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Gavieros, esclavos y arponeros

Viñeta de Justin Hiriart

Nunca viajaré a Dahomey. Tampoco ninguno de ustedes lo hará. Los más veteranos quizá hayan conocido la transitoria República de Dahomey antes de que fuera renombrada como Benín. Pero nadie de nosotros puede decir –salvo que alguno de los lectores lleve, como el errabundo Melmoth, más tiempo en el mundo del que conviene disfrutar– que ha viajado ni viajará jamás al reino del mismo nombre, porque desapareció en 1904. Allí, en las noches de fiebre y sudor sonaban los tambores que anunciaban la hora de la serpiente. Allí, la religión local –el vudú original– no prometía la vida en el más allá, pero podía recetarle al vecino una muerte nada recomendable en el más acá. Dahomey fue, durante los siglos XVII y XVIII, uno de los lugares de la costa negra africana que abastecieron a los europeos con la “madera de ébano”.

En las marismas de Ouidah, los franceses llenaban sus goletas y fragatas con esclavos vendidos por los propios dahomeyanos. A quien osara desafiar al rey Kpengla podía esperarle una muerte que no le desearíamos ni al más corrupto de los políticos actuales: ser enterrado hasta el cuello y devorado vivo por hormigas. Nota al margen: no hay noticia de comisiones, aforamientos ni testaferros en el reino de Kpengla… por algo sería. Los aliados del monarca solían ser hombres que abandonaron sus principios en algún burdel de Marsella. A ellos les reservaba el beneficio pingüe del comercio de negros. Millones de vencidos en guerras hoy olvidadas con reinos rivales acabaron al otro lado del Atlántico o, a menudo, en el fondo de éste, contribuyendo a las catedrales de coral que Derek Walcott  estableció como las verdaderas enciclopedias del Caribe. La palabra “escrúpulo” debió de surgir en otro momento y en otro rincón del mundo.

Nunca viajé a Dahomey, no. Pero en cierto modo he estado allí, acompañando a Isabel de Marnaye, la desinhibida protagonista de “Los pasajeros del viento”. En ella se dan cita los atributos de todo aventurero y heroína contemporáneos: tiene algo del arrojo y la inteligencia de un Indiana Jones, precede en coraje y capacidad para valerse por sí misma a cualquier Lara Croft –no apuesten contra ella fusil en mano– y su vida plagada de aventuras nada envidia a la de Corto Maltés. Como a la Freya de Conrad, no le faltan belleza y carácter, pero Isa arrastra más de siete islas en su currículo. Quiere el autor que, donde otros habrían encontrado un pasado jalonado de motivos para ceder al odio, la joven viajera sea compasiva e idealista.

Justin Hiriart, viñetaImportante: Isabel se desviste con la misma presteza con que su lengua libérrima se rebela contra la opresión. Su cuerpo compacto y prometedor es otra arma que emplea con facilidad. La pulsión sexual de Isabel es un imán recurrente en el cómic. No olvidemos que hablamos de un género popular: lo erótico ha convivido con lo épico a lo largo de la breve historia de las viñetas. Cualquier tomo de grapas de Marvel o DC desde los años 50 hasta hoy apunta a las hormonas adolescentes de sus lectores con heroínas y villanas embutidas en cinturones anchos y un erotismo apenas camuflado con el que algún puritano aún hoy se habrá de mesar la estulticia. Bourgeon no inventa nada. Sexo y aventura navegan juntos. Modesty Blaise, Barbarella, Seraphina… Apenas transcurridas unas páginas del primer tomo, Isabel de Marnaye  ya ha consumido sin miramientos a un joven gaviero bretón, Hoël, que será su florero el resto de la serie, para envidia de toda lectora, supongo, y de más de un lector. Sigue Isa los pasos de las  primeras heroínas sexuadas en un medio que hasta entonces sólo acogía maniquíes. Isabel es el tío más macho de los mares y, a la par, una promesa de noches caribeñas agazapada bajo calzones de grumete.

Maravilloso mundo, el cómic. Nos permite llegar tan lejos como queramos y convertir a sus protagonistas en todo aquello que soñamos ser y nunca seremos. O al menos, acompañarles. Igual que la literatura pero con el poder sintetizador y cautivador de la imagen. Si ante “La balsa de la medusa” nos conmovemos imaginándonos la historia de su tragedia, ¿por qué no vibrar cuando las olas zarandean al “Marie-Caroline” y su cabrestante descontrolado se convierte en un arma mortífera? Hay mil maneras de morir en el mar. A bordo del “Foudroyant”, la parca viaja en un cañón sin freno en cubierta, en una andanada disparada por el inglés, en un castigo ejemplar, el gran paseo por la quilla… Novelón de aventuras marítimas que arranca en 1780, los primeros tomos de la saga de Bourgeon conquistarán a los entusiastas de Patrick O’Brian. Los siguientes, con sus protagonistas ya en África, a los lectores de Conrad.

Bourgeon (París, 1945) y sus aventuras encuentran sitio en este primer viaje de Zenda porque la editorial Astiberri ha apostado por la edición integral en España de Los pasajeros del viento, saga nacida por entregas en una revista entre 1979 y 1984, y acaba de publicar la continuación/conclusión de la serie: La niña Bois-Caïman, que Bourgeon acometió veinticinco años después. En su origen fueron dos tomos, editados en España en 2009 y 2010 por la ya desaparecida editorial 12Bis. Ahora han sido reunidos por Astiberri en uno solo. Un acierto, por lo que la historia tiene de cuerpo narrativo único. Ya antes, con la “integral” de “Los pasajeros del viento”, había realizado una operación similar: unir los cinco primeros volúmenes en uno.

La muerte de Umberto Eco hace apenas un mes se llevó no sólo a un novelista y semiólogo cuyos conocimientos y prosa iluminaron a millones de lectores, sino también al hombre que probablemente mejor ha defendido desde el terreno de la alta cultura el mundo del tebeo. Y no tratando de equipararlo con otras artes, sino asumiéndolo como lo que es: un entretenimiento popular sin complejos pero legítimo y digno. Los complejos los ha aportado tradicionalmente el lector. O mejor dicho, el no lector. No conozco a casi nadie que, una vez vencida esa barrera intangible que asocia las viñetas a la banalidad y la inmadurez, no se quede a habitar durante años en sus territorios.

Ignoro si Eco leyó a François Bourgeon –intuyo que es muy probable, dada su afición al cómic y sus continuas referencias a Salgari y otros autores de novelas de aventuras–, pero imagino que le habrían gustado su rigor histórico, el impulso indómito que alienta a sus personajes y lo exótico de sus viajes. Su obra se eleva por encima de la producción de masas.

Bourgeon pertenece a la escuela de Pratt, que todo documentaba y afilaba antes de sentarse a dibujar, aunque sus lenguajes gráficos difieran. El del veneciano gustaba de un trazo más ligero, despreocupado. El francés busca una precisión cinematográfica que disgusta a algunos críticos. Quien firma disfruta del conjunto: historia y dibujo llegan a buen puerto juntos.

Leer a Bourgeon y sentir una inclinación a irse a navegar un poco por ahí a ver la parte acuática del mundo es todo uno. Meticuloso, ha fatigado enciclopedias en su empeño descriptivo. Su lápiz, exacto y vivo, nos hace viajar. Quizá, por qué no, a Dahomey, para poder incurrir en imposibles. Quizá a Luisiana.

Los dos tomos de La niña Bois-Caïman suponen un salto cronológico respecto a “Los pasajeros del viento”: Bourgeon avanza ochenta años y nos lleva a las plantaciones de esclavos sureñas en plena Guerra de Secesión norteamericana. Seguimos a Marnaye, pero no ya a Isabel, sino a su biznieta, Zabo. De tal palo… La joven sabe empuñar un revólver de avancarga y necesita poca ayuda entre los bayous plagados de indios y desertores. En una vieja plantación donde no llegan los cañonazos ni la civilización, se encontrará con su casi centenaria bisabuela, momento en que el autor retoma la historia de Isa para recordarnos que estamos ante un hermoso volumen perdido y apócrifo de los anales de la historia de Occidente. Bourgeon nos ha llevado de la Guerra de los Siete Años al esplendor del sur francófono, con sus haciendas heridas por la melancolía de los domingos y las atrocidades de los capataces. Y de ahí a la guerra que acabó con todo un modo de vida y forjó un país, un imperio y un nuevo orden mundial.

Pasamos página. Decimos adiós a Isabel de Marnaye y lamentamos que se acaben sus aventuras, que su vida tenga que terminar, aunque sea una criatura inventada. Y, sobre todo, que ya apenas se hagan historias como ésta. ¿O sí?

Ojeemos El viaje de Esteban (Norma Editorial). Segundo tomo de las aventuras de un joven aspirante a ballenero a comienzos del siglo XX. El dibujo de Matthieu Bonhomme habita otros paisajes. Busca el trazo esa liviandad tan de moda que alimenta obras interesantes pero con indisimulada vocación juvenil. Bonhomme nos lleva por el Ártico en otro de esos viajes en los que las amistades se sellan en hechos más que palabras y los niños se convierten en hombres, pero elige a un jovencísimo protagonista y reparte espuma de humor con cada ola. Es otro estilo: el que impera cada vez más en los océanos del cómic. Aventuras para disfrutar de otra manera.

Otra historia de balleneros es Justin Hiriart, aunque tiene más en común con Los pasajeros del viento que con Esteban. Casi puede olerse el salitre al pasar sus páginas. Como con los tomos de Bourgeon, estamos ante un proyecto grande, ambicioso, un viaje con sabor a película de Errol Flynn y vapores melvillianos, embarcados junto al capitán del título en una máquina del tiempo llamada lectura. Astilleros, puertos y galernas. Es el universo de estos balleneros de San Juan de Luz de comienzos del siglo XVII que se ganan la vida en las costas de Norteamérica sorteando como pueden al inglés y al indio. Hace unos meses, las hermosas páginas de Gregorio Muro Harriet y Francisco Fructuoso, que habían visto la luz en el mercado francés originalmente, fueron reunidas en un tomo único por Harriet Ediciones, editorial que acaba de poner en marcha el propio guionista vasco. Merece la pena retomarlas, porque hay material nunca antes publicado en español y por su sabor a clásico.

El poniente se ha calmado. Cerramos nuestra lectura. “El gran sudario del mar siguió meciéndose como se mecía hace cinco mil años”. Miramos desde una playa, a salvo de las olas, al mar. Hemos viajado y estamos vivos. Hasta la próxima anotación en el cuaderno de bitácora.

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Título: La niña Bois-Caïmán. Los pasajeros del viento, de François Bourgeon. Editorial: Astiberri. 160 páginas. 28 euros.

Título: Justin Hiriart (Edición integral), de F. Fructuoso y G. Muro Harriet. Editorial: Harriet Ediciones. 248 páginas. 39 euros.

Título: Esteban  (Edición integral 2), de Matthieu Bonhomme. Editorial: Norma Editorial. 164 páginas. 24,50 euros.