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Vástagos de Grecia

Conocí a Antonio Penadés en Expolibro, la sala en la que la mítica Diego Marín de Murcia acogía a los famélicos de cultura con presentaciones de libros. Había escuchado de él como un Licenciado en Periodismo y Derecho, promotor de Acción Cívica contra la corrupción, látigo de los muy putrefactos políticos valencianos de su época, y escritor de una muy meritoria novela histórica, que recrea el ambiente previo a las Guerras del Peloponeso, con una intriga perfectamente trazada: El hombre de Esparta: La tragedia de Isómaco de Atenas.

Esa tarde presentabaTras las huellas de Heródoto, una crónica de viajes muy personal por las costas turcas del Asia Menor, siguiendo la estela del padre de la historia, nacido en Halicarnaso, de la que pronto hubo de exiliarse y convertirse en un polipátrida. Penadés se apeó de los quehaceres de su vida cotidiana, y en sus dos semanas de vacaciones, a lomos de un Renault Clio, llamado igual que la musa de la Historia (excelente presagio), sesudas guías arqueológicas y las Historias de Heródoto, recorrió el tramo entre Halicarnaso y Estambul. No es un libro de viajes al uso. Es mucho más: un itinerario iniciático por la ruta que siguió el descomunal ejército que Jerjes puso en marcha para vengar la derrota sufrida por su padre, Darío I, en Maratón 10 años antes. Penadés nos ofrece un mosaico de múltiples teselas pateando míticas ciudades como Mileto, Éfeso, Pérgamo, Troya, emocionándose con el descubrimiento de una hilera de piedras, arrumbada de cualquier manera, porque sobre ese suelo caminaron algunos de los sabios que iluminaron a la Humanidad y cuya luz, a modo de tenue luciérnaga, nos sigue llegando milenios después. Su prosa es capaz de destilar poesía de lo que a unos les pueden parecer míseras ruinas.

"No pude quedarme a descubrir al hombre que había tras el autor Penadés, pues esa tarde nos aguardaba en el Teatro Circo Josep María Pou con Sócrates: Juicio y muerte de un ciudadano"

Penadés confesó que quedó preso por Heródoto cuando lo descubrió a los 17 años en la biblioteca de su instituto, donde se había guarecido de una tarde de lluvia. Se inició un idilio que dio fruto con esta primera crónica, continuada un lustro después con otra titulada Viaje a la Grecia Clásica, en el que recoge al lector de Estambul, donde lo dejó en 2015, y lo acompaña hasta el legendario paso de Las Termópilas, con Heródoto en el horizonte, de quien el autor no se recata en destacar una y otra vez su amplitud de miras, su respeto al otro, su empatía con personajes que estuvieron a pique de acabar de raíz con el helenismo, cual fue Jerjes.

No pude quedarme a descubrir al hombre que había tras el autor Penadés, pues esa tarde nos aguardaba en el Teatro Circo Josep María Pou con Sócrates: Juicio y muerte de un ciudadano. Me conjuré con él para que nos trajera a Heródoto a Cartagena, a las Jornadas de Cultura Clásica que habíamos organizado para la primavera siguiente. Allí acudió junto con Santiago Posteguillo, que presentó La legión perdida, última pieza de la trilogía dedicada a Trajano.

Antonio cautivó al auditorio que abarrotaba el paraninfo del Antiguo Hospital de Marina, un edificio castrense decimonónico, rehabilitado como sede de la Universidad Politécnica de Cartagena. Dejó patente su profundo conocimiento del mundo heleno, su amor a sus clásicos, su prosa sencilla y florida a la vez, la sólida filantropía que se escondía tras el escritor. Estrechamos lazos disfrutando de la representación de La destrucción de Sagunto, a cargo de la Federación de Tropas de Cartagineses y Romanos para promocionar sus festejos septembrinos y, sobre todo, gozamos de manera inenarrable el monólogo del inmenso Antonio Dechent (que entonces estaba rodando Oro, bajo la dirección de Díaz Yanes y con guión basado en una idea de Pérez-Reverte). Dechent se inmoló en el altar del milenario teatro romano de Cartagena, ofrendándonos a los más de 300 espectadores el sublime monólogo que Marco Antonio pronuncia ante el populacho como réplica al que ha declamado Bruto, encarnado con solvencia por el cartagenero José Antonio Ortas.

"Caló las ánimas de todos los afortunados que pudimos ver cómo un dios lo poseía borrando a Antonio y resucitando a Marco Antonio"

En una de nuestras jaranas trianeras Dechent me contó que en las postrimerías del franquismo fue detenido y llevado a comisaría. El comisario, un tipo avinagrado, que rezumaba mala follá por los cuatro costados, lo interrogó sobre cuál era su oficio. Mi amigo respondió que era actor. El gerifalte le dijo que se lo demostrara. Ni corto ni perezoso, Dechent se subió a la mesa de la autoridad y desde allí comenzó a declamar, precisamente, los versos que Shakespeare pusiera en boca de Marco Antonio como treno a la muerte de su amigo Julio César y acicate al pueblo para que vengara su muerte. Lo dejaron ir sin cargos, conmovidos aún por su interpretación. A la séptima Cruzcampo le hice jurar que tenía que venir a Cartagena a darles vida de nuevo a aquellos mármoles centenarios con las palabras de Shakespeare.

En un silencio sepulcral, roto por el graznido de las gaviotas, la voz prodigiosa de Dechent, capaz de horadar las profundidades de la tierra para poco después convertirse en aura y acariciar los cúmulos, caló las ánimas de todos los afortunados que pudimos ver cómo un dios lo poseía borrando a Antonio y resucitando a Marco Antonio. Al acabar el monólogo y recibir la ovación que estalló, el actor hubo de refugiarse en un recodo tras el proscenio para permitir que el dios que lo había poseído lo abandonara y dejara espacio para el hombre que de sólito lo habitaba.

Con estos mimbres fui estrechando una relación con Penadés que me llevó a libar su primer libro de viajes, buscando en sus páginas al adolescente que se enamoró del historiador y cómo le fue fiel a lo largo de las décadas hasta alumbrar esta obra que es un monumento de amor a Heródoto y, por ende, a Grecia y a todo lo que ésta representa para la humanidad.

"He acompañado a Penadés en su periplo desde Alexandrópolis, en el remoto norte de Grecia, hasta Las Termópilas"

Este verano he podido usar el cuaderno de bitácora que el valenciano ha trazado en su nuevo periplo por tierras helenas con Viaje a la Grecia Clásica: Del Monte Athos a Termópilas. No he podido hallar mejor faro que marcara el rumbo en medio de la procelosa travesía vital a la que nos ha arrojado esta pandemia, que está socavando de manera irremediable los cimientos del mundo que nos poblaba.

He acompañado a Penadés en su periplo desde Alexandrópolis, en el remoto norte de Grecia, hasta Las Termópilas. He disfrutado anotando los hoteles con encanto donde yació y los mesones donde pació.

Con Heródoto siempre en la mirada Penadés nos ofrenda un viaje iniciático por la geografía helena: el itinerario seguido por los medas de Jerjes no es más que una excusa para hacer un descenso al interior de uno mismo en busca de las raíces que la Hélade ha ido calando en la sementera de la Humanidad, generación tras generación. Provista el alma del valenciano de un buen zurrón de lecturas previas, invita al lector a vivir la muerte de Orfeo, despedazado por las ménades, en el Hebro, actual Evros, y a buscar el rastro del poeta Anacreonte, del filósofo, matemático y polímata Demócrito y de los también sabios Anaxágoras y Protágoras, amigos de Pericles, en las ruinas de Abdera. Aprovecha que en esa población nacieran o vivieran una temporada estos personajes para darnos una pincelada sobre las escuelas de filosofía helenas.

Nos conduce a la isla de Tasos, pródiga en canteras de mármol y minas de oro y plata, siguiendo la estela del lírico Arquíloco (712-664 a. C.), que debió emplearse como mercenario y combatir contra los feroces tracios, pobladores originarios de estas tierras, y no se recata en confesar que, a diferencia de la épica heroica de los espartanos, abandonó su escudo en un encontronazo contra ellos para salvar su vida. Nos muestra el recóndito promontorio de Aliki, asomado al mar en un entorno de belleza inenarrable, el lugar donde cuentan que Zeus sedujo a Leda transformado en cisne. Nos lleva hasta una de las canteras de las que se extraía el mármol tasio, al que le dieron vida genios como Policleto, Mirón, Praxíteles, Lisipo y Escopas, nativo de la isla. En el espectacular teatro de Tasos aprovecha para darnos una lección sobre lo que el teatro significó para los griegos, don que éstos compartieron con el resto de la raza humana.

"En Potidea conocemos cómo Sócrates, que combatió junto con los hoplitas atenienses en las Guerras del Peloponeso, salva la vida de su amante Alcibíades"

De la mano del cronista vivimos la desolación en la que han de soportar los refugiados, kurdos y sirios en su mayoría, que sobreviven en durísimas condiciones en fábricas abandonadas. Visitamos las imponentes tumbas de Anfípolis, a la vez que nos acerca a la figura de Filipo II, sepultado en otro enterramiento semejante en Vergina. Nos emociona al honrar el lugar en forma de herradura en el que cuentan que estuvieron las cenizas de Aristóteles en Estagira. Lo acompañamos a conocer el ninfeo en el que el discípulo de Platón educó a Alejandro, el Magno, en un bucólico enclave.

Viajamos al Monte Atos, península sagrada para la iglesia ortodoxa, en un trayecto espiritual a lo más recóndito del alma humana, conviviendo con los monjes y peregrinos en una experiencia capaz de cambiar tus cimientos. Penadés aprovecha para darnos una lección de pintura bizantina admirando los iconos y frescos que en el monasterio donde se hospeda veneran.

En Potidea conocemos cómo Sócrates, que combatió junto con los hoplitas atenienses en las Guerras del Peloponeso, salva la vida de su amante, Alcibíades, uno de los personajes más carismáticos y polémicos de este período.

Un periplo preñado de empatía, de filoxenía y sobre todo de amor a la Hélade y a su eterno legado.

"A comienzos de julio, intentando salir a flote tras el tsunami pandémico al que nos está arrastrando el coronavirus, me aferré a una de las obras de Mario para hallar la cordura y el rumbo precisos"

A Mario Agudo lo conocí un año después, también en las jornadas de cultura clásica en Cartagena. Había acudido a presentar Palmira, obra dedicada a la legendaria polis siria, cuna de la célebre Zenobia, que plantó cara a las águilas romanas. Mario es Licenciado en Periodismo, pero, de un espíritu inquieto y entusiasta, se ha convertido en uno de los paladines de la defensa de las Humanidades, en una sociedad donde se multiplican más sus inquisidores que sus defensores. Su papel en las redes como divulgador del Mediterráneo Antiguo o el Legado Griego, sus publicaciones en revistas de historia de prestigio y su colaboración en programas como SER Historia lo hacían un personaje digno de admiración para los que venimos bregando por la defensa numantina de los Estudios Clásicos.

Pronto fuimos conquistados por su carisma, por su filohelenismo, por la pasión y calidad de su obra, y decidimos invitarlo a formar parte del Proyecto Itinera, que, apadrinado por otro humanista como Arturo Pérez-Reverte, tiene sus cuarteles de invierno en Zenda.

En uno de sus artículos confiesa cómo con 8 años descubrió una edición ilustrada de la Odisea y poco después una biografía de Alejandro Magno. Fueron la yesca que prendieron en su ánima el amor por lo griego, amor al que se aferró y que lo mantuvo a flote, cuando los cantos de sirenas de los 80, en los que debió bogar en una barriada humilde, arrastraron hacia los escollos funestos de la droga y el alcoholismo a muchos de sus coetáneos.

A comienzos de julio, intentando salir a flote tras el tsunami pandémico al que nos está arrastrando el coronavirus, me aferré a una de las obras de Mario para hallar la cordura y el rumbo precisos a fin de no sucumbir a este maremoto o, en el caso de tener que caer, hacerlo con el alma serena y enriquecida tras una existencia de lecturas y vivencias plenas.

"Mito e historia van de la mano en las primeras etapas de Atenas, y es difícil discriminar el uno de la otra"

Busqué refugio en Atenas: El lejano eco de las piedras, un compañero esencial para aquel viator que desee vivir la capital del Ática, cuna de la democracia y el teatro, florilegio de mitos, filósofos y personalidades clave en la historia occidental.

Mito e historia van de la mano en las primeras etapas de Atenas, y es difícil discriminar el uno de la otra. Con un bagaje de lecturas envidiable y sustentado en una bibliografía exhaustiva, Agudo se nos postula como cicerone en un recorrido por la polis de Atenea, que comienza desentrañando los vericuetos de la Acrópolis, la roca sagrada sobre la que se asentaron los templos más importantes. Descubrimos en sus espacios la huella que en ellos dejaron los mitos, siguiendo las crónicas de Pausanias o Estrabón. Conocemos los pormenores de la procesión de las Panateneas, magistralmente inmortalizada por Fidias y su escuela en los frisos del Partenón. Asistimos a la devastación que los persas causaron con el incendio, al saqueo de la Acrópolis poco después del sacrificio del diarca espartano Leónidas en las Termópilas y al renacimiento que supuso el gobierno de Pericles, donde colosos de la talla de Esquilo, Sófocles, Eurípides, Sócrates, Platón, Fidias, Heródoto y Aristófanes compartían vivencias. Visitamos el teatro de Dionisos, el primero que se levantó en piedra, a la par que recibimos una lección sobre los orígenes del drama.

Agudo nos lleva al ágora para mostrarnos en los vestigios allí conservados los diferentes regímenes de gobierno que conocieron los atenienses antes de la creación de la democracia. Gracias al ágil verbo del madrileño personalidades como Dracón, Solón, Pisístrato, Clístenes y su sobrino nieto Pericles cobran vida, así como sus aportaciones para el nacimiento y consolidación del nuevo régimen democrático. Ascendemos a la Pnyx donde se reunía la Ekklesía, la Asamblea, sabiendo que las sedes de las magistraturas quedaban en el ágora. Gozamos del Hefesteión, el templo mejor conservado de la Hélade.

Mario nos conduce al Pireo, el puerto donde amarraba su flota de trirremes, en la que Atenas basó su poderío militar en época clásica. Lo acompañamos al Cerámico a vivir los ritos funerarios en el cementerio y museo allí sitos, pero también nos lleva al aledaño barrio de alfareros, del que salieron ingentes cantidades de cerámicas que dieron fama a la polis por todas las riberas del Mediterráneo.

"Es una guerra tal vez perdida ante la desoladora superioridad de los nuevos medos, comandados por mediocres sátrapas, que se refugian en negociados universitarios, despachos y escaños autonómicos y estatales"

Podemos vivir también el juicio y la muerte de Sócrates, visitando la cárcel donde tomó la cicuta. Asistimos al saqueo y desolación a la que el romano Sila sometió a la población, compensada siglos después con las atenciones y monumentos que el emperador Adriano le ofrendó. Acompañamos a la polis en su declive tras las invasiones bárbaras y en las etapas bizantina, franca y turca. Todo lo cual convierte al libro de Agudo en el mejor viático para conocer muchos de los intríngulis de Atenas, escuchando el eco de sus piedras y las historias que éstas remueven aún hoy en día.

En esta lucha contra la barbarie de la ignorancia que nos asola, contra la tiranía de lo inmediatamente “útil”, donde se desprecian aquellos estudios que necesitan poso y se centran en la complejidad del ser humano, son más necesarios que nunca escritores como Antonio Penadés y Mario Agudo, hijos de Grecia, aun no habiendo nacido en su solar. Hoplitas armados sólo de su logos y su pathos, que, aun cercanos al desaliento ante la indiferencia de la mayor parte de una sociedad materialista, deshumanizada y analfabeta en el sentido etimológico, no dudan en embrazar el hoplon, ajustarse las grebas, calarse el kranos y empuñar la dory y la xifos en defensa de lo que consideran que nos hace más humanos, a la vez que nos acerca a los dioses: la Madre Hélade.

Es una guerra tal vez perdida ante la desoladora superioridad de los nuevos medos, comandados por mediocres sátrapas, que se refugian en negociados universitarios, despachos y escaños autonómicos y estatales, sin haber pisado una clase pública ni haber compartido con los hoplitas y gimnetas que se baten en ella el sabor de la sangre y sudor derramados a diario por el sueño de una sociedad más empática, justa y antropocéntrica. Una guerra perdida, mas una batalla que hay que dar ineludiblemente hasta el último aliento con la dignidad que otorga ser vástagos de Grecia.

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