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Juan Esteban Constaín: «Nunca sabemos de qué lado del espejo estamos, la realidad y la ficción son puertas giratorias»

Juan Esteban Constaín: «Nunca sabemos de qué lado del espejo estamos, la realidad y la ficción son puertas giratorias»

Foto de portada: Random House.

Aquellos dos jóvenes de 20 años iban a convertirse en dos de lo más grandes escritores del siglo XX, pero cuando el azar los juntó en el invierno de 1915 en el Frente Occidental, en un breve interludio de esa carnicería que llamamos la Gran Guerra, sólo buscaban matarse entre sí. Fue uno de esos raros momentos de la contienda en que los enemigos se encontraron, charlaron, compartieron tabaco y se marcharon sin dispararse. Aquellos dos jóvenes recogieron el encuentro en sus respectivos diarios, como también reflejaron que, alguna noche después, desde ambos lados de la línea enfrente, les sobrecogió el insistente tañer de unas campanas. Uno de ellos se llamaba Robert Graves; el otro Ernst Jünger.

Tan alucinante y onírico encuentro abre Cartas abiertas (Random House, 2023), la última novela del escritor colombiano Juan Esteban Constaín (Popayán, 1979), un artefacto literario tan inclasificable como prodigioso, donde la realidad y la ficción se persiguen y confunden en esa tierra de sombras que llamamos literatura. Si en El hombre que no fue Jueves (2014) Constaín urdía un seductor pastiche chestertoniano que recibió premios y elogios, ahora combina dos hechos reales, o casi, para dar rienda suelta a todo un botín de historias por contar. Por un lado, la noticia de un ladrón de cartas que da también nombre al protagonista de este libro, Marcelino Quijano y Quadra. Por otra, la leyenda de una guerra entre el departamento colombiano de Boyacá y Bélgica iniciada en 1867 que duró casi un siglo sin que nadie se enterase, y sin que se disparase un solo tiro, y que llegó a su final, este sí real, con la firma de un delirante tratado de paz en 1988.

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—Creo que perseguías una novela de escritores en la Primera Guerra Mundial que acaba con esa estupenda anécdota de Graves, Jünger y las campanas en 1915. ¿Por qué la abandonaste?

"Existen ciertos objetos que guardan una historia durante siglos y basta con frotarlos para evocarla y desentrañarla. Las campanas son la lámpara maravillosa que frota el protagonista"

—La Gran Guerra es un momento histórico que me fascina. Dese cuenta que allí se dieron cita, como en ningún otro momento, los genios de la literatura universal y del arte. En ninguna otra contienda de la historia de la humanidad se juntó tanto talento al servicio de la destrucción y la muerte. Leí muchos diarios y epistolarios de aquellos escritores y barajé escribir una novela con esa convicción tan ingenua de que quizás nadie hubiera pensado en lo mismo. Jajaja. Cuando descubrí que existían ya centenares de novelas, el proyecto se empantanó y me puse con otra cosa. Pero había descubierto historias tan increíbles y bellas, como la del cruce de Graves y Jünger, dos de mis escritores favoritos, que quise usarlas en Cartas abiertas. Esa campana que ambos oyen desde los dos lados del frente debía ser el signo que presidiese esta nueva historia.

—¿Qué tipo de signo? ¿Qué nos dicen esas campanas?

—Nos dicen que existen ciertos objetos que guardan una historia durante siglos y basta con frotarlos para evocarla y desentrañarla. Las campanas son la lámpara maravillosa que frota el protagonista de mi novela para convocar todas sus historias.

Cartas abiertas. Son las que abría el cartero que te inspiró la historia, pero también aluden a los juegos de cartas presentes en tu novela. En un momento dado, Marcelino Quijano y Quadra dice algo extraño para un jugador: «No existe el azar».

"La intensidad de aquel mundo de cartas hoy es incomprensible para alguien más joven que ve cómo se han abaratado todos los rituales de la comunicación humana a distancia"

—Sí, Marcelino es un tahúr que descree del azar, que le tiene más fe al destino, aunque tampoco del todo. En lo que cree, en realidad, por encima de todo, es en el poder de la ficción, y así la buena suerte en los juegos de azar sería también el resultado de una inteligencia narrativa. Toda su vida consistirá en vivir esperando que la ficción le salve.

—La correspondencia es un mundo perdido. En el futuro, para hablar de nuestro tiempo de correos electrónicos, sin huellas físicas, una novela como la tuya sería imposible, ¿no crees?

—Esta novela es también un homenaje a ese mundo perdido y una celebración de nuestra milenaria civilización epistolar, desde las tablillas de Babilonia hasta hace 20 o 30 años. ¡Nosotros lo vivimos, vivimos el final de la correspondencia! La intensidad de aquel mundo de cartas hoy es incomprensible para alguien más joven que ve cómo se han abaratado todos los rituales de la comunicación humana a distancia. La correspondencia postal contaba con una ceremonia, y tal vez por haberla perdido vemos hoy una serie de escándalos de corrupción política que parten de los mensajes de texto o WhatsApp que cruzan nuestros estadistas, unos mensajes vulgares y terribles que antes nunca hubieran tenido lugar.

Foto: Random House.

—Tu libro se inscribe en esa gran tradición de la literatura que mezcla lo real y lo inventado, lo que genera, al menos en mi caso, un doble efecto en el lector: por un lado fascinación, por otro una cierta incomodidad. ¿Pero es verdad o mentira? ¡Quiero saberlo! En ese sentido, ¿qué buscas al escribir?

—Ambos sentimientos me parece que sintetizan muy bien lo que yo busco al escribir. Por un lado la placidez, la fascinación, el deslumbramiento por los delirios de la historia que puedan ser recreados por un lenguaje que les haga justicia. Y por otro lado esa inquietud y esa incomodidad que además preside nuestra vida todo el tiempo. Nunca sabemos bien de qué lado del espejo estamos, la realidad es una puerta giratoria. En ese sentido, la literatura debe sembrar la duda, nunca la certeza.

—¿Quiénes dirías que son tus precursores?

"Una de las virtudes excepcionales de Chesterton es hacer del humor la clave de su obra. ¿Cómo no va a gustar?"

—En ese camino en concreto citaría dos. Leo Perutz, un autor en lengua alemana perteneciente a aquel mundo del Imperio Austrohúngaro que escribía entre dos mundos, entre el asidero de la ficción y el delirio de la realidad. Y un caricaturista inglés que entusiasmaba a Borges y se llamaba Max Beerbohm, autor de unos ensayos que dosifican magistralmente la realidad y la ficción hasta el punto de que llega un momento en el que lector ya no sabe dónde está… ni quiere saberlo. Ah, bueno, y Chesterton, por supuesto.

—De hecho, tu novela anterior se titulaba El hombre que no fue Jueves. Los chestertonianos somos cada vez más, y es curioso, porque fue un autor de minorías hasta su explosión reciente. Hoy no sólo le cita todo el mundo, sino que intentan apropiárselo por igual tanto desde la derecha como desde la izquierda.

—Es que una de las virtudes excepcionales de Chesterton es hacer del humor la clave de su obra. ¿Cómo no va a gustar? Son sus seguidores más ideologizados, a ambos lados, quienes le malinterpretan, al convertirlo en un instrumento de sus obsesiones y sus delirios ideológicos. Es muy triste, aunque supongo que también es inevitable. Chesterton era muy brillante y muy heterodoxo, aunque él se pensase ortodoxo.

La guerra entre el Departamento de Bocachá y Bélgica, por ejemplo, un caso de historia real que parece ficción. ¿Es tal vez la única guerra de Colombia de la que nos podemos reír?

"Dese cuenta, se firma una paz real de una guerra de leyenda. ¿Cuándo ocurre esto? En 1988, el peor año de la historia de la violencia colombiana, de la guerra entre el narco y el estado"

—Una vez me preguntaron cuál era mi relación con la violencia en Colombia, un tema obsesivo para todos los escritores de mi país, desde Mutis y García Márquez a los jóvenes. Yo nunca me lo había planteado, pero ahora pienso que en Cartas abiertas sí hay una referencia a la violencia y un elemento simbólico que en principio no me propuse. Porque esa guerra entre Bocachá y Bélgica fue una guerra que Colombia ganó no solo porque el enemigo no se enteró sino porque además, un siglo después, el embajador belga llegó a Colombia, fue a presentar sus cartas credenciales y el ministro de exteriores le dijo: «Mucho cuidado, que está usted en territorio enemigo». Entonces el embajador entiende que su misión como tal será firmar la paz. Y lo consigue. Dese cuenta, se firma una paz real de una guerra de leyenda. ¿Cuándo ocurre esto? En 1988, el peor año de la historia de la violencia colombiana, de la guerra entre el narco y el estado. ¿No es poético que el único acuerdo de paz de aquel año espantoso fuese aquel con Bélgica basado en una ficción?

—Marcelino Quijano y Quadra, fabricante de ficciones en sus últimos días, es como una alegoría del escritor, del novelista. Borges escribió que la literatura es un arte que sabe profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido. En un mundo acosado por la distracción y las pantallas, ¿qué pasará el día en que se extinga el último lector?

—No me gusta la idealización romántica de la lectura y la civilización del libro, ese ritual que nunca desaparecerá… No lo creo, dudo mucho que siempre haya lectores. La competencia de otro tipo de relatos es muy fuerte y la evolución de nuestra especie es imparable. Es verdad que durante la pandemia el libro se convirtió en un refugio casi providencial pero, ¿será siempre así? Lo que sí me parece es que el libro que, por ejemplo en el XIX y en parte del XX, llegó a ser parte central de la industria del entretenimiento, ya no lo es. El escritor debe aceptar esto, despojarse de ilusiones de gloria e importancia o fracasará. Yo quiero escribir libros que hagan feliz al lector como yo lo soy escribiéndolos, aunque mi trabajo acabe siendo una actividad marginal y clandestina. Lo que, por otra parte, tiene su encanto.

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Autor: Juan Esteban Constaín. Título: Cartas abiertas. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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