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Ilusión

Para Eduardo Torres-Dulce

Caminan por un vestíbulo muy grande. A la derecha y a la izquierda se abren dos enormes pasillos. Hay suciedad, telarañas por todas partes. Las puertas de cristal de la entrada están rotas… la moqueta del suelo raída cada dos metros. La barra en la que se servían las bebidas y las palomitas aparece destrozada.

Joaquín, el director; Manolo, cámara; y Elena, primera actriz, caminan por este paisaje de desolación. Eran treinta salas, a cuál más grande, y la sala treinta gigante, más grande que el cine más importante de Madrid. Ahora las butacas, amplias y cómodas, están ajadas, sucias, con la espuma supurando del forro. Hay un desesperado olor a ruina.

—Han pasado cincuenta y cinco años desde que estos cines se cerraran —dice Joaquín—, y hacía más de veinte que nadie entraba aquí.

—Mi madre —dice Elena— venía a estos cines con sus amigos. Estaban cerca de su casa. Ella tiene muy buenos recuerdos de esto; lo pasaba muy bien.

—Bueno —dice el director—, pues hace ya muchos años que nadie se lo pasa bien aquí, pero yo voy a conseguir que eso vuelva a suceder.

—¿Cómo? —pregunta Manolo, en tono burlón.

—Limpiaremos una sala, y también parte del vestíbulo. Haremos que esto brille como si fuera nuevo. Hablaremos de cuando venían aquí miles de espectadores todos los viernes, todos los sábados, todos los domingos. Haremos que la gente recuerde, como lo has hecho tú. Que piensen en sus padres, en sus abuelos, o en ellos mismos, si son viejos. Voy a conseguir que este cine sea el centro de la memoria, y voy a conseguir que la gente disfrute de verdad con el viaje. Encajará en la película perfectamente.

Pero todo es más rápido que como imaginan. Ha sido un instante, ni siquiera un chasquido de dedos. Ahora están sentados en tres butacas. Manolo ya no tiene el equipo de grabación en el suelo. Es un instante y no sabrían decir cómo ha ocurrido. Pero sienten cómo todo cambia. La sala empieza a brillar. Las butacas recuperan su confort antiguo, su color; la pantalla aparece nueva y la moqueta sedosa… Joaquín se mira al pecho y se ve vestido con un esmoquin, María con un traje de gala, y Manolo con ese jersey espantoso —según su mujer— que se pone el día de los estrenos.

De repente, la sala se oscurece, paulatinamente, hasta quedar oscura. Las imágenes surgen de la pantalla. Tres personas, dos hombres y una mujer, recorren un lugar abandonado, lleno de suciedad y telas de arañas. Hay cristales rotos, es la imagen del abandono. Están hablando.

“—Voy a hacer una película sensacional —dice un hombre de espaldas—. Aquí haremos que vuelvan a vender palomitas y refrescos, y la moqueta parecerá recién puesta. Miles de extras se agolparán en las taquillas, como sucedía en los días de los más importantes estrenos. Esta sala volverá a vibrar…”

No saben cómo ha ocurrido, pero comprenden entonces la naturaleza de su trabajo. Están envueltos en la ilusión que les da de comer todos los días, pero en estos momentos ellos son los protagonistas, totales, dentro y fuera de la pantalla, mientras un cine lleno a rebosar quiere aplaudirles.

Es, sencillamente, inexplicable.

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