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Íñigo Ramírez de Haro: la impostura como sistema

Íñigo Ramírez de Haro: la impostura como sistema

Los hipócritas, de Íñigo Ramírez de Haro (Zarauz, 1954), publicada por la editorial Renacimiento, pertenece a la estirpe maldita de las novelas incómodas; libros que no se limitan a narrar, sino que interpelan, irritan y, en el mejor de los casos —y es este que nos ocupa—, obligan a pensar. Nuestro autor ya había ajustado cuentas con su familia en La mala sangre (Ediciones B), repartiendo a diestro y siniestro a un sistema caduco y decadente que sigue viviendo de un pasado glorioso como es el de la aristocracia española, a la que él y su familia pertenecen como miembros de la veterana Casa de Bornos.

La premisa de Los hipócritas es tan sencilla como teatral: un diplomático veterano, en el ocaso de su carrera, conversa con una joven becaria en el marco de una votación internacional: la elección de la nueva dirección de la Unesco. Domingo, el protagonista, que viene ya con unas cuantas vueltas en la ruleta de la vida —y sin pelos en la lengua—, reflexiona ante su becaria Susana de la polítíca internacional, el papel de la diplomacia en una sociedad en cambio, al tiempo que le quita los pájaros de la ilusión que la joven tiene en su cabeza, intercalando reflexiones sobre geopolítica mundial. A partir de ahí, la novela se despliega como un largo duelo dialéctico sobre el amor, la religión y la moral contemporánea. Más que una trama en sentido clásico, lo que sostiene el libro es ese diálogo constante, casi torrencial, que recuerda la veta dramatúrgica del autor.

"Esa tensión entre ideología y deseo recorre toda la obra, como si el autor quisiera demostrar que toda convicción es, en última instancia, una coartada"

Ramírez de Haro no escribe desde la neutralidad; su mirada —ácida, provocadora, incómoda— convierte la novela en una suerte de artefacto ideológico. En ella, la diplomacia aparece despojada de su retórica solemne para revelarse como un espacio de vanidades, estrategias vacías y, sobre todo, de hipocresía estructural. No es casual que el autor —él mismo diplomático— haya insistido en ese carácter crítico hacia un sistema que considera dominado por la “amigocracia” y la mediocridad. Ese sistema de imposturas le llevan a introducirse él mismo como personaje narrativo, una homónima evocación cargada de ironía y autocrítica en una estructura donde pululan muchos Ramírez de Haro desdoblados, en donde la voz del autor queda desdibujada entre los diálogos.

Pero la hipocresía que denuncia el libro no es solo institucional. Es también íntima, carnal. En uno de los impulsos más lúcidos (y más incómodos) de la novela, el protagonista reconoce la distancia entre su discurso moral y su deseo real, en un gesto que desarma cualquier pretensión de superioridad ética. Esa tensión entre ideología y deseo recorre toda la obra, como si el autor quisiera demostrar que toda convicción es, en última instancia, una coartada. El tópico clásico del deseo desigual entre generaciones, la trama típica del viejo enamorado de la joven (o al menos seducido), se deja entrever aquí como otro de los pulsos incómodos que atraviesan la novela. Al lector le generará rechazo algunas intervenciones del protagonista, lo cual levantará ampollas a los perseguidores de Nabokov, Cervantes, Wordsworth, Brontë o Flaubert, que querrán quemar junto al libro al Tintoretto de Susana y los viejos en las nuevas hogueras inquisitoriales. La intención del autor parece clara: perturbar al lector mediante una trama que no por incómoda deja de existir en la realidad.

"Íñigo Ramírez de Haro escribe contra la complacencia desde una posición paradójica, desde su propia impostura: la de quien pertenece al sistema que critica"

En este sentido, Los hipócritas se inscribe en una tradición que va desde la sátira ilustrada al diálogo filosófico, pero con una capa contemporánea de cinismo y desencanto. Hay algo de teatro de ideas en su estructura: los personajes no solo viven, sino que representan posiciones enfrentadas, sin que estos se conviertan necesariamente en portavoces empeñados en subrayar sus tesis. Y, sin embargo, la novela no se queda en lo abstracto, pues el trasfondo autobiográfico —la aristocracia, los conflictos familiares, la exposición pública— añade una capa de verdad, casi confesional, que refuerza su carga crítica.

Íñigo Ramírez de Haro escribe contra la complacencia desde una posición paradójica, desde su propia impostura: la de quien pertenece al sistema que critica. Esa contradicción —esa hipocresía inevitable— es, en el fondo, el verdadero tema del libro. No hay “afuera” posible, pues todos participamos del mismo juego. Así las cosas, Los hipócritas no es una novela amable ni busca serlo, es más bien un espejo deformante donde la sociedad contemporánea ­—y el lector con ella— aparece expuesta en sus contradicciones más profundas. Y en ese gesto, incómodo pero necesario, reside su valor. Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos de Los hipócritas dan el esperpento de la sociedad contemporánea.

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Autor: Iñigo Ramírez de Haro. Título: Los hipócritas. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus libros.

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