum para que se encerrara allí y repasara sus hexámetros. Tenía a su disposición una bien surtida biblioteca y un esclavo escribiente. Honró los bustos de Homero y Minerva que presidían la estancia, la mejor iluminada. Desde el ventanal de la izquierda se gozaba de una vista privilegiada de los Horti Maecenatis, los maravillosos jardines que Mecenas mandó construir en el Esquilino, donde antes había una necrópolis, para levantar en ellos su propia mansión y las casas que regaló a sus amigos más íntimos.

"Virgilio dudó. La epopeya tendría que estar en hexámetros, un verso que se resistía al latín, un idioma que parecía tosco ante el griego"

Mecenas. ¡Cuánto le debía! Recordaba a la perfección cuando habló con él tras su recital en la villa de Asinio Polión, su hasta entonces protector. Allí Virgilio presentó en público un epilio dedicado a Eneas. Habían acudido también Augusto y su esposa Livia. Quedaron todos tan conmocionados por la musicalidad de sus versos que Mecenas lo invitó a aceptar su amistad y poner su poesía al servicio del Princeps.

Aceptó. Como cuando le pidió que escribiera la Epopeya de Roma, el poema que hiciera sentirse tan orgullosos a los romanos como estaban los griegos de las obras maestras de Homero. Virgilio dudó. La epopeya tendría que estar en hexámetros, un verso que se resistía al latín, un idioma que parecía tosco ante el griego. Livio Andrónico, un esclavo tarentino, quiso traducir al latín la Odisea y hubo de hacerlo usando el verso saturnio, por no serle posible hacerlo en hexámetros. Ennio sí supo adaptar el hexámetro al latín con sus Annales, pero había sido incapaz de aproximarse al genio homérico. Parecía que para cantar las grandes hazañas de un héroe o un pueblo el griego era la lengua. El griego era la lengua de los dioses, ecastor! En él habían cantado Sófocles, Esquilo y Eurípides. Hesíodo le había dado voz a las musas.

El de Andes no lo tenía claro y se negó al principio. Mecenas insistió: Roma, asolada tras decenios de guerras civiles, necesitaba resurgir de sus cenizas, recobrar la fe en sí misma. Los dioses le habían concedido ser señora de medio mundo. Sus legiones eran imbatibles. Necesitaba un héroe que la hiciera sentirse orgullosa de lo que era. Le propuso, incluso, ese héroe: Eneas, a quien había dedicado el epilio. Eneas descendía de una diosa, combatió en Troya, respiró el mismo aire que Aquiles y Odiseo y, lo más importante, de su sangre surgió Iulo, el fundador de la Gens Iulia, a la que pertenecían Rómulo y Remo, Cayo Julio César y su hijo adoptivo Augusto, otrora Octavio. Cantando a Eneas estaba loando al Princeps…

Virgilio respiró profundamente. Calíope, la de bella voz, musa de la épica, lo llamaba. Él prefería seguir glorificando a Erato, la de la lírica, como hacía Horacio, pero Roma, encarnada en Mecenas, le pedía cumplir su tributo.

Decidió dividir su Eneida en dos partes: los primeros seis cantos o rapsodias los dedicaría a homenajear la Odisea, llevando a su héroe por los mismos parajes que Ulises surcó en su periplo a Ítaca; en los otros seis, con su protagonista combatiendo para hacerse un lugar en el Lacio, honraría a la Ilíada.

"Horacio y Mecenas eran amigos, pero no se recataban a la hora de criticar algún hexámetro mal resuelto"

Agarró el manuscrito en el que llevaba trabajando casi una década. ¡Dioses! Tantos años de sacrificio consagrados a Calíope y tanto aún por perfeccionar. Sus versos eran buenos, lo sabía, pero aún eran como un potrillo de patas temblorosas si lo comparabas con el hermoso semental de pura raza que eran los de Homero. Necesitaba que no sólo fueran buenos, sino también inmortales. Para ello tenía que viajar a Grecia y a Cartago y ver los lugares por los que movía a sus protagonistas. Pero se sentía tan débil. Los dioses le habían dado un cuerpo enfermo, insuficiente para contener un alma como la suya. Dudaba de que sus fuerzas le bastaran para concluir dignamente su Aeneis. Pidió a sus íntimos que, si la parca lo sorprendía antes de que pudiera finalizarla a su gusto, pegaran fuego a sus manuscritos sin perdonar ni un verso.

Era bueno, lo sabía. Había ido organizando recitales conforme iba terminando pasajes. Horacio y Mecenas eran amigos, pero  no se recataban a la hora de criticar algún hexámetro mal resuelto. Tampoco Propercio se prestaba a adularlo si no estaba a la altura. Todos habían alabado lo que llevaba escrito.

Lo de esta tarde era el mayor reto de su vida. Hacía menos de un año que había muerto el que iba a ser el heredero de Augusto, su sobrino y yerno Marcelo. Virgilio había llevado a Eneas al Averno para visitar a su difunto padre, Anquises, y rememorar así el pasaje donde Homero hace descender a Odiseo al Hades a fin de entrevistarse con el adivino Tiresias. En realidad quería rendir tributo a la memoria de su propio progenitor en la figura de Anquises. Embebido de esta idea, en una noche de insomnio su musa le susurró que podía agasajar a sus protectores haciendo que en un lugar de los Elíseos Anquises revelara a su vástago el futuro nacimiento de las figuras que iban a dar lustre a Roma, incluyendo a Augusto y a su divino padre Julio César. La reciente muerte de Marcelo, arrebatado en plena juventud, le inspiró incluirlo en el catálogo de personajes glosados por Anquises. Comentó la idea con sus más afines. La noticia llegó a oídos de la familia principesca y Augusto le rogó que cantara ante ellos los versos dedicados al difunto. No pudo negarse.

"Su amigo lo invitó a su finca de Tibur para que pudiera centrarse en la escritura, procul negotiis, alejado del mundanal ruido y de las preocupaciones de la corte"

Ya no le dolía la garganta. El enjambre de abejas que por la mañana recorría sus vísceras se había calmado. Las pociones de Antonio Musa y los mimos de Horacio le hacían mucho bien. Mi buen Horacio, mi amado retaco, ¿qué sería de mí sin tus atenciones, sin tu luminosa compañía?

Su amigo lo invitó a su finca de Tibur para que pudiera centrarse en la escritura, procul negotiis, alejado del mundanal ruido y de las preocupaciones de la corte. Ambos adoraban la sencillez de la vida campestre, libres de los agobios de la urbe: lo que Horacio denominaba su aurea mediocritas, su dorada medianía. ¡Qué bien recogían los versos horacianos este ideal!

Beatus ille qui procul negotiis,

ut prisca gens mortalium

paterna rura bobus exercet suis,

solutus omni faenore,

neque excitatur classico miles truci

neque horret iratum mare,

forumque vitat et superba civium

potentiorum limina.

 

Dichoso aquél que, lejos de los negocios,

como la primitiva raza de los hombres,

labora los campos paternos con sus bueyes,

libre de toda usura,

y no se despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra,

ni se asusta ante las iras del mar,

evita el foro y  los umbrales soberbios

de los ciudadanos poderosos».

Horacio, Epodos, 2, 1.1​

Se levantaban al alba y tras un liviano desayuno, se recluía en el tablinum a trabajar, con vistas al valle del Aniene. Después de una ligera siesta a sexta hora, bajaban a veces al pueblo a visitar los templos de la Sibila o el de Hércules, o seguían trabajando cada uno enfrascado en sus versos. Al caer el día, se hacían servir una mesa con alimentos rústicos pero deliciosos disfrutando de cómo el ocaso pintaba con su luz la silueta del Monte Soracte. La belleza del mismo cuando estaba cuajado de nieve sólo la igualaba el beso que las olas daban a los guijarros de la playa de su villa cercana a Nola. Antes de dormir leían lo que habían escrito esa jornada y admitían las críticas, siempre constructivas, del otro, a fin de pulir su obra. 

Sacudió vigorosamente la cabeza como si quisiera espantar estas divagaciones y centrarse en bruñir los hexámetros que iba a declamar en breve. Dirigió una plegaria a Homero y le volvió a pedir perdón por empezar su Aeneis confesando que era él mismo quien cantaba al héroe, no la musa, como testificaba el ciego de Quíos. Iniciar un poema en primera persona dejando patente que era él quien cantaba, no una deidad interpuesta, podía resultar blasfemo para algunos. Pero su musa de bella voz le había insuflado esta osadía.

Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris

 Italiam, fato profugus, Laviniaque venit

 litora, multum ille et terris iactatus et alto

 vi superum saevae memorem Iunonis ob iram

Agarró el volumen, mil veces anotado, del pasaje de Homero que representaba a Odiseo en el Hades. Paladeó migaja a migaja los hexámetros del aedo divino. Se los sabía de memoria, pero dejó correr los ojos por la bella caligrafía del ejemplar mandado traer de la Biblioteca de Alejandría. Tras esta especie de oración asió con manos temblorosas las tablillas donde su escriba Hiparco iba tomando nota de sus versos. Los había pasado a limpio, pero el poeta aún no había dado orden de transcribirlos a los pergaminos, en los que esperaban los fragmentos que su exigente criterio consideraban que eran dignos de su arte. Y aun éstos le parecían, en momentos de zozobra y duda, merecedores de ser confiados a las llamas. Cuántas veces su amado Horacio lo había disuadido de quemarlos en aquellas noches de negrura interior en las que el don de Baco sabía acre a pesar de ser el mejor falerno. El bueno de Quinto. 

"El ianitor los avisó. La comitiva para llevarlos al Palatino, a la mansión de Augusto, había llegado"

Se sumergió en la lectura de sus propios versos. Volvió a borrar y escribir los períodos que no le satisfacían. Cambió dáctilos por espondeos y espondeos por dáctilos según el dramatismo que quería resaltar o no.

Llamaron a la puerta. Eran Alexandros, el citarista que acompañaría su canto, y Calidoro, que se encargaría de la percusión con un bastón, un pandero o unos crótalos, según lo requiriera el momento. Con ellos entró un esclavo trayendo una infusión para la garganta que una curandera de Tibur le aconsejó a Horacio para cuidar la voz de su camarada.

Ensayaron hasta que su anfitrión les interrumpió a sexta hora con varias bandejas de alimentos y una jarra de vino caliente endulzado con miel y rosas. Disfrutaron el almuerzo en el mismo tablinum al son de una lira.

El ianitor los avisó. La comitiva para llevarlos al Palatino, a la mansión de Augusto, había llegado. La encabezaba Mecenas, que, aunque se había distanciado algo del Princeps después de la aventura de éste con su esposa, no quería perderse tan señera velada. Horacio, en su papel de gallina clueca cuidando a sus polluelos, insistió al ministro para que tomara un refrigerio y una copa de su mejor vino. Virgilio oró ante el lararium de su amigo y se introdujo en los pliegues de su toga la figurilla de su padre: éste le había enseñado a ser pío con los dioses y sus ancestros, como su Eneas. Iba a necesitar la protección de los manes paternos.

Habían prohibido el paso de carruajes en horas diurnas. Por ello enviaron tres literas, portadas cada una por seis esclavos alóbroges, descendientes de los derrotados por Julio César años ha. Vae victis! “Ay de los vencidos”, pensó para sí Virgilio constatando la penosa situación de esos galos, que deberían haber nacido para ser fieros guerreros. Una decuria de pretorianos se encargó de escoltarlos y abrirles paso.

"Se humedeció la garganta con un sorbo de vino especiado e hizo una señal a Horacio para que pusiera en contexto los versos que iban a cantar"

Ante la morada del Princeps los aguardaba Agripa, el hombre fuerte, el gran general al que Augusto le debía su trono. El dueño de la casa los esperaba sentado en una repujada cathedra, acompañado de su esposa Livia. A su costado, en un diván, se reclinaba su hermana Octavia, madre de Marcelo, flanqueada por Julia, la única hija del Príncipe, nacida de un matrimonio anterior, y desolada viuda de su primo. En segundo plano divisó a Tito Livio, el paduano que se encargaba de la biblioteca de palacio y quería escribir una monumental historia de Roma desde su fundación, y a sus colegas Tibulo y Propercio. Vislumbró en penumbra a dos vestales. 

Le colocaron un escaño por si quería sentarse. Alexandros se situó a su diestra, Calidoro a su siniestra. Hizo uso de las enseñanzas que le dio el mimo Paris para abstraerse de su público, controlar las mariposas de sus nervios e impostar la voz. Se humedeció la garganta con un sorbo de vino especiado e hizo una señal a Horacio para que pusiera en contexto los versos que iban a cantar. Cuando éste acabó, él dejó de ser Virgilio y se convirtió en el heraldo de las musas. Sintió cómo lo poseían y hacían que su voz, gris y débil por natural, se creciera, se melificara unas veces o tronara otras, según marcaran los hexámetros. Casi sin darse cuenta llegó a los versos cumbre del fragmento, cuya composición le llevó más de un mes:

Heu, miserande puer! Si qua fata aspera rumpas!

Tu Marcellus eris. Manibus date lilia plenis

Purpureos spargam flores animamque nepotis

His saltem accumulem donis et fungar inani munere.

 

¡Ay, miserando niño! ¡Si rompieras los ásperos hados!

Tú serás Marcelo. Con manos plenas dad lirios;

derrame yo purpúreas flores, y colme el ánima

del nieto, al menos, con estos dones, y cumpla con este inútil deber.

Eneida, libro VI, 882-886.5

Concluyó repitiendo sotto voce varias veces tu eris Marcellus, como si fueran las olas del mar que, según te vas alejando de él, van quedando en sordina hasta desvanecerse.

Se sentó exhausto al terminar y sentir que la musa lo había abandonado. Silencio absoluto en la sala. Octavia se había desmayado sobre el regazo de su hermano, que lo miraba con los ojos arrasados de lágrimas. Julia sollozaba abrazándose  a sí misma. Le preocupó la mirada de Livia, que lo observaba de manera torva: algunos la acusaban de haber envenenado a Marcelo para que su hijo Tiberio sucediera a Augusto.

Horacio lo salvó de su mirada acercándose a él y besándole los labios como si quisiera libar los restos de ambrosía que había dejado en ellos Calíope. Agripa comenzó a aplaudir, secundado por el resto al instante.

Fue entonces cuando Virgilio fue consciente de ser digno servidor de Homero. Acarició en su seno la estatuilla de su padre: estaría orgulloso de su hijo y presumiría de él ante las sombras que poblaban el Averno.

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