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James Ellroy: “Soy el perro que busca el hueso de la historia americana”

James Ellroy: “Soy el perro que busca el hueso de la historia americana”

Son las nueve de la mañana y James Ellroy está de buen humor. Tiene ganas de dar espectáculo. Le apetece ser él… con público. Sentado en el sofá de un hotel de Madrid, exhibe su corpachón de armario y la cabeza afeitada que a veces usan los curas y los matones. A juzgar por su biografía, él tiene algo de ambos. Ellroy extiende las piernas sobre una mesa de madera. Tiene los codos alzados y las manos enlazadas detrás de su nuca. Viste americana negra y esas camisas floreadas de pensionista que tanto le gustan —las lleva siempre—. “Arggggggggg”, gruñe mientras exhibe sus dientes de argamasa. El escritor se relame en ese gesto mandibular de los Bull Terrier. “Grrrrrr. Soy el perrrrro diabolíco de la literaturraaaaa”, dice —con la tilde en la ‘i’—. Sí, él es el demon dog. Así se hace llamar y con esa etiqueta ha tallado su hornacina en la historia de la literatura de Estados Unidos.

James Ellroy (Los Ángeles, 1948) ha sobrevivido a todo, incluso a sí mismo. Tenía diez años cuando su madre —la misma a la que deseó la muerte—, apareció asesinada y con semen en el vello púbico. Pasó su infancia con su padre, un ex veterano de guerra que pensó que se haría rico alquilando almohadillas en los estadios de béisbol de California. Tras su muerte, Ellroy se entregó al alcoholismo y las drogas. Fue voyeur, pasó un tiempo en la cárcel por robo y actos de violencia. Se dedicó durante buena parte de su pubertad a masturbarse compulsivamente y a entrar a las casas para oler las bragas costrosas de las jovencitas. Lo hacía con ansiedad, como si esnifara los fluidos de una vida mejor que la suya, una vida que jamás poseería. Así lo narra en Mis rincones oscuros (2004), una obra que Penguin Random House ha reeditado en ocasión del premio que le ha concedido a Ellroy el encuentro literario Barcelona Negra.

Fue un milagro, pero ocurrió. A sus 30 años, James Ellroy seguía vivo. De un día para otro, dejó el alcohol y los estupefacientes. Consiguió un empleo como caddie en un campo de golf y se dedicó a escribir. Con el paso del tiempo, picó la piedra de sí mismo, hasta llegar al hueso: el mismo que escarba con la insistencia de un sabueso. Él es el perro. Pero, ¿qué busca? A Norteamérica, esa sociedad en la que su madre apareció asfixiada con una media de nylon alrededor del cuello, ésa en la que él creció, como un residuo. La basura blanca que él retrató y a partir de la cual levantó una obra catedralicia cuya base se sostiene en El cuarteto de Los Ángeles y Trilogía Americana —Underworld Trilogy—, una serie que se ha dedicado a reescribir.

A sus casi setenta de edad —sesenta y nueve, puntualiza él—, Ellroy se exhibe chulo, seguro de sí mismo, punzante como una jeringa. Motivos no le faltan. Se ha convertido en uno los mejores novelistas norteamericanos de finales del siglo XX —el mejor de la literatura universal después de Dostoievski; a él le gusta repetir esa frase de Joyce Carol Oates— y acomete ahora su reto más importante: mejorarse a sí mismo. Para quien dice ser tan bueno Balzac sin haberlo leído, el listón es más que alto. Se trata de la segunda entrega de Underworld Trilogy, de la que ya publicó Perfidia y que este año tendrá su siguiente novela. En sus páginas aborda el periodo de la historia americana que va de 1958 hasta 1972. En ella retoma los personajes de aquellas primeras novelas y los coloca en Los Ángeles durante la Segunda Guerra Mundial. Si persevera en su empresa, cuando termine existirán once volúmenes. ¡Once! El demon dog, el perro diabólico de la literatura norteamericana, enterrando y desenterrando su hueso. De eso habla, babeándose el colmillo de su amor propio, durante esta entrevista. Ellroy podrá decir esta mañana lo que quiera. Pero lo escrito queda. “A mis trece años, estaba poseído por mujeres muertas”, escribió en Mis rincones más oscuros, publicado  en 1996. Hace ya mas de veinte años. Y de eso va esta conversación, aunque él  insista en gruñir. El hueso siempre duro de roer.

—Lo veo más joven con respecto a su última visita a España en 2015.

—La última vez que vine, para promocionar Perfidia, tuve una infección. No pasó nada. Era sólo una infección. Pero me dieron una medicación —drugs, dice— que me dejó fatal. Por eso me ves mejor ahora.

—Mis rincones oscuros se publicó hace 20 años, en 1996. Usted tenía 39. Han pasado 60 años desde el crimen de su madre, entonces tenía diez. Ahora tiene 70…

—No del todo. Tengo 69, en dos meses serán 70.

—El resultado es el mismo. Ha pasado el tiempo.

—El asunto sobre mi madre y yo ha terminado. Está muerto. Se acabó —It’s dead. It’s over—. Muerto, finito —dice, en español—. Publiqué aquel libro y seguí adelante. Escribí tres novelas más.

"He venido a España para recibir un premio. Creo que podemos dejar de hablar de mi madre y su muerte. No me apetece. El libro habla por sí solo."

Ya… Underworld USA.

—Así es —Ellroy hace una pausa, descruza la pierna derecha y cruza la izquierda, como si de un gesto para invocar la paciencia se tratara—. Nunca conoceré quién mató a mi madre. Ya está bien —separa las palabras en sílabas, casi las tritura, como si masticara los huesos del cuello de un pollo— . He venido a España para recibir un premio. Creo que podemos dejar de hablar de mi madre y su muerte. No me apetece. El libro habla por sí solo. Traza un arco de reconciliación con mi madre. La honra a ella, como honra a mi amigo Bill Stone. No quiero seguir hablando de esto como si se tratara de una obsesión vital.

—Obsesión o no, la muerte de su madre encierra una parte importante de su vocación y de su obra.

—Actualmente estoy terminando la segunda novela de lo que será el segundo cuarteto de Los Ángeles y que sigue Perfidia. Allí incluí a un personaje que es muy parecido a mi madre, pero está repensado y re-imaginado. Es una mujer que vive en Los Ángeles, durante la Segunda Guerra Mundial, entre personajes reales y ficticios. Porque… hay una cosa que es cierta. Con ella me ocurre algo: para mí es muy difícil separar la ficción de mi madre del hecho de mi madre.

—Es decir, vuelve a ella. Escribió Mis rincones oscuros justo entre L.A. Quartet y Underworld USA. ¿Ella le permitió cerrar un ciclo literario y abrir otro?

Seis de los grandes, el libro que escribí justo después de Mis rincones oscuros, ha sido el libro más largo y complejo que había hecho hasta ese momento. Formaba parte de Underworld America, que se desarrollaba en la década de los sesenta. Era un libro escrito en un estilo duro y directo. Supuso un quiebre con respecto a mis segundas memorias, The Hilliker CurseA la caza de la mujer, en castellano— aquella adenda a Mis rincones oscuros. Lo que componen juntos esos libros, tanto  A la caza de las mujeres como Mis rincones oscuros y Seis de los grandes, me abrió el corazón. En ese entonces estaba muy volcado en la perfección literaria. A partir de esos libros se abrió, y fue trazándose con los años, el camino que me condujo en el largo proceso hasta Perfidia.

—Ha escrito sobre la historia norteamericana desde 1941 hasta 1972. Un periodo que usted mismo decidió reiniciar en bucle. ¿Es la historia de Norteamérica la historia de un crimen?

—No puedo contestar en función de lo que está escrito, porque hay una historia secreta de Estados Unidos que ignoro. La ignoro de la misma forma que existe una historia secreta de España y vosotros la ignoráis. Nadie es capaz de conocer una historia por completo. Sin embargo, un novelista es capaz de unir piezas e intentar crear algo. Sólo es capaz de hacerlo si posee imaginación suficiente. En mi caso, todo viene de mi imaginación. Soy capaz de componer esa enorme fotografía.

"La gente dice que mis novelas son históricamente precisas, pero a mí me importa una mierda eso, porque en realidad son el producto de mi imaginación."

—Imaginar, dice. Tras morir su madre, pasaba horas en una habitación oscura, imaginando cosas, dice en Mis rincones oscuros. ¿La oscuridad podría ser una metáfora de Los Ángeles, de su obra? ¿De usted?

—No conozco Los Ángeles lo suficiente. Crecí allí, es verdad, pero no he vivido en Los Ángeles. A partir de 1991, justo después de mi segundo divorcio, pasé seis años seguidos en la ciudad, así que Los Ángeles ocupa, como mucho, el 25% de mi vida. En todo el tiempo que transcurrió, la ciudad cambió muchísimo. Tuve que viajar al pasado para recordar cómo era, e incluso cuando viví allí, siendo muy joven, ya vivía en el pasado. Los sesenta y los setenta ya son el pasado. La gente dice que mis novelas son históricamente precisas, pero a mí me importa una mierda eso, porque en realidad son el producto de mi imaginación. Si yo hubiera nacido en Madrid o Barcelona, habría escrito sobre esas ciudades. Tuve la suerte de nacer en una ciudad como esa —dice otra vez, arrastrando las palabras como si masticara huesos de pollo— y punto. Así de sencillo: son mis recuerdos, lo que vi. Me pareció que estaba incompleto, así que debo completarlo de la única manera en que puedo hacerlo: re-imaginándolo.

—Muchos personajes de L.A Quartet y Underworld USA vuelven a aparecer en Perfidia

—Sí, considero Perfidia mi mejor novela. En ella hay una actualización de lo más complejo de mi obra. A los personajes del primer cuarteto los coloqué en Los Ángeles, durante la Segunda Guerra mundial, pero mucho más jóvenes. Ahí es donde estoy trabajando ahora y es el lugar desde el que me propongo madurar y mejorar como novelista. Ahora añado cosas nuevas de cada uno.

—¿Por qué regresa? ¿Por qué ellos?

—Mi imaginación todavía está a tope —on fire, dice, saboreando y chupeteando las erres de sus palabras—. Cuando tenía 39 años tuve una novia en Nueva York. Ella no se quería casar conmigo. Arrrrrggggggg —Ellroy gruñe, sacando a pasear su demon dog—. Su nombre era Glenda. Así que pensé: dentro de 25 o 30 años ni me acordaré de ella. ¡Oh! Ella ya es el pasado. Eso fue hace treinta años. Ahora tengo 69, y sin embargo me acuerdo de cada momento, de manera muy precisa. La memoria se acumula, al menos en mi caso, y me pide que la convierta en ficción. Es una necesidad cada vez más profunda.

"Alguien me preguntó una vez cuál es el tema de L.A. Quartet. Hombres malos enamorados de mujeres fuertes, respondí."

—Usted proviene del mismo sitio del que proceden los hombres de sus libros. ¿Qué los salva a ambos? ¿A ellos y a usted?

—Las mujeres son el hilo de mis libros. Son ellas quienes humanizan y dan fuerza a mis historias. Kate Lake, que está en Perfidia y en el libro que estoy escribiendo ahora, escribe un diario en primera persona. Ella es ese elemento que humaniza al hombre rudo y violento. Lo hace a través del amor. Alguien me preguntó una vez cuál es el tema de L.A. Quartet. Hombres malos enamorados de mujeres fuertes, respondí. Hay grandes historias de amor en Perfidia y también en este nuevo libro.

—Si persevera en su empresa, cuando termine este segundo cuarteto existirán once volúmenes. Va a ser cierto que es usted a los Estados Unidos lo que Balzac a Francia…

—Te digo una cosa: estaré muy viejo cuando todo esto termine. Y pienso mantenerme vivo para conseguirlo. Es mi trabajo. El trabajo que Dios me ha dado ha sido ese: escribir estos libros sobre la historia, encerrado en un cuarto a oscuras, sin ordenador, sin teléfono móvil y a mano. Eso me hace feliz.

—Sus novelas se detuvieron en 1972. ¿Por qué eligió justo ese año?

—Mil novecientos setenta y dos es al año que marca el comienzo del gran escándalo del Watergate, la muerte de Hoover —se refiere a John Edgar Hoover, director del FBI— y la reelección de Richard Nixon. Todo lo que venga después sencillamente no me interesa. Después de eso, sólo podía regresar al ciclo de Los Ángeles y ficcionarlo de nuevo, re-imaginarlo. Por eso concebí el segundo L.A. Quartet. El instinto me dijo que 1972 era el momento de parar, de cortar. Ya no me interesa la historia, sino rehacer la ficción que creé a partir de ella.

—En su adolescencia y juventud alimentó una poderosa energía autodestructiva. A partir de los 30 la transformó en lo contrario. ¿Cómo es envejecer para James Elloy?

—No soy viejo. Para alguien joven como tú quizá lo parezca Y te diré algo: me siento igual. Eso era lo que intentaba explicar con lo de la memoria y la novia que tuve a los 39: la memoria no cesa. No hay interrupción de la conciencia. Está todo junto.

—La experiencia aporta lucidez al mismo tiempo que decepciona, desapasiona.

—No en mi caso.

—Vivir escarmienta, y su biografía lo certifica. Usted ya era viejo a los 30 años.

—No hay por qué vivir constreñido por el pasado. No puedo pensar todo el tiempo en lo que me ha hecho el pasado. Si te ves a ti mismo como una víctima de lo que te ha ocurrido, seguirás siendo una víctima. Te victimizarás una y otra vez, y yo siempre me he visto como un oportunista y como una bestia del arte. Descubro cosas y llego a lugares nuevos todo el tiempo, porque estoy merodeando y buscando cosas constantemente.

"Hago huecos en la tierra y dejo mi hueso ahí. Soy el perro diabólico que busca el hueso de la historia americana. Soy el demon dog."

—Es decir, ¿usted es el perro de la literatura no porque ladre sino porque siempre está escarbando para encontrar… el hueso?

—¡Exactamente! Siempre estoy buscando el hueso de la historia. Siempre. Y cuando lo consigo, lo vuelvo a enterrar. Cuando miro fotos en una revista o reviso papeles, en realidad estoy enterrando el hueso en mi jardín, metafóricamente hablando. ¿Y sabes por qué? Porque sabrá mejor cuando lo desentierre. Eso soy yo. Hago huecos en la tierra y dejo mi hueso ahí. Soy el perro diabólico que busca el hueso de la historia americana. Soy el demon dog.

—Adora decir eso. ¿Qué le entretiene más, su personaje o alimentarlo?

—Sí, me divierte. Me has preguntado si en algún momento me he decepcionado o si he estado deprimido. Pues no. Y lo siento, pero al menos en mi caso no es así. Yo no me deprimo. Soy un tipo duro que en el fondo es feliz. Sí, soy feliz. Soy un devoto creyente en Dios y le rindo gratitud escribiendo libros. Tener la edad que tengo ahora me parece la oportunidad de escribir libros todavía mejores. Frente a mí siempre se despliega una enorme pantalla de cine en blanco y negro. Son los colores en los que me gusta escribir. Vuelvo a ellos, para transformarlos en nuevos libros. Ese es mi viaje.

—Es imposible entenderlo a usted sin sus libros y a sus libros sin su vida. ¿Es usted su mejor ficción?

—Cuando un novelista crea una obra buena y profunda, ésta termina por entrar cada vez más profundamente, hasta descubrir aspectos insospechados del alma, de la psique y la personalidad. El novelista mira al mundo de distintas formas y su relación con ese mundo se hace más profunda. Mi relación con el mundo no es con ese mundo tal cual como lo vemos, es en realidad mi relación con la historia, que cada vez se hace mas profunda. Veo cosas distintas. Y no sé muy bien qué es —I-don’t-now-what-it-is, dice cortando las sílabas en pedacitos, untándolas como con una mermelada— lo que cambia hasta que me siento a escribir un nuevo libro. Lo interesante de la entrevista que tenemos ahora, en España, es esto: estoy hablando con una española que habla inglés de forma fluida, así que lo entenderás. Mi actual novela se desarrolla en México. Hay algo que mucha gente no entiende. Los comunistas gobernaron México. Desplazaron a la iglesia, asesinaron a los curas, violaron monjas. Plutarco Calles era un monstruo, también Lázaro Cárdenas. En los años treinta vino Salvador Abascal, un fascista. Era la cabeza de los anarquistas, una organización siniestra y en buena medida de lo que trata este libro es sobre la inestabilidad política en Baja California: Tijuana, Magdalena Bay, La Paz… Hay pasajes en español en este libro. Está Dudley Smith, el demoníaco y corrupto policía irlandés que trabaja para el ejército norteamericano en labores de inteligencia y, por supuesto, Salvador Abascal, ese nacionalista católico que es tan terrible como Dudley Smith. Todo eso ocurre por el libro de Graham Greene, The power and the glory, y que describe el asesinato de curas en los años veinte. Yo nunca habría escrito esto si no me hubiese encontrado ese libro, que me permitió mirar la historia de otra manera, al mismo tiempo que avanzar en los temas de Perfidia.

"Si leo o veo algo que calza en mi mente, hago de eso una historia. La primera vez que escuché de Salvador Abascal y los anarquistas dije, ajá, este personaje estará en mi libro."

—¿Cuál es el recuerdo político más temprano que conserva?

—En 1956, cuando tenía ocho años, mi madre entonces estaba viva, dije algo que le hizo a ella entender que yo pensaba que la Segunda Guerra Mundial seguía en marcha, porque de alguna forma seguía presente en el imaginario norteamericano. Piensa que la guerra de Corea había terminado apenas unos años antes. Entonces ella me dijo: “No, cariño, la Guerra Mundial terminó tres años antes de que tú nacieras”. Yo no podía creérmelo, porque la había recreado en mi imaginación. La raíz estaba en mi mente. Si veo o leo algo, me parece que está ahí. Algo parecido me ocurre con los libros. Si leo o veo algo que calza en mi mente, hago de eso una historia. La primera vez que escuché de Salvador Abascal y los anarquistas dije: “Ajá, este personaje estará en mi libro”.

—Sus libros son enormes, ciclópeos, a la manera de un fresco. ¿Trazó conscientemente esa evolución del género negro hasta esa noción histórica, el gran relato, de su obra?

—Fue en cierta forma así. Cuando escribí La Dalia Negra y luego L.A. Quartet, entendí que quería fusionar la novela negra y la novela histórica y ahí, cuando terminé esa fase, quise pasar a una escala mayor: con política y un escenario mayor. Vendrían American Tabloid, The Cold Six Thousand, Blood’s a Rover… y fue entonces cuando vislumbré que quería escribir novelas históricas, cuyo resultado final sería Perfidia.

—Mis lugares oscuros entierra la relación literaria con su madre, que ya se había manifestado en La Dalia Negra y en L.A. Quartet. ¿Al resolver el crimen de su madre dio por saldado el crimen en su obra?

—Sí, en realidad sí. No lo hice de forma consciente en ese momento, pero sí. Reconstruir el crimen de mi madre era una forma de escribir su biografía y mi autobiografía. Eso que has descrito ha tenido justo el efecto que señalas: me ha permitido dejar a un lado ese capítulo para ser plenamente un autor.

—¿Cuándo se dio cuenta de eso?

—Lo vi claramente cuando acabé la trilogía.

—¿Y por qué volvió a ese tema en The Hilliker Curse?

—Porque necesitaba escribir sobre las mujeres. El gran viaje de mi vida ha sido ese. Sí, he escrito novela histórica y novela negra. Pero… la base de todo el drama ocurre cuando un hombre conoce a una mujer. Después de mi segundo divorcio necesitaba escribir ese libro. Y lo hice.

"Ahora tengo un nivel de fe que jamás había tenido antes. Estoy disfrutando este periodo de mi vida en el que investigo lo histórico de una manera profunda."

—En Mis rincones oscuros dice que durante años, siendo joven, sintió miedo: a que su padre muriera, a que todo se fuera a la mierda. ¿Cuándo dejó de sentir miedo, como persona y como autor?

—Nunca he sentido miedo como autor, nunca. Todavía soy temeroso. Aún tengo miedo. Y no sé muy bien por qué. Estoy feliz. Soy feliz. Terminé un periodo particularmente delirante de mi vida que describí en The Hilliker Curse y quedó atrás. Ahora tengo un nivel de fe que jamás había tenido antes. Estoy disfrutando este periodo de mi vida en el que investigo lo histórico de una manera profunda.

—Decir que no siente miedo como autor resulta extraño…

—No. Porque si puedo concebirlo, puedo ejecutarlo. Una novela de 700 páginas, que es Perfidia, mi novela más larga, la escribí. Así de sencillo. Los lectores estarán ahí. Se irán y volverán. Les gustará un libro y otro no. Eso no lo controlo. Yo sólo estoy feliz de que continúen leyendo o incluso de que no lean. No puedes hacer que la gente ame tus libros o los odie. Dios me dio un don. Tengo una personalidad fuerte que me permite terminar mis libros.

—En Europa hay obsesión con “La gran novela americana”. Existe, claro. Usted forma parte de algo como eso, ¿pero existe tal cosa como la novela americana?

—No existe. Nadie nunca ha … Yo ni siquiera entiendo lo que la gente podría considerar la gran novela americana. Podemos tener una idea. En el fondo están hablando de la gran obra de arte, pero no tenemos un escritor norteamericano equivalente a Beethoven. No existe. Está la Novena de Beethoven y eso no existe en la literatura de Estados Unidos. Creo que ésa es la obra de arte más grande, en cualquiera de sus formas, que se haya hecho jamás. Después de Beethoven sólo hay un gran artista, Wagner, como artista completo, en su conjunto. Podemos decir Leonardo Da Vinci. Arrggggg —la idea no le seduce demasiado—. ¿Y sabes qué? No me importa. ¿Picasso? Y una mierda. Me la suda —ríe—.

—¿Sigue sin leer a Faulkner?

—Me importa una puta mierda Faulkner.

—¿Me podría confirmar si de verdad nunca ha leído a Balzac?

—¡No! Nunca he leído ni a Balzac, ni a Proust…

—Su relación con la música es muy temprana en su vida. Pocas veces habla de ópera. ¿Le gusta?

—No me agrada la voz, lo que sí me gusta son los preludios de Wagner. Amo la música de Tannhäuser, Parsifal

—¿Cuál es la relación en ese hecho sinfónico, el clímax, de la música con el lenguaje? Se lo pregunto porque su lenguaje es preciso y en conjunto genera un efecto atronador.

—Creo en la encantación. Y eso está presente en Perfidia y en esta nueva novela. Está inspirada en una música litúrgica, parte de los aspectos experimentales del último Beethoven. Hay una repetición de temas que se manifiesta también en la música, de la misma forma en que se hace visible en la repetición del lenguaje. Los elementos matemáticos del lenguaje y de la música manifiestan esos motivos o repeticiones en los libros que escribo. Sólo hay cuatro o cinco estructuras de oraciones y párrafos. Si los lees en inglés, verás que muchos párrafos están escritos en su mayoría con palabras de una sola sílaba. Eso lo extraje de la música.

—Sobre el uso del tiempo, en la música y en el lenguaje, quisiera preguntar: ¿lee usted en voz alta sus propios textos?

—Cuando leo un libro por placer, reproduzco en mi mente cada una de las palabras. Las digo para mí mismo. Tengo una noción muy enraizada de la perfección del lenguaje. La parte difícil es diferenciar una escritura naturalista en distintas voces: joven, viejo, mujer, negro, blanco, criminales… y poder volcar esas diferencias en la estructura lingüística.

"No he creado a demon dog para el público. Paso muchos días y semanas promocionando libros e intento divertirme. Amo los animales."

—¿Cuánto del demon dog es verdad? ¿Cuánto de eso realmente es suyo y cuánto una creación para el público?

—No lo he creado para el público. Paso muchos días y semanas promocionando libros e intento divertirme. Amo los animales. Me identifico con ellos, especialmente los perros, los jaguares, las panteras —panterrraasss—, los tigres —tigrrrreeeee, dice—. Y me divierto, créeme. Soy un tipo que trabaja mucho y disciplinadamente, y eso es agotador. Piensa: ir de un país a otro, el jet lag… Y así encontré una forma de sobrellevarlo. Hay distintas formas de descansar: encerrarme en un cuarto oscuro, decir estas cosas… Eso sí, la llave para una buena entrevista conmigo, y ésta lo ha sido, es que sea muy temprano en la mañana.

—He dejado una pregunta para el final, por si se enfada y me manda al demonio.

—Adelante, pregunta.

—Hace ya ocho años, lo escuché despedir a un periodista a gritos después de que le preguntara por Obama.

—Lo hago a menudo, sí.

—No me interesa qué piensa de Trump. Sólo quiero saber, ¿por qué le molesta tanto opinar de política?

—Porque no me toca, no me incumbe, no me interesa. Lo que veo es una generación estúpida de gente joven a quienes solo les importa lo que está enfrente de ellos, porque se lo dice la tele o Internet. No tienen sentido de la historia. Se conforman con su forma de ver el mundo. Y quiero decirles, ahora: la historia existe en sí misma. Por eso nunca opino de política. La gente joven cree que sólo le basta su presente. Y no es así. Por eso me he dedicado toda mi vida a enterrar y desenterrar el hueso de la historia.