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La banalización de la literatura de viajes en Babelia

La banalización de la literatura de viajes en Babelia

Jacinto Antón, en Babelia, acusa al “turismo low cost”  de la creciente banalización de la experiencia viajera. También la revista Granta, en su número 138, ha planteado la cuestión a varios escritores del género,

Entre Samarcanda y Kirguistán, la viajera Patricia Almarcegui (autora de Escuchar Irán y Una viajera por Asia Central) ha sido la penúltima en dar la voz de alarma: algo pasa con la literatura de viajes, que parece en horas bajas. La gente viaja como nunca, es cierto, pero lee menos. Prefieren echar un vistazo rápido a Internet en sus móviles que sumergirse en un libro que los acompañe, solace y oriente en su viaje. El lector de viaje de butaca —ese que viaja en casa, por persona interpuesta— también se ha retraído. Autores y editores están desconcertados, les es difícil saber qué quiere el lector del género y que voz hay que adoptar. Parafraseando a The Buggles: ¿está acabando el turismo low costcon la literatura de viajes? ¿Queda espacio en un mundo que se empequeñece y trivializa cada vez más para el viaje reflexivo de descubrimiento del otro y de uno mismo, que es lo que ha dado lugar a las obras maestras de la especialidad? ¿Adónde ir? ¿Qué contar?

Es evidente para cualquiera que siga la evolución del género que los años de vacas gordas —es decir, los ochenta y noventa— han pasado. Basta con mirar los estantes en las librerías: se publican menos novedades, se rescatan clásicos con cuentagotas, casi de tapadillo, y son muy pocos esos títulos que acceden, como antes, a la categoría de inolvidables. La literatura de viajes, que contaba con numerosos sellos propios, se difumina en la literatura generalista, e incluso autores consolidados —de William Dalrymple reconvertido en novelista e historiador (ahora Desperta Ferro Ediciones le publicará El retorno de un rey,sobre la primera guerra anglo-afgana) al español Gabi Martínez, que acaba de publicar en Seix Barral Las defensas, sobre la vida real de un neurólogo— parecen abandonar el género.

Dicho todo esto, es cierto que siguen apareciendo ocasionalmente algunas joyas que prolongan no solo con dignidad sino con maestría la mejor tradición de la literatura de viajes en estos tiempos oscuros. Ahí están —bien es verdad que no presentados específicamente como títulos del género— los recientes Años salvajes. Mi vida y el surf (Libros del Asteroide), en el que el estadounidense William Finnegan sigue en un periplo a lo largo del globo y de su propia biografía su pasión por la plancha y las olas, o Allí, donde se acaba el mundo (Lumen), en el que la francesa Catherine Poulain narra su aventura en Alaska enrolada en un pesquero. Entre las honrosas excepciones, los libros de Almarcegui, el viaje por Japón de Suso Mourelo bajo la advocación de La mujer de la arena de Kôbô Abe o el viaje a Grecia del irreductible Xavier Moret.

A destacar las recuperaciones de dos clásicos que ha hecho Abada: Viaje al Tíbet, de Robert Byron —el maestro de tantos viajeros—, y Rumbo a la aventura, del inclasificable Richard Halliburton, ese hombre ávido de experiencias que cruzó los Alpes a lomos de un elefante para emular a Aníbal, voló sobre el Everest en su biplano La Alfombra Voladora y desapareció a bordo de un junco chino en el Pacífico en 1939, a los 39 años.

Y está sobre todo, ¡apunten este título!, El turista desnudo, de Lawrence Osborne (Gatopardo Ediciones), que hay que saludar ya a la vez como un verdadero hito en la literatura de viajes y el libro de referencia sobre todo esto de lo que hablamos. Porque, significativamente, en el libro el autor británico, que narra un viaje demencial y alucinante por Dubái, Calcuta, las islas Andamán, Tailandia y Bali hasta los parajes más agrestes de Papúa, ofrece una reflexión indispensable —a la vez dramática y divertidísima, plena de escepticismo, estupefacción y mordacidad— sobre el (sin)sentido actual del viaje, la perversión del turismo de masas y el viajero escritor condenado a ir cada vez más lejos (en todos los sentidos). Es una obra que sitúa perfectamente el debate sobre el género a partir de la desorientación (precisamente) del autor viajero en un mundo en el que todo se parece perversamente a todo, y en el que ni “envolverte el rabo” con un estuche peneano de calabaza para confraternizar con los aborígenes ni comer murciélago garantizan una experiencia original.

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Foto de portada: Antonio Picazo