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La biblioteca de Guillermo Garabito

La biblioteca de Guillermo Garabito

Conocí a Guillermo hace un tiempo, cuando María José Solano le hizo una entrevista para esta casa.

Forma parte de esa nueva hornada de columnistas que han venido para quedarse y mantener su mirada.

Aunque reside en Valladolid (en el pueblo de La Mudarra), es un gran asiduo de Madrid, ciudad en la que hemos coincidido varias veces: o bien en el Café Varela, o en algún encuentro con autores y periodistas.

Para saber más sobre Guillermo Garabito:

Columnista de ABC, escribe también artículos semanales en El Español. Especialista en ideas generales, preside la Fundación Godofredo Garabito y Gregorio, institución cultural que centra su actividad en la apuesta por la cultura, el talento joven y el desarrollo rural con una única premisa: aunar voluntades.

Ha sido colaborador de otros medios como La Razón, Onda Cero o El Día de Valladolid. Ha impartido diversas conferencias en universidades españolas y ha sido profesor en distintos cursos y talleres de periodismo. Sobre su biblioteca, nos cuenta lo siguiente:

Mi biblioteca empieza a ser mía ahora. He tenido durante los últimos años una biblioteca itinerante, un séquito de libros que llevaba de un lado para otro, como Juana el cadáver de Felipe “El Hermoso”. Pero se han abierto por fin hueco entre los de mi abuelo en La Mudarra. Cuando mis padres me dijeron que estaba muy bien que me hubiese ido de casa, pero que mis libros también deberían independizarse en algún momento, fui posponiéndolo todo lo que pude. En parte porque era desmontar el andamiaje de la adolescencia. Allí, cada volumen tenía su hueco y lo más importante, yo sabía qué hueco concreto era ese. Me había llevado unos cuantos años y muchas lecturas darle forma. Tener que trasladar tu biblioteca es como desmantelar una catedral con la esperanza de que al reconstruirla quede igual.

Al traerlos a La Mudarra tuve libros por el suelo durante meses con la seguridad de que irían cogiendo el sitio solos. Sacaba de las estanterías más de los que lograba colocar. En aquel momento la biblioteca, más que un animal de compañía, tenía mucho de fiera que no se dejaba amaestrar. Rugía, se asilvestraba y otra vez vuelta a empezar. Si es difícil armar una buena biblioteca, imagínate que convivan dos. Mi abuelo en la suya, como buen lector, tenía varias: estaba la del poeta, la del historiador, que fue donde yo encontré el interés por los Trastámara, Colón o Carlos V y la formación del imperio, que es —en apenas un siglo— un periodo que me imanta. También estaba la del anticuario, los tratados de pintura, escultura, cerámicas. Así hasta casi once mil volúmenes. Eran tomos y tomos de todo lo que le definía a él como lector. Enciclopedias, primeras ediciones, entre ellas de la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz editada en Madrid por Juan García Infanzón en 1685, breviarios, libros de cuentas… Ejemplares dedicados por amigos como Jorge Guillén, Rosa Chacel o Miguel Delibes entre otros.

Yo, al hacerle hueco a la mía inventando una cuarta dimensión, he añadido el periodismo, que es lo que a mí me hizo madurar como lector y disfrutar de verdad. Las entretelas de los acontecimientos bien escritos. Wenceslao Fernández Flórez y Las gafas del diablo o Acotaciones de un oyente. Casi siempre llego a los autores por su obra periodística y después paso a la narrativa. Eso me pasó con El bosque animado por aquel entonces. Después con Pla, Camba, Chaves Nogales, Ruano, Capote y un muy largo etc. Foxá y sus terceras de ABC, lo mismo que las de Ramón Gómez de la Serna, editadas por Prensa Española, me hicieron descubrir el resto de su obra cuando tenía diecisiete años. De Ramón Gómez de la Serna creo que ahora lo tengo y lo he leído casi todo. Como lector no me gusta dejarme cabos sueltos, soy un tanto estajanovista. Si la emprendo con un autor me gusta leerlo, indagarlo, aprehenderlo y tener su obra completa; incluso con la conciencia de que habrá volúmenes que no llegue a leer nunca. Pero no me gusta esa idea de que un día puedo llegar a un libro suyo que ya es imposible de encontrar, de que algo se me escape. ¡Una ocurrencia absurda a partir de la invención de la imprenta, lo sé, pero qué le vamos a hacer! Precisamente con Gómez de la Serna, como con Azorín o tantos otros, hizo un grandísimo servicio público la colección de colores de Austral. Esos libros de bolsillo los he ido comprando toda mi vida, junto a mi amigo Mario, sabiendo que es una colección prácticamente inabarcable. Confieso que estos sí los compro incluso con la certeza de que muchos no los leeré. Cada vez que vemos una nueva librería de viejo o una feria de lo mismo nos llamamos y comprobamos títulos. La suerte es que la de Valladolid sólo dure quince días. Si durase más tendría que vender un órgano para pagar las deudas. Nunca me ha dado miedo caer en la ludopatía, a la bibliofilia se lo tengo cada vez que paso por una librería. Aquella colección de Austral hizo un trabajo ímprobo editando autores como Baudelarie, Francisco de Cossío, Gabriel Miró, tratados históricos, los viajes de Cela… Es una colección que hizo mucho por la lectura en este país y por ampliar el catálogo de la época rescatando a autores imposibles de encontrar.

La novela me interesa menos, me llaman demasiado la atención los diarios de escritores, los de los pintores… Su correspondencia con sus amantes, las amistades, sus memorias. En general las entretelas del arte. Creo que esto fue a raíz de leer El mundo de ayer de Stefan Zweig y descubrir cómo se podía llegar a caminar por un siglo que no era el tuyo en los recuerdos de un autor. Después me ha pasado con otros muchos, con Iñaki Uriarte o con Sabino Méndez, al que me descubrió José Peláez. Leo poca novela, ya digo, la selecciono bien porque gasto mis horas en los diarios, en los ensayos y en primer lugar en la poesía. Así que acabo siempre,  irremediablemente, en autores como Fitzgerald, Graham Greene, Borges, Bioy Casares, Galdós, Cela, Arturo Pérez Reverte, Flaubert… Comprenderás que a Faulkner es mejor no citarlo, porque si no parece que en vez de en La Mudarra viviese en la película de Cuerda.

Luego siempre vuelvo a los poetas. Cuando apenas tenía dinero para comprar libros me leí casi de arriba a abajo la de mi abuelo —no sólo los poemarios que había escrito él, que son unos cuantos, sino la de los poetas que a él le habían empujado a los endecasílabos—. Recuerdo aquellos veranos hasta llegar a Garcilaso, Hurtado de Mendoza, Lope, Santa Teresa o el mismísimo Quevedo. Desandé los siglos hasta topar con el origen de todos los versos que merecen la pena, que en España es el Barroco, y algo se me quedó en el oído. He escrito alguna vez que los articulistas, al menos los buenos, son malos poetas con un oído privilegiado para los versos. Tal vez por envidia.

Así se han ido mezclando mis libros con los de mi abuelo, mis poetas entre los suyos. Le he añadido autores al catálogo de La Mudarra de este siglo con tipos como Diego Álvarez Miguel o Alba Flores y otros que tengo la suerte de que sean amigos como Juan Herrero o Ben Clark.

Ahora la biblioteca está casi firme y presentable después de mucha alquimia buscando huecos a mis libros entre los de mi abuelo. Ahora debería empezar a ordenar las mesillas de noche que hay en los laterales de mi cama y la mesa del despacho, eso sí es la Biblioteca de Alejandría en llamas.

Nos recomienda a los lectores de Zenda:

Diario íntimo, César González Ruano (Visor Libros)

Quizá porque como periodista ya leo demasiados artículos por las mañanas, o tal vez porque a Ruano lo he leído y releído varias veces en mi vida: casi todos sus artículos, sus necrológicas, sus casas, sus muchos Madrid y sobre todo sus memorias… Puede que por eso me interesen sobre todo sus diarios y vuelva a ellos con frecuencia. Es un libro para abrir en ratos sueltos por sus más de mil páginas. De pillar ideas y frases brillantes aquí y allá. Pero sobre todo, para mí ahí reside la certeza de que el escritor no tiene dos registros: el de cuando escribe para los demás y cuando escribe sólo para él. No se adorna la prosa para los periódicos o los libros, sino que se poda como cuando se escribe para uno mismo.

Me parece que, de un escritor tan prodigioso como lo fue Ruano, sus diarios son una confesión directa que se le escapa día a día. Hay verdades que no puede callarse, historias que no cabían en ningún artículo.

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