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Saber quién soy, de Laura Freixas

Saber quién soy, de Laura Freixas

«¿Quién soy?» es la pregunta que recorre, entre líneas, estas páginas. Quien las escribe ronda los cuarenta años, vive en Madrid y es escritora. Lleva una vida en apariencia inmejorable: matrimonio feliz, maternidad idílica, una primera novela a punto de salir a la luz, otra en curso, viajes, lecturas, traducciones… Sin embargo, el diario que la autora lleva en esos años, entre 1997 y 1999, reproducido aquí prácticamente sin correcciones ni cortes, no puede ocultar la angustia de una crisis de identidad. Una escritora que apenas tiene ingresos como tal, que dedica lo mejor de su tiempo a la vida familiar, ¿es de verdad escritora? El mundo literario, con sus envidias, su machismo, el señuelo del éxito y sus servidumbres, ¿cómo manejarlo?… Mantener la pareja ¿justifica abandonar el propio país, alejarse de la profesión y de las amistades? Esa pareja, ¿es tan perfecta como parece? ¿De verdad están de acuerdo los dos en tener otro hijo?… Y sobre todo: por debajo de esa vida convencional, ¿dónde está el yo? Tercera entrega del diario de Laura Freixas, Saber quién soy registra una vida cotidiana, examina una conciencia, refleja el proceso de escritura e indaga en ciertos dilemas y contradicciones derivados de la situación de las mujeres.

Zenda adelanta un fragmento.

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¿Quién soy?

JUEVES 23 DE ENERO 1997

Tengo la sensación de haber aprendido mucho últimamente sobre escribir. ¿Y qué es lo que he aprendido?

No quedarme paralizada esperando la inspiración, la percepción original, la frase brillante, la sensación o intuición fuera de lo común, sino soltarme, a lo que salga.

Ser más receptiva, tener abiertos los poros. Es una sensación física, verdaderamente, de abrirse, una sensación que tiene algo de erótico.

Introducir metáforas y símiles constantemente, en todo.

No buscar el adjetivo, la frase, el símil, por sí mismo, lo cual es muy difícil y es un callejón sin salida, no lleva a ninguna parte, sino crear una red. En esa red, los adjetivos, las metáforas, hasta las más pobres en apariencia, adquieren sentido, porque son variaciones sobre las mismas ideas y por su acumulación van adquiriendo densidad.

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MIÉRCOLES 20 DE AGOSTO DE 1997

Por la tarde me llevé a W. a la oficina de E., para luego ir a comprarle ropa —a E.—. Entre autobús y metro, una hora. Pero una hora sin interés se convierte, llevando a W., en una expedición, una excursión, una aventura. Cómo lo mira todo, y pregunta por qué el autobús es grande y por qué vamos tan deprisa y me pide que le pinte las uñas; luego el placer de tenerla sentada en las rodillas, de llevarla de la mano, con su vestido azul y rojo, sus zapatitos azules y rojos y su «kiki» rojo en el pelo, y el orgullo de tener esa especie de muñeca de porcelana delicada, preciosa, y a la vez viva y despierta y lista y cariñosa. Es un milagro tal, que me parece que se puede evaporar, salir volando, hacerse humo, en cualquier momento. Y aunque parezca una blasfemia, entiendo a los secuestradores de niños, entiendo que alguien quiera robar ese tesoro, o incluso destruirlo, no pudiendo soportar que exista semejante prodigio.

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MARTES 25 DE NOVIEMBRE DE 1997

Quiero tener otro hijo, sí, pero como culminación del amor y del placer y la alegría, no como un resultado de la técnica, no coronando un proceso de dolores y molestias. Si tuviéramos una relación más cariñosa, la técnica sería lo de menos. Pero hay algo monstruoso en ir a la clínica sin haber hecho el amor la noche anterior, por enésima vez, y allí abrirse de piernas para que le metan a una un trasto metálico recubierto con un preservativo para mirar no sé qué en una pantalla…

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NOVIEMBRE 1997

Me siento arrastrada —por E., por las circunstancias, por mis propias elecciones sobre todo, claro, pero arrastrada— a un tipo de vida —mediana, mediocre, encauzada de antemano— que no es la que yo quiero. Encerrada, encarcelada, pasando un purgatorio, contando los años que faltan para que W. sea mayor… Claro que al mismo tiempo W. es un tesoro, hasta el punto de que cuando voy con ella por la calle siento que me paseo con el tesoro de Alí Babá a la vista, como quien se pasea llevando una fortuna en joyas, y temo que me la roben…

Entiendo a la vez mejor y peor que antes a quienes, teniendo hijos pequeños, se divorcian. Entiendo que uno quiera dar marcha atrás, desembarazarse, salirse de esas redes, recobrarse uno mismo y la propia libertad, que diga: me he equivocado, que quiera volver al punto de partida. No entiendo que uno pueda desprenderse tan fácilmente del amor a los niños, de la necesidad recíproca, ni que pueda hacerles esa putada.

Falta de un hombro en el que llorar. No puede ser el de E. porque sería como reprocharle que la vida que él me proporciona y que él ha elegido —la ha elegido él más que yo, eso está claro— no me gusta. Y a las amigas no quiero darles la lata. Suerte de la psi…

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LUNES 15 DE DICIEMBRE DE 1997

¿Qué haría yo en Santiago de Chile, cada día de nueve a cinco —o de nueve a nueve—, de lunes a viernes?… Yo, que no soporto la vida de ricachona, de mujer mantenida, de señora burguesa soplándose las uñas para que se seque el barniz… Sin obligaciones, sin nada que ofrecer a la sociedad, un parásito. No lo soporto y, encima, me mata la inspiración. Me despreciaría a mí misma.

LAS VEGAS

De pronto, en medio del desierto, una avenida de diez [aa1] kilómetros de largo, a cuyos lados se alinean reproducciones, de tamaño más o menos natural, pero en chillón, simplificado, hortera…, del Arc de Triomphe, la torre Eiffel (más pequeña, pero toda en neones), el Palacio Ducal, góndolas con gondoleros incluidos, la Estatua de la Libertad, el edificio de la Chrysler y otros de Nueva York (y entre ellos los carriles de una enorme montaña rusa), un castillo medieval (el hotel Excalibur), la pirámide de Gizeh (en cristal negro, con diamantes de luz recorriendo a toda velocidad las aristas arriba y abajo), la esfinge (pintarrajeada de colorines…).

Yo abrí la ventanilla, incrédula, como para verificar que era real. Estábamos pasando junto al hotel Venitian y por la ventanilla entró, a la vez, la vaharada de aire del desierto, con temperaturas de horno, y un aria de ópera a todo trapo que salía de innumerables altavoces… Paramos junto al Caesar’s Palace; bajé del coche, para pedir una habitación, entré… y me encontré en una sala inmensa, llena de estatuas ecuestres de césares, pintadas de purpurina, bajo un falso cielo estrellado… y dos mil cuatrocientas máquinas tragaperras haciendo todas cling cling al mismo tiempo, accionadas por millares de locos… ¿Y la recepción? No aparecía por ninguna parte… Pregunté a alguien, que me dijo: I dont want to discourage you, but its about an hour walk from here [“no te quiero desanimar pero está como a una hora a pie de aquí”], estaba completamente desconcertada… Intenté volver por donde había venido, me perdí, tropecé con un cartel que en letras doradas advertía Non Exitus… y solo veinte minutos después de haber salido, llegué al coche, y le tuve que confesar a E. que no había conseguido, no ya reservar una habitación, sino ni siquiera encontrar la recepción…

VIAJE AL DESIERTO (MARRUECOS)

Viento de arena: por los surcos avanza la arena alborotada como serpientes de arena y luz.

En primer plano, palmeras, precisas; luego bruma luminosa con formas vagas.

Al llegar adonde comimos: unas cuantas palmeras, una construcción de adobe cúbica, los camellos que ya habían llegado, todo ocre, y una mujer negra con un vestido de satén rosa.

Por la noche en el campamento: la gran tienda blanca de lona iluminada por dentro, en la oscuridad, y las siluetas de los que están en el interior moviéndose, como sombras chinescas.

Leo Le passé simple [El pasado simple] de Driss Chraïbi, una novela maravillosa.

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LUNES 13 DE DICIEMBRE DE 1997

El viernes me di la tarde libre, me tomé un café en el Mallorca de la calle Serrano, tranquilamente, y después me fui a patinar al Retiro.

Era “la hora del lobo”, el momento, a la caída de la noche, en que no se puede distinguir un perro de un lobo. El cielo estaba de un rosa entre anaranjado y ceniciento, y más arriba de un azul leve, y nubes sigilosas, ligeras, de un blanco grisáceo. Se encendían las primeras farolas. Entré por la puerta de Alcalá, subí hasta la fuente, seguí y desemboqué en esa gran avenida central entre árboles por donde patinamos siempre, el Paseo de Carruajes.

Bajo el gran cielo fucsia, progresivamente morado, se veían las siluetas negras de los pinos, y debajo, alguna farola que empezaba a encenderse. Desde donde yo estaba, en lo alto de la pendiente suave, se veía descender la avenida desierta y adentrarse en las sombras: el fondo del paseo, a lo lejos, era más oscuro, cárdeno, acogedor y tenebroso a un tiempo. A un lado, se destacaba en negro, sobre el cielo azul pálido, la silueta de una casa —el restaurante— con ventanas amarillas, anaranjadas, color miel, iluminadas por dentro, y en una de ellas se silueteaba una kentia. Una casa de cuento, hecha de caramelo…

Hacía frío y no había casi nadie: una pandilla de africanos, una mujer que caminaba por uno de los laterales repitiendo en voz alta y a intervalos regulares una palabra incomprensible, como “Gonco”, rítmicamente: gon-co, gon-co (supongo que buscaba a un perro) y bajo las farolas, unos chiquillos jugando al fútbol. A lo lejos se oían unos tambores.

Fue media hora mágica, empapada de esa exaltación, con todos los sentidos abiertos, palpitantes, como bebiendo luz, bebiendo música, bebiendo paisaje… que solo siento estando sola.

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Autora: Laura Freixas. Título: Saber quién soy. Diario 1997-1999. Editorial: Tres Hermanas. Venta: Todos tus libros, Amazon y Casa del Libro.

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