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La agente literaria, obra teatral en un acto de Sergio Vila-Sanjuán

La agente literaria, obra teatral en un acto de Sergio Vila-Sanjuán

Fotos: Fundación Romea

Una agente literaria joven y ambiciosa visita a una colega vieja y muy poderosa con una propuesta. El encuentro suscita cuestiones relevantes, del mundo literario y de la condición humana: ¿por qué ciertas personas con poder pueden ser al mismo tiempo muy seductoras y muy despóticas? ¿Qué hay de cultural y qué de comercial en los libros de éxito? ¿Qué precio tiene un premio Nobel? ¿Cuánta vida personal estamos dispuestos a sacrificar por el éxito profesional? Una mirada emotiva, con elementos de comedia, a una profesión tan influyente como poco conocida.

La obra teatral de Sergio Vila-Sanjuán La agente literaria se presentó en Barcelona, en una lectura dramatizada en el Teatro Romea, el pasado 8 de abril. Bajo la dirección de Manuel Dueso, la interpretaron Mercè Sampietro (María), Montse Germán (Victoria), Francesca Piñón (Baronesa) y Armand Guillén (Héctor), producida por la Fundació Romea.

Ofrecemos en Zenda el arranque de esta propuesta escénica centrada en el mundo editorial y literario. 

Mercè Sampietro y Montse Germán

Estamos en el lujoso despacho barcelonés de María Sandoval en la agencia literaria que lleva su nombre. Una mesa de trabajo, otra mesa baja de cristal con flores en el centro, un sofá y una butaca. Todo de óptima calidad. Estanterías llenas de libros. Varios pilares de libros en el suelo. En la pared, un gran retrato de María con el célebre escritor chileno, premio Nobel, Tomás Trenor. Al lado, a tamaño bastante menor, varias fotos de ella con algunos de sus autores y autoras en distintas situaciones: la presentación de un libro, una ceremonia oficial,  una comida en el campo, brindando en una fiesta, con dignatarios de influencia mundial…

Cuando arranca la acción, María Sandoval se mueve nerviosamente  por el centro de la escena. Es una mujer que ya ha superado largamente los setenta años, delgada; viste de forma austera, con un vestido oscuro. Muy seria y angulosa, irradia autoridad.

Con su teléfono móvil, marca una tecla de pulsación rápida.

 

MARÍA.- ¿Han llegado los tulipanes al hotel?

…..

MARÍA. No, no, ¡no! Dije que tenían que estar a mediodía,  no a las seis de la tarde. Tomás está a punto de aterrizar en Madrid y descansará un rato en el hotel antes de que le reciba el presidente del Gobierno. Al llegar a la suite ha de encontrar los tulipanes, ya sabes lo supersticioso que es. Dos docenas. Venga, espabilemos, no es tan complicado.

…….

MARÍA. Sí, claro, la limousine es la de siempre. Héctor, querido, ¡por supuesto que la de siempre! ¡No me hagas estas preguntas! ¡Evítame las obviedades! Recuérdale al chófer que no pase de cincuenta por hora, Tomás no soporta la velocidad. Y confirma que lleve en la nevera algunas botellas de agua con limón. Por si tiene sed, los viajes trasatlánticos cada vez los soporta peor.

…..

MARÍA. ¿Otra vez lo tengo que repetir? El chófer ha de esperarle con el cartel de la Agencia Literaria María Sandoval, que no se le ocurra poner el nombre de Tomás Trenor, no quiere que le reconozcan cuando sale de un vuelo de trece horas. ¡Es un premio Nobel de Literatura, demonios! ¿Todo lo tengo que explicar al detalle?

…..

María cuelga. Meditabunda, coje distraídamente un manuscrito de su mesa de despacho y lo ojea.

MARÍA. (Monologa ante el móvil, en el que graba sus reflexiones). Nueva novela de Luisa Vigari. Interesante el arranque pero pincha a partir del capítulo noveno. Exceso de sentimentalismo, ha de pulir el personaje masculino, le ha quedado demasiado melifluo. Sobra tanta descripción de París, todos conocemos la ciudad. ¡No seamos tan tópicos! Que se centre en los ambientes más originales y desconocidos. ¡Ah! Y por favor, no más de dos páginas seguidas sin un punto y aparte.

Apaga la grabadora y sigue hablando para sí misma.

MARÍA. Esta chica tiene talento y buena prosa. Haremos de ella una escritora. Pero le falta vivir, claro. ¡Sin una vida intensa no hay buena literatura! ¡Los jóvenes de hoy parecen haberlo olvidado! ¡Creen que pueden escribir solo a partir de los libros que han leído!

Suena su móvil.

MARÍA. Sí, Héctor, dime. ¿Está ya Tomás en Madrid? ¿Aún no? ¿Cómo? ¿Qué ha llegado quien?

María hace una pausa, su expresión oscila entre el disgusto y el puro sentimiento de agobio.

MARÍA. Sí, claro, habíamos quedado, por supuesto que la recordaba.

….

MARÍA. De acuerdo, hazla pasar.

Sin modificar su cara de malas pulgas vuelve a accionar el botón de grabación de su móvil.

MARÍA. Recordarle a la autora que los coches británicos llevan el volante a la derecha, y por tanto el conductor, en la escena del accidente debe ir sentado a ese lado. (Enérgica) ¡A ver si nos fijamos en los detalles! ¡Los benditos detalles! ¡En ellos está el alma de la buena narrativa!

Entra en el despacho Victoria Borrell. Se trata de una mujer en su espléndida cuarentena, guapa, sofisticada, con gafas de diseño y ropa de marca. Lo que en María es intensidad y tono brusco, en Victoria es aparente suavidad y maneras sinuosas. 

VICTORIA. María, querida, ¡estás estupenda!

MARÍA. ¡Estupenda del todo! Los dolores en las piernas me tienen frita y cada vez me cuesta más caminar. Artritis, flebitis… ¡solo me falta la hepatitis!. Ya ves, incluso me he hecho un atril especial para leer.

VICTORIA. (Con sutil sarcasmo). Ah, ¿pero ahora lees?

MARÍA. (Cortante). Ya supongo que tú has dejado de hacerlo, pero para una agente literaria solía ser una costumbre útil.

VICTORIA. Me refería a tu aspecto, tan lozano, tan … enérgico.

MARÍA. No me des jabón. La verdad es que estoy fatal. Me noto vieja y cansada. Cada día me pregunto que estoy haciendo yo, a mi edad, en este negocio.

VICTORIA. (Desconcertada). Caramba, me extraña que digas eso… Pero  este estado de ánimo que expresas da más sentido aún al motivo de mi visita. Lo que quería decirte…

MARÍA. (Interrumpiéndola). Perdona un momento. (Coge el teléfono). Héctor, ¿qué sabemos de Tomás? ¿Cómo? ¿Retraso en el vuelo? ¡Imposible! ¿No volaba con KLA? ¿No cogimos ese billete precisamente porque los alemanes nunca se retrasan? Dile al chófer que nos vaya informando al momento, quiero hablar con Tomás en cuanto llegue al aeropuerto de Madrid. La cita con el presidente del Gobierno se ha fijado a primera hora de la tarde, ya le avisé que esta combinación era demasiado justa.

Cuelga airada.

MARÍA. ¿Es que no hay forma de hacer las cosas bien en este mundo traidor? ¿Dónde estábamos?

VICTORIA. Me decías que te notabas cansada. Pero ya veo que sigues como un Panzer.

MARÍA. No, Victoria, la verdad es que no puedo más. (La voz le tiembla). Ven, acércate, hace tiempo que no nos veíamos. Dame la mano. (Victoria, dubitativa, le acerca la mano derecha, que María estrecha con las dos suyas). Representa mucho estrés el tener a tantas personas pendientes de mí. ¡Y los gastos que soporto! ¿Tú sabes lo que me cuestan al mes estas oficinas?

VICTORIA. Lo imagino, lo imagino, y precisamente por eso…

Suenan, a lo lejos, unas campanadas 

Héctor y la baronesa

VICTORIA. ¿Qué es eso?

MARÍA (quitando importancia). Nada, nada, no te preocupes.

VICTORIA. ¿Campanas?

MARÍA. (Le corta). Te hablaba de mis gastos. Y además, cada vez controlo menos mis sentimientos. Al pobre Héctor, ya lo ves, le pego unas broncas de cuidado. Y eso que es un cielo filtrándome el teléfono.

VICTORIA. Bueno, María, en eso no has cambiado.

MARÍA. (Irguiendo nerviosa la cabeza). ¿Qué quieres decir?

VICTORIA. (Sonriente). Cuando yo trabajaba aquí las broncas iban y venían a pleno pulmón. Las paredes temblaban. Eso ha sido siempre un sello de la casa.

MARÍA. (Recuperada de su momento de debilidad y ya fuerte y agresiva de nuevo. Gélida, muy seria). Te equivocas. En esta agencia literaria las broncas no van y vienen (señala con retintín). Se efectúa el trabajo con la mayor profesionalidad y excelencia. ¿O es que no lo recuerdas? Y cuando alguien hace algo por debajo de lo exigible, de forma chapucera, entonces le abronco, ¡por supuesto que le abronco! ¿O es que tú, ahora que también diriges tu propia agencia, la Agencia Victoria Borrell, no tienes que ponerte seria cada dos por tres?

VICTORIA. Sí, claro, María.

MARÍA. ¿Eso es lo que recuerdas de mí? ¿Qué pegaba broncas?

VICTORIA. En realidad yo…

MARÍA. ¿Qué maltrataba a mis empleados, tal vez?

VICTORIA. Nos maltratabas, nos seducías… y también nos halagabas y mimabas. Dependía del día, del horóscopo que habías leído, de la negociación en marcha, de la última conversación que habías tenido…  Entre nosotros había una competencia feroz para conseguir tu aprobado. Eras como una gran madre feroz, cálida y todopoderosa. Amorosa y temible.

MARÍA. ¿Y la formación que os he dado? ¿Y las oportunidades?

VICTORIA. No hay más que verme.

MARÍA. (Enfática y dramática). En esta vida he hecho un tremendo esfuerzo para dignificar la profesión y apoyar a los autores, estimular la buena literatura, abrir caminos para las mujeres en todos los campos del negocio del libro, y sin embargo… (Una pausa y un suspiro). No me siento nada reconocida.

VICTORIA. (Irónica). María, por favor, pero si tú eres LA referencia…

MARÍA. No me interrumpas. (Con la voz emocionada). Estoy al final de mi trayectoria y hay mucha gente que quisiera verme caer. ¡Muchísima! Pero nadie entiende que mi batalla no ha sido por el poder ni por el dinero, sino por la cultura. (Vuelve a coger la mano de Victoria). También sé que muchos editores me odian por los millones que que les he obligado a poner sobre la mesa, ¡pero siempre, siempre, siempre en beneficio de los autores! Por eso para mí es importante que la gente de dentro del negocio, como tú, entendáis mis motivaciones. (Hay lágrimas en sus ojos). Victoria querida, a pesar de las diferencias que ha habido entre nosotras, tú opinión es de las que más me importan, quiero que tengas una buena imagen de mí… ¡¡¡Y que sepas transmitirla!!!

El autor con los intérpretes

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