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Ida Vitale: el poema exacto

Ida Vitale: el poema exacto

Si la pronuncias, la poesía se hace pequeña; se enternece —aun poderosa— y tiembla hasta fundirse en nada con la nada. Minúscula partícula, «lo imaginado apenas, / lo radiante fugaz», el verso estalla y, en el suelo, se entraña con la Tierra: hace hombres y mujeres de barro que suspiran un aire que, también rima o ceibo, los genera. Día a día. Y así diez décadas: 1923 – 2023.

Cien son los años, casi ya, que cumple Ida Vitale. La piensas y ese cuerpo menudo aparece: la nariz primero, unos ojos cansadísimos de brillar en azul. La melena breve y blanca acaricia un cráneo que, sobre todo, hace preguntas: «¿Abrir al mar la estancia de la muerte?», «¿Es idéntico un sol, / venga del cielo, de voz o de violín?», «¿Es escenario o es pozo / lo que tanta luz postula?»… Son sus versos esos pequeños filamentos que penetran como raíces y lo crean todo; y así un siglo siendo poesía encarnada, un verso con la métrica de la Eternidad.

Nacida en Montevideo, esta poeta, Premio Cervantes en 2018, pertenece a la llamada Generación del 45, que comparte con otros nombres de la poesía universal como el de Onetti o el de Idea Vilariño. Pero la suya es una senda distinta, extraordinaria y personal: en su obra se da «la búsqueda racional y sistemática del vocablo justo, la procura de una exactitud que el hecho social del lenguaje, móvil, dúctil, maleable, suele eludir, la singularidad en el cincelamiento cuasi escultórico del decir poético tras la pretensión de una voz que se perciba, no solamente como propia sino además, sobre todo, como única, intransferible», tal y como ha dejado escrito el poeta Rafael Courtoise.

Desde su primer trabajo, La luz de esta memoria, publicado en 1949, hasta Tiempo sin claves, que ha aparecido en 2021, la autora ha cosechado una poética mutable, en la que los temas, los tonos e incluso los posicionamientos han variado, se han modificado, evolucionan… Pero en todo ello, como una apuesta de fe, esa búsqueda del poema exacto. Como si la escritora poseyese —lo es— la exclusividad de mirar como ella mira; y de acercarse al papel y escribirlo aun con dudas, aún rodeada de interrogantes que también son el poema y ESTE MUNDO:

Solo acepto este mundo iluminado,

cierto, inconstante, mío.

Sólo exalto su eterno laberinto

y su segura luz, aunque se esconda.

Despierta o entre sueños,

su grave tierra piso

y es su paciencia en mí

la que florece.

Tiene un círculo sordo,

limbo acaso,

donde a ciegas aguardo

la lluvia, el fuego

desencadenados.

A veces su luz cambia,

es el infierno;

a veces, rara vez,

el paraíso.

Alguien podría quizás

entreabrir las puertas,

ver más allá

promesas, sucesiones.

Yo sólo en él habito,

de él espero,

y hay suficiente asombro.

En él estoy,

me quede,

renaciera.

Una pregunta para intuir las puertas

Estamos en la infancia.

Ida heredó su nombre, su habitación y su armario de un tía a la que no llegó a conocer. La niña Vitale jugaba con las posesiones de ese espejo fantasma y, con ellas, descubrió la realidad. Pero no la tangible, la prosaica, la evidente: viajó la pequeña al mundo de lo sagrado, un mundo sin tiempo en el que ella, real, convivía con la ‘vida’ de una muerta.

Jugaba de pequeña —así lo ha contado— con las posesiones que en otro tiempo estuvieron ocupadas por la carne de esa otra Ida, tal vez ella sin serlo. Como abrazando un pasado que se fue filtrando en la piel de la niña y le permitió intuir puertas ni siquiera estaban en esa casa: las de la literatura.

Así «un jardín de geranios y su aire».

Así «sintaxis con baile y quebradura».

Así «la sombra de lo idéntico espera»

Así «hasta el lenguaje llegan los indicios del miedo».

¿Pero dónde la lectura? ¿Por qué poesía tú, Ida, lectora de novelas? Su casa estaba llena de libros. Sus mayores se los tendían, los ponían cerca, para que ella pudiera acceder a los que quisiera. Como un juego de muñecas, como el divertimento que es —que puede ser— la literatura.

Una de las primeras novelas que Idea Vitale recuerda haber leído es Guerra y Paz. Ese grueso volumen estaba, en casa, debajo del teléfono. Y una niña curiosa de doce años lo tomó y lo leyó ‘a destiempo’. Devoraba novelas y cuentos porque son estos los que verdaderamente le apetecía leer, le contaba al periodista Héctor J. Porto en abril de este año. Y allí fueron surgiendo la pasión y el temor.

La pasión por escribir, siquiera en verso, dibujar imágenes con palabras, hacer música con ellas. Para después eliminar las páginas, emborronar lo escrito y comenzar de nuevo. Una y otra vez.

El temor a la novela —aunque ahora, casi en el final de los finales, esté trabajando en una—, la parálisis ante la impresión de que ya nacieron y escribieron otros que lograron la perfección en la narrativa. Y la certeza —también son sus palabras— de que era una empresa perdida: jamás podría escribir novela, aunque lo deseara con todas sus fuerzas.

Quizá gracias a ello. Quizá en el temor a no encontrar la expresión justa esté su búsqueda de palabras que expresan, lo concreto, lo que hay más allá de cada l e t r a. Entonces su poesía, su verso imaginativo y abierto, que seduce y sugiere, que expresa y no explica, que no impone y surge libre, transformado y transformador, puro.

Como este pájaro

que espera para cantar

a que la luz concluya,

escribo entre lo oscuro,

cuando nada hay que brille

y llame de la tierra.

Inauguro en lo oscuro,

observo, escarbo en mí

que soy lo oscuro

hacia

lo más oscuro,

por el fondo del pozo

del tiempo

del ser casi no ser,

tras la semilla, gema,

origen, nacimiento

de mí,

de madre, abuelas,

inalcanzable océano

de tiempo

y perdidas criaturas tragadas.

 

Mágico Patinir

y perverso

gruta fuera del mundo.

Cree avanzar

el que rema en su fondo.

¿Volver a decir lo dicho?

Ríe Ida casi tras cada frase. Bromea con ella misma, acentúa el relieve de sus arrugas hasta que le brillan los ojos, se toma en serio la carcajada. Como un metrónomo que explota acompasado y tenue. Así su risa.

«El humor salva», ha dicho: «es esencial para sobrevivir». Por eso lo convierte en un ‘arma’ para su escritura. Desde el humor, amable a veces, más afilado en otras ocasiones, construye procesos de reflexión en forma de poemas. Porque la vida es eso o el suicidio.

De alguna manera está el humor, que no lo cómico, en esa poesía esencial que cultiva. Porque en cada libro habitan poemas que surgen, naturales, sin imposición, de la propia experiencia y de la reflexión, de esa Ida transparente a veces, oculta otras, que se escribe.

Allí está la infancia imaginativa entre lo sagrado y los libros. También los estudios, la amistad con Bergamín, el exilio a México, la vuelta a Uruguay en el ocaso… Ida Vitale «canta y cuenta», escribe José María Espinasa, pero también pregunta y observa, propone y escucha, ríe y lamenta… hasta reunir una obra infinita en la que vuelve a decir lo dicho, pero de una manera tan suya…

Esta es su escritura, que define Clara Janés con entusiasmo: «Sus poemas son frutos que se asientan en un sustrato nítido, limpios de todo adorno o máscara, que se mueven entre lo más próximo o lo inalcanzable. Van del árbol al ángel, del número y el cristal al vuelo, de la iridiscencia de una gota de agua o la salamandra simbólica a la lengua propia, a la traducción, es decir, insisten en la importancia de la palabra». Vitale ha sido, es fuente de vida abierta y legible, mana en su poesía como agua blanca, musical milagro de vida.

Primero te retraes,

te agostas,

pierdes alma en lo seco,

en lo que no comprendes,

intentas llegar al agua de la vida,

alumbrar una membrana mínima,

una hoja pequeña.

No soñar flores.

El aire te sofoca.

Sientes la arena

reinar en la mañana,

morir lo verde,

subir árido oro.

 

Pero, y aun ella sin saberlo,

desde algún borde

una voz te compadece, te moja

breve, dichosamente,

como cuando rozas

una rama de pino baja

ya concluida la lluvia.

 

Entonces,

contra lo sordo

te levantas en música,

contra lo árido, manas.

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