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Juego de espejos

Desde luego hay que ser muy inconsciente para sentarte ante el ordenador con el propósito de escribir una novela. Sobre todo porque aunque hayas estado devorando todos los libros que caían en tus manos desde que eras un crío, no has escrito nunca e incluso te has hecho el remolón cada vez que por tu trabajo tenías que redactar un informe.

Lo único que tenía claro cuando me puse a ello, hace unos años, es que bajo ningún concepto la novela trataría de hoteles (mi trabajo de siempre); demasiado obvio.

De todos los consejos que encontré explorando en Internet para escribir, me quedé con el más sensato: escribe de lo que sepas. Como saber, lo que se dice saber, no sé de casi nada, tuve que buscar como argumento para la novela una de mis pasiones, la música. E, iluso de mí, empecé a escribir una historia de amor. O eso pensaba, hasta que los personajes debieron olfatear mi bisoñez y se rebelaron, convirtiendo mi querido y edulcorado relato en una novela negra, a veces negrísima.

Cuatro meses después, perplejo, observé en el documento Word que llevaba escritas más de cien mil palabras y que, de algún modo, había que cerrar aquella historia. Con la sensación de que nadie iba a malgastar unas horas de su vida leyendo lo que había escrito, se lo di a leer, con más miedo que vergüenza y aprovechando que estábamos de vacaciones, a la que sabía que no podría negarse a hacerlo: Silvia, mi pareja. Jamás he pasado tanto miedo ni estado nunca tan pendiente de su rostro, tratando de averiguar qué le parecía, sin atreverme a preguntárselo. A los tres días cerró el manuscrito y mirándome con sorna, me dijo:

—No sé lo que pensarán los demás, pero a mí me has castigado sin mi sagrada siesta de las vacaciones; no podía dejar de leer.

"Aprendí mucho escribiendo esa primera novela. Sobre todo, lo que no tenía que hacer: enamorarme de los personajes, plasmar en exceso mis vivencias en la historia"

Aprendí mucho escribiendo esa primera novela. Sobre todo, lo que no tenía que hacer: enamorarme de los personajes, plasmar en exceso mis vivencias en la historia o creerme que era Dios solo porque podía cambiar el argumento y a sus protagonistas a mi antojo.

En la parte positiva, descubrí que la mejor manera de que el lector no adivine el final de la novela es empezar a escribir sin saber tampoco yo mismo cómo terminarla. Es por eso por lo que no utilizo ningún tipo de escaleta. Tengo claro el principio y una idea nebulosa de la historia. Y esta, si la dejas, va fluyendo sola. Sobre todo si antes de empezar a escribirla ya has diseñado en tu cabeza el escenario, quizá lo más difícil de crear para mí.

Mi rutina de trabajo es escribir por la mañana, corregir por la tarde… y pasar el resto del día inmerso en la novela, no físicamente delante de la pantalla, sino pensando en ella. O de la noche. Suele pasar que a las tres de la madrugada te despiertes con una idea nueva y salgas disparado de la cama al ordenador para evitar que el sueño te la robe.

Dos años y dos novelas después empecé a escribir Cava dos fosas, sin duda el libro que más he disfrutado escribiendo, tal vez porque tenía una cuenta pendiente con mi protagonista, el comisario Javier Gallardo: explicarme a mí mismo de dónde había salido.

Cava dos fosas es una historia de venganza que consta de dos líneas temporales: años ochenta y actualidad. Los personajes son prácticamente los mismos en las dos épocas pero, para que el lector no se pierda en el relato (una de mis obsesiones), he utilizado dos tiempos verbales y al principio de cada capítulo intento dar alguna pista de la época en la que este transcurre.

La etapa “ochentera” habla de los duros años de la Transición y de la Movida Madrileña, en tanto que en la época actual he querido reflejar los cambios que ha experimentado la sociedad en estos treinta años.

Capítulo a capítulo, los personajes, como si de un juego de espejos se tratase, van advirtiendo estos cambios y haciendo partícipe de ellos al lector.

"Me permito contaros una máxima que he tenido siempre muy presente al escribir: pensar en el lector"

Veremos, de su mano, el enorme cambio de métodos, ideas, modos y maneras que han experimentado las fuerzas policiales en estos treinta años y cómo hemos dejado atrás (o no tanto como creíamos) las ideas totalitarias que abundaban entre sus filas en los ochenta. También cuánto hemos avanzado en materia de derechos LGTBI pero, sobre todo, y a través de mi personaje favorito, Carmen, cómo gracias a luchadoras como ella hoy la igualdad real y no solo legal de la mujer está bastante más cerca que entonces.

En Cava dos fosas intento también, por último, expresar que nada está consolidado para siempre, y que los errores que cometimos hace años con los demás todavía hoy pueden volverse contra nosotros y contra nuestras conciencias. Al fin y al cabo, los delitos prescriben, pero no los sentimientos que estos levantan: la culpa, el odio, el rencor… Somos humanos y siempre tenemos miedo al pasado.

En todo este proceso nunca estás solo. Además de Silvia, me ha acompañado mucha más gente. Me gustaría mencionar a la escritora y editora Mercedes Castro. Trabajar con ella en esta novela ha resultado muy importante para el resultado final. Gracias a ella y al magnífico escritor Enrique Llamas tuve la enorme fortuna de que Gregori Dolz Kerrigan (Alrevés Editorial) leyera la novela y le gustara lo suficiente como para apostar por ella. También quiero destacar a mis amigos y colaboradores Lola Bonilla, gerente de AIC, y Jorge Segado, fundador y editor de Estandarte.com.

Finalmente, me permito contaros una máxima que he tenido siempre muy presente al escribir: pensar en el lector, al igual que he hecho con mis clientes durante mi trayectoria como hotelero. Si consigo adelantarme a sus deseos, ya habré recorrido la mitad del camino.

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Autor: Félix García Hernán. Título: Cava dos fosas. Editorial: Alrevés. Venta: Amazon

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