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Horizonte, de Barry Lopez

A lo largo de sus viajes a algunos de los lugares más cálidos, fríos y desolados del mundo, y a través de las amistades que forja en el camino con científicos, arqueólogos, artistas y residentes locales, Barry Lopez busca el significado y el propósito en un mundo roto. Un trabajo épico y revelador que expresa preocupación y frustración a la vez que ofrece humanidad y esperanza.

Zenda adelanta un fragmento de Horizonte (Capitán Swing).

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Horizonte es una reflexión autobiográfica sobre muchos años de viajes e investigaciones, en la Antártida y en más de setenta países. Algunos de esos viajes los financié yo mismo, para otros busqué subvenciones o recibí becas. Hice varios viajes por encargo de revistas y, en otros, simplemente me invitaron a acompañar a alguien. Los detalles y mis expresiones de gratitud por quienes me han ayudado a lo largo de los años están incluidos en los Agradecimientos.

La mayoría de los viajes que describo aquí los hice entre los cuarenta y los sesenta años. Sin embargo, viajé a las islas Galápagos y a Australia y la Antártida en varias ocasiones y en diferentes momentos de mi vida. Pensé que la forma menos complicada de narrar estas experiencias era contar sencillamente la historia, sin tratar de explicar ninguna yuxtaposición temporal. Ahora bien, quizá sea útil saber que, cuando fui al cabo Foulweather para afrontar el temporal de invierno, tenía cuarenta y nueve años; que tenía unos años menos y acababa de publicar un libro sobre la región más septentrional de Norteamérica, Arctic Dreams (Sueños árticos), cuando volé al campamento arqueológico de la isla de Skraeling, y que tenía cincuenta y cuatro cuando viajé a Graves Nunataks, en los montes Transantárticos.

Dado que Horizonte pretende ser una obra autobiográfica, debo subrayar que todos esos viajes entrañaron una larga curva de aprendizaje. No he querido ser explícito sobre lo que aprendí (o desaprendí) ni cuándo, en parte porque no siempre he tenido claro qué cambios pudieron ocurrir. El joven que visitó el yacimiento arqueológico de Skraeling es el mismo que, al final del libro, se encuentra con un desconocido en la carretera a Puerto Hambruna, pero al mismo tiempo no lo es.

***

El niño y yo estamos asomados a una barandilla de acero, mirando el mar. Hay un sol reluciente, pero la sombra de un tejado que tenemos encima nos permite ver claramente el fondo del mar y observar cómo tiembla allí abajo lo que queda de la superestructura de un buque de guerra hundido setenta y dos años antes.

Mi nieto tiene nueve años. Yo tengo cincuenta y ocho.

La explanada conmemorativa en la que nos encontramos, junto a mi mujer, está construida sobre lo que queda del USS Arizona, un buque de guerra de la misma clase que el Pennsylvania, de 185 metros, hundido en su punto de amarre la mañana del 7 de diciembre de 1941 por bombarderos suicidas japoneses. Se hundió en solo unos minutos. El casco inundado, una necrópolis desde entonces, contiene los restos de muchos de los 1.177 marineros e infantes de marina acribillados o ahogados esa mañana. Le explico al chico que, a veces, nos hacemos estas cosas, nos hacemos todo ese daño. Sabe lo que fue el 11 de septiembre de 2001, pero todavía no ha oído hablar, creo, de Dresde ni del Frente Occidental, quizá ni siquiera de Antietam o Hiroshima. Hoy no le voy a contar que pasó en esos otros días infernales. Es demasiado joven. Sería una inconsciencia —una crueldad— explicarle todo de forma intencionada.

Esa mañana, unas horas después, estamos los tres buceando en un arrecife de coral. Contemplamos bancos de peces tropicales saltar, enroscarse y desenroscarse ante nosotros, como unas banderas de colores al viento. Luego almorzamos junto a una piscina en el hotel en el que nos alojamos. El chico nada sin descanso en el agua turquesa y reluciente de la piscina hasta que su abuela se lo lleva a la playa. Corre a lanzarse a las aguas del Pacífico.

No se cansa de nadar.

Le observo unos minutos, mientras se tira de cabeza a las olas que rompen una tras otra. Su abuela, con el agua hasta la rodilla, le vigila sin descanso. Al cabo de un rato, me siento en un sillón junto a la piscina, con un vaso de limonada helada, y me pongo a leer un libro que acabo de empezar, una biografía del escritor estadounidense John Steinbeck. Levanto la vista de vez en cuando para mirar la luz del sol que tiembla sobre la superficie del mar o para seguir las bandadas de golondrinas que huyen de las mesas del restaurante al aire libre del hotel después de haberse dedicado a rebuscar migas. Durante largos minutos ininterrumpidos también observo, con una mezcla de curiosidad y afecto, a los otros huéspedes del hotel, que toman el sol en tumbonas junto a la piscina o pasean con total relajo. El aire compasivo y la luz benigna me mueven a sentirme conciliador con todo lo que veo diferente a mí mismo. Cuando respiro, noto un aroma denso, como de perfume, de flores tropicales que restallan en un seto cercano. ¿Es buganvilla? La exuberancia de mi nieto también refuerza esa sensación de tranquilidad que me invade.

Casi todos los que se alojan en el hotel son asiáticos. En particular, reconozco los rasgos distintivos de rostros japoneses y chinos. Cuando atraviesan el restaurante junto a la piscina vestidos con ropa cara, hacen una señal discreta a un empleado para que les traiga una toalla, cogen ejemplares de The Honolulu Star-Advertiser para estirar las páginas, todos parecen tener el aire de gente acostumbrada al lujo, tal como lo imagino yo.

Vuelvo a la biografía. En el párrafo que estoy leyendo, el autor describe un encuentro que tuvo una vez Steinbeck en su casa de Pacific Grove, California, con el historiador de mitología Joseph Campbell. La noche anterior, Steinbeck, el compositor John Cage, Campbell, la primera esposa de Steinbeck, Carol, y unos cuantos más habían cenado juntos en casa del escritor. A la mañana siguiente, Campbell sale al patio a informar a su anfitrión de que se ha enamorado de Carol. Acusa a Steinbeck de tratarla de forma mezquina y dice que, si no cambia su comportamiento, él, Campbell, está dispuesto a pedir a Carol que se case con él y le acompañe de vuelta a Nueva York.

Levanto la vista de repente, al recordar que, en 1956, estuve en un campamento de verano con los hijos de Steinbeck, Thom y John. Para mí fue una ocasión memorable. Tenía once años y al mismo tiempo conocí a su padre. Me maravilló la corpulenta cosificación de aquella persona que había escrito El poni colorado (también me presentaron a su tercera esposa, Elaine, que se mostró fría y desdeñosa).

Reanudo la lectura donde la dejé, deseoso de seguir a este inesperado triunvirato: Steinbeck, John Cage, Joseph Campbell.

Varias páginas después, siento el sol que desciende ardiente sobre la mejilla derecha. Pasa otra bandada de golondrinas sobre mi cabeza y de pronto me pregunto si he cometido un error terrible esta mañana en Pearl Harbor, antes de que fuéramos todos a ver el Arizona. Llevé a mi nieto a ver el interior de un submarino estadounidense de la Segunda Guerra Mundial y le expliqué la arquitectura, el periscopio en la torre de mando, los tubos lanzatorpedos de la parte delantera. Él tocó los torpedos con cuidado, con una suave caricia, y sus manos pequeñas abrazaron las cabezas.

Justo en este momento, una guapa mujer japonesa que caminaba junto a la piscina da un salto arqueado y elegante y se zambulle en el agua. Un acto impulsivo. A su alrededor se eleva un pliegue de agua, como el volante de un traje de flamenca. El agua de la piscina se pulveriza en gemas translúcidas.

En medio de la belleza de este instante, me viene la pregunta repentina: ¿qué va a ser de nosotros?

Me levanto, marcando la página del libro con el dedo, y miro a través de un seto de uvas de playa hacia las olas en busca de mi nieto. Él me saluda lleno de entusiasmo, sonriendo desde una ola. ¡Estoy aquí, abuelo!

¿Qué va a ser de todos nosotros ahora, en esta época de sectarismos y violencia cotidiana?

Quiero dar las gracias a la mujer por su exquisita zambullida. Por el abandono y la elegancia de sus movimientos.

Quiero desear a cada uno de los desconocidos que veo en las butacas y las tumbonas a mi alrededor, a cada uno de ellos, una vida tranquila. Quiero que todos los que están aquí sobrevivan a lo que se nos viene.

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Autor: Barry Lopez. Traductora: María Luisa Rodríguez Tapia. Título: Horizonte. Editorial: Capitán Swing. Venta: Todos tus libros, Amazon, y Casa del Libro.

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