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Indalecio Prieto y sus “Crónicas del adiós”

Indalecio Prieto y sus “Crónicas del adiós”

Las de político y periodista son profesiones que casan mal. Indalecio Prieto (Oviedo, 1883 – Ciudad de México, 1962) intentó, durante toda su vida, hacer compatibles ambos oficios. No hay libro de historia del siglo XX español en el que no aparezca. Sin embargo, su labor periodística ha sido opacada por su protagonismo político. De ahí que resulte especialmente interesante la publicación de sus Crónicas del adiós: 50 retratos del siglo XX por parte de la fundación que lleva su nombre.

En lo político, Prieto fue diputado durante siete legislaturas, ministro de Hacienda y Obras Públicas tras la proclamación de la República y de Defensa Nacional tras el estallido de la Guerra. Pero, sobre todo, fue uno de los más influyentes líderes socialistas del período y en el posterior exilio en México.

En lo periodístico, aún adolescente, comenzó a trabajar como taquígrafo en La Voz de Vizcaya, casi a la vez que abrazaba su militancia socialista. Colaboró asiduamente en El Liberal de Bilbao, periódico que acabaría comprando en 1932 y que, como director, convirtió en uno de los más influyentes en aquella España. En el exilio, su firma fue habitual en los órganos del partido Adelante y El Socialista.

"Uno de los grandes valores de los artículos de Prieto es que se refieren a acontecimientos de los que fue testigo presencial, cuando no protagonista, y a figuras con las que mantuvo un trato personal"

Entre los cincuenta artículos que alberga este volumen, predominan los obituarios. Según recoge en el prólogo el profesor Luis Sala González, encargado de la edición de Crónicas del adiós, Miguel Maura, republicano moderado, llegó a definir a Prieto, su admirado rival político, como un “fino catador de personas”. Y efectivamente, entre sus textos destacan los perfiles y homenajes póstumos, aunque no son los únicos recogidos.

Uno de los grandes valores de los artículos de Prieto es que se refieren a acontecimientos de los que fue testigo presencial, cuando no protagonista, y a figuras con las que mantuvo un trato personal. Así, resultan especialmente interesantes sus escritos sobre la revolución del 34, por cuya participación pediría posteriormente perdón, o sobre la tremenda violencia desatada en la primavera del 36, que tanto le hizo sufrir, porque “antes que socialista soy hombre”, según dejó dicho.

Así, el 14 de julio de 1936, tras los asesinatos del teniente José del Castillo y del político monárquico José Calvo Sotelo, publica el artículo “Apostillas a unos sucesos sangrientos”. “Bien claramente se advierte el emparejamiento de estos sucesos —dice—. A una agresión sigue, con intervalo de escasas horas la réplica sangrienta (…). Por honor de todos esto no puede continuar”.

"Condenar tantos atentados, acudir a tantos funerales, le recuerda la frase que le había dicho el periodista socialista Manuel Bueno"

Al día siguiente (15 de julio), vuelve a escribir: “Hoy se enterraron los cadáveres de las víctimas de ayer, como mañana se enterrarán los cadáveres de las de hoy”. Habla ya entonces de “la hondura de la guerra civil que vive España. Son tan profundas nuestras diferencias que ya no pueden estar juntos ni los vivos ni los muertos. Parece como si los españoles, aun después de muertos, siguieran aborreciéndose”. Se refiere a los velatorios en el Cementerio del Este de Calvo Sotelo, custodiado por guardias civiles en el depósito general, y del teniente Castillo, custodiado por guardias de asalto, en el sector civil de la necrópolis.

“La muerte se muestra implacable con los hombres nuevos de la República —escribe—. La muerte, que ha podido llevarse a carcamales encanallados, saneando así el régimen, se complace en segar vidas que eran valiosas por la juventud, el talento, la abnegación y la decencia”.

Estos dos asesinatos ya eran considerados entonces preludio de una guerra. “Si la reacción sueña con un golpe de estado incruento, como el de 1923 —advierte—, se equivoca de medio a medio (…). Será, lo tengo dicho muchas veces, una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel. Aun habiendo de ocurrir así, sería preferible un combate decisivo a esta continua sangría”.

Condenar tantos atentados, acudir a tantos funerales, le recuerda la frase que le había dicho el periodista socialista Manuel Bueno: “El político, y de modo especial el gobernante, ha de comer tres o cuatro sapos vivos todos los días”. Y apostilla Prieto: “A mí me ha tocado ahora una ración de sapos vivos mucho más copiosa”.

"No fueron pocas las ocasiones en las que no dudó en criticar al finado. Dolores Rivas le reprochó las palabras que dedicó a su marido, Manuel Azaña"

La violencia ha acompañado al político socialista durante toda su carrera política. Los sucesos de la primavera del 36 le traen a la memoria cuando a principios de siglo, en la época del Gobierno Canalejas, “me vi obligado a defenderme, revólver en mano, contra grupos de belicosos manifestantes que, capitaneados por los Orúe y los Iturrino —gallitos de las derechas—, y sin motivo alguno de mi parte, se me vinieron encima con propósito de lincharme. Aquella mañana tuvo suerte Pepe Orúe, a quien una bala le resbaló en la frente, sin herir más que la piel, y la tuve también yo”.

El grueso de los artículos recogidos en esta recopilación, como ya se ha dicho, son los obituarios. Prieto tiene una especial obsesión por la muerte. Son muchos los casos en los que a la semblanza del finado añade todo tipo de detalles sobre su funeral, incluso llega a mostrarse escabroso al describir el aspecto del cadáver. “Siempre he sentido muy viva curiosidad por conocer el gesto de los hombres ante la muerte”, reconoce en uno de sus textos.

No sólo se refiere a la muerte en sus textos, sino también en sus discursos fúnebres. En el entierro de un amigo proclama que “España es un inmenso cementerio, un cementerio con veinte millones de muertos espirituales, y antes de ahora hemos advertido y nos ha desolado el silencio imponente de las multitudes que no oyen, ni ven, ni sienten, porque, en realidad, no viven”.

"A sus personajes queridos, muchas veces alejados de su ideología, no les resta alabanzas, como a los políticos Lluís Companys, fusilado en 1940, o a Julián Besteiro, muerto el mismo año en la cárcel"

No es un obituarista complaciente al uso. “Las necrologías, si de personajes políticos se trata, se convierten por lo general en ‘necrolatrías’. Hablo de los muertos con igual sinceridad que si estuvieran vivos —explica—, suelo recibir varapalos de idólatras auténticos y deudos encariñados cuando escribo necrológicamente acerca de alguna gran figura, pues, aunque me exceda elogiando los méritos, no se me perdona que mencione los defectos”.

No fueron pocas las ocasiones en las que no dudó en criticar al finado. Dolores Rivas le reprochó las palabras que dedicó a su marido, Manuel Azaña. Tras reconocer que se trataba del mejor orador de habla española, insinúa el periodista que fue responsable de la guerra. “No creía en la sublevación, el Gobierno no creyó en ella —reprocha—, y los sublevados pudieron lograr el éxito que en casos semejantes suele acompañar casi siempre a la sorpresa”.

Otro tanto le ocurrió con los herederos de su eterno enemigo, José Negrín. Llegó a escribir en su obituario que el que fuera presidente de la República “comía y bebía lo que pueden comer y beber cuatro hombres juntos, pero, a fin de eludir testigos de tamaños excesos, cenaba dos o tres veces en distintos lugares”. Y añadía que, siguiendo la práctica de las bacanales romanas, vomitaba lo ingerido para poder seguir comiendo.

"Quienes le conocieron dicen que Indalecio Prieto tenía una memoria prodigiosa, que, además, a lo largo de su vida había ido acumulando un gran archivo, en el que se incluía una correspondencia ingente"

Aparte de lo personal, deja constancia de sus desavenencias políticas. “La resolución más grave adoptada por Negrín en aquel departamento [Ministerio de Hacienda] consistió en llevar a Rusia el oro del Banco de España (…). El apoyo de los rusos, siempre mezquinamente dosificado, iba retirándose a ojos vista (…). A los soviets les parecía más lucrativo quedarse con nuestro oro sin que grandes entregas de material bélico les mermaran la milagrosa ganancia”. Y es más, en su texto Prieto llega a insinuar que Negrín mantuvo sospechosos contactos secretos con el mismísimo Hitler.

A sus personajes queridos, muchas veces alejados de su ideología, no les resta alabanzas, como a los políticos Lluís Companys, fusilado en 1940, o a Julián Besteiro, muerto el mismo año en la cárcel de Carmona tras ser condenado a 30 años de prisión.

Muestra admiración por intelectuales como José Ortega y Gasset, “la masa encefálica de la República”, pese a que en el Parlamento le llamaba ungulado; a Fernando de los Ríos, al que define como “cristiano erasmista”; o a Gregorio Marañón, cuya “voz es la única voz de aliento que de España me llega”.

"Pese a lo mucho vivido y a su afición por la escritura, Indalecio Prieto nunca escribió sus memorias. En uno de sus artículos deja dicho que tal vez alguien, ordenando los textos que deja, podría componer sus memorias"

Quienes le conocieron dicen que Indalecio Prieto tenía una memoria prodigiosa, que, además, a lo largo de su vida había ido acumulando un gran archivo, en el que se incluía una correspondencia ingente, ya que conservaba todas las cartas que había recibido. Si a eso añadimos que solía acudir a las capillas ardientes, a los homenajes públicos y a los entierros, entenderemos la riqueza de sus obituarios. Sus textos son una mezcla de semblanza del personaje fallecido, recuerdos personales, crónica social y reacciones a su muerte.

Pese a lo mucho vivido y a su afición por la escritura, Indalecio Prieto nunca escribió sus memorias. En uno de sus artículos deja dicho que tal vez alguien, ordenando los textos que deja, podría componer sus memorias. En cierta forma, eso son estas cincuenta Crónicas del adiós, las rememoraciones de uno de los políticos —y periodistas— españoles más significativos del siglo XX.

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