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Juan Luis Arsuaga: “Desviarse de la norma no es el mejor mecanismo de supervivencia”

Juan Luis Arsuaga: “Desviarse de la norma no es el mejor mecanismo de supervivencia”

Ya que la RAE lo permite como prefijo intensificador, voy a aprovechar la ocasión para decir —en perfecto castellano— que Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954) me putoencanta. La entrevista que concede a Zenda para presentar su nuevo libro Vida, la gran historia (Destino), en el Hotel de las Letras en Madrid, fue una conversación muy placentera y con grandes dosis de surrealismo. Pide un tartar de corvina a la madrileña “para llevárselo puesto”, pero al final termina —muy a gusto— con un tercio de cerveza y unas croquetas de jamón. Será uno de los científicos españoles vivos con mayor repercusión, pero no por eso va a negarse a los placeres más humildes. Dice que lo bueno necesita tiempo, y mientras piensa cuándo coger un coche que le lleve a su próximo destino, me promete el suficiente para que me lleve la mejor entrevista posible. Un hombre de contradicciones, como todos. En los preliminares de la entrevista distingue un libro de la estantería que tiene detrás, un libro en francés. “¡Qué gente más fina!”, dice con una mezcla de ironía y solemnidad. Porque el respeto no está reñido con el humor. “¡Estoy por llevármelo!”.

A la tercera pregunta del interrogatorio, apareció el cisne negro, y los cauces canónicos de una entrevista predecible se derrumbaron, dando lugar a la incontenible verborrea del entrevistado. Es una buena metáfora, con referencia cinematográfica incluida: como dice Ian Malcolm en Jurassic Park (el carismático matemático obsesionado con la teoría del caos): “La vida (y la palabra) se abren paso y rompen todas las barreras”. Y tenía razón.

—Atreviéndome a hacer de taxónomo, diría que La especie elegida (su libro de mayor éxito hasta la fecha) se deja clasificar perfectamente dentro de la «divulgación científica». Es un libro en el que un científico habla de lo suyo. Pero Vida, la gran historia es diferente. Es el libro de un científico pero que escribe un ensayo mucho más general. ¿Se siente un extranjero en esta tierra de nadie?

"Hay muchas formas de ser científico, y algunos incluso vamos al teatro"

—No. Una de las primeras citas del libro es de Jacques Monod, un premio Nobel francés que escribió El azar y la necesidad en 1970. Leerlo fue recibir un golpe en la cabeza con un bate de béisbol. Era un biólogo molecular. Una persona que se supone que es algo así como una máquina más del laboratorio donde trabajaba. Que no se ofendan, pero son los típicos científicos que van al laboratorio hasta en domingo. Yo el domingo voy al teatro. Por cierto, este fin de semana estuve en el teatro del Barrio, no sé si lo conoces, que está ahí en Lavapiés… Bueno, el caso es que Jaques Monod me derrumbó. ¡Un biólogo molecular que se supone que habla de moléculas! ¡Y citaba a Demócrito! Vamos, que hay otra forma de ser científico que no es: «¡Venga, a estudiar fósiles y fósiles y fósiles y fósiles!» Hay muchas formas de ser científico, y algunos incluso vamos al teatro.

—Quiere ser un intelectual a la antigua usanza.

—A mí me han tirado mucho mis inclinaciones, y la Residencia de Estudiantes es mi modelo. Ahí estaban todos: científicos como Severo Ochoa, pero también Dalí, Lorca, Buñuel… Y hablaban entre ellos, intercambiaban ideas. Un intelectual es alguien que tiene una voz, que tiene algo que decir.

—Esto me parece muy interesante… ¿Pinta o dibuja?

—Hago dibujitos (muy sonriente).

—Porque es imposible no acordarse de los dibujos de los pinzones de las Galápagos de Darwin, de las ilustraciones de la Enciclopedia francesa de Didedot y D’Alembert, o los dibujos de las neuronas de Ramón y Cajal. ¿No cree que hay cierta reticencia injustificada a poner ilustraciones en los libros de ensayo?

"Los ingleses lo ilustran todo, y yo llevo toda mi vida con esta lucha en España"

—Cajal era un fenómeno. Pero es verdad que en España no ponemos ilustraciones ¡Cuando los dibujos de anatomía de la Enciclopedia los hizo un español! Es tremendo. Es mi guerra (repite varias veces, lacónico). Las de este libro las ha hecho una amiga diseñadora, Susana Cid, número uno. Y con ella mucho mejor. No me gustan los libros para leer ahí, a palo seco. Los ingleses también lo ilustran todo, y yo llevo toda mi vida con esta lucha en España. Se entiende todo mucho mejor, lo pillas todo. ¡Y hay que tener buen gusto y un poco de cariño por las cosas!

—Hablando de agravios comparativos, ¿cree que tiene un handicap por escribir en castellano?

—Espero que no. Somos 400 millones.

—Y sin embargo…

—El problema no es numérico. Hay suficientes lectores que comparten nuestra lengua. El problema es que Monod escribe El azar y la necesidad en 1970, y se lee en todas partes porque no es un libro para biólogos moleculares. Es un libro que causó mucho impacto, sobre todo entre los marxistas, porque era la religión oficial, y era terriblemente determinista. Yo quiero discutir sobre eso. ¡Yo quiero opinar! (dice con el dedo levantado) Quiero participar, hablar, discutir… ¡Pido la palabra! ¡Que me dejen hablar! Pero es que además tenemos otro problema los autores de no ficción: no hay apenas premios, y jamás son para la ciencia.

—Es verdad. Parece que los científicos están encajonados en la divulgación.

"No somos como los franceses, que montan una mesa redonda y va un científico, un filósofo, un escritor… Aquí no. Ni hay intelectuales ni hay debate"

—¡Exacto! “Muy bien esto de los monos y tal”, me dicen. Una palmadita. Pero ¿puedo hablar? ¿Puedo opinar? ¿Puedo decir algo? Todo el mundo habla del aborto o del infanticidio de los cromagnones. ¡Oye, que yo de esto sé! Me gustaría poder hablar de la conciencia o… yo que sé, de la educación. ¡Yo también soy ciudadano! ¡Yo también tengo cerebro! Y tengo mis argumentos y mis cosas que aportar. Es verdad que en España uno de los mayores problemas de la ciencia es la financiación, y nos quejamos cuando no nos dan dinero. Pero también siento que no estamos en el debate. No somos como los franceses, que montan una mesa redonda y va un científico, un filósofo, un escritor… Aquí no. Ni hay intelectuales ni hay debate. ¡Vamos a hablar de la Humanidad, de su futuro! Entonces se verá para qué sirven los científicos. Este libro no es más que eso.

—Continuemos un poco más. En el subtítulo elige la metáfora del laberinto de la evolución, en la que parece que destaca la idea de unos muros impenetrables y unas direcciones obligatorias. ¿Por qué no eligió la imagen del árbol de la vida, de una llanura, o un bosque cubierto por árboles que crecen sin restricciones, ocupándolo todo?

—Edward O. Wilson habla del laberinto de la evolución. La metáfora no es mía. Pero la metáfora que creo más correcta es la de Leigh Van Valen, que habla de la teoría de la Reina Roja. Se refiere al cuento A través del espejo, de Lewis Carroll: para no extinguirse, hay que correr sin parar por un escenario que no deja de cambiar. Hay mucho recorrido hasta aquí y no nos hemos extinguido. Cuatro mil millones de años después de que empezase la vida, se puede decir que hemos cruzado el laberinto. Otro posible subtítulo era Entre el azar y la necesidad, en referencia al libro de Monod.

—Yo sigo viendo contrastes con La especie elegida. Un título elegido con cierto cachondeo o recochineo. Creo que esta vez le da la vuelta a la tortilla. El título es neutro pero el contenido es mucho más provocador. Plantea dilemas a los lectores sobre los que creo que usted, como científico, tiene certezas. ¿Por qué hace esto?

"En los diálogos de Platón, Sócrates lo máximo que hace es dirigir el debate con sus preguntas. No es poco"

—Porque me gusta. O quizá porque soy profesor y estoy harto de tener la sensación de sentar cátedra entre mis alumnos. Mi naturaleza es socrática. Y odio a los gurús. Hay demasiados. Prefiero parecerme a Sócrates. Ir por la calle preguntando: ¿y usted qué opina? En los diálogos de Platón, Sócrates lo máximo que hace es dirigir el debate con sus preguntas. No es poco. Me he decantado por esa estrategia: por dejar pensar al lector sobre temas abiertos de los que los científicos seguimos hablando y que tienen alcance general. Por ejemplo: ¿hasta qué punto estamos determinados por nuestros genes?

—Y en relación con esto, ¿qué opinión tiene de la doctrina ultradarwinista (o gencentrista) de Richard Dawkins?

—Le gusta mucho a los biólogos moleculares, a los biólogos de bata. Los de bota, los que pisamos el campo, preferimos centrarnos en los organismos. En realidad es una manera de ver las cosas: obviamente, si no te reproduces, tus genes se pierden. De sentido común. Y oye, que tenemos genes que compartimos con la mosca del vinagre, y no uno o dos, ¡más de la mitad! ¡Nos los podríamos intercambiar! Hace mucho que existen los genes en la historia de la vida, y aquí siguen todavía. Por eso es una forma de enfocar los problemas muy interesante. Pero no hay que volverse loco hasta el punto de ver sólo genes. Es una perspectiva muy útil si no se te va la olla… demasiado. Y yo creo que igual a Dawkins se le ha ido… un poco. Ahora bien, El gen egoísta es un li-bra-zo. Entre mis libros fundamentales, está El gen egoísta. Seguro. Por él, y también por el debate que vino con él. Dawkins es un tipo muy listo.

—Y por desplazar el determinismo genético a donde nos importa, hablemos de humanos. En el libro recoge una frase muy impactante de Ernst Mayr que dice que los humanos nos caracterizamos por la cultura, la migración, la exogamia y la guerra. ¿En qué medida dependen estas cosas de los genes?

"Desviarse de la norma no es el mejor mecanismo de supervivencia"

—No hay un gen para ser del Barça, ni nada parecido. Ni para ser ejecutivo. Los genes son mecanismos para contener, transmitir y extraer información. Expresan el desarrollo y, en el desarrollo los seres vivos tienen que convertirse en algo viable. Pero tienes que enterarte de lo que hay ahí fuera. Y las especies sociales viven en medios sociales y los genes tienen que ser capaces de extraer información del medio. Dobzhansky, uno de los creadores de la biología tal y como la conocemos, dice que “la selección natural es un proceso que transmite información sobre el estado del ambiente a los genotipos de sus habitantes”. Los genes nos condicionan porque son muy espabilados y de alguna forma prescriben cómo hay que ser para encajar. Ahora, encajar en un ambiente de intolerancia, exclusión del diferente o del que le da la gana ser diferente, del que no quiere pertenecer a la masa… ese es el problema. Los niños tienen pánico a ser diferentes, y esa conducta podría explicarse genéticamente. Desviarse de la norma no es el mejor mecanismo de supervivencia. Ese es el problema.

—También hay otras sociedades, las de los himenópteros, en las que los genes de las abejas y las hormigas determinan su posición social: no sólo si eres macho o hembra, sino también si eres reina, zángano, soldado u obrera. ¿Por qué han servido de modelo para nuestra propia sociedad?

—En los insectos sociales el individuo no cuenta. Es un nivel máximo de integración social. Es interesante, porque mucha gente ha tomado estas sociedades como modelo, y de ahí surgen todos los sistemas totalitarios. Las sociedades planificadas quieren la unanimidad, el control, la pérdida de la individualidad y su sumisión al colectivo. Yo espero que no se produzca la modificación genética de los seres humanos, pero no por la genética, sino por el totalitarismo. Por ejemplo, Julian Huxley estaba fascinado con las abejas. Y su hermano, Aldous Huxley, escribió Un mundo feliz criticando aquellas ideas. Pero es que los biólogos de aquella época, todos, querían tomar el control de la evolución. Lo tenían clarísimo. Pero, ¿hacia dónde? ¿Para producir qué? Ese es otro debate que, para mi asombro, ha vuelto. Yo pensé que jamás volvería, que se había acabado en los años 40. Incluso Stephen Hawking escribió en su último libro que, en el futuro, los humanos estaremos modificados genéticamente. No dice que sea lo que él quiere, sino lo que va a pasar. ¿Otra vez? Será lo que pase si dejamos que pase.

—¿Y no cree que ha vuelto también en cierta forma la idea Raymond Dart del mono cazador y asesino? ¿Está la Humanidad en general, o el hombre en particular, marcada por unos genes violentos?

"Tenemos una larga tradición de cooperar para competir"

—Lo que la paleontología tiene que decir sobre esto es que la solidaridad y la cooperación son resultado de la competición. Eso es obvio. Si le pasas la pelota a Messi es porque estás jugando contra el Madrid, y si pudieses marcar tú, ¿por qué ibas a pasarla? ¡Si encima cobra más que tú! Pues porque si no, pierdes. Eso es una fuente de conflicto. Y a la conflictividad biológica le añadimos los intereses culturales. Tenemos una larga tradición de cooperar para competir.

—Hablemos del cambio climático. Me ha llamado mucho la atención la mención a un estudio que afirma que las emisiones de efecto invernadero del neolítico evitaron una glaciación. ¿Qué puede decirme de esto tan controvertido?

—Vamos a ver… Todo el mundo piensa que los gases de efecto invernadero han tenido efectos climáticos desde la revolución industrial. Y ésta es una teoría de un autor, el mejor paleoclimatólogo del mundo (o sea, que no es un chalado), que sostiene que la agricultura y la ganadería tempranas evitaron una glaciación. El libro se llama Los tres jinetes del cambio climático, y hace poco salió un paper en esa línea. Pero no lo sabemos todavía. Por el momento… the jury is out. Y cuidado: eso, por supuesto, no le quitaría ninguna gravedad a lo que está pasando ahora.

—Hay otra parte muy impactante del libro relacionada con la herencia del neolítico. Dice en un momento que la biomasa de los humanos y de los animales domesticados supone más del noventa por ciento de la biomasa de los mamíferos, y que la biomasa de las aves domésticas triplica a la de las salvajes. ¿Qué consecuencias pueden tener estas cifras?

—Sí. De todos los mamíferos. Como lo oyes: desde el elefante hasta el ratón. No va a quedar ni uno. Se calcula que para el año 2100 no quedarán grandes mamíferos en libertad.

—Hemos acabado con la megafauna del paleolítico y ahora vamos a acabar con toda la fauna más grande que un ratón.

—Sí. Básicamente es eso. Vamos a llenar el mundo de vacas, cerdos y pollos y apenas vamos a dejar espacio para otros mamíferos en libertad. Es que es imposible… (piensa)

—¿Vamos a hacer realidad el título de Marvin Harris Vacas, cerdos, guerras y brujas?

"Castilla y León, que tiene la extensión de Portugal y está casi vacía, debería estar llena de osos"

— (Ríe) Un amigo de Navarra me contaba que hay una osa de las que han introducido que se había comido tres vacas. ¡Ya la hemos liao! Si se ha comido tres vacas, eso… mala pinta tiene. Una gran tragedia para la Humanidad ¿verdad? (ríe) Los ganaderos se han reunido porque quieren acabar con la osa, o llevársela a otro lado… ¡Es que no cabe ni una osa! En fin… Sin embargo, a los osos cantábricos les va bastante bien. Se han convertido en unos comidistas, en unos gourmets: como el campo está despoblado come castañas, manzanas, desperdicios que encuentra… Ahora mismo podrías ver un oso desde la plaza de algún pueblo. Esas poblaciones en concreto parece que se han adaptado al ser humano. Pero la del Pirineo no. Castilla y León, que tiene la extensión de Portugal y está casi vacía, debería estar llena de osos y de todo, ¿no?

—Una de las cosas que más me han gustado ha sido el debate sobre el famoso artículo de George Gaylord Simpson en Science sobre la no prevalencia de los humanoides. No sé si se siente criticado por él por caer de alguna manera en la ciencia ficción que tanto despreciaba en pleno boom de los extraterrestres. Aunque también es verdad que usted a él le llama aguafiestas…

— Si [ríe]. El gran Simpson. Él era más adusto, más empírico. Pero era un personaje. En su autobiografía cuenta que estuvo dos veces en España y que le indignó mucho que hubiesen clavado una iglesia dentro de la mezquita de Córdoba. Pero bueno, dice también que, de todas las cosas que había hecho en la vida, lo peor, lo que le dio más problemas, fue meterse con los extraterrestres. Dice que es como si hubiera cargado contra los pastelitos de manzana. Lo peor que puedes decir es que no crees en los extraterrestres. ¿Pero cómo? ¡Con la de estrellas y planetas que hay!

—Acabo de acordarme de una viñeta a la que se refiere (pero que no está incluida en el libro y quizás debería) que decía más o menos esto: «Estamos solos en el universo, pero los extraterrestres también lo están».

"Estamos solos. Y los extraterrestres también lo estarán"

—¿La buscaste en Internet? ¡Es buenísima! Y para incluirla habría problemas de derechos y esos rollos… Además, he olvidado quién es el autor. Es una buena metáfora, también de la Humanidad y de la sociedad. ¿Estamos solos en Madrid? No, hay gente y tal. Pero estamos solos. Y los extraterrestres también lo estarán.

—¿Qué puede decir un científico de la soledad, un tema que también destaca en la agenda mediática?

—Hace poco tiempo leí… supongo que a un francés, [ríe] que decía que tenemos muchos amigos virtuales, muchos friends, muchos seguidores y que tenemos mucha influencia. Consultamos la Wikipedia y creemos que sabemos mucho. Y termina diciendo: “El despertar va a ser muy duro”. Podemos estar muy solos, pero Internet crea una sensación de recogimiento. Y no queremos despertar. [Piensa] Hace unos días, estaba hablando con unos amigos sobre las redes 5G y se preocupaban de que lo iban a saber todo sobre ellos. Yo les dije: mirad, en cualquier pueblo pequeño lo saben to-do sobre los vecinos en tiempo real. ¡Saben hasta lo que votas! ¡Todo! Ese 5G ha existido durante casi toda la historia. El 5G nos va a devolver a la prehistoria. Yo hace unos días cometí el error de buscar unas zapatillas en Internet, y las compré, pero me siguen anunciando las dichosas zapatillas cuando ya las tengo ¡No saben que las he comprado! Así que, por favor, que dejen de anunciármelas. Pero te diré una cosa: el cotilleo y el chisme han sido muy influyentes en la evolución humana. Han sido un arma de normalización. Ahora alguien o algo sabe qué zapatillas me interesan, pero igual el último en enterarse es mi vecino. Además, ¿quién me envía lo de las zapatillas?

(Alba Fité, de la editorial Destino, a quien agradezco su amabilidad, acepta la invitación a unirse a la conversación en el momento más distendido y añade):

—Los nuevos dioses parecen ser los algoritmos, ¿no? Hoy en día están en todas partes, en los grandes titulares… ¡El algoritmo!

—Para empezar, nadie sabe lo que significa algoritmo (ríe). Si son un conjunto de instrucciones, los genes son algoritmos. Pero volviendo a lo de antes, los algoritmos saben lo de mis zapatillas, pero ¿saben cómo fabricar un best seller? ¡Ni todos los algoritmos del mundo! Por ejemplo, Harari, que no lo conocía ni su padre, escribió el libro en hebreo, que es como si lo escribes en euskera. Y lleva más de doce millones de libros vendidos. Mientras nadie sepa qué libro va a ser un best seller hay esperanza.

—En su libro también hace una comparación constante entre la biología, la ingeniería industrial, la economía… porque comparten un mecanismo ciego, muy chapucero, que por ensayo y error y casi milagrosamente devuelven sistemas viables que pueden perfeccionarse.

"Hay un libro de un publicista famosísimo que dice que si haces lo que hace todo el mundo, nunca te vas a hacer rico"

—Hay un libro de un publicista famosísimo que dice que si haces lo que hace todo el mundo, nunca te vas a hacer rico. La publicidad (otra disciplina más) estaría relacionada con la reproducción, con hacerse publicidad: “Si quiere una descendencia con buenos genes, invierta aquí”. El caso es que hice una foto a una imagen de ese libro que me parece la metáfora perfecta de la evolución (nos la enseña): “Tú hazlo y ya lo mejorarás”. Es que es literal. En vez de aguardar la perfección, echa a andar con lo que tengas y ya lo irás perfeccionando. Y si te especializas mucho… no cambiarás el mundo. Puedes descubrir la penicilina, o el ADN (que no está mal). Es un poco platónico, pero esas cosas, al ser verdaderas, iban a ser descubiertas antes o después. Pero una sinfonía de Beethoven…

—¡Igual también! ¿No podría un mono escribir El Quijote aporreando al azar las teclas de una máquina de escribir?

—Igual sí, igual sí… Escribir el Quijote ha llevado mucho tiempo: cuatro mil millones de años. Pero como metáfora me gusta más la de la Biblioteca de Babel. Es genial. Lo que pasa es que en el libro no puedes contarlo todo. ¡Resulta que este libro ya está escrito! Y tu genoma completo también está escrito ahí. Y la evolución es como un Rastreator: este genotipo puede funcionar, este no. Y un libro que también me encanta y que se me olvidó mencionar se llama Cisne negro, de Nicholas Taleb. Buenísimo. Dice que la historia es impredecible y que todo ocurre por accidente, por azar. Todo, todo y todo. Las cosas no cambian hasta que aparece lo casi-imposible con una gran capacidad de transformación. Las cosas no cambian poco a poco. En biología es la teoría del equilibrio puntuado: primero la estabilidad y de pronto el cisne negro que nadie había previsto.

—Como el meteorito que acabó con los dinosaurios, ¿no?

—Exacto. El rey de Francia pensó la víspera de la Revolución que no pasaba nada y como quien dice al día siguiente le cortaron la cabeza. Y luego, retrospectivamente, el ser humano tiene mucha capacidad para explicar lo sucedido como si fuese inevitable. Pero sus contemporáneos no lo vieron venir. Hay más ejemplos: la Primera Guerra Mundial… ¡O la caída del muro de Berlín! Esa no me la tienen que contar, porque la viví yo mismo. Nadie esperaba un cisne negro, pero apareció. Puro azar.

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