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ITV (Homenaje a Raymond Carver)

Apuro el café de la mañana que acabo de encontrar en la repisa de una estantería de mi habitación. Entonces no sabía que todo podría pasar. Tenía hora para pasar la ITV y conseguí que me atendieran hora y cuarto después de que llegara. Me tocó en la fila más lenta y pronto (más tarde que pronto) supe por qué.

—¿Ve esta especie de huevo? No es tan grande pero ese bulto es de un golpe en un bordillo o algo parecido. Tiene que cambiar la rueda. Y claro, también su compañera. Deje el coche por ahí y vaya a esa cola para que le den los papeles.

Hacía calor, todo se movía a cámara lenta. Para empezar, en la cola de entrada me pidieron un papel que no esperaba y como no lo encontré a la primera me dijeron que aparcara un poco más adelante y cuando lo hallara que me dirigiera a una oficina para pagar. “Se está formando una cola y no puedo esperar a que encuentre su papel”. Me callé.

"Regresé al coche y me puse en la primera de las cuatro filas que había. Por supuesto que elegí la más lenta. Menos mal que llevaba un libro encima"

Estaba claro que la palabra del día era «cola». Fui donde me dijeron y saqué todos los papeles que encontré en la guantera, los llevé a la oficina que ya conocía por haber pedido hora dos días antes (prefiero ir a los sitios, no tener que huronear por internet) y, sorprendentemente, la misma chica que me había dado la cita encontró el papel al instante. Esta vez no tuve que esperar.

Regresé al coche y me puse en la primera de las cuatro filas que había. Por supuesto que elegí la más lenta. Menos mal que llevaba un libro encima. Me dio tiempo para leer unas cuantas páginas, saltarme otras y empezar un nuevo capítulo, hartarme, poner una emisora, luego otra, quitar la radio, cambiar las gafas de sol por las otras, hacer cábalas con las letras y los números de las matrículas de los coches cercanos, fijarme en que casi todos los empleados eran calvos, de altura parecida, y que con esos monos verdes podrían ser, al acabar el trabajo, miembros de una silenciosa y secreta secta en expansión en la que acabaré siendo un esclavo.

Una llamada, a punto de tocarme el turno, me alcanzó el mentón:

—Como hace tiempo que se te pasó el plazo de la multa, te he pedido hora para el lunes a las ocho y media en… Allí te dirán cómo la puedes pagar y dónde.

¿Hace falta decir que ese día saldré de viaje y quería estar en carretera una hora antes de esa cita? Para qué enfadarse. Esta tarde tengo que conseguir las dos ruedas nuevas (y espero que más baratas de lo habitual) pues mañana he de volver (por tercera vez) a ese complejo industrial horrendo donde intento en vano pasar la revisión del vehículo (cómo les encanta decir «vehículo», ellos están en otro estadio, «tratan» los automóviles de otro modo, son algo más que profesionales, no sé si usted aprecia el matiz).

"No me sirvió ponerme encima una almohada, así que me dio por leerme unos relatos de Raymond Carver. Fue peor el remedio que la enfermedad"

A todo esto, no sé si se ha celebrado la reunión a distancia prevista para las cinco. Vi ayer un mensaje en el que alguien pedía que se aplazara hasta mañana pero como nadie respondió no sé en qué ha quedado la cosa. Ahí está: todo se aplaza, nada se decide en el día, todo se dilata. Cada vez se hincha más el globo.

Comí tarde, cansado, sin ganas de calentar medio contramuslo que lleva desde el mediodía de ayer en el horno. Me salvó la ensalada y la rodaja (no pude resistir y comí otra) de melón. Siempre que veo un melón me acuerdo de la luna. Si Buñuel rajó un ojo, yo lo hago con la Luna, que por eso luego llora también.

No pude dormir cuando todos dormían. Un vecino creía que su teléfono estaba estropeado o que su interlocutor no se había limpiado los oídos. No me sirvió ponerme encima una almohada, así que me dio por leerme unos relatos de Raymond Carver. Fue peor el remedio que la enfermedad. No habían cambiado desde que los dejé hace años: abulia, alcohol, cutrerío. Una mujer en ropa interior se pasea por la suite de un motel donde trabaja con una copa en la mano mientras sopesa tirarse por la ventana desde un segundo piso. Me asusté. Levanté la persiana y me metí en la ducha. Agua fría desde el principio. Luego encendí el ordenador y empecé a teclear con la ayuda de ese café que puede que fuera de ayer. Confié en que si escribía sobre mi mala suerte de hoy no abriría la ventana, porque vivo en un quinto.

Aún es media tarde.

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