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Las rosas de Orwell, de Rebecca Solnit

Las rosas de Orwell, de Rebecca Solnit

Zenda adelanta las primeras páginas de Las rosas de Orwell (Lumen), de Rebecca Solnit, una reflexión sobre un jardinero apasionado que fue, además, la voz más importante del siglo XX frente a la mentira y el totalitarismo: George Orwell.

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El profeta y el erizo

La cabra Muriel (1939), de D. Collings. (Retrato de Orwell en Wallington).

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El día de los Muertos

En la primavera de 1936, un escritor plantó rosales. Yo lo sabía desde hacía más de tres décadas y nunca había reflexionado lo suficiente acerca de lo que eso significaba hasta un día de no­viembre de hace unos años, en que tendría que haber estado res­tableciéndome en mi casa de San Francisco por prescripción fa­cultativa, pero me encontraba en un tren de Londres a Cambridge para hablar con otro escritor sobre un libro mío. Era el 2 de noviembre, fecha en que se celebra el día de los Muertos en el lugar donde vivo. Mis vecinos habían erigido altares a los fallecidos el año anterior y los habían adornado con velas, comida, cempasú­chiles, fotografías de los difuntos y cartas dirigidas a ellos, y por la noche la gente saldría a pasear y abarrotaría las calles para presen­tar sus respetos a los altares levantados al aire libre y comer pan de muerto, algunas personas con la cara pintada de modo que se­mejara una calavera ornada con flores, en esa tradición mexicana que encuentra vida en la muerte y muerte en la vida. En muchas regiones católicas es un día dedicado a visitar los cementerios, limpiar las tumbas de los familiares y ponerles flores. Al igual que las versiones más antiguas de Halloween, se trata de una jornada en que los límites entre la vida y la muerte se vuelven porosos.

Sin embargo, yo me hallaba en un tren matinal que había salido de la estación londinense de King’s Cross en dirección al norte y contemplaba por la ventanilla cómo la densidad de la ca pital se disipaba para dar paso a edificios cada vez más bajos y más dispersos. Luego el tren avanzó entre tierras de labor con ovejas y vacas que pacían, trigales y grupos de árboles desnudos, campos hermosos incluso bajo el blanco cielo invernal. Tenía un encargo que cumplir, o quizá una misión. Buscaba árboles —tal vez un manzano de la variedad Cox’s Orange y otros frutales— para Sam Green, director de documentales y uno de mis mejores amigos. Llevábamos varios años hablando de árboles y, más que nada, enviándonos correos electrónicos sobre el tema. Ambos los amábamos y presentíamos que algún día él les dedicaría un do­cumental o que realizaríamos al alimón alguna obra artística so­bre ellos.

A Sam le habían proporcionado consuelo y alegría en el difí­cil año que siguió a la muerte de su hermano menor, en 2009, y creo que a ambos nos gustaba la sensación de tenaz continui­dad que simbolizan. Yo crecí en un ondulante paisaje california­ no salpicado de laureles, castaños de Indias y diversas especies de robles. Cuando regreso, todavía reconozco muchos ejemplares que vi de niña, pues han cambiado muy poco, en tanto que yo he cambiado mucho. En el otro extremo del condado se alzaba Muir Woods, el famoso bosque de las longevas secuoyas que se dejaron en pie cuando se taló el resto del área, árboles de unos sesenta metros de altura; en los días de niebla, la humedad del aire se condensa en sus agujas y cae al suelo en forma de gotas en una especie de lluvia estival que solo se produce bajo el dosel ar­bóreo y no a cielo abierto.

En mi juventud eran muy populares los cortes transversales de secuoya de tres metros de ancho o más, cuyos anillos de creci­miento anual servían de diagramas históricos, y en los museos y los parques se señalaban en esos enormes discos la llegada de Colón a las Américas, la firma de la Carta Magna de las Liber­tades y, en ocasiones, el nacimiento y la muerte de Jesucristo. La secuoya más longeva de Muir Woods tiene mil doscientos años, de modo que ya llevaba más de la mitad de su vida en la Tierra cuando los primeros europeos se presentaron en el lugar al que llamarían California. Un árbol plantado mañana que viviera tan­to tiempo seguiría en pie en el siglo XXXIII, y sería efímero com­parado con los Pinus aristata que crecen a unos cientos de kiló­metros al este, ya que estos pueden vivir cinco mil años. Los árboles nos invitan a reflexionar sobre el tiempo y a viajar por él tal como lo hacen ellos: quedándose quietos mientras se extien­den hacia fuera y hacia abajo.

Si «guerra» tiene un antónimo, quizá sea «jardines». La gente ha encontrado una clase determinada de paz en los bosques, las praderas, los parques y los jardines. El artista del surrealismo Man Ray huyó de Europa y de los nazis en 1940 y pasó en California los diez años siguientes. Durante la Segunda Guerra Mundial vi­sitó los bosques de velintonias, o secuoyas gigantes, de Sierra Ne­vada, y de esos árboles, que son más anchos que las secuoyas pero no tan altos, escribió: «Su silencio es más elocuente que el rugido de los torrentes y de las cataratas, más que la reverberación del trueno en el Gran Cañón, más que la explosión de una bomba, y está exento de amenaza. Las chismosas hojas de las secuoyas, a cien metros por encima de cualquier cabeza, están demasiado lejos para ser oídas. Recuerdo un paseo por los Jardines de Luxem­burgo en los primeros meses de la guerra, cuando me detuve bajo un viejo castaño que probablemente había sobrevivido a la Revo­lución francesa, aunque no era más que un pigmeo, y sentí que me gustaría transformarme en árbol hasta que volviera la paz».

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Autora: Rebecca Solnit. Traductora: Antonia Martín. Título: Las rosas de Orwell. Editorial: Lumen. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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