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Javier Castillejo: «Nací en el país equivocado para boxear»

Javier Castillejo: «Nací en el país equivocado para boxear»

Tres upper con la izquierda al alemán Felix Sturm le valieron a Javier Castillejo (Madrid, 1968) el entorchado intercontinental del peso medio el 15 de julio de 2006 en Hamburgo. En ese momento del décimo asalto, el Lince de Parla no se imaginaba que tal sucesión de golpes le hubieran podido romper la mandíbula al teutón de 27 años, que en la previa se había referido al español como “el viejito”. Hoy, Castillejo recrea la escena con los mismos movimientos, entonces empieza a sonar The Eye of the Tiger, de Survivor, en el teléfono del boxeador. Su hijo Javier le requería.

El Lince enumera su palmarés: Campeón de España welter; Campeón Mundo Hispano WBC superwelter; Campeón de Europa (EBU) superwelter; Campeón Mundo Hispano WBC; Campeón de España; Campeón de Europa (EBU) superwelter; Campeón del mundo WBC superwelter; Campeón EBU-UE mediano; Campeón del mundo interino WBC superwelter y Campeón del mundo WBA mediano. Las líneas para enumerar los triunfos de Castillejo descuadran el párrafo, de tantos que son. Y las historias, que se cuentan por miles, se recogen en el volumen Javier Castillejo: Asalto al cielo (Pigmalión, 2017) y en el reciente documental de Informe + Javier Castillejo, El Lince. Y seguramente todavía falte espacio.

En la Escuela de Boxeo El Lince, las banderas, carteles y cinturones comparten espacio con los rings y los sacos, que restallan con los jabs de los pupilos. En el despacho de Javi Castillejo reina el calor y, como en una pelea, las perlas de sudor corren hacia abajo por las sienes. Es testigo un guante gigante dedicado por el argentino Sergio “Maravilla” Martínez: “Para Javi, el Lince, con todo mi afecto. Para el mejor español de la historia…”. Hombre contra hombre en la media distancia. Uno habla, el otro anota. Y un tercero hace fotos en la sombra. Como escribía Fernando Vadillo en Boxeo y mafia (Taxco, 1981) citando a Henri de Montherlant: “Ese noble arte límpido, donde la inteligencia inspiradora y ordenadora brota bajo cada gesto, para dar a los escritores una sabia lección”.

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—“O torero o boxeador”, le dices a tu madre. ¿Y si hubiera elegido torero?

"Cuando le dije lo de torero cogió un poco de miedo, y prefirió que fuera boxeador y no torero, que era más peligroso"

—Si hubiera sido torero habría intentado triunfar igual. Se lo dije a mi madre simplemente por asustarla un poco, porque una madre, ya sabes, quiere lo mejor para su hijo. Entonces, cuando le dije lo de torero cogió un poco de miedo, y prefirió que fuera boxeador y no torero, que era más peligroso.

—Te retiras con 71 combates disputados y dejabas atrás 21 años de carrera, a los 41. ¿Un campeón tiene edad?

—Un campeón no tiene edad, tiene su tiempo. Yo fui campeón con 38 años en otro peso. Lo fui seis veces en el peso superwelter, y ya tuve que abandonar esa categoría porque me costaba mucho dar el peso y subí a peso medio. Nos salió entonces la pelea del campeonato del mundo contra Felix Sturm en Alemania. En esa época yo tenía 38 años y el alemán 27, con lo cual yo creo que la edad, sobre todo ahora, no influye.

—Antes de ese combate contra Sturm la gente no daba un duro por ti…

—Solía pasar. Me ha sucedido muchas veces. Cuando hice el campeonato del mundo en Parquesur contra el argentino Julio César Vásquez, el campeón era él. Era un boxeador duro, potente, fuerte, zurdo… Y aun perdiendo a los puntos hice un gran combate. Superé la prueba que me pusieron.

—Siempre has dicho que después de ese combate te empezaste a sentir boxeador.

"Yo era nuevo, no tenía mucha experiencia, simplemente era campeón de España y no había sido ni campeón mundial ni europeo"

—Fue una prueba dura la que pasé. Yo era nuevo, no tenía mucha experiencia, simplemente era campeón de España y no había sido ni campeón mundial ni europeo, y él me ganó por la experiencia, aunque íbamos muy igualados hasta los últimos asaltos, que es cuando él me vence.

—Te retiras contra Pablo Navascués el 4 de abril de 2009, pero notaste que aquello fue un cierre en falso. ¿No era lo que esperabas?

—No era lo que yo quería. Mi idea era hacer una pelea diferente, hacer algo grande… Tenía en la cabeza hacer otra cosa, pero salió este combate y decidimos hacerlo, aunque yo no pensaba que fuera a ser el último. Quería seguir; era un poco cabezota, pero el entrenador (Ricardo Sánchez Atocha) me dijo que ya había hecho bastante, que el boxeo era muy duro. Me convencieron y me retiré. Aquel fue mi combate de despedida.

—¿Contra Sebastian Sylvester, el 12 de abril de 2008, ya pensabas en colgar los guantes?

—Sabía que no me quedaba mucho, pero tampoco pensaba que iba a ser la última o la penúltima. Pero después de lo que pasó empecé a pensar; aquello fue una señal que me llegó de arriba para que me diera cuenta de que ya estaba bien y que había que retirarse.

—¿Eres creyente?

—Sí.

—Si mal no recuerdo, llevabas una capilla portátil.

—Me la regaló el banderillero mexicano José Alfredo Betancourt. Es un amigo que vive en El Espinar. Iba con Morenito de Maracay (José Nelo Almidiciana), un figura venezolano, y yo, como soy taurino, me gustaba lo que llevaban ellos: su capilla cuando están en el hotel, sus oraciones, sus cosillas… Y me regaló una capilla de México hecha a mano, con sus guantes y todo. Me la llevaba conmigo a los hoteles, como los toreros. Somos diferentes, pero nos jugamos la vida también.

—¿Te jugaste la vida cuando acompañaste a Gabriel Campillo a pelear a Kazajistán?

"¿Qué pasó? Que al perder Shumenov, como no se lo esperaban, mandaron a dos armarios en busca mía"

—¡Joder, macho! ¡Qué cosas! Fuimos a hacer el mundial, que ganó, pero yo veía que había cosas muy raras, como que todo estaba preparado para que ganara el boxeador local (Beibut Shumenov). Era una encerrona. La verdad es que nos trataron muy bien cuando llegamos; nos llevaron a una especie de palacio, nos pusieron un montón de cena, bailarinas… Imagínate. Me hicieron subir al ring y, allí, el promotor, que era el hermano del boxeador local, me regaló un reloj, que me llevé al vestuario y guardé. ¿Qué pasó? Que al perder Shumenov, como no se lo esperaban, mandaron a dos armarios en busca mía. Yo no entendía lo que me estaban diciendo, así que le pregunté a uno que me traducía y me dijo que querían que les devolviera el reloj. ¡No jodas! ¿Cómo que les tengo que devolver el reloj a estos tíos? Contesté que había guardado el reloj en el hotel. Y así quedo la cosa. Al finalizar todo, recuerdo que nos dimos prisa por salir, por el mal rollo que se estaba moviendo por ahí. Incluso había gente con armas. ¿Pero ese país estaba en guerra o qué? No entendía nada. Debían de ser los guardaespaldas del promotor.

—Que apareció en el pesaje con un tipo armado.

—Sí. Le tuve que apartar la metralleta, me estaba tocando con la cacharra por donde el sobaco. No sé, me extrañó mucho. No sé si lo hicieron para intimidarnos o para que les cogiéramos respeto, pero fue de película. Ni nos llevaron al hotel después del combate. Nos cogimos un taxi y recogimos para irnos pronto de allí. Yo pensaba que se iban a presentar cincuenta gorilas con metralletas para quitarnos todo.

—¿Dónde habías escondido el reloj?

—Me lo había guardado en los huevos (Risas).

—¿Lo conservas todavía?

—¡Hombre, claro!

—“El boxeo pretende ser superior a la vida, en la medida en que es, idealmente, superior a todo accidente”, escribía Joyce Carol Oates en Del boxeo. ¿De qué depende que la vida después del boxeo sea digna y no un accidente?

"He peleado con campeones del mundo muy duros y a mí prácticamente solo me han tirado una o dos veces. Pero también he encajado mis golpes"

—Como todo en la vida, la suerte influye. También tu manera de boxear, los rivales que hayas tenido, cómo han llevado tu carrera, cómo eres tú de fuerte o no… Hay una cosa que se llama “encajar”, que te lo da la vida. Eso no se entrena. He peleado con campeones del mundo muy duros y a mí prácticamente solo me han tirado una o dos veces. Pero también he encajado mis golpes.

—¿También en la mili?

—En la mili había un cabo primero, un mando al que había que saludar. Yo me juntaba con los veteranos, que les debía de quedar un mes y ya pasaban de saludar, así que yo tampoco lo hacía, pero el cabo primero me llamó al orden: “¿No sabe saludar usted a un superior?”. Le miré el galón y me cuadré: “¡A la orden, mi primero!”. Le di mi nombre y fui derecho al tablón donde tenían a los arrestados. “Javier Castillejo: 15 días sin salir”. Así es como aprendí.

—¿Cuántas guardias te chupaste?

—¡Hostia! Estuve en la policía, en la P.A. (Policía Aérea). Me tocó el Ejército del Aire, en la base aérea de Torrejón de Ardoz, cuando estaban los americanos. Me licencié con 94 guardias: retén-guardia, retén-guardia… Después ya era retén-guardia-libre. Me tocaba estar en el control para entrar en la base. Los americanos se ponían muy serios y pedían la documentación, y yo les decía: “¡Pero déjales entrar, hombre!”.

—Y tras la mili, ¿pasas a profesional?

"Olía a mierda. Había un ring, unos sacos y te tenías que duchar con agua fría"

—Sí. Hice dos o tres combates con José María Tristán, que es el entrenador que me enseñó de amateur, pero luego no me podía atender y firmé con Ricardo Sánchez Atocha, que en ese momento llevaba a Poli Díaz, el campeón de Europa. Me llevaron a El Espinar, en Segovia, a la finca del empresario Enrique Sarasola, donde habían montado un gimnasio para Poli.

—Antes habías estado entrenando en el gimnasio de Tristán, que en realidad era una nave en la que se almacenaban los muebles de las casas que desahuciaban. ¿Sigue existiendo?

—Todavía está. Es un almacén del Ayuntamiento de Parla donde metían todo: muebles, sillas, perros abandonados, cerdos… Olía a mierda. Había un ring, unos sacos y te tenías que duchar con agua fría.

—¿Dónde dormíais en El Espinar?

—Cuando yo fui, Poli vivía con el entrenador en un piso normal y los sparrings en una casa baja que tenía 2.500 años, de estas de película de miedo. Cuando fue mi madre a la semana siguiente, salió llorando pidiéndome que volviera casa. Solo tenía una planta. Cuando llegué con mi bolsa y las maletas y me dicen dónde está mi habitación, abro la puerta y me encuentro a un negro tirado en la cama: era Alfredo Cáceres, colombiano, el sparring de Poli. Al poco tiempo nos cambiaron y nos metieron en un piso más normal.

—Poli había sido ocho veces campeón de Europa…

—Y yo decía: “Si Poli ha sido ocho veces campeón de Europa yo voy a serlo diez” (Risas).

—Dicen que Ricardo Sánchez Atocha tenía buen ojo para los campeones.

—Sí. Tenía experiencia, y parece ser que eso le ha llevado a conseguir grandes boxeadores.

—Sánchez Atocha también era supersticioso. Nació un martes 13 y se mosqueó por los guantes amarillos que utilizaste contra Keith Mullings.

—Se puso blanco cuando nos dieron los guantes. Yo le decía que estuviera tranquilo, que eso del color era todo mentira. Éste (señala al cielo) me iba a dar suerte.

—¿No te dio suerte la mierda de perro que pisaste antes de la pelea?

—(Risas) Iba de camino a La Cubierta de Leganés. Dejé el coche, salí del aparcamiento y noté que había pisado algo. Me miré el pie y… ¡Qué rebote me pillé! Yo, que iba concentrado… Mi mujer me dijo que eso era señal de que iba tener buena suerte.

—Y la tuviste.

—Sí, pero no por la mierda, sino por mí (Risas).

—¿Qué conocías de Mullings?

"Había dentro de La Cubierta 15.000 personas. Muchos se vienen abajo con esto, pero a mí me motivaba más"

—Le estudiaba de noche, de día… Estuve tres meses estudiándolo en vídeo. Ya sabía hasta cuándo se iba a mear y cuándo a tomar un café. Tuve seis sparrings en la concentración de tres meses que hice aquí. Todo estaba muy preparado, pero también estaba nervioso. Había dentro de La Cubierta 15.000 personas. Muchos se vienen abajo con esto, pero a mí me motivaba más.

—¿Retransmitía el combate Vía Digital?

—Sí. Por eso se pudo hacer el campeonato del mundo aquí, porque si no habría sido imposible traer a un boxeador americano que era el campeón del mundo.

—También Telecinco retransmitía boxeo.

—Yo tuve varias épocas buenas con televisión y épocas malas sin televisión. Estuve en la época de Telecinco, Vía Digital y Canal +.

—Y cuando las épocas malas, ¿vuelves a trabajar de pintor?

—Sí. Perdí un campeonato de Europa en Francia el 3 de enero de 1995 contra Laurent Boudouani. Me pusieron esa fecha aposta. ¡Imagínate qué navidades pasé!

—Boudouani era musulmán, ¿no?

"De las ocho derrotas que tengo, siete son con campeones del mundo"

—Claro. Era natural de Argelia y no celebraba la Navidad. Yo en cambio estaba en la cena sudando con plásticos para dar el peso. Pero hay que reconocer que Boudouani había sido medalla olímpica con Francia, campeón de Europa y del mundo… Es uno de los mejores deportistas a los que me he enfrentado. De hecho, de las ocho derrotas que tengo, siete son con campeones del mundo.

—¿Recuerdas el momento en el que dejas fuera de combate a Felix Sturm?

—Sí. Le metí tres upper. Luego, di un paso en diagonal y le pinché en el hígado. Noté que hizo un amago, porque se había hecho daño y estaba un poco tocado, y me incliné un poco hacia mi lado izquierdo, le engañé y le metí los golpes por dentro en vez de por fuera.

—¿Cómo mira el hombre al que has mandado a dormir?

—Tiene la mirada perdida. Siempre me pasaba lo mismo: cuando noqueaba y tiraba a un rival, quería que el árbitro le hiciera la cuenta de protección y se levantara y estuviera sano. Cuando le estaban contando, yo quería que se terminara la pelea.

—A Sturm le rompes la mandíbula en ese primer combate.

"Ya había bullying, aunque ahora le hayan puesto nombre, lo que pasa es que antes se resolvía rápido y eficaz. Peleabas y se acabó"

—Sí, pero no me enteré; seguí boxeando. Después se hizo una fiesta con cena y música y se comentaba que Sturm había ido al hospital con su equipo porque se había fracturado la mandíbula. Al rato entró él con su equipo y todo el mundo empezó a aplaudir. Yo me acerqué para preguntarle en alemán cómo estaba y que era un buen boxeador. Nos dimos la mano y “hasta luego, Maricarmen”, que el dinero me lo llevaba yo a mi casa (Risas).

—Tu familia emigra a Alemania cuando cumples los cuatro años. Creces allí y al regresar a España tienes problemas en el colegio y hablas más alemán que castellano.

—La enseñanza era muy distinta. Estuve ocho años allí, hice hasta la primera comunión… Imagínate. Hablaba con mi hermana en alemán en casa y mi español era como el de los extranjeros, así que en el colegio se reían de mí, lo que pasa es que yo resolvía rápido el bullying. Me llamaban “franchute”, pero no sé por qué, porque eso es de Francia. Me quedé con ese mote, macho: “Franchu”. Y algún cabrón me decía “nazi”, pero muy poco. Ya había bullying, aunque ahora le hayan puesto nombre, lo que pasa es que antes se resolvía rápido y eficaz. Peleabas y se acabó.

—Retomo tu segunda etapa como pintor, cuando te vinieron malos tiempos. ¿Cómo fue aquello?

"Cuando perdí el campeonato de Europa con Laurent Boudouani, se acabó Telecinco y la televisión, por lo cual no había patrocinador y tampoco ayuda"

—Cuando perdí el campeonato de Europa con Laurent Boudouani, se acabó Telecinco y la televisión, por lo cual no había patrocinador y tampoco ayuda. Recuerdo que me compré mi casa pero la nevera estaba vacía y yo tenía una hija. Se me saltaban las lágrimas. Le dije a mi mujer que me sacara el mono, que iba a volver a llamar a mi tío para pedirle trabajo. Curraba de lunes a viernes de pintor. Cuando íbamos a comer al bar o al restaurante, los camareros se me quedaban mirando y me preguntaban qué estaba haciendo ahí: “¿Ya no boxeas?”. Llegaba el viernes a casa, me duchaba, me cambiaba y me iba a trabajar de seguridad a un garito hasta las doce de la noche del domingo. Mi mujer venía con el carrito de mi hija y me traían un bocadillo. Era la hostia, macho. Así estuve casi un año o por ahí trabajando y sin entrenar. Al año me llamó mi mánager, porque le habían ofrecido hacer el campeonato de Europa en Inglaterra contra el número uno, que era en ese momento Akhmet Dottuev, un zurdo, un pegador, que estaba haciendo su carrera en Inglaterra porque su promotora era de allí. Era mi último cartucho.

—Ganaste a Akhmet Dottuev en el último momento…

—En el último asalto, en los últimos diez segundos, antes del límite. Dottuev estaba muerto y el árbitro paró la pelea. Me quedé campeón de Europa, me ranquearon como aspirante oficial al campeonato del mundo y de ahí para arriba. Mi vida ha sido una noria, pero he sabido aguantar.

—Cuando estabas de seguridad, ¿un chaval te pidió que le firmaras el reverso de la entrada?

—(Risas) Sí. Pero eso fue cuando ya me retiré. Estaba en Fabrik, en el control de acceso, cacheando a la gente para quitarles la mierda que llevaban encima. Uno me reconoció y me pidió que le firmara la entrada. Le dije: “Sí, sí… Pero espérate”. Y le cacheé. Pensaba que me estaba haciendo la “doce-trece”. Pero no llevaba nada y le firmé el autógrafo.

—¡Y Sugar Ray Leonard te entrevistó!

—Fue en Las Vegas, estando concentrado. Tengo un guante firmado por él. Me entrevistó porque estaba trabajando para una televisión. Es diferente a aquí, tío. Nací en el país equivocado para boxear.

—Decía David Gistau que “España es una fábrica de perdedores, porque no soporta a la gente que gana”. ¿Lo es?

"Me sentí jodido. Aquí, si no eres un delincuente o un futbolista, nada"

—España es un país de pandereta; no sabemos valorar, ni queremos, lo bueno que tenemos en todo. No valoramos nada, solo metemos zancadillas. En otros países la gente va a muerte con esas personas. Cuando boxeaba fuera y me ponían el himno y luchaba por mi país, estaba solo ante todos, ante los “enemigos”. Hice cosas grandes, pero llegaba a aquí y… Cuando fui campeón contra Felix Sturm, volví a España, a casa de mi madre para comer, y pusimos la tele para ver si decían algo en las noticias (no voy a decir la cadena). ¡Solo estaban hablando de la fiesta de cumpleaños de Ronaldo! Vale que el fútbol es el deporte rey, pero yo acababa de hacer historia. Me sentí jodido. Aquí, si no eres un delincuente o un futbolista, nada.

—¿Cuánto tiempo pasaste en Estados Unidos preparando la pelea contra Óscar de la Hoya?

—Supuestamente íbamos a estar un mes y algo o máximo dos, pero fueron más. Óscar “de la Polla” alegó una lesión.

—Se había fracturado la mano, ¿no?

—Sí; se había roto los huevos. Me jodió, macho. Me tuvo quince o veinte días más y yo ya estaba harto del rancho y de las concentraciones. Me vine abajo, nunca me había pasado. También se cometieron muchos errores y no se hicieron bien las cosas. Yo estaba con mi entrador solo; él en una esquina y yo viendo combates de De la Hoya. Era muy triste. Y encima mi hijo había nacido. Me vine abajo. Me hubiera gustado enfrentarme a De la Hoya estando al cien por cien.

—Hubo una segunda oportunidad, pero Óscar de la Hoya volvió a lesionarse.

—(Resopla y esboza una sonrisa) A ver qué hubiera pasado.

—Cuando te retiras, empiezas a ver que no te salen las cuentas. Decías que parte de la bolsa del combate contra De la Hoya se quedó por el camino… Sospechabas de Ricardo Sánchez Atocha.

—Yo no puedo acusar a nadie, pero te puedo decir que no me llevé lo que me correspondía. Pero no solo en el combate de De la Hoya, sino en otras más. Me considero un boxeador más al que le han hecho cosas raras.

—¿Sería injusto cargar a Roma con todos los platos rotos de Olympia, como escribía Fernando Vadillo en Boxeo y mafia?

"Si hubieran existido personas legales y con corazón, el boxeo habría sido otra cosa y los boxeadores ahora estarían bien"

—Si hubieran existido personas legales y con corazón, el boxeo habría sido otra cosa y los boxeadores ahora estarían bien. Eso no quiere decir que no haya boxeadores que metan la pata, pero en la mayoría de las historias, los mánagers y promotores han sido unos estafadores, unos ladrones y unos corruptos de mierda que le han robado el corazón a mucha gente. Yo he hecho millonario al que me llevaba. Yo, Javier Castillejo. No sé lo que habrá hecho con su dinero ni si se habrá arruinado, no es mi problema, pero sí sé que le he hecho rico.

—De haber sido torero, ¿a qué edad te hubieras cortado la coleta?

—Si me hubieran respetado las cornadas, yo estaría toreando todavía. Mi toreo es como el de José Tomás, que es un hombre que juega en los terrenos de la verdad, donde se ganan billetes. Yo boxeaba en la media distancia, que es la distancia de los campeones. Lo que pasa es que yo no tengo tantos billetes como el torero (Risas).

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