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La autora, de Esther Bendahan

Esta novela, a través de la investigación de un fraude sobre derechos de autor, indaga en el arte y los artistas frente a la creación. El lugar donde transcurre, Bilbao, permite interrogarse sobre el silencio y la indiferencia frente a la política y el terrorismo.

Zenda adelanta un fragmento de La autora, de Esther Bendahan.

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I

EN EL PRINCIPIO

CARTA

Por razones legales he tenido que ir alterando en sucesivas lecturas nombres y hechos narra dos en este libro.  

Janówella Izabella Podlaski, la protagonista del relato, y yo decidimos no continuar con el reportaje por motivos diferentes. Ella creyó que mi texto desviaba la atención de lo que consideraba esencial: el pleito por los derechos de autor de su obra y la trama ilegal y corrupta que se descubrió al indagar en su caso. Yo simplemente lo dejé por lealtad al compromiso con ella. Con el tiempo descubrí que mi responsabilidad era con algo así como la verdad o simplemente con el texto.  

El caso de Janówella Izabella Podlaski me interesó al inicio por su singularidad, era un modo de hablar de procesos complejos de la legalidad actual, además, porque descubrí la profunda reflexión silenciosa de su obra. Cuando me habló del pleito en el que se había visto envuelta y me sugirió seguirlo, confieso que la idea me obsesionó como si se tratara de la materialización expresiva de su arte. Pero al descubrir que algo aparentemente sencillo ocultaba una trama ilegal en la que estaban implicados importantes políticos me vi de repente envuelta por la curiosidad, en el umbral de la pregunta que da comienzo a una obra, a una novela o a un reportaje. Y a pesar del peligroso descubrimiento que podría desenmascarar el fraude, seguí indagando gracias a la voluntad insobornable de la artista y continué a pesar de su abandono posterior. El lugar donde se desarrollaron los hechos, la ciudad de Bilbao, y todo lo que ese lugar ha supuesto y supone para nuestra historia reciente fue la clave. 

Escuché hablar del caso y enseguida, sin darme cuenta, inicié mi investigación. Fue un verano. Han sucedido muchos acontecimientos desde entonces. Y seguro que, si permiten que este texto se publique, se darán más cambios y conflictos. Bueno, lo de permiten es una licencia, quizá sea mejor decir si interesa a un editor, es más sincero. Si finalmente puede leerse es porque así ha sido. 

Las obras aparecen como entes cerrados, a pesar de que, en cada mirada, en cada época, cambian las interpretaciones que les damos. Esta narración también va cambiando, haciéndose testigo de los nuevos sucesos mutables que han alterado el principio de la scritura. 

* * * 

Fue un atardecer cuando me encontré por primera vez con Janówella, ella parecía querer lanzarse al vacío, caminaba hacia un precipicio con seguridad, los hombros ligeramente hacia adelante, la espalda erguida, revelándose contra un viento que agitaba su blusa de seda azul, enredada en un pantalón de lino blanco. El azul de su ropa armonizaba con la piedra de un muro posterior. Se detuvo de lejos, se diría que a un paso del límite.

Escribí:  

Esa es mi primera imagen de ella a quien observaré distante, sin interrumpir. Quiero ser su sombra, mantenerme en silencio a su lado, contar únicamente hechos, es su caso lo que me interesa y atrae con la fuerza de lo misterioso, para desvelar las causas. He pedido que me aclare la secuencia del juicio, de la trama que acaba de descubrir y entre las dos hemos acordado los momentos clave que le fueron indicando cómo actuar. «Cuando te refieras a mí –me  dijo la primera vez–, prefiero que lo hagas como si fuera un hombre, en masculino, quiero denunciar el  lenguaje, la sexualidad de las frases que perturban, introduciendo elementos a los hechos y a la obra que  nada tienen que ver con lo que se va a contar o ex presar.» Me lo pidió durante la primera entrevista. «Así lo haré», prometí. Así lo hago (lo hice entonces).  Escribí: Aunque dejaré el masculino para hablar de ella, que será él en relación a los hechos, cuando se trate de un diálogo, por respeto al texto, es necesario volver al ella y no a él. Sin embargo, después de volver a leer el texto terminado, decido que es mejor seguir hablando de ella como ella. Me dice María, mi correctora, que es mejor así. Pero quiero que, como en un palimpsesto, quede esa  huella, y escribo sobre ella, dejando atrás el él

Lo que me va contando a lo largo de varias entre vistas lo anoto cuidadosamente, aun sin entender algunas partes que señalo para que más tarde su abogado me explique. Y aunque no pretendo ser complaciente, hay que decir que en realidad sus pensamientos y diálogos son cosa mía, basándome en mis sensaciones y lecturas sobre ella. Pero que nadie vaya a acusar a mi protagonista si el texto daña, si cuestiona alguna obra o actuación, en caso de ofensa soy la responsable.  

Coincide la investigación sobre el caso con mi de seo de anotar en una libreta de tapa dura con unas cuadrículas a modo de mosaico de varios colores, el nombre de Oswaldo Zapata, observar su vacío en el país que le abandona. Oswaldo murió en La Habana después de 85 días de huelga de hambre, el 24 de febrero, me impulsa la idea de observar la repercusión del movimiento de un hombre solo, de su valentía, y así voy recortando los sucesos posteriores. Coincide en mis tiempos, mi pensamiento es así de desordenado. Finalmente decido dejar este párrafo que nada tiene que ver con el caso. 

Supongo que a menudo Janówella pensaba en la atracción de los materiales compuestos, las resinas, el oxalato de difenilo, los fluoróforos, las fibras de vidrio, en su resistencia. ¿Es allí, en la materia donde aparece la idea o es previa al descubrimiento? El origen de su obra creo que está en su búsqueda de la luz, quizá ese es el eje, donde las ideas son el origen y buscan las grietas para acercarse a su sombra. Un reflejo, una imagen dominan el deseo, el movimiento para concretarse en el apasionado hacer de sus manos. 

Quizá piensa en sus manos, en cómo cumplen con la idea que habita en su mente, en la conexión entre imagen y mano, sin la mano no encontraría la forma, el perfil de la idea que debía arriesgar; piensa en el tiempo que se va viviendo en cada trazo de la línea creciendo en el papel, el dibujo que va expresando y escondiendo, en la obra que es y ya no le pertenece.  

La observo abrir los brazos, extender un abrazo al aire y respirar hondo.  

Si nos acercamos, nos invade el aire de Bilbao cuando va a llover y es verano. Se vuelve, su rostro anguloso mantiene el inocente tesón de la juventud. 

Me cuenta en mi primera visita a su casa, que va a realizar su última obra, obra testigo y testamento, ya no desea hacer más exposiciones, está decepcionada, una cosa es el arte, dedicar la vida, como si la humanidad dependiera de ello, a un color, a una forma, a la búsqueda de la materia y el reflejo; y otra es que esa humanidad por ello se desdibuje perdiendo el sentido de las razones, de las claves.  

«Mercado, hoy todo se mide en mercado, la verdad  es mercado, y alguien debe decir: ¡Basta!». Decidió decirlo ella. Podía hacerlo, era el momento, terminaría  una sola más, la última imagen de Janówella, y la colocaría cerca del precipicio.  

Janówella Izabella Podlaski tiene el pelo blanco, con algún reflejo gris, liso y abundante cortado a la altura de la barbilla. En sus labios hay un gesto adolescente que sorprende en su rostro maduro. Los ojos invasivamente azules. La juventud le pertenece para siempre. Esta frase me gusta, aunque es un improbable. Nada es para siempre. Es delgada y alta, uno delante de ella procura mantenerse en silencio. Me atrae, y aún no sé si como mi idea de hombre  o como mujer. Esta frase pertenece al momento en que ella era él en el texto, aun así prefiero dejarla.

Cuando le pregunto por la demanda, recuerda el día que llegó la carta a su casa, un sobre blanco abultado. Ese podría ser el inicio, no sé si de la novela o del reportaje, pero ya hay un comienzo. Imagino que ese día también paseó por los alrededores de su casa y al volver vio que tenía una visita.  

La casa la había comprado hacía unos años. Se sitúa en un barrio de las afuera de Bilbao cerca de una montaña. Obra de Gabriel Almaraz, está construida en armonía con una colina a la que se adhiere como si fueran unidad. La construcción es sencilla y sólida. Posee un gran equilibrio con el paisaje, así dicen las guías de la ciudad y algunos arquitectos que buscan el edificio para estudiarlo. El arquitecto emigró a México donde en la actualidad hay un equipo investigando sus obras.  

La ciudad ese verano, por primera vez en mucho tiempo, había recibido la visita de un gran número de veraneantes y turistas. Había una calma que sor prendía a los bilbaínos. Mientras que algunos, los más optimistas, disfrutaban de la aparente libertad, otros, sin embargo, temían la quietud que en cualquier momento podía explotar. Nada es lo que parece en la ciudad y nadie se siente seguro. 

El día que recibió la carta recuerda que mientras caminaba por la avenida arbolada recibió una llamada. 

Graham, dueño de un conocido hotel de la ciudad, quería verla; Podlaski respondió que debía trabajar, pero ya había colgado (así recuerda que el mismo día que recibió la carta reveladora vio a quien, de alguna manera, había sido el origen del problema). Fue él quien sugirió a la fábrica que la contratara para crear focos de luz nuevos. 

Me cuenta que él fue a visitarla a su casa. Entra ron al jardín que rodeaba el porche, «me gusta tu jardín indiano –comentó– no hay muchos aquí»; Janówella Izabella había colocado algunas de sus esculturas entre castaños y cipreses. Hay tres niveles: uno donde se sitúa  el porche y la entrada diáfana, que da una impresión de pureza oriental. El paseo de arcadas de acero que con duce a una amplia zona que termina sobre el otro nivel más bajo, proporcionando una perspectiva de contras te vegetal gracias a los magnolios y pinos japoneses. Termina en una instalación que produce curiosidad y estremecimiento. Una frontera sobre el vacío, una especie de alfombra vertical formada por láminas de cris tal fluorescente que permiten la transparencia y a la vez  protegen el espacio del fuerte viento de la zona.  

Me imagino el encuentro. 

Ahora invento lo que se dijeron, también lo que  callaron. Cuando las personas se conocen desde hace tiempo, a veces, dejan de verse sin saber por qué y  la distancia se llena de conversaciones que no suceden, de reproches. Se conocían desde hacía mucho, Graham estuvo enamorado de ella, pero eso es otra  historia, aunque de algún modo él la admira y a la vez  está resentido por una relación que no llegó a donde él quería. Cuando ese algo inaprensible perturbó el  desarrollo normal de su amistad, cada palabra adquirió oscuridades nuevas.  

Me contó con detalle ese encuentro, lo marca como un principio, le recuerda a Graham, alegre, cree que hubiese sido mejor no haberle dejado entrar.  

—Me encanta este montaje, siempre te lo digo, qué buena idea la de impedir el paso del viento con los cristales. Es preferible a poner una simple pared o una barandilla, los tres niveles parecen metafísica del espacio…  

—No has venido a hablarme del jardín… 

—¡Cómo eres! Simplemente es que me encanta cómo has dejado la casa, es fantástica y te permite guardar y clasificar toda tu obra, tengo que hablar con nuestro arquitecto. ¿No me invitas a pasar? 

Janówella Podlaski quizá le dijo que acababa de organizar el material para su próxima obra, algunos compuestos eran tóxicos, estaba justo preparado para su uso, su eficacia dependía de minutos. Si no se cuidaban los tiempos, se perdía el preparado y tendría que volver a empezar.  

Graham, seguramente, es uno de esos hombres que aguantan mal esperar, que les digan no, que insisten sin pudor. 

—Es sólo un momento. Ya sé qué se siente… cuando cocino y tengo una salsa a punto y necesita cocción, no tengo tiempo para nadie, la música del  fuego lo llamo yo. Por cierto, he ideado una nueva receta de sopa, está basada en un plato tradicional sefardí, una sopa de habas con cilantro que me die ron unos clientes hace años y que de repente aparece para innovarse; viene un grupo de Francia para  buscar setas por la zona del hotel y les he ideado un  menú muy singular. Pero no te quito tiempo, si prefieres te espero dentro, va a empezar a llover. 

Ambos eran propietarios de una obra de Almaraz, por lo que de algún modo siempre estuvieron vinculados. 

Empezó a llover. La lluvia aparece en Bilbao de manera frecuente y agradable, especialmente en verano. Se adapta al paisaje y al espíritu de la ciudad.  

Janówella Izabella Podlaski es una mujer educada, le debía dejar pasar, debía ser importante si insistía sin ningún decoro. 

Al entrar la luz, una iluminación discreta, dejaba algunas zonas en penumbra. Sobre la pared de la entrada se extendía el reflejo gigante de Varsovia, una foto hecha por su padre. Se sentaron en el salón, uno frente al otro, en los sillones de cuero gris; una mesilla  de mármol delimitaba el espacio entre ambos. 

—Quiero agradecerte tu regalo del otro día. Verás, como ha gustado tanto esa obra unos buenos amigos me han pedido que les compre una, yo les daría mi escultura, pero no quiero desprenderme de ella… 

Pero Podlaski debía ser cauta con su obra, debía cuidar los detalles, la galería imponía ciertas reglas de venta. Y si era verdad que iba a dejarlo, no podía arriesgarse. Pero ¿era comprar lo que demandaba?

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Autor: Esther Bendahan. Título: La autora. Editorial: Confluencias. Venta: Todostuslibros

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