Frente al castillo de Bulbuente, el amanecer baña con suavidad sobre la piedra sillar. La luz dibuja las líneas limpias de una furgoneta eléctrica y, por un instante, parece que dos tiempos distintos se miran frente a frente. El pasado, suspendido en los muros del castillo; el futuro, listo para ponerse en marcha sobre cuatro ruedas silenciosas.
Veinte mil kilómetros, equivalentes a cruzar España de norte a sur dieciocho veces.
Una silueta invisible que, sobre el mapa, dibuja una especie de grabado.
Habrá presentaciones, encuentros, librerías, bibliotecas, ferias del libro. Pero también hoteles, carreteras secundarias que se pierden entre campos que empiezan a despertar, almendros en flor y montañas que todavía guardan la nieve del invierno. Una España infinita, cambiante, llena de matices.
Soy Luis Zueco. El juicio (Ediciones B) es mi nueva novela y, a partir de ahora, este viaje será también un relato. Cada semana, una etapa. Cada etapa, una historia.
Pero lo verdaderamente importante no es el número de kilómetros, ni siquiera el de ciudades. Lo importante es que será un viaje en familia. Elena y Martina, mi mujer y mi hija, vendrán conmigo. No es solo una gira de promoción: es un camino compartido, una forma de mezclar la literatura con la vida, la ficción con las experiencias reales.
Durante meses he vivido en el Madrid de Goya. He caminado por sus calles embarradas, he escuchado rumores de palacio, he sentido el peso de la Inquisición como una sombra constante. He imaginado denuncias anónimas, declaraciones susurradas, puertas que se cierran con un crujido seco. También he escuchado música en el Palacio Real, he asistido a tertulias ilustradas en la residencia de los duques de Osuna y he contemplado los retratos de la duquesa de Alba.
He vivido allí tanto tiempo que ahora, al salir a la carretera, siento que no abandono ese mundo, sino que lo llevo conmigo.
Los escritores somos criaturas extrañas. Pasamos meses encerrados, hablando con personajes que solo existen en nuestra cabeza. Habitamos ciudades desaparecidas, escuchamos voces de otros siglos, vivimos vidas que no son nuestras. Y sin embargo, cuando el libro se publica, salimos a la calle, nos volvemos sociables, conversamos con lectores, periodistas, libreros. Cambiamos el silencio por las palabras compartidas.
Goya también conocía esa doble vida. Por la mañana retrataba a la corte; por la noche, en soledad, dibujaba lo que le inquietaba. Vivió tiempos convulsos, llenos de guerras, intrigas y supersticiones. Fue celebrado y sospechoso. Y en esa tensión, entre la luz y la sombra, se mueve también mi novela.
Este viaje tenía que hacerse por carretera. Goya amaba la libertad, y hay algo profundamente libre en elegir el camino a cada curva, en dejar que el paisaje decida el ritmo del día.
La primera parada será Huesca. Queremos que las cumbres nevadas de los Pirineos nos den su bendición. Después llegará en la misma semana Zaragoza, mi ciudad, en un descenso natural por el valle del Ebro, como los viajeros de otros siglos. Luego Castilla: la meseta abierta, el Duero lento, Salamanca y su plaza dorada, los castillos que vigilan los viñedos, las murallas de Ávila. El día 23 de febrero entraremos en Madrid, hasta su mismo centro, la Gran Vía. El 26 alcanzaremos el Mediterráneo en Valencia. Y esto solo es el principio del viaje.
En cada ciudad, una librería.
Y en cada librería, una conversación.
La furgoneta eléctrica es también una metáfora. Una reinterpretación moderna de un icono antiguo. Tradición y futuro compartiendo chasis, como la novela histórica: contar el pasado con las herramientas del presente. En la carrocería se ve la portada de mi novela, la imagen de esta aventura. Pero lo importante sucede dentro.
Conversaciones familiares en kilómetros interminables, juegos y canciones improvisadas. Risas cansadas al final del día. Las preguntas inevitables de Martina:
—¿Cuándo paramos?
—¿Cómo se llama esta ciudad?
Cinco meses dan para muchas historias. Para descubrir que cada plaza tiene su propia luz. Que el norte huele distinto al sur. Que el levante se abre como un abanico y que Castilla respira ancho, como si no tuviera fin.
España sigue siendo un territorio literario inagotable.
Durante siglos se vigiló el pensamiento. Hoy los libros viajan sin cadenas de ciudad en ciudad. Donde antes hubo censura, ahora hay diálogo. Donde hubo sospecha, hay lectores que preguntan, que discuten, que interpretan.
En cierto modo, cada presentación será también un pequeño juicio. El lector juzga al autor. El autor se expone. Se habla del pasado para entender el presente. Se dialoga sobre Francisco de Goya, sobre la trama, sobre los personajes.
Es mi novela más personal y ambiciosa. Por eso he querido llevarla yo mismo, de mano en mano, de ciudad en ciudad. He imaginado muchas veces el mapa extendido sobre una mesa: sesenta y cinco puntos marcados como si fueran las huellas de un grabado. Sé que habrá días largos, carreteras interminables, cansancio acumulado. Pero también emoción. Y por eso quería hacerlo en familia. Porque los escritores pasamos demasiado tiempo alejados de quienes queremos.
Quizá dentro de unos meses, cuando todo termine, el verdadero libro sea este viaje. Porque la literatura no acaba cuando se imprime. Empieza cuando se comparte.
A partir de esta semana, este será también un cuaderno de ruta. Cada siete días relataré lo vivido: las ciudades, las historias, los encuentros. Habrá fotografías frente a catedrales, junto al mar, bajo cielos de tormenta o en calles estrechas de cascos antiguos.
Pero, sobre todo, habrá palabras.
Palabras que acompañen la carretera.
Palabras que conviertan los kilómetros en relato.
Palabras que mantengan vivo el libro más allá de sus páginas.
Porque si algo nos enseñó mi admirado Goya es que el arte no puede encerrarse. Ni en un estudio. Ni en un tribunal. Ni en una época.
Dentro de unas horas pulsaré el botón de arranque. No habrá ruido de motor, solo un leve zumbido eléctrico. La furgoneta se pondrá en marcha y dejaremos atrás el kilómetro cero.
Comenzará la ruta. Comenzará el viaje.
Y será como si la historia que he escrito echara a rodar sobre ruedas.
Siempre digo que mis novelas son de aventuras. Pues bien: hoy empieza otra.
La hemos llamado Zuecotour.
¡Espero que nos acompañen!
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Fechas de febrero: 12 en Huesca, 16 en Zaragoza, 17 en Salamanca, 18 en Valladolid, 19 en Ávila, 23 en Madrid y 26 en Valencia. Nos vemos en las librerías.



A veces leo algo y lo reconozco, con una mezcla de sorpresa y alivio, que eso mismo lo había pensado yo antes, sin haberlo escrito, sin haberlo dicho, apenas como un rumor dentro de mi cabeza. Me ha pasado con la idea de que los escritores pasamos meses encerrados hablando con personajes que solo existen y luego salimos a la calle, nos volvemos sociables, cambiamos el silencio por las palabras compartidas. Es muy cierto.
Y también lo es que cada cual sale como puede, con los medios que tiene, con el tiempo que la vida le deja. Unos en furgoneta eléctrica, otros en tren, otros en avión, otros con una mochila y la esperanza de que alguien los espere en alguna librería. Lo importante, a mi modo de ver, no es el vehículo, sino lo que se lleva dentro.
La imagen de la familia viajando junta durante cinco meses, recorriendo sesenta y cinco ciudades, tiene algo bastante entrañable, sí. Esa mezcla de literatura y vida, de carretera y conversaciones, de risas al final del día, es de las cosas que luego se recuerdan siempre. La literatura también se hace en silencio, a solas, sin más testigos que el folio en blanco. Y cuando sale de ahí, cuando se publica y se comparte, cada autor/a elige cómo acompañarla. Unos viajan, otros no. Unos hablan, otros prefieren que hablen sus libros. No hay una manera mejor, solo distintas formas de entender lo que significa haber escrito algo.
Lo del paralelismo con Goya está bien traído, sobre todo esa doble vida entre el encargo y la libertad. Aunque Goya, en su tiempo, no necesitaba hacer giras para que su obra llegara a quienes tenía que llegar, se limitaba a pintar. Luego, con los años, los cuadros viajaban solos, o los llevaban otros, o se quedaban donde estaban y la gente iba a verlos. Eran otros tiempos, claro. Pero también era otra forma de entender la relación entre el artista y su público, menos ruidosa, más paciente. No quiere decir que sea mejor, solo distinta. Y a veces, leyendo ciertas crónicas de giras interminables, una piensa si no habrá algo que hayamos perdido por el camino.
El viaje promete y las ciudades que menciona merecen todas una visita. Ojalá los lectores respondan. Y si no, siempre quedará el libro, que es lo único que, al final, viaja de verdad.
Qué decir: buen y envidiado viaje