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J.J. Armas Marcelo y el elogio de Galdós

J.J. Armas Marcelo y el elogio de Galdós

La obra de Galdós se defiende por sí sola, asegura Juan José Armas Marcelo mientras aspira un puro en una terraza de la calle Diego de León. Es jueves y aún el mes va teñido de invierno, pero eso a él le trae sin cuidado: mientras se pueda fumar, mejor. Canario convertido en madrileño, como don Benito, Juancho —así lo llaman sus amigos— habla con un acento atlántico, entre cubano e isleño, un fraseo del archipiélago que jalona su obra y su biografía.

"Galdós fue martirizado en su época, por los escritores y académicos. Era muy leído y muy influyente en los periódicos. Eso molestó a muchos"

Iba para futbolista, pero Armas Marcelo acabó en la literatura. La primera vez que entró en el Café Gijón no cumplía aún los veinte. Corría el año 1963. Había llegado desde Canarias con ganas de aprender de los maestros. ¿Qué mejor lugar que los cafés y los bares? Más de cuarenta años después, J.J. conserva la costumbre de la tertulia como ejercicio intelectual. Este año ha cambiado a los martes, que es el día del cocido en el Café de Recoletos. Los honores a Galdós empiezan desde el menú.

Justo por esa mezcla entre lo insular y la tierra firme, no existe escritor más indicado que él para hablar de Benito Pérez Galdós, del que este 2020 se cumplen cien años desde su fallecimiento. En estas fechas de celebración, y cuando reviven las polémicas alrededor del clásico, hay quien considera al autor de Fortunata y Jacinta como el Balzac español, quienes afean su costumbrismo y los que reivindican su modernidad. Está claro que J.J. Armas Marcelo se inscribe en el grupo de los defensores.

Dickens, Balzac y garbanzos

La polémica galdosiana no es nueva. La más reciente de ellas la han escenificado los escritores Javier Cercas y Antonio Muñoz Molina justo unos días antes de esta conversación. ¿Qué pasa con el autor de Miau, que divide en bandos a los lectores y escritores? Armas Marcelo apunta algunos datos al respecto. “Galdós fue martirizado en su época, por los escritores y académicos. Era muy leído y muy influyente en los periódicos. Eso molestó a muchos. ¡Normal! Lo anormal es que Galdós y su obra sigan generando discusión. El último gran debate lo protagonizaron Juan Benet y Umbral. Detestan a Galdós porque no quieren conocerlo: leen los Episodios y ahí se quedan”.

"Este es un país donde la literatura ocupa el último vagón del tren, ahí donde no hay ni siquiera retrete"

El romance con su prima hermana María Josefa Washington de Galdós, Sisita, fue el desencadenante para que el joven se marchara a Madrid. “Sus biógrafos no hablan de ese episodio, y deberíamos —asegura Armas Marcelo—, porque muestra lo pasional que era. Su madre, doña Lola, en quien él se inspira para crear a doña Perfecta, lo manda a estudiar derecho a Madrid, y a Sisita la mandan a Cuba. Allá la casan, pero muere en el primer parto, porque se supone que le habían practicado un aborto que, se supone, es de Galdós”.

Estudiar, lo que se dice estudiar, no fue el interés de Galdós en Madrid. Apenas iba a clase. Se sentaba en los bares, en los cafés, para escuchar la forma de hablar de la gente y las costumbres de la ciudad. “Eso es lo que hace un novelista serio. Por algo creó el «Madrid galdosiano». Él es un autor a la altura de Balzac y Dickens. Por eso el gran viejo no murió y sigue generando un debate intelectual, literario, político y editorial. Ahora en función del centenario hay mucho advenedizo que se hace galdosiano, todo sea dicho”.

La lengua de J.J. Armas Marcelo es afilada como una daga. A sus 74 años hace muy pocas concesiones. “Este es un país donde la literatura ocupa el último vagón del tren, ahí donde no hay ni siquiera retrete. Entonces, ¿cómo satisfaces tu necesidad de escribir? Algo parecido pasaba en la época de Galdós, pero entonces el pueblo era completamente analfabeto”, asegura el escritor, para poner en contexto la figura del autor de los Episodios nacionales y la España que retrata tanto en sus novelas como en sus crónicas y obras de teatro.

La primera novela de Armas Marcelo, El camaleón sobre la alfombra (1974), ganó el premio Pérez Galdós. Ya se había licenciado como filólogo por la Universidad Complutense de Madrid y las islas se le antojaban un paisaje remoto. “El destino de las élites creativas de Canarias es el exilio, porque el contexto histórico y social del archipiélago no da para más. No hay un ambiente cultural ni con quién encontrarse en la palabra. Y si consigues dos o tres con quienes puedes hablar, en lo único que están pensando es en marcharse. ¿Adónde? Donde sea posible aprender y competir en el mundo cultural. Un lugar en el que se pueda aprender discutiendo con los maestros. Ante eso, ¿qué debe hacer uno? ¡Pues la maleta!”.

"Lo que más le gusta a la izquierda es un helado de errores. No pueden ver dos o tres bolas de equivocación, porque van tras ellas. ¡Mira a Sartre!"

Además de Gran Canaria, otra isla forma parte de la biografía del novelista: Cuba. Viajó hasta allí en 1976, después de afrontar un consejo de Guerra en España, acusado de pro-castrista por el régimen de Franco. A ella dedicó una trilogía formada por las novelas La Habana como en el cielo (1998), El niño de luto y el cocinero del Papa (2001) y Réquiem habanero por Fidel (2014), esta última un retrato de los intelectuales disidentes como Guillermo Cabrera Infante, Virgilio Piñera y Heberto Padilla, poeta y protagonista del primer gran cisma ideológico de su generación. “Lo que más le gusta a la izquierda es un helado de errores. No pueden ver dos o tres bolas de equivocación, porque van tras ellas. ¡Mira a Sartre!”, dice, tras soltar una bocanada de humo y una risa estentórea.

Periodista, crítico y escritor, Juan José Armas Marcelo es director de la Cátedra Vargas Llosa, un observatorio que le permite dibujar una panorámica de la novela iberoamericana, entre otras cosas, gracias al premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, que desde su creación, en 2014, ha reconocido al escritor español Juan Bonilla, el chileno Carlos Franz y más recientemente el venezolano Rodrigo Blanco Calderón. Pero ese no es el único objetivo de la Cátedra Mario Vargas Llosa. Su espectro es mucho más amplio. Creada por la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, este programa trabaja con universidades, empresas e instituciones culturales y educativas de España, México, Perú, Colombia, EE. UU., Francia y Suecia. Hace las veces de puente entre dos continentes.

"Los autores hispanoamericanos creen que España es necesaria, pero los españoles no creen lo mismo de América Latina"

“Los autores hispanoamericanos creen que España es necesaria, pero los españoles no creen lo mismo de América Latina. Cuando el Boom, los dioses de la novela en español, llega a España, es el que menos se inquieta y el que más los desprecia. Ahora es lo mismo, pero como no son genios los que vienen, podemos convivir”, asegura Armas Marcelo, alguien que asegura no sentir interés alguno por las literaturas nacionales, porque considera que “los escritores se hacen en la discusión con otros escritores”, una impronta galdosiana en la que cree a pies juntillas.

Habitual latinoamericano, Juancho Armas Marcelo conoce como la palma de su mano La Habana, Lima y también la Caracas en la que Caupolicán Ovalles presidía la República del Este y los coletazos del Techo de la Ballena aún agitaban las aguas de Sabana Grande. Conoce el continente americano, porque en buena medida las aguas del Atlántico, y las ganas de escribir, lo llevaron hasta allí.

"En Madrid empecé a leer como un loco, me fui al Gijón. Al lado había un restaurante que se llamaba Teide, donde todos los autores se sentaban a escribir, desde González Ruano hasta Cela"

Su adultez lectora comenzó lejos de casa. “Yo era futbolista, ganaba dinero jugando al fútbol: ocho mil pelas de la época. Una novela costaba entonces cincuenta pesetas. Me las compraba por decenas. Me dieron una habitación individual en mi segundo año en el colegio mayor de La Laguna y ahí comencé a leer. Dos plantas más arriba de la mía vivía Lledó, que reunía a un grupo de alumnos para hablar de literatura. En Madrid empecé a leer como un loco, me fui al Gijón. Al lado había un restaurante que se llamaba Teide, donde todos los autores se sentaban a escribir, desde González Ruano hasta Cela. Más abajo había una librería alemana, y con excusa de ir a comprar o robar libros, me tomaba un café en el Gijón para escuchar las tertulias”.

Más de cincuenta años han transcurrido desde entonces, y J. J. Armas Marcelo ahora preside las sillas en las que se sentó siendo aún un jovencito canario con ganas de ver mundo, uno que se le fue quedando cada vez más pequeño a medida que viajaba y leía. Da gusto escuchar a alguien que describe a Octavio Paz como la serpiente emplumada de la literatura y que explica, en dos líneas, el destino de Vargas Llosa, alguien que en el Leoncio Prado lo aprendió todo, incluso a escribir.

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