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Jardines de piedra, por Karla Suárez

Jardines de piedra, por Karla Suárez

En este relato, Jardines de piedra, Karla Suárez utiliza —como explica Rosa Montero en el prólogo de la obra— un poderoso registro fantástico para hablar de realidades muy reconocibles.

Hombres (y algunas mujeres) es un libro no venal editado por Zenda con once cuentos extraordinarios de escritoras hispanoamericanas que celebran el 8 de marzo, día internacional de la mujer.

En este volumen, ideado, coordinado y editado por Rosa Montero, participan Elia Barceló, Nuria Barrios, Espido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia PiñeiroMarta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón.

 

A Antonio Sarabia,
por aquella conversación

Yo fui el primero en llegar. Debía hacerlo por la tarde, pero aquella mirada de Mariel me había hecho cambiar de planes. Tomé el primer ómnibus del día. No lograba concentrarme, intenté dormir, pero tampoco pude. Unas horas después llegaba a mi destino.

En la estación me esperaba un muchacho que me condujo al aparthotel, donde propuso que almorzáramos, pero yo no tenía ganas de conversar. Pretexté que me dolía la cabeza, mejor descansaba. Él entendió perfectamente. Sobre las ocho de la noche, dijo, ya todos los invitados habrán llegado y pasaré a recogerlos para la cena de bienvenida. Me entregó una carpeta con informaciones y nos despedimos. Subí a instalarme. El apartamento era pequeño, aunque no estaba mal. El único inconveniente era que la ventana daba a un respiradero interior y eso lo detesto, pero allí podría asomarme a fumar y eso hice: fumar un cigarrillo. Una vez terminado, telefoneé a casa. Mariel no respondió.

Esa mañana, Mariel había amanecido en el sofá y, a pesar de que el más leve ruido suele despertarla, no dio muestras de notar mi presencia. Me duché con la radio encendida, pero tampoco pareció oírla. Ni siquiera respondió cuando me despedí desde la puerta. Nada. Unas horas más tarde tampoco respondía al teléfono, así que colgué y me puse a revisar la carpeta: carta de bienvenida, programa de actividades, folletos turísticos. Era la primera vez que visitaba esa ciudad. En realidad me muevo poco, y sé que esa es una de las cosas que Mariel no soporta. Según ella, me bastarían una cueva o una isla perdida para vivir. Dice que soy como una estatua, que mi cuerpo no conoce el sentido de la palabra “movimiento”. Mariel no entiende nada. Cuando nos conocimos yo acababa de publicar mi segundo libro. Estaba feliz. Muchos artículos de prensa hablaban de mi obra y me vaticinaban un glorioso futuro. Yo era una estrella para mis amigos y para ella, por supuesto. Pero luego todo cambió. No sé por qué. Y mi vida se detuvo.

De golpe cerré la carpeta y, a pesar de que el cielo estaba cubierto de nubarrones grises, decidí irme a la calle. A Mariel le costaría creerlo, pero ahí estaba yo paseando solo por una ciudad desconocida. Quise imaginar que era otra persona. Otro yo. Y, en un momento, incluso llegué a sentir que la ciudad no me era ajena. Eso me gustó tanto que continué dando vueltas y vueltas y así terminé descubriendo el gran jardín público del centro.

En la verja estaban escritos los horarios de apertura y cierre. Era temprano. Me interné en un sendero. Me divertí recogiendo piñas y aplastando hormigas, oliendo las rosas que sobrevivían a pesar del invierno y haciendo crujir las hojas secas que se amontonaban en el piso. Respirar aquel aroma me provocó una sensación de libertad que hacía rato no sentía. Así, por unos minutos, se alejaron de mi cabeza las cosas que me molestaban y, sobre todas, aquella extraña mirada de Mariel.

Cuando creí que lo había visto todo, di una vuelta y ante mí apareció un estanque, en cuyo centro una mujer de piedra nacía de las aguas con los brazos y la cabeza dirigidos hacia arriba. La belleza de la escultura me dejó fascinado. Entonces sucedió algo. De repente comenzó a caer una llovizna muy fina y, mientras me acercaba, tuve la impresión de que aquella mujer se erguía todavía más mirando al cielo como para bañarse con la lluvia y mostrarse ante mí: desnuda. A mi alrededor, la gente apretaba el paso en dirección a la salida, pero yo me detuve frente a ella. Era demasiado hermosa. Dejé que la lluvia me mojara y pensé nuevamente en Mariel.

No sé cuánto tiempo estuve allí. Solo cuando escampó decidí irme. Mi ropa estaba mojada, era tarde y empezaba a levantarse el vientecillo invernal. No quería agarrar una pulmonía, pero es que me sentía eufórico, había querido acompañar a la mujer de piedra y era como si ella lo hubiera agradecido. Le dije adiós con una mano y di media vuelta sonriendo.

Ya en la calle, un poco más allá de la verja del jardín, me pareció pisar algo y me detuve. En el suelo había uno de esos blocs amarillos de notas adhesivas. La primera hoja estaba húmeda y tenía marcada la huella de mi zapato. Pensé que el resto del bloquecito podía servirme y por eso me lo eché al bolsillo. Solo después de haber llegado al apartamento y haberme cambiado de ropa, cuando saqué el bloc nuevamente, descubrí que en la primera página, bajo la huella de mi zapato, había un número de teléfono. Ningún nombre escrito, sólo un número y mi huella. Me sorprendí pensando que en aquel papelito podía esconderse una historia y eso me hizo gracia. “Piensas como escritor”, me dije y sólo pronunciar esta frase me produjo tanta alegría que decidí guardar el papel en la gaveta. Aquello era una señal, la ciudad quería regalarme alguna historia para salvarme. Lo presentí. Yo iba a ser otro. Llamé a Mariel para comentárselo, pero tampoco esa vez respondió.

Antes de las ocho bajé y cuando el muchacho apareció para la cena, me encontró esperándolo con una bufanda enrollada al cuello y cara compungida. Forzando la voz le comuniqué que, por lo visto, mi malestar no era causado por el viaje sino por algún virus. Tan mal me sentía que había tenido que salir a comprar aspirinas y, vaya mala suerte, me había mojado con la lluvia. Tosí varias veces, lo cual no es difícil para un fumador como yo, y él propuso llevarme al médico, pero dije que no quería molestar. Varias aspirinas, un té caliente y una noche en cama me pondrían como nuevo. Antes de marcharse, prometió llamarme al día siguiente.

En realidad yo no quería ver a nadie. Los otros escritores ya habían llegado, pero no tenía ganas de conocerlos tan pronto. Había tiempo. Pasaríamos dos semanas en aquella residencia literaria. Era una experiencia nueva para mí. Cada uno tendría un apartamentico y un estipendio que nos permitirían trabajar. Además, debíamos participar en debates públicos y escribir un relato con un tema específico, los volcanes, que luego se publicaría en una revista.

Fue Mariel quien llegó a casa con la convocatoria. Los traductores literarios, como ella, se enteran de muchas cosas y una noche se apareció diciendo que había encontrado una buena oportunidad para mí. Leí el papel que traía y en principio no me pareció mal. Una residencia de escritores sonaba bonito. El único problema era lo de escribir. No solo porque el tema fuera los volcanes y yo de eso no sé nada, sino porque hace años que no logro escribir una mísera línea y ella lo sabe. Pero para Mariel todo siempre es simple. Lo que yo necesitaba, según ella, era cambiar de aires y, si me aceptaban, volvería a encontrar la inspiración. La miré con recelo. Cada vez que ella pronuncia esa palabra mi cuerpo se pone rígido. Mariel no entiende que cada palabra tiene su peso y su consecuencia sobre la persona que la recibe. Aquella noche, después de una larga discusión, ella terminó por tirar la convocatoria encima de mi mesa de trabajo, dijo que hiciera lo que me diera la gana y se fue a dormir. Una semana más tarde redacté mi currículo, fotocopié las mejores notas de prensa que guardo y envié mi solicitud. Meses después recibí una carta que decía: “Su candidatura ha sido aprobada”.

El encuentro con mis colegas escritores logré retardarlo. Como el muchacho de la organización creía que yo continuaba enfermo, pasaba a saludarme e incluso me llevaba medicinas pero, apenas se marchaba, también yo me iba a la calle. Cuatro días después de mi llegada, sin embargo, teníamos el primer debate público en una biblioteca. Temí que, de no presentarme, pudieran mandarme a casa por enfermo, así que no tuve más remedio que dar la cara.

Mis colegas eran tres: una caribeña, un griego y un italiano. A pesar de que antes de la residencia ninguno había oído hablar del otro, ya se habían hecho amigos y, por suerte, tenían tantas cosas para decir que apenas tuve que hablar en el debate. Luego nos fuimos a cenar. Los tres habían publicado varios libros y estaban escribiendo uno nuevo, aunque se ganaban la vida con otros trabajos. Yo dije que sólo me dedico a la escritura y se quedaron tan admirados que hasta quisieron saber el argumento de mi nueva novela, pero pretexté que no me gusta hablar durante el proceso creativo. La conversación continuó. Cuando una de las bibliotecarias propuso llevarnos a un volcán dormido que existía en la zona, visto el interés de mis colegas, sentí que mi cuerpo se ponía rígido. Pero imaginé la cara de Mariel cuando se lo contara, ya no podría mirarme de aquel modo extraño, “el otro yo” subiría volcanes. Entonces acabé por aceptar, aunque no con el mismo entusiasmo que los otros.

A la mañana siguiente, después de desayunar, me senté frente a la computadora, abrí un archivo nuevo y escribí: volcán. Junto a la palabra se quedó parpadeando una rayita. Puse los codos sobre la mesa, descansé la barbilla encima de mis manos y observé durante un rato. La estúpida rayita seguía parpadeando. No tenía ni la más mínima idea de qué escribir, ni sobre volcanes ni sobre nada. Cerré la computadora y me fui a la calle. A seguir mi rutina de andar y andar hasta terminar en el jardín donde, sentado frente a la mujer de piedra que nacía de las aguas, le hablaba en voz baja. Tenía la impresión de que ella me escuchaba. No era como Mariel.

Después del relativo éxito de mi segundo libro decidí dejarlo todo para dedicarme a escribir. Mariel me apoyó. Dijo que en la historia de la literatura ella aparecería como mi musa, fuente de inspiración y sostén, así que con su trabajo pagábamos las cuentas. El problema fue que, de repente, a mí no se me ocurría nada. Me había quedado sin ideas. Pasaba los días tirado en el sofá, fumando y pensado. Pero el tiempo no se detuvo. Mariel comenzó a impacientarse. Un día sugirió que me ocupara de las labores domésticas. Otro, que comprara menos cigarrillos. Así, terminó gritándome que saliera del sofá y me fuera a buscar trabajo. Mi inactividad era la causante de mi vacío, según ella, porque las palabras generan palabras y el silencio genera silencio. ¿Qué sabrá Mariel? Para ella todo siempre es fácil. Toma un libro ya escrito y lo traduce. Así de simple. Pero la creación es otra cosa que ella no entiende. Por eso, poco a poco, en lugar de musa, Mariel se fue convirtiendo en el rostro que me recordaba mis frustraciones. En una pesadilla.

El sábado, como acordado, nos llevaron al volcán y, apenas lo vi, me arrepentí de haber ido. Aquello daba miedo, pero mis colegas estaban emocionadísimos. Partimos loma arriba por un trillo de piedrecillas resbaladizas. El griego encabezaba la comitiva como si fuera a anunciar la victoria de Maratón. Los otros no paraban de reír y de hacerse fotos. A mí empezó a faltarme el aire, pensé que Mariel no merecía tal esfuerzo y entonces tuve una idea. Disimuladamente fui quedándome atrás. Ya solo, me tiré al suelo y grité que me había torcido un tobillo. Enseguida vinieron a socorrerme. Finalmente el grupo siguió y yo regresé cojeando ayudado por uno de los bibliotecarios. En el aparthotel, me cambié de zapatos. Un rato después me fui al jardín.

A veces pienso que las ciudades son como jardines de cemento donde florecen personas, autos y edificios, sólo que en las ciudades se vuelve difícil respirar por tanta contaminación. Una vez le dije esto a Mariel y contestó que era un buen comienzo para un libro. A mí me dio por reír. Era tan sólo una idea, agregué, un libro es mucho más que una idea. Ella me miró como quien mira algo que no comprende. Una idea es el comienzo, el libro es el fin, entre uno y otro toca trabajar, me respondió. Creo que ahí la miré yo como quien mira algo que no comprende, porque enseguida Mariel arqueó las cejas. Pero si lo que te preocupa es la contaminación, me dijo, puedes dejar de fumar. Mariel no entiende nada. Nunca entendió que sus palabras me hacían daño, que se fueron volviendo la maldita aguja que laceraba mis heridas. Mariel no entiende nada. El día del volcán, de regreso del jardín, volví a llamarla por teléfono. Nadie respondió.

La siguiente semana tuvimos otro debate público y una cena. Mis colegas tenían avanzados sus escritos. Yo, por supuesto, dije que estaba trabajando. Pero me molestaba toda aquella alegría. ¿Qué tanto tenían que escribir sobre volcanes? Esa noche empecé a detestarlos. A ellos, a los bibliotecarios, a Mariel y su extraña mirada, a todos. Encima, iba quedando poco para terminar la residencia pero yo, de repente, no quería irme. Así de simple: no quería. Esa noche me costó dormir, fumé bastante y hasta tuve que dejar un rato abierta la ventana para que entrara aire. No llamé a Mariel. Temí que, una vez más, no fuera a responderme.

La escultura de la mujer de piedra continuó escuchándome los días que siguieron. Ir al jardín se había convertido en una necesidad. A veces llovía y me amparaba en el café. Otras, llovía y me mojaba. Otras, no llovía. Pero yo siempre estaba allí. Me hacía gracia pensar que me había vuelto medio invisible. La primera vez que vamos a un sitio nuestra presencia se nota porque no pertenecemos al lugar. Pero si repetimos la visita varias veces, muchas, entonces nuestra figura se funde con el paisaje, pasa a ser un elemento más y nos volvemos invisibles a los otros. Yo era casi un pedazo de aquel jardín, del mismo modo en que me había convertido en un pedazo de mi casa, un trozo de mi sofá. Algo invisible.

La residencia de escritores terminaba el domingo. El sábado, en la despedida, debíamos entregar nuestros textos. El viernes en la noche yo estaba desesperado. Las dos semanas habían transcurrido volando y, aunque no quería irme, tenía que hacerlo. Eso me molestaba. Aquella noche agarré el abrigo y me fui a un restaurante. Comí y bebí muchísimo. Aún mantenía la esperanza que tuve al llegar: esa ciudad iba a regalarme algo que pudiera salvarme. Pero apenas quedaba tiempo. De regreso al apartamento estaba medio borracho. No sabía qué hacer y fue entonces cuando recordé mi hallazgo del primer día a la salida del jardín. Nada perdía con probar. Abrí la gaveta y saqué el papelito amarillo con el número de teléfono y la huella de mi zapato. Suspiré profundamente, me aclaré la garganta y marqué el número.

El timbre sonó tres veces hasta que una voz femenina respondió. En realidad, yo no sabía qué decir, la situación era bastante absurda, así que musité: “Llamo porque…”. “Sí, lo estaba esperando, podemos vernos mañana a las siete y media a la salida del jardín, ¿le parece bien?”, dijo ella. “¿En la misma salida donde…?”, comencé a preguntar, pero la voz me interrumpió nuevamente: “Claro, en el mismo lugar, usted sabe, hasta mañana”.

Cuando colgamos me eché a reír. Me parecía que yo era aquel volcán dormido que acaba de despertarse. Llevaba días con el número de teléfono de una mujer que esperaba mi llamada. Increíble. ¿Quién era ella? No sabía. ¿Por qué me estaba esperando? No tenía ni idea. ¿Me habría visto y quería conocerme? Lo averiguaría pronto. Eso y todo lo demás. El caso es que, de improviso, me sentí ligero y, a la vez, eufórico. Sí. La ciudad había decidido, finalmente, salvarme.

El sábado desperté más tarde de lo habitual. Aunque tenía resaca, me sentía sereno. Había dormido como nunca en el tiempo que duró la residencia. Pensé llamar al muchacho de la organización e inventarle que no podría ir a la despedida de esa noche porque me sentía mal, pero preferí no hacerlo. Capaz que le diera por visitarme para buscar mi texto. Ya le contaría algo la mañana siguiente. En todo el día, ni abrí la computadora ni preparé las maletas. Comí algo, fumé, me di una ducha, solo eso hice. Mi cita era a las siete y media, a la hora en que cerraban el jardín.

Casi a las seis me miré al espejo. Soy “el otro yo”, me dije, y salí. Antes de la cita quise dar un último paseo por el jardín. Anduve por los senderitos, recogí piñas, aplasté hojas y hormigas, hasta que, finalmente, me dirigí al estanque donde la mujer de piedra me esperaba desnuda con los brazos en alto. Frente a ella me detuve. Era tan hermosa. Quería darle las gracias por su compañía, le dije. Yo había llegado a la ciudad sintiendo que me ahogaba y ya podía respirar. Algo había cambiado. Ya no me importaba mi incapacidad de escribir, ni me carcomía la angustia, ni sentía la necesidad de regresar adonde Mariel y enseñarle un texto porque, aunque lograra escribirlo, tenía la certeza de que ella jamás lo leería. Porque Mariel no me estaba esperando.

La noche antes de mi partida la discusión fue violenta. Mayor que las anteriores. Yo estaba mal. Y ella no paraba de recordármelo. Esa noche grité fuerte. Pero ella gritó más fuerte todavía y yo ya no supe qué hacer. Mariel no entiende nada. Yo no quería golpearla. Lo hice para que no dijera más esas cosas que me hacen tanto daño. Pero ella cayó sobre el sofá, me miró desconcertada y ahí ya no quiso hablar más. Yo la abracé. Te abracé, Mariel. Pero tú te negaste a responder a mis abrazos. Quise ayudarla a levantarse. Pedí perdón. Pero ella ya no habló más conmigo, tan solo me miró fijamente de aquel extraño modo. Tan distante.

Allí parado, frente a la escultura de la mujer de piedra quise imaginar a Mariel haciendo las maletas en mi ausencia y dejándome en la puerta del refrigerador un mensaje de despedida escrito en un papelito adhesivo amarillo. Y eso me molestó. No soportaba la idea de llegar a casa y no encontrar a nadie esperándome. Pero la residencia había terminado. Tenía que irme.

El problema fue que cuando intenté dar media vuelta para salir del jardín y dirigirme a mi cita no conseguí moverme. Quise mirar a un lado, y también me fue imposible girar el cuello. Era como si mi cuerpo no respondiera a las señales del cerebro. Una sensación rarísima, y es que por más que intentaba ni mis manos, ni mis piernas, ni mi cabeza, nada en mí se movía. Lo peor era que el jardín iba a cerrar y no había nadie que pudiera ayudarme. Sólo la mujer de piedra que, de repente, hizo como un gesto. Sí, yo la vi. Vi cuando estiró sus brazos y su cabeza hacia el cielo como quien acaba de despertar y, muy despacio, comenzó a salir de las aguas.

Desde mi posición la vi levantarse. Era tan hermosa. Intenté sonreírle, pero no pude, aunque ella tampoco pareció notar mi presencia. Salió de las aguas, sacudió su pelo y, después de localizar con los ojos la salida más cercana, hacia allí dirigió sus pasos deprisa, como quien no quiere llegar tarde a una cita. Quise gritarle, pero de mi boca no salía nada. Quise llorar, pero mis ojos se habían quedado congelados mirando fijamente el sendero por donde ella se alejaba. Al llegar a la verja se detuvo y volvió hacia atrás la vista, no adonde yo estaba, sino al jardín, al conjunto. Me pareció que sonreía respirando profundamente y entonces se marchó.

Oí cómo cerraban las puertas del jardín. Supe que se levantaba el vientecillo invernal porque las hojas de los árboles comenzaron a agitarse, pero no sentí el frío. Un gato se acercó hasta mí, lo noté oler mis piernas antes de alzar la pata y orinar, pero tampoco ese calor llegó a mi cuerpo. Nada. Ya no siento nada. Ahora soy parte del jardín.

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Coordinadora editorial: Rosa Montero. Autoras: Elia Barceló, Nuria Barrios, Espido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia Piñeiro, Marta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón. TítuloHombres (y algunas mujeres). Editado por Zenda con el patrocinio de Iberdrola. Descarga gratuita en Amazon 

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