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La Bella Otero: No se lo diga a nadie…

La Bella Otero: No se lo diga a nadie…

Pocas mujeres han sido tan valientes como ella, y es por lo que Cascaborra le dedica el cómic La Bella Otero: Confesiones. Entre sus páginas encontramos a una bailarina y cortesana, cuya belleza y gracia naturales la llevaron a convertirse en una artista internacional. Porque la Otero fue un portento en sí misma. Al parecer no cantaba bien y tampoco bailaba a la perfección. Ni falta que le hacía. Tenía un nosequé nosecuánto, un flow, un estilo personal que quitaba el sentido.

Y esa sensualidad que derrochaba sin pudor fue lo que enloqueció a casi todos los hombres que se cruzaron en su vida. Y ella, que además de ser bonita tenía una inteligencia privilegiada, supo aprovecharlo. “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, escribió Ortega y Gasset en las Meditaciones del Quijote, con más razón que un santo. Hay que explicar que, en aquellos tiempos de heteropatriarcado, si procedías de una familia humilde y eras mujer, lo tenías crudo para ganarte el pan, sin pasar por la vicaría o por el convento. De hecho, y tal como las retrató Degas, las rats o bailarinas pequeñas procedentes de los suburbios llegaban famélicas a los ensayos. Eran los propios empresarios de la Ópera Garnier los que las ofrecían a sus amigotes millonarios, la crème de la crème parisina, a los que las noches y los espejos de la Foyer de la Danse, el estudio donde las niñas ensayaban y calentaban antes de salir a escena, les confundían.

"Tal vez la portada sea la más glamurosa de toda la colección de Cascaborra, con brilli brilli incluido, en consonancia con la sofisticación y garbo de la Otero cuando aparecía tras subir los telones del Eden Musée, el Moulin Rouge y el Folies Bergère"

De ese ambiente de vicio y perversión se nutren las autoras para hilar el cómic La Bella Otero: Confesiones, en un ejercicio de sororidad tan justo como necesario. El prólogo de Carolina Corvillo, la guionista, nos sitúa en la época en la que su tocaya vivió. Estamos a finales del siglo XIX, y la Bella Otero se encuentra en la cresta de la ola. Fuera y dentro de los escenarios, reyes, aristócratas, políticos y empresarios beben los vientos por la diva española. Hasta intelectuales de la talla de José Martí, que antes de poeta es un hombre común, esclavo del deseo, le dedica versos. El cómic comienza con la conversación que mantienen dos mujeres poderosas que comparten una herida; para una todavía abierta, para la otra cicatrizada hace tiempo. Abigail, la viuda de Ernst Jünger, se presenta en el teatro de Nueva York donde Carolina acaba de actuar. A punta de pistola, la acusa de haber matado a su marido, el acaudalado empresario que la lanzó al estrellato. ¡Guau, el comienzo es espectacular! Crea una tensión narrativa que provoca las ganas locas de seguir leyendo hasta el final, de un tirón. Y lo que nos espera no decepciona. Porque la vida de la protagonista es, como ella misma confesó, “ardiente y tumultuosa”. Creo que, si hubiera querido, podría haber sido escritora. Imaginación nunca le faltó. ¡Pero cómo si no soportar una infancia tan terrorífica como la de las rats! Salió de Valga, su pueblo natal en Pontevedra, con la inocencia masacrada, que nunca recuperó.

"La Bella Otero se superó a sí misma, a lo que era, a sus miserias. Se inventó una vida, tal y como hoy hacen muchos en redes, y como una influencer famosísima con miles de seguidores, se puso de moda"

Su destino estaba escrito, y María Pesado, la dibujante, ilustra con trazo fino y delicado el éxito de la Otero. Tal vez la portada sea la más glamurosa de toda la colección de Cascaborra, con brilli brilli incluido, en consonancia con la sofisticación y garbo de la Otero cuando aparecía tras subir los telones del Eden Musée, el Moulin Rouge y el Folies Bergère. Extractos de sus Memorias escritas en 1926 muestran de primera mano la personalidad arrebatadora de esta mujer que, sin saberlo, se erigía ya como referente feminista, cuando comenzaban a darse los primeros pasos del movimiento tal y como hoy lo conocemos. Nunca le tembló el pulso para tomar sus propias decisiones, porque lo suyo no era vivir, sino sobrevivir. No se amedrantó ante nada ni nadie y si tuvo que justificarse lo hizo, sin que por ello perdiera un ápice de dignidad. Podría afirmarse que la Bella Otero se superó a sí misma, a lo que era, a sus miserias. Se inventó una vida, tal y como hoy hacen muchos en redes, y como una influencer famosísima con miles de seguidores, se puso de moda. Las demi-mondaines eran las reinas de la influencia en aquel París convertido en el gran burdel de Europa. El término francés lo introduce Alejandro Dumas hijo. Deriva de su obra de teatro de 1855 titulada Le Demi-Monde y se traduce como semi-mundo, ese camino de baldosas amarillas por donde la Bella Otero mueve sus caderas como si fuera andaluza y se autodescubre mantenida por sus amantes ricos, entre la alta sociedad y la más absoluta marginalidad. Así se las gastaba Carolina Otero, la musa española más rutilante de todos los tiempos. Pese a quien le pese.

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Autoras: Carolina Corvillo y María Pesado. Título: La Bella Otero: Confesiones. Editorial: Cascaborra Ediciones. Venta: Cascaborra.

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