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Hungría tenía miedo al amor

Hungría tenía miedo al amor

Hay cosas que se pueden escribir y otras que simplemente se escapan a yugo de lo verbal, como si fuesen serpientes que se escurren por las grietas de las palabras. El escritor diestro es un cazador de serpientes hábil y silencioso. Se lanza sobre esas cuestiones imperceptibles, las destripa y las exhibe sin articular palabra alguna. Magda Szabó, novelista húngara de la que la editorial Minúscula acaba de editar en España El corzo —la quinta de sus novelas que aterriza en nuestro país—, era una cazadora salvaje y precisa, tanto que uno la lee como quien observa a Anton Chigurh, aquel Javier Bardem psicopáta y nocturno, asesinar a sus víctimas con certeros disparos de aire comprimido, mientras la calle continúa respirando a su ritmo habitual.

"Minúscula publica, por primera vez en España, El corzo, novela que Magda Szabó escribió durante los años 60 en la Hungría soviética"

El corzo es, en apariencia, el retrato de una mujer de éxito corroída por la envidia. Szabó cuenta su historia a través de la voz de su protagonista, Eszter, una reputada actriz de teatro de procedencia pobre aunque apellido ilustre. Es el monólogo encendido de una persona incapaz de asimilar las bondades del mundo, al haberse criado en un país roto y sin identidad clara. Su familia, de ascendencia aristocrática, vive en la Hungría de entreguerras sumida en una honda pobreza, y ella se comprende pronto a sí misma como un ser de aparente irrelevancia y escasa belleza, en un mundo en el que nada sino la belleza podría salvarte de no ser nadie. Así nace su odio visceral hacia Angéla, una joven vecina suya que encarna todas esas cosas que ella anhela y desprecia al mismo tiempo: es buena y bonita, tan bonita que los árboles se curvan para trazar arcos a su paso.

Con Europa al borde del colapso y Hungría incrustada entre las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial, la realidad de Eszter se descalabra mientras ella se introduce, lentamente, en el mundo del teatro. La interpretación sirve a Szabó como herramienta narrativa ideal: ofrece un espejo a su protagonista en el que mirarse sin verse a sí misma. Le regala una vía de escape, una bomba de oxígeno inesperada. Y así huye Eszter de los diablos que trazan su persecución, entre Shakespeare y Bernard Shaw, en la pirueta existencial de abandonar su castigada identidad, de desposeerse de la corrupción de su descreída forma de enfrentarse al mundo real.

El Corzo, de Magda Szabó

En el mundo del teatro se enamora Eszter por primera vez, recibiendo ese sentimiento con un manto de violenta hostilidad. El destinatario de su amor, así como aquel al que se dirige el monólogo que cubre las páginas del libro, resulta no ser otro que el marido de la propia Angéla. Así se cierra un círculo de identidades en el que la protagonista de El corzo se percata de la posibilidad de ejecutar la mayor de sus venganzas: la venganza que merece aquel ser decidido a rebelarse contra unos tiempos en los que el amor no encuentra su lugar en las conversaciones.

Pero El corzo no es, en realidad, sino un retrato gélido de un país lleno de miedo, de una Hungría temerosa ante la idea de excavar en busca de su propia razón de ser, de una nación volátil que se ve sacudida, en un escaso margen temporal, entre los brazos del Partido Nazi y el comunismo soviético, que ya lo subyugaría hasta finales de los años 80. Eszter es el vómito envenenado que procede de las entrañas de una Magda Szabó gobernada por el hastío de una realidad represora, de un contexto en el que la bondad no hace sino generar desconfianza y en el que más vale esconderse para evitar resultar herido. Es, así mismo, una visceral carta al amor, a un amor que, a pesar de ser recibido con la mayor y más cruda de las hostilidades, siempre acaba encontrando su lugar. Szábo escribe, en la voz de la atormentada Eszter: “Te odiaba como a un estafador, pero sabía que jamás podría olvidarte”.

La compleja construcción de su personaje principal revela ese claroscuro estremecedor con el que la Hungría de posguerra debería ser pintado, ese paradójico enfrentamiento entre el deseo y la necesidad de ser amado y el bloqueo ante tales emociones, consideradas como una manifiesta expresión de vulgaridad. Y precisamente Angéla es el escape a todo eso, un ser que, dada su ingenuidad o su extenuada bondad, se despega de las realidades que la rodean. Eszter dice, en su desesperación: “Porque, de hecho, Angéla ni siquiera estaba en este mundo; Angéla, fuese con el kimono de color rojo o con un pavo o con una cafetera o con un sombrero de paja o con un camisón de nailon, Angéla era pura ficción”.

"¿Y qué podría hacer Eszter ante el amor, si lo concibe solo como una venganza ancestral contra todo aquello que le ha sido arrebatado antes de tiempo?"

En el respiradero de esas sentencias ácidas, entre las grietas de una narración en apariencia abrupta, con la linealidad temporal absolutamente destrozada, es por donde Magda Szabó introduce su discurso con precisión quirúrgica, como un sastre empuñando un milimétrico alfiler y tejiendo con inusitada fluidez. Así conduce su relato de humanos desamparados en una Budapest solitaria y noctámbula, en la que solo el amor salva a las personas de su fragilidad vidriosa. ¿Y qué podría hacer Eszter ante el amor, si lo concibe solo como una venganza ancestral contra todo aquello que le ha sido arrebatado antes de tiempo? ¿Acaso alguna vez podría llegar alguien tarde a las redentoras puertas de sentirse desdichadamente enamorado? La ciudad calla. Se escuchan los ecos lejanos del corzo frente al tráfico.

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Título: El corzo. Autora: Magda Szabó. Traductor: Adan Kovacsics. Editorial: Minúscula. Venta: Amazon