Inicio > Blogs > Omoshiroi > John Banville, el escritor que persigue la mejor frase

John Banville, el escritor que persigue la mejor frase

John Banville, el escritor que persigue la mejor frase

Cuando dos escritores se sientan a conversar en público durante más de una hora y son novelistas de tanto prestigio como John Banville y Antonio Soler, las expectativas de conocer su proceso creativo son muy altas. Hablar de literatura e intentar desvelar el truco de los magos, de dónde procede el prodigio del talento.

“No tengo ni idea de cómo lo hago. Cada mañana me siento en mi despacho y escribo oraciones. Dejo a esa criatura allí y sé que volveré. Es un proceso horrible, pero qué otra cosa podemos hacer”. Palabra de Banville.

El escritor irlandés cincela frases e intenta que sean lo más perfectas posibles. Dice que fracasa. Los grandes escritores, los inconformistas, asumen que fracasar se aproxima de modo paradójico al acierto, aunque no se consiga exactamente lo que habían pensado. Esa es la mejor manera de no rendirse ante la novela repetida, la fórmula consabida, lo que ya se sabe que funciona.

The Guest es el nombre del recién estrenado club de lectura del hotel ME Málaga. El gestor cultural Txema Martín pilota el proyecto. En esta iniciativa cultural sirven cócteles que aúnan la literatura y el hedonismo. Y hay un esfuerzo por crear una burbuja creativa, de lectura, de escucha activa.

"En aquel tiempo el novelista se dio cuenta de que la literatura podría ser como la vida"

“Olvidémonos de todas las tragedias”, plantea, al menos durante este rato, Noelia Castillo, la directora de este cálido establecimiento turístico cinco estrellas, inaugurado en primavera y situado frente a la Casa Natal de Pablo Ruiz Picasso. Ahí sigue Soler, con su brújula, intercalando preguntas cortas y directas con otras con preámbulo, contexto y experiencia. ¿Se puede entender un escritor sin que antes haya habido un lector?

Banville utilizaba una máquina de escribir de su tía y durante seis o siete años escribía “una imitación horrible de Dublineses”. En aquel tiempo el novelista se dio cuenta de que la literatura podría ser como la vida y empezó a tenerlo más claro todavía tras la escritura de la novela corta The Party (1966). Es verdad que con 15 años tanteó la pintura, pero no sabía nada de colores.

En su ensayo Tres décadas (1947), Thomas Mann escribió que “un escritor es una persona para quien la escritura es más difícil que para otras personas”. La frase la recuerda Antonio Soler cuando radiografía la ductilidad y combinación de las palabras que se pueden convertir en infinitas, una continua exploración del idioma.

"Hay escritores que son artistas y los artistas que son menores son los que piensan que elaboran una obra de verdad y dicen que tienes que leer su libro"

“Cuando me muera y ponga la última frase, aprenderé a escribir. Se puede aprender música o a pintar, pero no a escribir. El idioma es tan engañoso… Me veo a mí mismo en una lucha continua y gloriosa con el idioma. Construir una frase es un privilegio. Me he pasado toda la vida escribiendo frases. La madre de Flaubert decía que el amor de las frases de su hijo le había helado el corazón y que había peores formas de malgastar el tiempo”, narra Banville. Las frases, los párrafos y las oraciones. Estos tres elementos abundan en la conversación, que lleva el acompañamiento de la traducción simultánea —tan difícil y siempre eficaz y cuidada — de Alberto López González.

The Guest es el nombre del recién estrenado club de lectura del hotel ME Málaga

Soler: “Cada libro es como vivir por primera vez, y si se repiten los códigos estás falseando tu propia condición de escritor, de buscar siempre algo nuevo”. Banville asiente y admite que en el ideal del libro empieza con optimismo y alegría, piensa que incluso puede ser fácil, a la mitad de la obra ya está con el barro en los sobacos, y al terminar dice: “Otro más: siempre estamos buscando el libro perfecto, el que querías hacer. No hay nada más peligroso que un artista fracasado”.

¿La inseguridad es una garantía?, se pregunta el autor de Sur y recién Premio Espasa de Ensayo con Ocho del 50. Esa inseguridad puede conducir a la certeza de que se puede escribir con solvencia y sin dudas, y es entonces cuando se puede estar perdido o condenado a una cierta repetición. Hay escritores que son artistas, y los artistas que son menores son los que piensan que elaboran una obra de verdad y dicen que tienes que leer su libro.

"Soler siempre se ha preguntado si tras Cervantes, Proust o Kafka queda algo por decir. ¿Qué puede aportar un autor a lo que ya han escrito estos clásicos?"

John Banville acabó de escribir El mar (Premio Booker 2005) e introdujo el manuscrito en un cajón. Pensó que no se iba a publicar. “La modestia es la marca del artista verdadero”. Los que se elogian a sí mismos… “Yo creo que soy humilde. Hago todo lo que puedo e intento escribir frases hermosas y creo que estoy fracasando. En realidad, toda obra de arte es un fracaso”, narra el novelista irlandés. “No soporto mi propia obra”, sentencia.

Soler siempre se ha preguntado si tras Cervantes, Proust o Kafka queda algo por decir. ¿Qué puede aportar un autor a lo que ya han escrito estos clásicos? ¿No hay un punto de inconsciencia o soberbia cuando escribimos?, cuestiona. Banville sonríe con inteligencia.

—Ojalá no me hicieras esas preguntas.

—Claro, no te he hecho la pregunta de por qué escribes, que es lo que preguntan los periodistas.

Esa complicidad se sitúa en el punto máximo de la conversación.

Aquí las respuestas de Banville en modo de frases:

“Si dejo de escribir, dejaría de existir: es mi vida”.

“Lo que me sorprende es que otras personas puedan leer lo que yo escribo. ¿Por qué quieren leerlo?”.

Clarice Lispector ya dejó escrito que ella comprende la vida porque “no es suficientemente inteligente para no comprender”. Soler aporta algo más: “La literatura es una vía de adaptación a un mundo que nos resulta extraño y misterioso. El artista es la persona que conserva la capacidad de asombro y no se acostumbra a vivir y quiere comprender”.

"No escribe Banville para solucionar problemas, sino para saber más y para entender para sí mismo el misterio del mundo"

No escribe Banville para solucionar problemas, sino para saber más y para entender para sí mismo el misterio del mundo: “No escribimos para otros, sino para nosotros: es una coincidencia que la gente quiera leer lo que leemos. Y la imaginación es nuestra gran herramienta: hacemos que otras personas sean reales a través de la imaginación. No creo que recordemos el pasado: hacemos una versión de él y lo imaginamos”.

Regreso a James Joyce, gran autor del lenguaje, como detalla Soler. Joyce escribe párrafos y Banville es más de frases. Él se suele parar y luego sigue con otro párrafo. Joyce decía sobre sí mismo que tenía poca imaginación. Y Banville le dice a Soler que hay que aprovechar la imaginación para intentar encontrar lo absurdo de la vida, no bebiendo cócteles, bromea.

Vivir dos vidas, dos mundos separados, el real y el de los sueños, que guarda estrechos vínculos con el de la imaginación, y que se refleja mientras duermes, o mientras estás despierto, soñando con nuevos territorios de ficción. Esa cadencia interna y respiración diferente del lenguaje engarza con la poesía y plantea diferencias entre el verso y la prosa.

Noelia Castillo, directora del ME Málaga, Antonio Soler, John Banville y Txema Martín

Ambos escritores ahondan en este punto. Una prosa que combine poesía; la prosa densa y exigente con los versos más difíciles, pero que al mismo tiempo sea “tan clara como un arroyo de agua”, según Banville. El autor irlandés creció en un mundo fascinado por T. S. Eliot y cree que nada de lo que escribió el poeta estadounidense tiene sentido. Pero los que escriben prosa deben hacerlo de forma comprensible, con frases que las pueda leer alguien con 16 años aunque no entienda todos los matices. Y ahí, justo ahí, aparece la poesía de forma prístina, en toda su plenitud.

"Ese cielo se transforma en sueños, y en esos sueños Antonio Soler se ha preguntado cómo es posible que en el duermevela se puedan solucionar conflictos internos o problemas de estilo"

La cosmología, la física y la teoría cuántica forman parte de las obsesiones de Banville. “Me gustaría vivir 40 o 50 años más, porque habrá un gran descubrimiento científico”. La ciencia como un tipo “diferente de creatividad”, que se refleja en su trilogía de Copérnico, Kepler y La carta de Newton, y Mefisto.

¿Y ese misterio cósmico tiene ver con la religión? “No, ojalá”, se sincera Banville. Cuando era niño, relata, vivía atemorizado por dos cosas: el ángel de la guarda, una criatura que estaba en todos los sitios, que le acompañaba al baño, y la idea de la eternidad. Le hablaron del cielo, y en el cielo podría estar su tía, la de la máquina de escribir, y el malote del colegio. “Yo me quiero ir del todo. La ironía es que cuando me muera diré: ¡Oh, Dios mío, ahí están San Pedro y las puertas del cielo! ¿Ves cómo estabas equivocado?”.

Ese cielo se transforma en sueños, y en esos sueños Antonio Soler se ha preguntado cómo es posible que en el duermevela se puedan solucionar conflictos internos o problemas de estilo. ¿Qué le dijo un neurólogo? La imagen en los sueños es la de una habitación con muchos cajones y los abrimos, sacamos camisas, y en esos sueños plegamos calcetines y camisas. Es el propio cerebro quien va clarificando cosas porque descansa y se aleja de la escritura en esas horas sin teclado, pero con la mente abierta a seguir escribiendo.

Txema Martín: “Se dice que leer nos hace más listos o mejores personas. Yo no creo que eso esté garantizado. Lo que sí sé es que una página bien escrita puede darnos un placer extraordinario. Y ese placer no necesita ninguna justificación. Si alguien me preguntara a qué me refiero, le diría: “Abre Los infinitos y lee la primera página. Mira cómo está escrito. Escucha cómo suenan esas frases, cómo se mueven. Es un baile”. Y dejarse llevar por ese baile es una de las grandes alegrías de leer”.

Así es el arranque:

“Entre las cosas que creamos para que les sirvieran de consuelo, el amanecer da buen resultado. Cuando la oscuridad se desmenuza en el aire como terso y blando hollín y la luz se extiende despacio por el Este, todo el género humano, menos sus miembros más desdichados, vuelve a vivir. Los inmortales solemos disfrutar del espectáculo, esa diaria resurrección menor, reunidos en los parapetos de las nubes con la mirada puesta en ellas, nuestras queridas criaturas, mientras se remueven para recibir el nuevo día. Qué mutismo cae entonces sobre nosotros, el triste silencio de nuestra envidia”.

"El novelista irlandés dice que cuando escribe se puede ser verídico, pero no fijarse en los hechos"

En Los infinitos, la novela escrita por Banville que “menos odio”, los dioses aparecen con sus debilidades, explica Soler. “Ojalá el mundo pudiera volver al paganismo. Antes había un dios para todo. Lo peor es la invención de un único dios. El Dios temible del cielo fue un desastre para nosotros. El artista es un dios menor”, expone Banville. La memoria, la autobiografía. El novelista irlandés dice que cuando escribe se puede ser verídico, pero no fijarse en los hechos. “En la ficción está la verdad. Si uno escribe una autobiografía se va a perdonar y a elogiar”.

El diálogo avanza hacia el final y hay referencias a Benjamin Black, el seudónimo bajo el que publica novela negra. No cree Banville que sea un género. La buena escritura, detalla, “puede ocurrir en cualquier tipo de formatos”. Se acuerda de hace tiempo cuando el manual de instrucciones del lavavajillas estaba escrito en un inglés “maravilloso”.

La novela negra suele estar “muy mal escrita”, pero él no podría escribir un libro malo ni para salvar su vida: “Ningún escritor verdadero hará un libro mediocre. Sería una vida terrible saber que puedes escribir algo mejor y no hacerlo. Queremos el capítulo o párrafo perfecto. Y moriríamos si no fuera así”. Soler recuerda que José Manuel Caballero Bonald, uno de los protagonistas de su último libro, no estaba “capacitado” para escribir mal.

"Cree que no conseguirá el Premio Nobel. Una vez le dieron la enhorabuena y se lo dijo a su familia y a sus amigos. Luego resultó una broma"

Alfredo Taján elogia las preguntas “tan inverosímiles como inteligentes” de Soler y cita una crítica de George Steiner en The New Yorker sobre un personaje de El intocable, el espía británico Anthony Blunt. “Cuando hablaba [Banville] de arte y literatura me he retrotraído a aquella novela donde la incertidumbre triunfaba. Y esta nueva novela [recién reeditada por Alfaguara y de 2009], me parece una vuelta de tuerca de James Joyce. Usted es un escritor infinito”.

John Banville no espera una llamada de Estocolmo un jueves de octubre. Cree que no conseguirá el Premio Nobel. Una vez le dieron la enhorabuena y se lo dijo a su familia y a sus amigos. Luego resultó una broma. “Ha sido un error, el que año que viene se lo daremos. Que tenga un buen día”. Y así se despidieron de él por teléfono. Una broma infinita para este escritor del lenguaje que sigue con sus sueños y buscando la mejor frase.

0/5 (0 Reviews)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios