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John Banville: «Un artista no está para hacer activismo político»

John Banville: «Un artista no está para hacer activismo político»

Tras dos años sin salir de Irlanda, John Banville se ha reencontrado con sus lectores en la Feria del Libro de Madrid en una sesión de firmas en la que, junto a su copa de vino blanco, ha reconocido a Efe que si viviera en un país totalitario «seguramente sería un cobarde o, a lo mejor, escribiría en secreto».

Una afirmación que Banville (Wexford, Irlanda-1945) ha hecho durante su visita a la 80 edición de esta feria, donde su colega de editorial (Alfaguara), el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, ha recibido la noticia de que la Fiscalía de su país había dictado una orden de detención tras la publicación, y posterior secuestro, de su libro Tongolele no sabía bailar, en el que habla de historias de corrupción y abuso de poder.

«Tengo una suerte enorme porque vivo en un país libre, hay cosas que digo en público que puede que los irlandeses y las autoridades no encuentren de su gusto, pero no me pueden arrestar. No sé cómo podría funcionar en un sistema totalitario, seguramente sería un cobarde o a lo mejor escribiría en secreto. Pienso que sería una pena enorme que la literatura se convirtiera en una herramienta totalmente politizada», ha expresado.

Una declaración que completa con la afirmación de que «un artista no está para hacer activismo político», porque para él la «única función» que tiene un artista «es hacer que el que escuche, lea o admire algo sienta que está más vivo».

Y vivo es como le hacen estar sus novelas, tanto las que escribe con su nombre como las que publica bajo el pseudónimo de Benjamin Black. Libros «muy distintos» pero que valora «igualmente». O, mejor dicho, se retracta, libros que «odia» en «igual medida».


«Sería terrible —añade— que me gustaran o amara mis propios libros. Hace un año mi mujer se quejaba de que dijera esto y le dije que ojalá un libro me saliera bien. Pero ella me contestó que entonces dejaría de escribir, y si lo hiciera me metería en política y destruiría el mundo», cuenta sin abandonar su sonrisa este premio Princesa de Asturias de Literatura en 2014 y que este año ha publicado Quirke en San Sebastián (Alfaguara).

Fue también su mujer, recuerda, la que una vez le acompañó a una gira literaria para comprobar por qué su marido se quejaba de estos viajes. «Era una gira literaria de nueve días por Estados Unidos, hacía lecturas en librerías y era muy pocos días por lo que al final me dijo que tenía razones para quejarme», asegura.

Pero, matiza, estos encuentros con sus lectores son al mismo tiempo una «experiencia muy tierna» en la que puede percibir qué piensan sobre él: «¡es mucho más mayor de lo que pensaba, y es muy bajito! y ante esto me dan ganas de decirles que la persona que escribe el libro no es exactamente la persona que están viendo. John Banville y Benjamin Black dejan de existir cuando me alejo de mi mesa de trabajo».

«Los libros para mi son tan raros como lo son para el lector, no sé quién los ha escrito, de dónde proceden -agrega- Cuanto más años cumplo más me parece que son como sueños. Si pudiéramos controlar nuestros sueños todo el mundo sería un escritor, es un pensamiento horrible porque si todo el mundo fuera novelista sería como yo, qué horrible», exclama.


Una suerte de pesadilla que reconoce éste autor que después de dos años sin salir de Irlanda casi necesita «una guía» para moverse por el aeropuerto y llegar a España, donde «siempre parece que el sol brilla» y donde tiene más lectores que en ningún otro. Algo que, aunque «complicado de entender» cree que se debe a las «similitudes» entre ambos debido, sobre todo, a su «pasado».

Ya sentado en su caseta, Banville, dueño de esa templanza que da adorar el cambiable tiempo irlandés, ha recordado cómo durante un encuentro con lectores uno de ellos le pidió que le firmara un libro de Alicia en el país de las maravillas.

«Yo le dije que no podía porque no lo había escrito y el lector me dijo que era una grosería y se fue muy enfadado y de muy mal humor», concluye este irlandés «amante de las palabras» durante una mañana de sábado en la que las largas colas han vuelto a poner de manifiesto las ganas que el público tenía de que la feria de los libros volviera a brillar, pandemia mediante.

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