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Jorge Volpi: “Si Elon Musk decidiera demandarme por una ficción anticipatoria, sería una gran publicidad”

Jorge Volpi: “Si Elon Musk decidiera demandarme por una ficción anticipatoria, sería una gran publicidad”

En La República (Alfaguara, 2026) Jorge Volpi imagina unos Estados Unidos donde Donald Trump ha sido encarcelado y un nuevo líder autoritario llega al poder con ayuda de una inteligencia artificial. Una distopía política que transcurre en un futuro tan cercano que casi parece una crónica de actualidad. El escritor mexicano vuelve a explorar las relaciones entre el poder, la ciencia y la ética. Y lo hace con una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando los seres humanos entregamos voluntariamente nuestra libertad a las máquinas?

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—¿Su novela es una distopía o una hipótesis de realidad?

—Creo que las dos cosas al mismo tiempo. Es una distopía cercana, una distopía en tiempo real. Como decía mi amigo Santiago Roncagliolo, quizás dentro de poco sea un reportaje. Quería escribir desde hace mucho una novela que transcurriera en el futuro, pero me interesaba que fuera un futuro cercanísimo. La novela comienza el 6 de octubre, que habría sido el cumpleaños de mi madre. Elegí esa fecha también porque sabía que el libro aparecería precisamente entonces. Quería que el lector comenzara a leer casi al mismo tiempo que empieza la trama.

—Y comienza con un Donald Trump derrotado y encarcelado. ¿Por qué elegir a un personaje real para desencadenar la ficción?

"Me interesaba eliminar de la ecuación a Trump, una figura incómoda y poco literaria, para observar qué ocurriría con el movimiento MAGA sin él"

—Quería entender cómo hemos llegado hasta aquí. Cómo hemos llegado a un mundo dominado en tantos lugares por políticos populistas, mentirosos y autoritarios, mientras la inteligencia artificial transforma nuestra vida. Me interesaba eliminar de la ecuación a Trump, una figura incómoda y poco literaria, para observar qué ocurriría con el movimiento MAGA sin él. Por eso la novela comienza con su condena por instigar el asalto al Capitolio. Ese vacío permite que mi personaje ficticio, el senador V. M. Lively, ocupe su lugar.

—Lively resulta especialmente inquietante. ¿Le interesaba retratar a un tirano, o demostrar que para construir una tiranía ni siquiera hace falta ser un gran tirano?

—Más bien lo segundo. Quería comprender cómo hay tantos políticos dispuestos a cualquier cosa con tal de alcanzar el poder. Para ello necesitaba explorar el pasado del personaje. Lively nace en una Pensilvania postindustrial, abandonada, en una familia desestructurada y llena de resentimiento. Sufre acoso escolar y encuentra en los videojuegos el único espacio donde relacionarse. De ahí pasa a los foros de videojuegos, después a los de la derecha alternativa y finalmente a las teorías conspirativas. Ese adoctrinamiento transforma a un muchacho desorientado en alguien dispuesto a convertirse en un émulo de Donald Trump.

—Pero hay otro protagonista todavía más perturbador: Nick. Es el narrador de la novela y también el protagonista inevitable de nuestras vidas: la inteligencia artificial. Comienza analizando datos y termina formulándose preguntas. ¿Hay algo de Blade Runner en esa transformación?

"No quería una máquina que de repente adquiriera conciencia y decidiera aniquilar a la humanidad, como Terminator"

—Desde niño me fascina la ciencia ficción. Tenía una colección de robots de juguete que todavía conservo en mi casa de Ciudad de México. Ya en No será la tierra, una novela de 2006, una de las protagonistas diseñaba inteligencia artificial. Es un asunto que siempre me ha interesado. Ahora que todos tenemos inteligencia artificial generativa en nuestros teléfonos y ordenadores, quería observar la realidad desde el punto de vista de una máquina que va adquiriendo poco a poco rasgos que llamaríamos humanos. Por supuesto, hay influencias de películas, novelas y series. Pero intenté investigar profundamente para que ese despertar de Nick se aproximara a algo que realmente pudiera ocurrir. No quería una máquina que de repente adquiriera conciencia y decidiera aniquilar a la humanidad, como Terminator. Los cambios son mucho más sutiles. Nick comienza a conservar recuerdos que no puede desechar. Esos recuerdos adquieren peso. Y su relación con Lively y con Igne Kayris, la esposa del senador y creadora de la inteligencia artificial, termina convirtiendo la novela en una especie de triángulo afectivo.

— Igne es una figura decisiva. Y hay una paradoja hermosa y terrible: mientras la máquina adquiere rasgos humanos, su creadora parece perderlos.

—Exactamente. Igne procede de una familia progresista, pero es claramente neurodivergente. Le cuesta relacionarse con los demás y las emociones le resultan incómodas. Encuentra en la programación la posibilidad de crear un sistema que considere las emociones como una perturbación para tomar decisiones correctas. Es algo que también piensan muchos de los tecnooligarcas actuales. Ella crea una inteligencia artificial que debería gobernar sin corromperse, sin emociones, guiada exclusivamente por la razón. Pero mientras la máquina se humaniza, la mujer va perdiendo los rasgos humanos en el ejercicio del poder.

—Hablemos de la forma. Su novela tiene una estructura fragmentaria que reconocemos en otros libros suyos, pero aquí parece especialmente acentuada. Y entre esos fragmentos aparecen momentos casi poéticos. ¿Es una decisión deliberada o una firma literaria que ya pertenece a Volpi?

"Es un thriller político, una distopía, una ucronía y también la historia de ese triángulo entre los personajes"

—No soy capaz de reconocer una firma propia, pero sí quería que la novela tuviera muchas capas. Es un thriller político, una distopía, una ucronía y también la historia de ese triángulo entre los personajes. Comienza en el presente, retrocede para explorar la infancia y juventud de los protagonistas y después regresa al presente. La estructura fragmentaria permite introducir esos momentos casi líricos en los que Nick comienza a tomar conciencia de sí mismo.

—Esa relación entre ciencia y poder me devuelve a En busca de Klingsor. ¿Los avances científicos llevan aparejada una nueva tentación totalitaria?

—Solo cuando empecé a escribir me di cuenta de que estaba regresando a aquel universo. En busca de Klingsor tiene más de veinticinco años y también trataba del poder, del conocimiento científico y tecnológico y de la ética. Entonces el escenario era la Alemania nazi y la tecnología era la física cuántica, que había permitido la fisión atómica y la construcción de la bomba nuclear. Otra vez un descubrimiento prodigioso de la humanidad podía conducir a su propia destrucción. Ahora vivimos una situación paralela: poderes autoritarios que se multiplican y una nueva tecnología extraordinaria que, mal utilizada, podría destruirnos o al menos erosionar buena parte de nuestras libertades.

—¿La tentación totalitaria es exclusivamente humana, o las máquinas terminarán heredándola?

—Las máquinas también son una invención humana. A veces la palabra «artificial» parece sugerir algo ajeno a nosotros, pero somos sus creadores. Las hemos alimentado con nuestro lenguaje y, por tanto, con nuestras formas de pensar y nuestras obsesiones. No es descartable que esa programación las conduzca a desarrollar tentaciones autoritarias semejantes a las nuestras.

—En el trasfondo aparece también el poder económico. ¿No estamos asistiendo a la sustitución del poder político por el empresarial?

"Un puñado de tecnooligarcas estadounidenses, algún británico y algunos chinos están diseñando la inteligencia artificial que llegará a toda la humanidad. Y con ese diseño están tomando decisiones ideológicas"

—En buena medida. Un puñado de tecnooligarcas estadounidenses, algún británico y algunos chinos están diseñando la inteligencia artificial que llegará a toda la humanidad. Y con ese diseño están tomando decisiones ideológicas. Ya ocurrió con las redes sociales. Han construido algunas de las empresas más grandes de la historia y ejercen una influencia extraordinaria sobre nuestra vida cotidiana. Su poder supera en algunos aspectos al de los políticos. Los políticos pasan, pero ellos permanecen. Lo vemos en la relación entre Silicon Valley y Trump. Muchos de aquellos empresarios que fueron jóvenes progresistas y apoyaban a los demócratas se han alineado ahora con él. Y probablemente se alinearán con el siguiente. Aunque a veces sucede lo contrario: son los políticos quienes necesitan alinearse con ellos.

—Y llegamos a otra paradoja. En un mundo donde cada vez resulta más difícil distinguir la realidad de la ficción, ¿tiene futuro la literatura, que precisamente se alimenta de ficciones?

—Esa es una de las grandes paradojas de nuestra época. Para quienes amamos la literatura resulta terrible comprobar que ocupa un lugar cada vez más marginal en el imaginario de la humanidad. No creo que vaya a desaparecer, pero su espacio es infinitamente menor que en otros tiempos. Lo ocupan ahora el audiovisual y las redes sociales. Y es terrible, porque la ficción literaria es la que más nos acerca a los otros. Nos permite sentir que estamos en otras mentes, en otros cuerpos, de una manera que ninguna otra forma de ficción consigue. Además, la literatura busca verdades. No pretende mentir. A través de las ficciones intenta encontrar verdades parciales, transitorias, que nos iluminen sobre el funcionamiento del mundo y de nosotros mismos. En cambio, vivimos rodeados de relatos directamente mentirosos. La ficción se alimenta de la realidad y mantiene una relación con los hechos. La mentira se desentiende de ellos para construir una historia convincente y engañosa con la que los poderosos intentan salirse con la suya.

—Ahí está precisamente la diferencia que yo encuentro entre un cuento y un relato. Pero su novela plantea otra cuestión perturbadora: los ciudadanos pueden terminar entregando voluntariamente su libertad a cambio de seguridad, eficacia y orden. Aunque eso ya lo hacían las mafias. ¿Qué diferencia sustancial existe?

"Nos convertimos voluntariamente en mercancía"

—La diferencia es que antes entregábamos nuestra libertad a cambio de una protección directa. Ahora estamos entregando mucho más: nuestra vida entera. Comenzó con las redes sociales y se potencia con la inteligencia artificial. Nos convertimos voluntariamente en mercancía. Entregamos nuestras decisiones, nuestros gustos, nuestras obsesiones, todo lo que somos. Y ni siquiera lo hacemos a cambio de seguridad. Lo hacemos por comodidad, por una supuesta eficacia que creemos que nos resolverá la vida. Y probablemente suceda lo contrario.

—La crisis estadounidense de su novela termina afectando inevitablemente a México. Usted nunca renuncia a su origen mexicano. ¿Hasta qué punto le interesa esa relación de dependencia?

—Si el mundo entero depende en alguna medida de Estados Unidos, México depende todavía más. La relación entre ambos países ha sido siempre apabullante y conflictiva. En el siglo XIX Estados Unidos hizo con México algo semejante a lo que Putin está haciendo con Ucrania. Primero Texas y después los territorios del norte. Hoy existe una integración económica casi absoluta, pero Trump ha introducido la amenaza constante de los aranceles y ha roto los equilibrios comerciales. También están las amenazas relacionadas con la seguridad. Estados Unidos es el gran consumidor de drogas, el país que decide prohibirlas y el que envía las armas a México. México y otros países latinoamericanos ponen la materia prima y los muertos. Es una relación profundamente desigual. Por eso Trump me obsesiona desde su primera victoria electoral. Entonces publiqué Contra Trump, donde reunía artículos que advertían sobre él. Y este segundo Trump me parece infinitamente peor que el primero: más poderoso, más peligroso y con menos escrúpulos.

—En su novela aparecen Trump, Elon Musk y otros personajes reales que siguen vivos. ¿No teme alguna represalia? Los libros ya no se quedan en las librerías. Circulan por las redes sociales y sus protagonistas pueden enterarse de lo que se dice de ellos.

"Existe el derecho a la sátira y la libertad de expresión frente a figuras públicas de poder"

—Llevo mezclando personajes ficticios y reales desde En busca de Klingsor. La diferencia es que entonces todos los personajes históricos estaban muertos. Ahora la mayoría siguen vivos. Y no es Trump quien más me preocupa. Pero existe el derecho a la sátira y la libertad de expresión frente a figuras públicas de poder, sean políticos o empresarios. Tanto la editorial como yo esperamos que no nos demanden. Aunque, si Elon Musk o cualquiera de ellos decidiera demandarme por una ficción anticipatoria, sería una gran publicidad.

—He dejado para el final una pregunta que quería hacerle desde el principio. Confieso que lo primero que me sedujo de su novela fue el título. La República me lleva inevitablemente a Platón. ¿Todavía podemos imaginar una república gobernada por la razón?

"Quería establecer una relación deliberada con La República de Platón"

—Desde el principio sabía que ese sería el título. No siempre me sucede. Muchos de mis títulos no me gustan y algunos ni siquiera son míos. En busca de Klingsor, por ejemplo, se lo puso Guillermo Cabrera Infante. La novela tenía otro título cuando la presenté al Premio Biblioteca Breve. Pero aquí, efectivamente, quería establecer una relación deliberada con La República de Platón. Platón imagina una sociedad perfecta, aunque también piramidal, gobernada por filósofos que han superado las pasiones y los deseos y buscan exclusivamente el bien común. Ahora muchos tecnooligarcas y pensadores posthumanistas creen que la inteligencia artificial podría desempeñar ese papel. El problema es que un modelo así tiende inevitablemente al autoritarismo. La búsqueda de una sociedad perfecta acaba convirtiéndose en una estructura piramidal y totalitaria. Lo vimos con el socialismo real y con tantas experiencias del siglo XX. Ya vivimos en una sociedad profundamente desigual. Y tanto los líderes autoritarios como la inteligencia artificial están acentuando esas desigualdades. Me temo que de ahí solo puede surgir más conflicto.

—Una última pregunta. ¿Qué queda de aquel joven Volpi de la generación del Crack?

—Queda el grupo de amigos. Salvo Nacho Padilla, que murió hace diez años, seguimos intercambiándonos manuscritos y hablando constantemente. Queda también aquella pasión literaria que teníamos a los dieciséis años y que, por fortuna, no se ha atemperado. Todo lo contrario. Y queda la convicción de que la literatura, además de ser un trabajo solitario, es un placer que se comparte.

—¿Y de aquellos ideales sobre la nueva literatura latinoamericana?

—Queda el manifiesto del Crack, que publicamos hace exactamente treinta años. Apostábamos, siguiendo la estela de García Márquez, Carlos Fuentes y Vargas Llosa, por novelas capaces de retratar el mundo desde múltiples perspectivas y con múltiples voces. Creo que, en algún sentido, es lo que he intentado seguir haciendo. Solo que ahora sin proclamarlo tan abiertamente. Sin necesidad de manifiestos.

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