¿Cuántos hombres ha sido Borges, a pesar de no haber sido nunca «aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach»? ¿Cuántos escritores habitan en la naturaleza fluctuante de su escritura? Quizá tantos como los caminos que se bifurcan en la vasta geografía de ese palimpsesto de arena donde ha quedado inscrita nuestra realidad.
Borges es, por ello, un escritor que siempre quiso ser escritor y que no dejó de reinventarse para llegar a serlo, a pesar —o quizá precisamente por ello— de los numerosos premios, reconocimientos y distinciones que comenzó a recibir a partir de su quinta década. Solo al final de su vida, como le sucede a su alter ego —a través de una identificación casi homérica— en el epílogo de El hacedor, parece advertir que lo ha conseguido: que no solo es un escritor, sino el escritor por antonomasia.
La escena final posee la fuerza de uno de los desenlaces perfectos de sus cuentos: una revelación tardía. Hacia el final de sus encuentros en Ginebra, mientras revisaba su obra para la edición de La Pléiade, Jean-Pierre Bernès le leyó «Ulrica». Jorge Luis Borges, que ya estaba en las últimas, escuchó en silencio y finalmente comentó, con una mezcla de asombro y certidumbre: «Soy un escritor».
Ese es, en parte, el atractivo de Jorge Luis Borges: cualquier escritor puede verse reflejado en alguno de los poliédricos ángulos de su personalidad. Borges fue un erudito al que no le hizo falta terminar el bachillerato para deslumbrar al mundo con sus vastas lecturas; fue también un probo funcionario en la biblioteca Miguel Cané y, más tarde, un docto profesor reclamado por las más prestigiosas universidades occidentales.
Pero también fue un hombre marcado por un oscuro secreto que ni las mujeres ni los psicoanalistas lograron descifrar del todo, y que lo llevó alguna vez al borde del suicidio, quizá al contemplar su cuerpo rechazado y su rostro epiceno. Y, sin embargo, fue siempre un enamorado perpetuo, en busca de esa Beatriz celeste que creyó encontrar al final de su camino en quien había sido una joven estudiante de sus clases: María Kodama.
Son muchas las lecciones que pueden extraerse de Jorge Luis Borges, uno «de los escritores más autoconscientes de la literatura». También de sus jugadas magistrales para profundizar el indeleble surco de la escritura y para sortear las acechanzas que desvelan y asolan a todo autor. Por ejemplo, como señala Lucas Adur, para Borges la literatura fue siempre «un hecho colectivo», y ese modo de entenderla como una operación compartida lo acompañó durante toda su vida. Así lo demuestran sus numerosas colaboraciones: con escritores como Adolfo Bioy Casares y con algunas autoras de las que estuvo enamorado —la colaboración literaria era también, en su caso, un peculiar método de seducción— e incluso, en los últimos años, con María Kodama.
Y es que Georgie —como lo llamaban en el ámbito familiar— entendía que para ser escritor no bastaba con escribir: «era preciso construir un lugar en el panorama literario», y para ello resultaba fundamental el vínculo con otros escritores.
Borges, como sus propios cuentos, está lleno de azares y de caminos que se entreveran más que bifurcarse. Por nacimiento y origen familiar fue un escritor singular: sus primeras lecturas fueron en inglés, de modo que —como se ha señalado— «leer en inglés para escribir en castellano» se convirtió en una práctica decisiva y fundacional. Encontró además una temprana ubicación literaria en España, pese a su bisoñez, donde fue acogido con desprendimiento por los ultraístas y donde conoció a uno de sus maestros reconocidos, el políglota Rafael Cansinos Assens. Sin embargo, nunca llegó a considerar España —quizá por mantener cierta distancia con aquellos compañeros de juventud, y a pesar de su admiración por Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo— como una de sus patrias literarias. Admiró profundamente la literatura inglesa, y también la alemana; pero, de forma paradójica, alcanzó su consagración internacional gracias a críticos y editores franceses, cuya tradición literaria solía mirar con cierta desconfianza por considerarla la cuna del realismo europeo.
Jorge Luis Borges cultivó esencialmente tres géneros literarios: el ensayo, que siempre simultaneó con la poesía y con el relato, y que constituye el sustrato teórico de la mayoría de sus ficciones y de sus poemas. Junto a su inseparable Adolfo Bioy Casares defendió una literatura de la imaginación, que contraponía al fatigoso realismo y a la profusión narrativa que el desarrollo de esta perspectiva creativa suele acarrear.
El relato policial y la tradición anglosajona —con autores como G. K. Chesterton, Edgar Allan Poe y Nathaniel Hawthorne— inspiraron no solo muchos de sus cuentos, sino también algunas de sus más conocidas digresiones teóricas.
El impulso ensayístico, más que el fabulador, lo heredó de su padre, Jorge Guillermo Borges. De ahí que Borges sintiera siempre una curiosidad innata, de índole estética, por la filosofía, las cosmogonías y las teologías de muy diversas tradiciones culturales. Las paradojas del idealismo de George Berkeley, el pesimismo metafísico de Arthur Schopenhauer o las infinitas variaciones del tiempo y de la identidad que recorren la tradición filosófica se convierten en materia narrativa en sus cuentos. Puede decirse, en suma, que Borges se nutría tanto de las teorías filosóficas como de las más extravagantes especulaciones teosóficas.
Jorge Luis Borges es un laberinto en sí mismo, un orbe donde se multiplican las perspectivas literarias de un escritor que nunca dejó de publicar sus libros, de añadir y sustraer textos de ellos, de reutilizar y rehacer los contenidos de unos en otros. Es un autor que, al mismo tiempo, no cesó de reescribir su biografía, transformando su recluida infancia en una extensión del paraíso y de la biblioteca universal.
Por ello, al realizar una biografía sobre Borges se corre el riesgo de seguir el ovillado hilo de Ariadna de sus libros, estableciendo cronologías y conexiones biográficas. Lucas Adur, en Jorge Luis Borges: Un destino literario (Cátedra, 2025), realiza una solvente, honesta y académica reordenación bibliográfica, casi libro a libro, donde puede comprobarse la trama seguida por el autor argentino a lo largo del tiempo para ser Borges. Este itinerario libresco, sin embargo, no deja de resultar algo aséptico, cuando no frío, debido al puntilloso cuidado con que Adur aborda los temas más espinosos del autor de El Aleph.
Borges se convirtió en una gloria nacional argentina y en uno de los escritores más reconocidos internacionalmente. Sus viajes continentales e intercontinentales, llenos de agasajos y reconocimientos, se intensificaron de manera notable durante los últimos años de su vida, siempre en compañía de María Kodama. Como solía decir con frecuencia, cualquier asunto de su vida lo llevaba a una cita literaria. En sus últimos años parecía el personaje —masculino, en este caso— del Inmoralista de André Gide, arrastrado hacia la muerte por un extenuante viaje, o uno de los héroes de sus admiradas Mil y una noches, del que deriva el cuento de Jean Cocteau «El gesto de la muerte». Pero Borges no huía de la muerte, sino que la buscaba. Él mismo confesó a Adolfo Bioy Casares: «Tanto viajar me está deshaciendo».
La explicación de este deambular incesante puede encontrarse, como sugiere encubiertamente Adur, en la incomodidad que Borges sentía en su país debido a sus erráticos posicionamientos políticos, a pesar de que se escudara justificadamente en su ceguera, y a que María Kodama tampoco se encontraba cómoda con su familia ni con sus viejas amistades. En Buenos Aires, su relación adquiría una complejidad que se disipaba durante sus viajes. Así, Borges emprendió un desplazamiento sin fin por los lugares centrales y más recónditos de su literatura.
Ciertamente, Borges, maestro indiscutible de finales sorpresivos y redondos, no acertó con el suyo: dejó varios frentes abiertos con sus familiares más directos, así como con el eslabón más débil, su particular Céleste Alvaret: Fani Úveda.
Borges es muchos Borges; quizá por ello su nombre esté en camino de convertirse en sinónimo de literatura.
***
J.L.B., entre las sombras de la biblioteca
Soñó con la inmortalidad
del tigre
que se libera de su espejo.
Ahora que es por todos reconocido,
reverenciado,
temido y viejo,
sabe que aquel sueño era solo
una ficción del olvido.
El señuelo —revelado a sus ojos
ciegos— de otro depredador
mucho más tenaz, implacable y fiero.
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Autor: Lucas Adur. Título: Jorge Luis Borges: Un destino literario. Editorial: Cátedra. Venta: Todos tus libros.


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