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Juan F. Ferrándiz: «Miremos la historia, porque hay soluciones»

Juan F. Ferrándiz: «Miremos la historia, porque hay soluciones»

El escritor Juan Francisco Ferrándiz regresa de nuevo a la Barcelona medieval en su último libro, El juicio del agua, un relato épico sobre el renacimiento del Derecho romano en una época de gran oscurantismo, en el que reivindica la necesidad de acudir a la historia para no volver a cometer los errores del pasado.

La novela El juicio del agua (Grijalbo) se inicia con una ordalía a dos familias por la avaricia y los usos feudales, en la que los primogénitos de las dos casas, de tan solo unos meses de edad, son sumergidos en agua helada en un juicio divino del que saldrá vencedor el que se hunda más tarde.

La hija de la familia noble, Blanca de Corviu, resulta elegida, mientras que el «payés» (campesino) Robert de Tramontana es el «condenado» y el protagonista de este relato narrado en primera persona, marcado por el trágico destino al que se vio abocado en su infancia, y que acabará convirtiéndose en un juez justo.

Ferrándiz (Cocentaina, Alicante, 1971) relata en una entrevista con Efe que esta historia le surgió cuando se documentaba para su anterior novela, La tierra maldita —una obra que le catapultó al éxito, con más de once ediciones y traducciones en más de doce países— ambientada en la Barcelona del siglo IX y que dejó por despejar los hechos que unos siglos después marcaron el cambio y una nueva manera de hacer justicia.

A finales del siglo XII la humanidad recuperó el antiguo Derecho romano y las declaraciones de «paz y tregua», a su juicio el embrión de los Derechos Humanos, «un hito que cambió la historia» y trajo una prosperidad que irá transitando hacia el Renacimiento y la Modernidad. «A veces es como si la humanidad estuviera lista para dar un salto», y en este momento histórico «pasan cosas, y empieza a cuestionarse que la antigua manera de hacer justicia medieval, llena de pruebas, de ordalías, en la que se sometía a la voluntad de dios, fuera lo adecuado», señala el escritor, abogado de profesión. Y este tránsito es el que vive el protagonista de la novela, Robert de Tramontana, víctima de la antigua «justicia divina», quien se siente culpable por las repercusiones en su familia y «emprende un camino por encontrar alguna manera de hacer justicia para todas las personas débiles y siervos».


En este periplo «va descubriéndose a todos los niveles, desde el intelectual a su despertar sexual, el amor y en quién puede confiar» y a prosperar en un momento en el que empieza a surgir la nueva burguesía hasta convertirse en juez.

Además de Barcelona, el protagonista deambulará por la escuela del Fuero de Jaca y la de los glosadores de Bolonia, germen de la Universidad, cuyas sentencias ejercieron mucha influencia en los juristas catalanes, y por León, donde había unos derechos «adelantados a su tiempo y el primer parlamentarismo».

El escritor rinde también un homenaje al universo femenino y asegura que la novela la impulsan realmente las mujeres que tienen relación con el protagonista, desde su madre a Blanca, con quien estableció un vínculo inquebrantable y de amor desde el infame «juicio del agua», la juglaresa Salomé o la italiana Novella Gozzadini, inspirada en la jurista boloñesa Bettisia Gozzadini, de la que se dice que fue la primera profesora universitaria.

Ferrándiz destaca también de la novela su conexión con el presente, como el origen de los Derechos Humanos. De hecho en su primer juicio Robert apela al Derecho romano en su sentencia para corregir una injusticia en una barriada que iba a ser desahuciada. «Es un principio que tiene dos mil años y que ha sido también recuperado ahora, en el inicio de la pandemia, para salvar a miles de locales de negocios que estaban sufriendo por el confinamiento al no poder cubrir la renta», señala. «Los historiadores están cansados de decir que en la historia están las soluciones de los problemas que nos vienen y advierten del peligro no solo de cometer el mismo error sino del olvido», como ocurrió en la Edad Media cuando la gente llegó a asumir el ser maltratados porque era el «destino divino», mientras sus antepasados habían gozado de unos derechos que garantizaban su dignidad.

«Miremos la historia, no la metamos en saco roto porque hay soluciones y al menos sabemos qué tenemos que evitar» para no caer en los mismos errores, reivindica.

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