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Juan Rulfo, de Miguel Díez Rodríguez

Juan Rulfo, de Miguel Díez Rodríguez

«En la familia Pérez Rulfo nunca hubo mucha paz», escribe Miguel Díez Rodríguez, autor de esta biografía sobre Juan Rulfo. «Todos morían temprano, a la edad de treinta y tres años, y todos eran asesinados por la espalda».

Zenda adelanta las primeras páginas de Juan Rulfo, una tragedia susurrada: Vida y obra (editorial Rimpego).

***

PARTE PRIMERA

VIDA

Nació en la casa familiar de la hacienda de Apulco (en esto hay debate entre los especialistas), pequeño lugar dependiente administrativamente de Sayula, en cuyo Registro Civil es apuntado el 16 de mayo de 1917. Veintiséis días después, en esa misma población, el párroco Román Aguilar caligrafía su nombre en la fe de bautismo: Carlos Juan Nepomuceno, hijo de Juan Nepomuceno Pérez Rulfo y María Vizcaíno Arias. Es el tercer vástago de un matrimonio que engendrará cinco hijos: Severiano, María de los Ángeles (fallecida con días), Juan, Francisco y Eva.

Pero tomemos un poco de perspectiva…

Por 1883 Severiano Pérez Jiménez, quien ocupa responsabilidades judiciales en Sayula, se casa con María Josefa Rulfo Navarro. Se fusionan así dos linajes desenvueltos en la administración pública y el derecho. Por parte de la abuela María le llegará al futuro escritor el relato legendario de Juan Manuel del Rulfo, capitán y cronista al servicio del virrey de Nueva España José María Calleja. Severiano y María generan una estirpe sentenciada por el destino: sus hijos Juan, Rubén y Raúl morirán tiroteados; Jesús se ahogará y a David lo aplastará un caballo.

Carlos Vizcaíno Vargas, descendiente también de españoles y terrateniente propietario de haciendas en el Llano Grande y Apulco, se desposa con la andaluza Tiburcia Arias Vargas, con quien tiene dos vástagos: Vicente y María. El abuelo materno es una figura controvertida que manda levantar una ostentosa iglesia –Nuestra Señora del Refugio– con la bendición de la Santa Sede. (Se dice que con los excesos de Carlos Vizcaíno y los de su padre –el bisabuelo Lucas–, destilará Juan Rulfo la tinta verde con la que perfilar su Pedro Páramo).

El escritor mantuvo durante buena parte de su vida un notable interés por recorrer los itinerarios de sus antepasados:

Desenterré las tumbas de mis padres y solo hallé cascajo. Lo único que averigüé fue que mi abuelo paterno era abogado y el materno fue hacendado. Parece que mi primer antecesor llegó a México por 1870. Venía del norte de España. Mis padres son del norte de Jalisco. No sé cómo fueron al sur. A mi padre no lo conocí. Y mi madre murió cuando yo tenía ocho años. Me anduvieron a un orfanatorio. Soy hijo de gente adinerada que todo lo perdió en la Revolución.

[Nuria Amat Noguera, 2003]

El escenario de la infancia de Rulfo es el sur del estado de Jalisco (Los Bajos). Localidades antaño prósperas resultaron arruinadas durante la Revolución, y entonces las rodeó un territorio aislado, empobrecido, políticamente abandonado y socialmente sumido en la anarquía. Se parecen mucho a los «pueblos fantasma » que darán telón de fondo a las ficciones del escritor.

Y en cuanto al tiempo, hay que situarse a finales de la Revolución mexicana [1910-1920] y en medio de la guerra cristera o la cristiada [1926-1929], un choque armado entre el Estado mexicano y las milicias católicas. El conflicto se desata cuando el Gobierno de Plutarco Elías Calles pone en vigencia una ley que restringe el culto religioso e impone duras prohibiciones a la Iglesia católica. Los enfrentamientos se llevan por delante más de doscientas cincuenta mil vidas, entre combatientes y civiles, inundando de sangre gran parte del territorio mexicano.

La periodista y escritora Elena Poniatowska atrapa con precisión ese drama en unas pocas líneas:

Rulfo niño vio pasar a los cristeros por las faldas del cerro, y su mamá le tapaba los ojos para que no se le quedara grabado el siniestro monigote de un ahorcado o la marioneta de hilos rotos que los soldados llevaban a empujones hasta el paredón de fusilamiento.

Y recoge las propias palabras del entrevistado:

Era raro que no viéramos colgado de los pies alguno de los nuestros en cualquier palo de algún camino. Allí duraban hasta que se hacían viejos y se arriscaban como pellejos sin curtir. Los zopilotes se los comían por dentro, sacándoles las tripas, hasta dejar la pura cáscara. Y como los dejaban en alto, allá se estaban campaneándose al soplo del aire muchos días, a veces meses, a veces ya nada más la pura tilanga de los pantalones bulléndose con el viento como si alguien los hubiera puesto a secar allí.

[Elena Poniatowska, 2017]

En este contexto, la familia Pérez Vizcaíno se muda constantemente de casa (de Apulco a Sayula, de San Pedro de Toxín a San Gabriel), huyendo del bandolerismo y la violencia que, en la zona, desatan los hombres de Pedro Zamora (responsable directo de torturar al abuelo materno de Rulfo y personaje que entrará con nombre real en el cuento ‘El Llano en llamas’).

Estas palabras suyas, cargadas de pesadumbre, nos sitúan con precisión:

Estaba lleno de bandidos por allí, resabios de gente que se metió en la Revolución y a quienes les quedaron ganas de seguir peleando y saqueando. A nuestra hacienda de San Pedro la quemaron como cuatro veces, cuando todavía vivía mi papá. A mi tío lo asesinaron, a mi abuelo lo colgaron de los dedos gordos y los perdió. Era mucha violencia y todos morían a los treinta años.

[Vv. Aa., 1969]

En 1919 la familia está asentada en San Gabriel, en una espaciosa casa de patio central con columnas, «al estilo español». Desde allí, don Cheno, «siempre a caballo», visita las haciendas que administra: la de San Pedro Toxín, propiedad (aunque esquilmada) de los Pérez Rulfo, y la de Apulco, heredada de los Vizcaíno Arias. En uno de esos desplazamientos y a cuenta del reproche a un postinero se desató la tragedia: Lupillo Nava, hijo adolescente del presidente municipal de Tolimán, tirotea por la espalda al padre de Juan Rulfo.

Una niñez, como vemos, rodeada por revueltas campesinas, bandolerismo, saqueos, incendios, matanzas y protestas sociales. Es difícil hacerse cargo de la pesadumbre que genera el vivir constantemente en el miedo; temer cada momento que un tropiezo, cualquier arbitrariedad, puede llevarte a la muerte. Es un fardo sombrío que se puja de por vida y que muchos años después resulta igual de pesado:

Yo tuve una infancia muy dura, muy difícil. Una familia que se desintegró muy fácilmente en un lugar que fue totalmente destruido. Desde mi padre y mi madre, inclusive todos los hermanos de mi padre fueron asesinados. Entonces viví en una zona de devastación. No solo de devastación humana, sino devastación geográfica. Nunca encontré ni he encontrado hasta la fecha la lógica de todo esto. […] No se puede atribuir a la Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica. Hasta hoy no he encontrado el punto de apoyo que me muestre por qué en esta familia mía sucedieron en esa forma, y tan sistemáticamente, esa serie de asesinatos y crueldades.

[Vv. Aa., 1969]

En 1922 ingresa en la escuela primaria de San Gabriel. Dos años más tarde, le matriculan en el colegio Nuestra Señora de Guadalupe, que verá suspendida su actividad a causa de las revueltas cristeras.

Y qué gran paradoja, va a ser en ese contexto de hecatombe cuando Juanillo (así le dicen entonces los próximos) encuentre su refugio: los libros.

Los cristeros llaman a la puerta a pedir de comer, saben que la casa custodia los objetos sagrados de la iglesia. Y los federales van con cuidado, pues la beata abuela María es la madre del coronel David Pérez Rulfo. El secreto está a salvo de ambos bandos: en un cuartucho se esconde la biblioteca del censor eclesiástico, con libros de todo tipo, alguno de los incluidos en el Índice, que Ireneo Monroy era un clérigo ilustrado. Juanillo no perdona título, lee con tanto ardor que la abuela piensa en la carrera eclesiástica para el muchacho.

Dura poco. La madre enferma. Y con el cese de la actividad guerrillera, inscriben a Juanillo y Francisco en el internado Luis Silva de Guadalajara, donde ya está matriculado el hermano mayor, Severiano. Así se lo contará décadas después a Elena Poniatowska:

Me mandaron con mis hermanos a Guadalajara a un orfanato, una especie de prisión horrible. De hecho, en ese tiempo los orfanatos eran como correccionales porque la gente rica de Guadalajara mandaba allí a sus hijos para castigarlos cuando se portaban mal, allí los archivaban.

[Elena Poniatowska, 2017]

Por si acaso se nos escapara, con la distancia, la dureza de los tiempos, reproduzco dos apuntes tomados de la biografía escrita por Nuria Amat Noguera:

La primera tarea matinal consiste en limpiar la cama y expurgarla de chinches. […] Cada alumno debe entregar un promedio de treinta chinches por mañana.

El otro:

El sábado es un día especial, porque comen lo que ellos llaman «el banquete». Son las sobras de la comida del Hotel Fénix de Guadalajara. Gracias a la obra de caridad del hotel, los alumnos internos pueden alimentarse de los desperdicios de la semana.

La muerte de María Vizcaíno, su madre, el 25 de noviembre de 1927, viene a colmar el vaso de las desgracias familiares, y parece amputar definitivamente la felicidad del corazón de un muchacho que tiene tan solo diez años.

Con esta precisión lo dibuja la mentada Nuria Amat:

Con todo, hay algo todavía más deprimente que la soledad, la falta de higiene, la escasa alimentación, la dura disciplina y la propia atmósfera de orfanato. […] Una noche, después de la cena, vienen a darle la noticia de la muerte «repentina» de la madre. Pero la mala noticia no termina aquí. Las voces mensajeras añaden a la terrible noticia que dan a los hermanos Rulfo la información de que para entonces su madre ya ha sido sepultada. Su cama es una tumba.

[Nuria Amat Noguera, 2003]

El duelo lo va a guardar Juanillo en el lúgubre ambiente del internado. Algunos biógrafos mantienen que por entonces comenzó a escribir cartas a su madre difunta. No extraña que, décadas más tarde y haciendo memoria, confesara: «de 1922 a 1930 solo conocí la muerte».

De aquel triste establecimiento educativo en el que permanece hasta los catorce años, le queda como legado la dureza de la disciplina propia de un sistema cuasi penitenciario y una propensión a padecer neurosis depresivas que nunca le abandonará. En palabras propias:

Lo único que aprendí allí fue a deprimirme. Era una tremenda disciplina, el sistema era carcelario. Esas fueron las épocas de mi vida en que me encontré más solo, y contraje un estado depresivo que todavía no se me puede curar.

[Roberto García Bonilla, 2014]

El mismo año que deja el internado [1932] se plantea el ingreso en «preparatoria» para la Universidad de Guadalajara, pero una huelga estudiantil de ¡dos años! descalabra sus planes. Entonces solicita plaza en el Seminario Conciliar de San José (Guadalajara), donde probablemente complete los dos cursos más fecundos de toda su formación.

A instancias de su tutor, David Pérez Rulfo, coronel en la Guardia Presidencial de Lázaro Cárdenas del Río, Juan se traslada a la capital. Es más, vive en la casa de su tío durante un tiempo, allí coincide con sus hermanos Francisco y Eva. Rogando a sus superiores, el coronel conseguirá un puesto en el Departamento de Migración de la Secretaría de Gobernación para su sobrino.

Suspende el examen de acceso a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México –al que se presenta más por presión familiar que por voluntad propia–, pero acude como oyente a clases de literatura. Se decepciona, tal vez porque llega confundido: él buscaba una escuela de escritura y se encuentra con historiadores y filólogos. Pero en la cafetería bulle la vanguardia literaria. Alterna con otros alumnos procedentes, como él, de Guadalajara y candidatos a escritores: Martínez, Chumacero, Durán…

De todas esas nuevas amistades, es trascendental la que entabla con el leonés (Guanajuato) Efrén Hernández Hernández, quien se convertirá en mentor y maestro: «Malo. Esto que está usted haciendo es muy malo. Pero, a ver, déjeme ver aquí unos detallitos».

Como burócrata no debió ser muy diligente, pero escondido entre los estantes de legajos, devora todas las crónicas de Indias que encuentra. Dicen los críticos que en Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, o en Historia general de las cosas de Nueva España, de fray Bernardino de Sahagún, encontró Rulfo la simiente de lo «real-maravilloso» que, con fortuna publicitaria, terminaría años después en el saco común del realismo mágico. Está consumido por el deseo de escribir y le importuna todo aquello que se lo impide.

En 1939 es operado de apendicitis en el sanatorio Ulises Valdés. Requiere unos meses de permiso para recuperarse de su estado de «conmoción y choque nerviosos». Durante ese tiempo, va a encerrarse en la casa de la abuela María para escribir una novela: «El hijo del desaliento». Tal vez por entonces se decida por Juan Rulfo como sello literario. Acaso medie la súplica de la abuela, que ve perder el apellido. O le complazca rememorar al antepasado cronista. (Entre sus papeles póstumos encontraron un certificado de nacimiento de dudosa autenticidad: Juan Rulfo, nacido el 16 de mayo de 1918 en Tuxcacuesco). Efrén Hernández lleva un capítulo de la novela a la revista Romance que dirige Juan Rejano Porras (miembro de la Generación del 27 y promotor de jóvenes escritores). No llega a publicarse. (Décadas después, Rulfo recupera el manuscrito y lo destruye, salvo unas pocas cuartillas: ‘Un pedazo de noche’).

Por 1941 consigue el traslado a la Oficina de Migración de Guadalajara; recomendación mediante de su tío David. Se instala de nuevo en la casa de la abuela María, allí le miman su madrina Lola y su hermana Eva. Y se entusiasma con el alpinismo, la fotografía y la hija del cónsul alemán.

El escaso trabajo de la Oficina le permite leer ávidamente: Cervantes, Goethe, Dostoievski, Tolstói, Hesse… Y ahora sí, Rulfo vive apasionadamente la bohemia de Guadalajara. Intima con Antonio Alatorre y Juan José Arreola, figuras transcendentales a lo largo de su vida. A tertulia diaria.

Un «don» Juan apuesto, aseado, vestido con elegancia, cortés y tímido en huida, le alarga una antología de poemas a una adolescente, Clarita. Era pieza codiciada por los señoritos tapatíos y, a decir de un amigo, «una real hembra». Hay caso; y se suceden los encuentros, las llamadas y las cartas: «Yo solo quiero ser el único enamorado de esa cosa que Dios puso mucho cuidado en hacer hermosa».

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Autor: Miguel Díez Rodríguez. Título: Juan Rulfo, una tragedia susurrada: Vida y obra. Editorial: Rimpego. Venta: Todos tus libros y Casa del Libro.

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