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José Luis Olaizola, cuando el escritor es la persona

José Luis Olaizola, cuando el escritor es la persona

José Luis Olaizola no sólo es un gran escritor: es una gran persona, como sabemos todos los que lo conocemos. Su calidad personal enriquece su calidad literaria, y seguramente, aunque de forma menos evidente, sucede también al revés. Yo puedo decir que llevo casi toda mi vida leyendo a José Luis Olaizola, porque empecé muy pronto, con Cucho, obra maestra de la literatura infantil, en el colegio. Este libro ganó el Premio Barco de Vapor y es uno de los favoritos de Olaizola.

Siempre recuerdo con mucho agrado las misas de las Lomas, en cuya parroquia, su parroquia durante muchos años (la de los Santos Apóstoles), él escribía un pequeño artículo, muy ameno y muy bello, que no me perdía nunca. Con el tiempo yo también escribiría algunos de esos artículos. Cuando me explicó Olaizola cuál debía ser mi objetivo a la hora de escribirlos me dijo que tenía que dar “un flash”. Lo entendí muy bien.

Olaizola hablaba en esos pequeños textos, que yo recuerde, de temas religiosos, o de la actualidad religiosa, pero también de otros asuntos. Algunos de estos artículos los sigo guardando en mi casa, como aquél en el que contaba que el papa Juan Pablo II, durante mucho tiempo, se escapaba del Vaticano para esquiar a las montañas próximas a Roma. Se iba medio escondido en un coche, entre los pliegues de un periódico, y regresaba con el mismo incógnito. “Lo hemos logrado de nuevo”, decía cuando regresaba, o algo muy parecido.

Pasé de lector a entrevistador suyo, para el diario Expansión y la revista Alba; luego a compañero de tenis; finalmente a amigo y compañero de editorial, Imágica, en la que también publican otros muy interesantes y variados autores como Pedro Pablo García May, Carlos L. García-Aranda, Esteban Díaz, Eva Zamora, Rocío Cuervo, Alberto Guaita, Francisco Galván, Ángel Buquerín y Pablo Menéndez.

He sido presentador de libros de José Luis Olaizola en dos ocasiones. Ahora reedita en Imágica Pelayo, príncipe de los astures y Juan Sebastián Elcano: La mayor travesía de la Historia, ambas novelas presentadas el mismo día, hace unas semanas en el Centro Asturiano de Madrid. Justo antes de que empezara la pandemia en España presentamos en el mismo Centro El robo del sumario, también de José Luis.

Si tuviera que recomendar algunas obras suyas podría enumerar: Cucho, La puerta de la esperanza, Juan Sebastián Elcano: La mayor travesía de la Historia, Juana la Loca, Diario de un escritor, Pelayo, príncipe de los astures, Dos de mayo de 1808.

Entre su ingente obra, porque tiene casi cien libros.

Pelayo, príncipe de los astures Juan Sebastián Elcano: La mayor travesía de la Historia me parecen dos novelas especialmente recomendables, más todavía hoy, cuando se cumple el 1300º aniversario de la batalla de Covadonga y el 500º aniversario de la Primera Vuelta al Mundo. Es un momento magnífico para leer estos libros.

Hay  muchas formas de escribir muy bien, y José Luis practica una de ellas. Seguro que si quisiera podría escribir diferente, pero él ha elegido la manera sencilla, elegante y clara. Hay que decir que le funciona, porque desde hace muchos años disfruta del favor de los lectores y de los editores.

Ya es un tópico decir que escribir sencillo es lo más difícil, pero sospecho que es verdad o que tiene mucho de verdad. Olaizola habla del “difícil esfuerzo de escribir sencillo”. Desgraciadamente, esto es compatible con la creencia popular, extendida, de que tiene mucho más mérito escribir complicado. Si de algo sirve mi ejemplo puedo decir que yo antes escribía mucho más difícil, y cuando me propuse escribir sencillo lo logré, pero considero que esto fue la consecuencia de un aprendizaje y de un esfuerzo —además de tiempo—, aunque ahora lo haga con total naturalidad y hasta con placer. El esfuerzo se ha diluido en la práctica.

Es una gran satisfacción conectar con el lector, saber que te sigue, saber que te comprende y que disfruta con lo que le estás diciendo, al tiempo que tú disfrutas con lo que haces. Es una comunión, una verdadera simbiosis, un milagro, una maravilla. “Quien lo probó lo sabe”, dice Lope de Vega del amor. “Quien lo consiguió lo sabe”, digo yo ahora en este sentido de la escritura sencilla.

George Louis Leclerc, conde de Buffon (siglo XVIII), dijo que “el estilo es el hombre”. Yo creo que José Luis escribe como es: elegante, claro, veraz, sencillo, sí, pero profundo. José Luis nunca miente, ni en su vida ni en su obra. José Luis, como me dijo él en una ocasión en un partido de tenis, fabula. Y me animó a fabular siempre.

A veces pienso que era el escritor perfecto para una editorial como Planeta, y que por esto tuvo tantos éxitos con ella. El escritor perfecto con las cualidades que he apuntado. Por si fuera poco, José Luis es un gran narrador que siempre aporta contenido a sus libros, que se documenta muy bien, y que trabaja de firme.

Todas sus obras quedan envueltas al final en el mismo halo, formando parte del mismo océano, el universo del propio escritor. Cuando leo alguna de ellas, quizá menos conocida, y la disfruto, me da pena que no sea más popular, porque pienso que su escritura y contenido lo merecen. Sin embargo José Luis es conocido por entero, como escritor, como articulista (en Telva, por ejemplo), y como conferenciante, aparte de como presidente de la ONG Somos 1, que hace una labor increíble contra la prostitución infantil en Tailandia.

En cuanto a sus libros, efectivamente, unos son más famosos que otros, aunque todos pueden ser valiosos. Todos han surgido de su personalidad, de su ser, de su estilo. José Luis ha ganado muchos premios importantes, como el Planeta, el Ateneo de Sevilla o el Barco de Vapor, así como algunos extranjeros, y ha vendido millones de ejemplares.

Cuando nos gusta un escritor encontramos que éste se encuentra vivo y presente en toda su obra, y que su calidad se mueve por esa misma obra, por toda ella, ágil y viva, por lo grande y por lo pequeño, haciendo grande lo que en principio puede ser pequeño —por ejemplo un humilde artículo—. José Luis Olaizola tiene ya 95 años, pero es inmortal en sus libros, en todos sus textos, para todo aquél que quiera conocerlo y disfrutarlo. Además, como es él, por esa identidad tan fuerte que se da entre su obra y su persona.

Cada escritor, pienso yo, debe fundar su propio género, que en parte sería como un sello particular que le distingue. Pero el género, como sabemos los escritores y los lectores, también condiciona, y mucho, lo que se escribe. Condiciona cómo se escribe un texto, su fondo y su forma, cómo se acerca el lector a la obra, ya desde que elige el libro en la librería o en la biblioteca. Y cómo la recibe, cómo la lee, como la hace suya.

Recuerdo que Francisco Umbral hablaba de los “escritores sin género”, por ejemplo César González-Ruano. En realidad, decía Umbral, su género eran ellos mismos. El género de José Luis, como ocurre con muchos de los mejores escritores, es él mismo. Ya no es que escriba novelas, o biografías, o cualquier otro género. Nos interesa por ser él mismo. Aparte de que a su faceta de escritor tiene su gran labor como hemos dicho con la ONG Somos 1. Hace poco el editor Javier de Juan, fundador de JdeJ Editores, que le publicó Diario de un escritor y que es hermano del jesuita Alfonso de Juan —compañero de José Luis en la ONG—, me decía algo interesante y expresivo. Javier de Juan me decía que José Luis Olaizola, en tanto que fundador y presidente de Somos 1, es algo que pasa en la Historia rara vez, “como el cometa Halley”.

Tiene una figura muy completa, un gran regalo, en cuanto escritor y persona, para sus lectores y para los que disfrutamos de su trato y amistad, de ese gran texto que va escribiendo en el tiempo, dilatándose como hacia el infinito, hacia el horizonte de la Literatura. Ese gran texto que es su vida y su obra, y que ya es parte de nuestra propia vida.

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