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Jeremías: Poema dramático en nueve actos, de Stefan Zweig

Jeremías: Poema dramático en nueve actos, de Stefan Zweig

Stefan Zweig escribió esta obra de teatro entre la primavera de 1915 y principios de 1917, en plena Primera Guerra Mundial. Pacifista acérrimo, escogió la figura de Jeremías, el profeta judío que predicaba en vano, para encarnar el trágico papel del «derrotista», como tildaban los enardecidos patriotas partidarios del conflicto bélico a aquellos que, como Zweig, defendían la importancia de llegar a un entendimiento entre las naciones. El autor plasmó en Jeremías —una de sus obras más personales― los ideales humanistas que defendió durante toda su vida.

Zenda adelanta un fragmento de su primer cuadro.

***

PRIMER CUADRO

El despertar del profeta

Llámame y yo te responderé, y te comunicaré
cosas grandes y ocultas que tú no conoces.
Jeremías 33, 3

Azotea de la casa de Jeremías. Sus blancos sillares resplandecen bajo la pálida luz de la luna. Al fondo se ven las torres y las almenas de Jerusalén, que duerme y reposa en silencio. En los alrededores, todo está inmóvil; el viento de la madrugada es lo único que, de vez en cuando, rompe con su rumor la quietud de la escena.

De pronto se oyen pasos que suben a toda prisa por la escalera, armando un tremendo escándalo. Jeremías, con las ropas desceñidas y el pecho descubierto, sale atropelladamente por arriba, jadeando sofocado.

JEREMÍAS — ¡Trancad las puertas! ¡Echad los cerrojos! ¡A las murallas…! ¡A las murallas! ¡Oh, centinelas, qué mal habéis cumplido con vuestra obligación…! ¡Ya vienen…! ¡Ya los tenemos aquí! El fuego caerá sobre nosotros… devorará el templo. ¡Auxilio! ¡Socorro! Las murallas se vienen abajo, las murallas… (Llega como una exhalación hasta el borde de la azotea y allí se detiene en seco. Sus agudos gritos reverberan en el blanco silencio. Despierta sobresaltado, temblando de miedo. Su mirada, igual que la de un borracho, recorre a trompicones la ciudad. Sus brazos abiertos, extendidos con horror, van desfalleciendo lentamente. Agotado, se pasa la mano por la cara y se frota los ojos) ¡Estaba delirando! ¡Ese sueño terrible me confunde! ¡Sueños, sueños y más sueños llenan la casa! (Se inclina sobre el borde del muro y mira hacia abajo) La paz reina en la ciudad y también en el país. ¡Sólo mi pecho se consume en un incendio devorador! ¡Ah, Jerusalén descansa dichosa en los brazos de Dios, arropada por el sueño, al abrigo de la paz, mientras el rocío de la luna desciende sobre cada casa adormeciéndola, cubriendo con un dulce sopor la frente de cada hogar! ¡Sólo yo soy pasto de las llamas noche tras noche, me desplomo junto con sus torres, huyo espantado, perezco en el fuego, yo, yo soy el único al que se le revuelven las entrañas y se incorpora en su lecho ardiente y sale tambaleándose para buscar fuera el frescor de la luna! ¡Yo soy el único a quien los sueños le desvelan, el único cuyo interior arde con una angustia que se traga la oscuridad de sus párpados! ¡Ah, cómo me atormentan esas imágenes, cómo me confunden esas visiones, engaños que cuajan como si fueran sangre y luego se diluyen, cuando me hallo despierto bajo la luna!

¡Y siempre es el mismo sueño, siempre el mismo delirio, todas las noches, una tras otra, el mismo terror que eriza la piel y hace temblar mi carne atormentada! ¿Quién vierte este veneno en mi sangre? ¿Quién me persigue y me acorrala causándome espanto? ¿Quién siente tanta hambre que devora mi descanso arrancándolo de mi cuerpo? ¿Quién me aflige de este modo? ¿Quién me atormenta? Luna, noche, estrellas, fríos testigos de mi pesar, decidme, ¿quién provoca mi aflicción? ¿Quién me roba el sueño? ¿Quién me mantiene en vela? ¡Ah, si tuviera una respuesta, si alguien me contestara! ¿Quién eres tú, ser invisible, que desde la oscuridad me apuntas con esas flechas terroríficas? ¿Quién eres tú, que yaces conmigo cada noche y me haces concebir esa espantosa angustia que alumbro retorciéndome de dolor? ¿Por qué he de ser yo, por qué he de ser el único al que atenaza el pavor en esta ciudad despreocupada que se abandona al sueño? (Escucha el silencio. Cada vez se vuelve más febril) ¡Ah, silencio, silencio, siempre silencio, mientras por dentro continúa la agitación y la noche se revuelve! ¡Siento que sus ardientes garras se clavan en mí, pero no puedo verlo; me asaltan visiones, pero ignoro quién me fustiga con ellas; mi clamor cae en el vacío! ¿Dónde encontraré refugio? ¡Ah, un intrincado secreto vela esta cacería en la que sucumbo sin saber quién me abate ni de quién seré presa! ¡Que la red se abra y cese la confusión; y tú, ser invisible, revélame el sentido de este tormento o déjame, ya no puedo más, no puedo más! ¡Oh, cazador, déjame o llévame para siempre! ¡Háblame cuando esté despierto, no en sueños; dirígete a mí con palabras, no con esas inflamadas visiones! ¡Ábrete, para que pueda salir de mi encierro, revélame el sentido de este tormento, el sentido, el sentido!

UNA VOZ — (Llama suavemente desde la oscuridad, parece venir de las profundidades o de las alturas, lejana y misteriosa) ¡Jeremías!

JEREMÍAS — (Se tambalea como si le hubiera alcanzado una pedrada) ¿Quién…? Mi nombre… ¿No era ése mi nombre? ¿Me llamaban desde las estrellas? ¿Me llamaban desde mis sueños? (Escucha con atención lo que se oye fuera. Todo vuelve a estar silencioso) ¿Eres tú, ser invisible, que me acosas y me atormentas… o soy yo mismo, el rumor de mi sangre arrebatada? Habla de nuevo, para que pueda reconocerte… Quiero volver a oír esa voz que me llamaba… Habla de nuevo…

LA VOZ — (Se va acercando insegura) ¡Jeremías!

JEREMÍAS — (Cae de rodillas fulminado) ¡Aquí estoy, Señor! Habla, que tu siervo escucha. (Contiene el aliento para poder oír mejor. Todo lo que rodea a Jeremías permanece inmóvil, mientras él tiembla compulsivamente) ¡Habla a tu siervo, Señor! Si me has llamado por mi nombre, también puedes darme tu mensaje para que mis sentidos lo comprendan. ¡Estoy atento para recibir tu palabra, abierto para acoger lo que quieras revelarme! (Vuelve a escuchar en tensión. Profundo silencio) ¿Tan disparatado es que te busque afanosamente? ¡Soy un ignorante, el último de tus siervos, una mota de polvo sobre la faz de la tierra, pero en tus manos está el elegirme! Tú, que escoges reyes entre los pastores y más de una vez has hecho saltar el sello que cerraba la boca de un muchacho para que se inflame con tu palabra… te guías por otros signos en tus elecciones. A quien tocas, Señor, ése es tu elegido, y a quien eliges, Señor, es llamado a cumplir tu voluntad. Si lo que he sentido era tu llamada, ya ves que la he recibido; si eres tú el que me persigue, Señor, ya ves que no huyo. ¡Aquí está tu presa, Señor, la pieza que querías cazar, cóbratela ahora o sigue acosándola hasta el fin! ¡Hazme saber cuál es tu voluntad para que no te falle! ¡Abre el cielo de tu palabra para que tu siervo pueda contemplarte!

LA VOZ — (Según se acerca, se hace más penetrante) ¡Jeremías!

JEREMÍAS — (Enardecido) ¡Te oigo, Señor, te oigo! ¡Te escucho con toda mi alma! Los manantiales de mi sangre se han abierto y fluyen en torrente, cada fibra de mi cuerpo está en tensión ansiando recibirte, y aunque no sea digno de ello, estoy abierto para acoger tu anuncio. ¡Dime tu palabra, ordena según tu voluntad, soy tuyo en cuerpo y alma, hasta en lo más profundo de mi ser! Estoy aquí para cumplir tu voluntad y consumirme en tu servicio. Por amor a ti abandonaré a aquellos que he querido y me apartaré de mis amigos, renunciaré a la dulzura de la mujer y a establecer mi morada entre los hombres, sólo en ti quiero vivir, quiero recorrer tus caminos. No escucharé ninguna otra llamada, pues he escuchado la tuya, haré oídos sordos a lo que digan los hombres. Sólo a ti me prometo, Señor, sólo a ti, pues mi alma está sedienta de ti y ansía servirte… ¡Estoy abierto a tu palabra, espero una señal tuya!

LA VOZ DE LA MADRE — (Está muy cerca y ahora es perfectamente reconocible) ¡Jeremías!

JEREMÍAS — (Extasiado) ¡Penetra en mí, Señor, mi corazón está a punto de estallar, se estremece al saber que estás tan cerca! ¡Descarga sobre mí, dichosa tormenta! ¡Remuéveme por dentro para que lleve tu semilla, fecunda la tierra de mi ser y que mis labios engendren tu palabra…! ¡Márcame a fuego con tu sello! ¡Únceme con tu yugo, ya ves que inclino la cerviz…! Soy tuyo, tuyo por siempre jamás, pero reconóceme, Señor, como yo te reconozco, deja que contemple tu majestad, igual que tú contemplas mi pequeñez desde la oscuridad, indícame el camino que quieres que siga, Señor, indícamelo, aquí tienes a tu siervo por la eternidad.

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Autor: Stefan Zweig. Traductor: Roberto Bravo de la Varga. Título: Jeremías: Poema dramático en nueve cuadros. Editorial: Acantilado. Venta: Todostuslibros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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