Diario de Australia (III)
Broken Hill – Sídney – Melbourne – Abu Dabi – Málaga: 20.230 kilómetros.
“La diferencia entre la vida y la muerte no debería ser un código postal”.
Poco antes de abandonar Broken Hill, vemos un poco rápido el Museo del Royal Flying Doctor Service, el transporte aeromédico para trasladar urgencias a un hospital de Adelaida o Sídney. Casi se les trata como héroes. Lo son. Sin los Flying Doctors sería más inseguro vivir en el Outback, o al menos algo inquietante que no debería ser así, pero lo es: el código postal condiciona tu supervivencia. Como dijo mi tía Nieves, si vives aquí, “o eres muy valiente o estás muy loco”.
Una semana en Sídney ofrece un despliegue fascinante de opciones… aunque sea invierno y prefiera una temperatura sahariana de 35 grados en vez de los en teoría muy soportables 10 grados. Como es habitual, me abrigo muy por encima de mis posibilidades térmicas: camiseta interior gruesa y de manga larga, bufanda, gorro y doble capa de pantalones. En algunas horas del día sobra indumentaria, mucho más cuando el sol no aprieta pero alza la mano en busca de cierto protagonismo.
“Hay lío”, dicen los entendidos cuando ven la fotografía de Toñi.
La Playa de Bondi es quizá la más famosa de Sídney. Se encuentra a unos 20 minutos en autobús del Centro de la ciudad. De lejos parecían tiburones. Este es el lío: tres surfistas compiten por una misma ola. Toñi observa, más lejos todavía, la cola de una ballena mientras comemos un sabroso plato de calamari con patatas en el Club Iceberg. Los bañistas desafían la temperatura fresca en la piscina natural, donde entra el agua del mar como si fueran relámpagos de sal. Lo cotidiano es coger la tabla lo más temprano posible, recién amanecidos, y darse un chapuzón antes de buscar ondas.
Un australiano con edad casi ya de jubilación, bajito y calvo, de cara bonachona y que chapurrea italiano y español, nos recuerda la tragedia del pasado mes de diciembre, el atentado yihadista en esta misma playa. Su cara de pánico, unas dos mil personas refugiándose en este club, aquella estampida, no saber qué ha pasado, si se va a repetir… Lo quiere olvidar. “Fue terrible, terrible. Yo pensé que eran fuegos artificiales”. La playa tiene mucho arco, como una concha. Me imagino que uno de los surfistas podría ser Oliver Du Welz, mi primo hermano, fallecido hace una década con solo 44 años. Oli, energía, simpatía y personalidad arrolladora, tuvo una despedida en Benalmádena en su playa, rodeado de familia y amigos. Oli viajó a Australia hace más 20 años o así para surfear olas. Al final estuvo más tiempo en Bali.
Marta también ha aprendido a surfear olas, quizá su plan más inesperado antes de vivir una temporada en Australia. Estudió Periodismo y luego cursó un máster de escritura creativa en Madrid. Devora poesía, su género favorito, y espera el mejor momento para publicar una novela que puede sorprender.
Trabajó unos meses en un museo de Sídney, cerca del Ayuntamiento, donde por las tardes te puedes encontrar desde una banda de música muy bullangera con trompetas, trombones y flautas hasta católicos o protestantes vendiendo Biblias y las excelencias de creer en Dios. Tiene ganas de volver a España y también de quedarse en las antípodas. Sentirse extranjera. Que todo le sorprenda.
Conoció Nueva Zelanda y ha mejorado su inglés, a soltarse sin necesidad de traducir antes las frases y sabiendo que solo cometiendo errores empieza el verdadero aprendizaje. ¿Quién puede decir eso con 27 años?, se pregunta ella misma en los sillones de los apartamentos donde nos alojamos.
De los diarios de Iñaki Uriarte:
“Pla dice que hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado. Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo”.
Me gusta esa idea de Pla de la carta a la familia. Ojalá lo pueda conseguir. Y no, no estoy solo. Este viaje, único, quizá como todos, se encuentra inmerso en otros, en los del pasado y los del futuro, en un juego eterno de muñecas rusas. El viaje lo encuentro en la persona mayor que anda lenta por la calle y que te recuerda a otra también desgarbada de un continente lejano. Y al ejecutivo que acaba de salir de la oficina y se quita la chaqueta azul. O al beso de la chica que cruza la acera antes de que el pitido del paso de peatones desfallezca preso de los nervios por cambiar del rojo al verde. Y en los rascacielos que bordean Darling Harbour.
Escribo —lo que ahora mismo sé— sabiendo que se va a publicar, como el diario Toma y lee que lancé en Zenda un par de temporadas. Dudo entre si dejar lo visto y oído en un audio de notas de voz, como practica Martín Caparrós, quien mientras reportea dicta imágenes y oraciones con sintaxis incorporada. O lo mismo lo incorporo al WhatsApp unipersonal que arranqué en diciembre de 2013.
Vuelvo a Sídney, a la memoria de una ciudad que sabía que me deslumbraría, pero no hasta este punto. Iba predispuesto al enamoramiento a primera vista, llegó —y tanto que fue así— el gozo. Viviría en esta ciudad. Si tuviera 20 años menos, aquí me vendría ya una temporada larga, al menos un año. Está lejos, es cara, pero ofrece tanto que parece irresistible no quedarse aquí más tiempo.
Jorge Carrión describió en Australia, un viaje su fascinación por esta urbe que atrapa: “Desde los cielos, Sydney parece una ciudad de topografía caprichosa, cuyos techos multicolores y sus extensiones de verde se derraman por los recovecos de la bahía azul de Puerto Jackson, frente al océano Pacífico”. Este es el arranque de su libro, una estimulante lectura de su periplo por la inmigración española en el país. Mi escritura colibrí viaja del nosotros a la primera persona y al lado de otros personajes reales que con el paso de las semanas se transforman en situaciones que parecen imaginadas.
Gabriela y Douglas son una pareja brasileña de poco menos de 30 años que se casaron muy cerca del puente emblemático de la ciudad. Cenamos en un restaurante que sirve comida de su país. Los camareros cortan delante de nosotros la carne, que lleva mucha sangre. Asusta su rapidez. Y un cuchillo afilado nos pasa rozando la piel. Hay risas y el ruido del local es espantoso. El producto se disfruta. Un pan lleva queso. Cuando digo que no me gusta ningún tipo de queso los hay que me miran asustados o me dicen que no sé lo que me pierdo. ¿Pero ningún tipo de queso? Ninguno, lo siento. Enseguida, para compensar, aclaro que me encanta la leche y el yogur. ¿Es necesario siempre decirlo?
Fuera del local, todavía sin recuperarnos del susto del cuchillo que trituraba carne a ritmo descarado, el frío azota. Bueno, más bien es humedad. Antes estuvimos viendo el atardecer en el Bar 83 de la Torre de Sídney (19 plantas), también llamada Torre Westfield, el segundo edificio más alto de Australia. Actualizamos nuestras vidas y preguntan las claves de algún secreto. Este pretérito de vivencias, cariño compartido del presente e ilusión por el futuro.
En el Museo de Australia, el primero que se abrió en el país, descubro cómo vivían los aborígenes y las costumbres de los primeros habitantes que venían de Europa cuando el país era una gigantesca cárcel y estaba lleno de convictos. Un responsable del espacio mira con demasiada atención las notas que tomo. Quiere saber a qué me dedico. Escribo para mí, le contesto.
Huevos de pájaro.
El primer cheque bancario que se emitió en Australia.
Un proverbio maorí.
Escribo al escritor José Antonio Garriga Vela al ver este letrero:
Garrigarrang Sea Country. Garriga se llama mar. O el mar de Garriga.
La Galería de Arte de Nueva Gales del Sur se sitúa al principio del Jardín Botánico, a unos cinco minutos andando de la catedral de Saint Mary’s, el santuario nacional católico de Australia. El museo es una enciclopedia de estilos pictóricos y sorprende la cantidad de cuadros europeos que podrían competir por un hueco en el Museo del Prado o del Louvre. Fotografío los lienzos con el objetivo de retrato. Dicen que rara vez se revisan las imágenes que uno toma en los viajes. Cuando lo haces lo vuelves a revivir. Y con los vídeos mucho más. Almorzamos en Terrace on the Domain, un restaurante italiano decorado con encanto. Suena “Everybody Loves a Lover”, de Doris Day.
El viento sopla sin descanso en Darling Harbour. Un ajetreo humano deambula en dirección al edificio más famoso de Australia, su emblema contemporáneo. El puente recibe el apodo de The Coathanger (la percha) y parece haber nacido solo para ser fotografiado. Y la ópera, ahora sí, tan majestuosa, más bella y segura de sí misma de lo que hubiera pronosticado, seduce con sus formas y no solo en el exterior, tan icónico, sino en el interior, elegante y ceremonioso.
Visito el Instituto Cervantes, que está apenas a cinco minutos andando del Distrito Central de Negocios de Sídney (CBD). No hay ningún letrero que indique la institución. En los buzones sí aparece el logo y el nombre, pero el ayuntamiento no exhibe ninguna banderola exterior. Pregunto por el director, Germinal Gil. Hablamos unos minutos sobre la aventura de conducir por la izquierda, de lo carísima que es Sídney y lo bien que se vive en la ciudad. Todo funciona. ¿Qué es vivir bien, por cierto? Si te gusta solo la tranquilidad, esto puede ser demasiado ajetreo. Si prefieres el Manhattan cinematográfico o el Tokio de Shinjuku y Roppongui, la metrópoli australiana se te queda corta, excepto en el caso de los rascacielos, transgresores y originales en su rareza vertical. Además, brillan tras la lluvia. El cielo se abre paso sin obstáculos. El optimismo nació aquí.
Antes de ajustarse bien la corbata rosa para la fotografía, Gil enseña la sala principal, la biblioteca Gabriela Mistral, la que reúne más volúmenes en español de toda Australia. Veo entre sus nutridas estanterías uno de mis favoritos. Se llama El periodismo es un cuento, de Manuel Rivas. “Cuando seas mayor, busca un trabajo donde no te mojes”, le dijo la madre de Rivas al joven escritor, que en ese mismo libro admitió: “El destino de mi linaje es mojarse”.
Por la mañana todo está muy tranquilo. El jaleo académico, con las clases y las charlas o proyecciones, es patrimonio del turno de tarde. De vez en cuando, como una vez al mes, señoras españolas que llevan desde jóvenes residiendo en el país se reúnen para tomar café o té. Y churros, que no falten churros. Leen, se cuentan sus cosas y a veces hasta cantan. La nostalgia de un país que ya apenas conocen de visita. ¿Cómo se cura el desarraigo?
Te advierten que Melbourne poco tiene que ver con Sídney. Ambas ciudades compiten por el liderazgo cultural y económico. Casi once horas tarda el tren. Descartado el ferrocarril y también el autobús, la opción es tomar un avión que tarda hora y media en llegar a la urbe más británica de Australia. Melbourne conserva un mercado, llamado Victoria, que funciona desde 1878 y que ha resistido a presiones inmobiliarias para derribarlo; el río Yarra y su parque, al lado de donde se organizaron parte de los Juegos Olímpicos de 1956; y algunas cafeterías, muy al estilo europeo, entre las calles Collins y Lafayette, que sirven música de jazz y chai latte deliciosos.

Casuarius
Aquí el frío refuerza su intensidad, llueve más y echo de menos el verano del hemisferio norte. La National Gallery Victoria es otro museo en el que merece la pena pasar todas las horas que se puedan: Monet, Renoir, Munch, Modigliani, Paul Klee, Picasso, siempre Picasso. La nómina de artistas es apabullante. Se ven sin colas y sin mucha gente al lado. Almorzamos en un restaurante español, por aquello de la curiosidad de si es auténtico o no. El dueño, que es de Cádiz y libraba el domingo, tenía puesto en una especie de santuario de españoladas un banderín del Málaga CF. Qué difícil escapar del terruño incluso a tanta distancia.
Melbourne es la tercera ciudad del mundo con más calidad de vida. La cuarta es Sídney. Las campeonas planetarias son Copenhague y Viena. Melbourne se enorgullece de un clasicismo bien entendido que se mezcla con un territorio que vibra con lo más contemporáneo. Y, como en toda Australia, lo salvaje está cerca.
La red de tranvía atraviesa toda la ciudad, y en veinte minutos puedes llegar a la otra punta de Melbourne sin los agobios del transporte privado. En el zoológico, situado a cuatro kilómetros del centro, vemos canguros, recordando los que fotografió Toñi en el Outback. Varios koalas abrazan a los árboles. Hay jirafas, emús y kiwis. El casuarius, el ave más peligrosa, también se puede ver a distancia.
En el último día en Australia, con las maletas en el hotel esperándonos para tomar un Uber, visitamos el Museo de la Inmigración, recomendado por Bill Bryson como “el mejor museo de historia social que había visto”. Radiografía quiénes son los australianos, la sociedad multicultural llena de capas, de oportunidades, de ensimismamiento, de creerse los mejores. El éxodo: más de nueve millones de personas han migrado a Australia desde 1788. Hay gráficos con las primeras rutas en barco desde Europa a Australia y luego en avión. A partir de 1947 se dejó atrás la denominada “Ruta del Canguro”. La aerolínea Qantas reemplazó los lentos y caros “barcos voladores”: por primera vez tardarían menos de una semana en llegar desde Reino Unido.
Australia promete una nueva vida.
El trayecto de vuelta, tras tres semanas de un viaje tan distinto y tan deseado, dura más de veinte horas: se me hace incluso más corto que el de ida. Ya en Málaga, días después, sueño que he visto un canguro y su cría en una carretera del Outback, que observo un doble arcoíris dibujado en la bahía de Sídney y que adivino un edificio antiguo, sobrio y elegante, en una esquina del coqueto centro de Melbourne. Australia sigue aquí. Muy cerca, cada día, donde habitan los sueños reales.




Pues sí, todo tal cual, pero demos gracias a aquellos que nos visitan y tienen el don de expresar sus experiencias de una forma que te hace revivir lo sentido muchos años atrás y además te ofrecen una tapita de foto y comentario como para abrirles las ganas a los que todavía sueñan con venir algún día.