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La biblioteca legendaria

Antonio Prieto dice que le gusta lo mismo leer que escribir. Vive entre libros, su casa está llena de libros, hasta rebosar se podría decir, o apenas, porque no lo hacen del todo y siguen siendo muy bien recibidos en las manos, en las mentes y en los corazones de Antonio Prieto y su mujer Pilar Palomo.

Él ya no puede subir a su biblioteca, a lo que ellos llaman “la biblioteca” propiamente dicha, que es una buhardilla de libros, con varias mesas para trabajar, todo perfectamente ordenado, limpio, dispuesto, repleto de libros, muchos de ellos antiguos, con los que tanto ha disfrutado y aprendido Prieto… y con él tantos alumnos, entre los que se encuentra este ser humano que ahora escribe.

—Yo leía estos libros —me dice—, realizaba lecturas personales y luego las decía en clase. Y creo que los alumnos agradecían que era algo diferente.

Prieto enseñó muchos años en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, donde también estudió y fue director de teatro. En La sombra de Horacio (Real Academia Alfonso X el Sabio, 2009), que me parece una de sus mejores novelas, muestra a un álter-ego suyo que se mueve en un tiempo fusionado entre nuestra actualidad y la Roma Imperial, el tiempo de Augusto y de Horacio. Allí aparece la Complutense como la Universidad del protagonista y narrador.

Hace poco le pregunté si los personajes que aparecían en sus novelas, sus protagonistas, que se parecen tanto a él, eran en realidad él mismo, y me contestó que sí, que efectivamente él creía que sí. Quizá todo autor sea personaje de sí mismo, con lo que el escritor se escribiría, entre otras consideraciones, con lo que se convertiría en creador de sí mismo, aparte de todo un mundo novelesco. Es posible que a Unamuno esto le hubiera gustado, este juego de espejos que a mi juicio es muy trascendente. Imagino que es una forma de verlo, de entenderlo, de concebirlo, al igual que hay otras.

Los textos de Prieto son trascendentes. Algunos críticos lo han llamado neoplatónico, con lo que él está de acuerdo, pero también realista metafísico, o existencial, que no dejan de tener sus fundadas razones cuando se leen sus obras.

Su mujer, Pilar Palomo, que también es catedrática de Literatura Española, dice que no saben cómo clasificarlo.

—¿Por qué le gusta Horacio, Don Antonio?

Entonces Antonio Prieto se queda pensando unos instantes y me dice:

—Es buen poeta.

Y me llama la atención, porque parece que lo dice como si Horacio fuera un amigo suyo, o nuestro, que vive cerca de nosotros, en nuestra ciudad, y fuera su contertulio, que es más o menos lo que ocurre en La sombra de Horacio. Sin duda para Prieto es un contemporáneo, un compañero.

Y yo creo que lo es también para mí, gracias en buena parte a haber frecuentado a mi profesor, a la lectura de sus libros, los de Prieto, pero también los poemas de Horacio.

A sus alumnos también les daba la impresión de que Prieto hablaba de los autores antiguos como si fueran sus contemporáneos, con lo que conseguía acercarlos a ellos, a los estudiantes. También a este ser humano que ahora escribe, en su momento, hace ya más de veinte años. Los clásicos flotaban en el ambiente de las aulas en las que impartía clase; y hasta parecía que le acompañaban cuando caminaba, al salir de esas aulas y dirigirse a su coche. Algo de esto se lee, y se disfruta, paladeando, en La sombra de Horacio.

Es evidente que parte de la responsabilidad de que esto fuera así se debe a los libros, a esos maravillosos libros que Prieto trata con tanta confianza en su casa, con tanta amistad, familiaridad. Amistad y confianza, por cierto, que logra transmitir a quien hoy le acompaña, en este “donoso escrutinio”, muy diferente a aquél que hizo el cura y el barbero con los libros de don Quijote.

—¿Cuál fue el primer libro antiguo que compró?

—Los tres mosqueteros, de Dumas. Lo compré en Almería, cuando estaba estudiando el Bachillerato. Era una edición en tela.

Antonio me enseña muchos libros, preciosos, algunos grandes, otros pequeños, o muy antiguos —del siglo XVI, por ejemplo—, otros menos. Todos interesantes, todos valiosos. Todos maravillosos. Iba a decir que son el sueño de un bibliófilo, pero en realidad son el sueño de alguien como él, de lo que es él: un lector, un escritor, un profesor, un estudioso de la literatura, un filólogo.

Le acerco un libro pesado, de tapa dura, muy dura, grande, con partes doradas… y él lo abre. Me llama la atención cómo abre los libros Antonio Prieto, como si fueran un regalo, despacio, separando las tapas y las hojas, como si fuera una sorpresa, aunque los conozca tan bien, porque siguen siendo un regalo para él, y sí, una sorpresa.

Coge el libro que le acerco, lo abre y ve que tiene unas pequeñas manchas, como amarillas, en algunas hojas.

Me las señala.

—Es polilla —dice.

Tiene un insecticida para estos menesteres. Me pide que se lo dé —está en un estante de una de las librerías—. Entonces pulveriza un poco del insecticida sobre los lugares afectados, y seguimos hablando.

Después de todo, pienso ahora, esto es como un jardín, por lo bello, o un huerto, por lo rico, por los frutos maravillosos que da.

En los libros de Prieto, los escritos por él, han estudiado generaciones de estudiantes de Filología, por ejemplo en el Ensayo semiológico de sistemas literarios (Planeta, 1972), que a mí me gusta mucho, o los dos volúmenes de La poesía española del siglo XVI (Cátedra, 1991), o La prosa del siglo XVI (Cátedra, 1986), Coherencia y relevancia textual: De Berceo a Baroja (Alhambra, 1980), entre otros.

Sus novelas le abren a un público mayor, pero seguramente tienen sus mayores fans entre los profesores de Universidad o de Instituto, los filólogos, los profesores de Lengua y Literatura, las gentes de Letras en general. Sin embargo cualquier espíritu sensible y aficionado a la buena literatura disfrutará con ellos. Precisamente muestran una delicadeza, cultura y profundidad tales que harán devotos entre los grandes lectores de ensayo y de novela, y me atrevería a decir que también de poesía, porque hay mucha poesía en la pluma, en la obra y me atrevería a decir que en la personalidad de Antonio Prieto.

Una de sus fuerzas como escritor, como novelista y como estudioso de la literatura —también en sus artículos de prensa; escribió para La Razón durante unos años—, es que da al lector algo, muy potente, muy importante, que éste no encuentra con facilidad en otros lugares, tal vez en ningún otro escritor. Pero por eso es magnífico, pienso ahora, que haya diferentes escritores, para completar al lector, finalmente a esa persona, en todas sus dimensiones, que es todo lector.

Prieto da cierta poesía, y no he leído de él ningún verso, creo recordar. Ofrece cierta filosofía, mucha hondura: hace que el lector se eleve. Sus libros, en mi opinión, son sabios, pero no se quedan ahí: transmiten esa sabiduría a sus lectores.

Cuando miro las librerías de su despacho veo su obra literaria y su obra profesoral, académica. Iba a escribir también obra espiritual… pues también lo es, en sus letras, que recogen su espíritu y lo espiritual del mundo, del exterior y del interior, de su mundo, del pasado y del presente, de la atemporalidad, del tiempo mítico, que él siempre ha sabido captar tan bien.

En el prólogo de Rebeca y los libros, recientemente aparecido (Fundación Universitaria Española, 2018), Álvaro Alonso Miguel, que también fue profesor mío, dice que Prieto se ha centrado sobre todo en la Antigüedad greco-latina y en el Renacimiento. Y eso es lo que yo veo en este despacho, en estos libros que le trajo aquí, según me contó su mujer, Pilar Palomo, una de sus hijas, con maravilloso buen sentido.

Cuando Prieto tuvo problemas para andar y para subir a la biblioteca a trabajar, esta hija suya dijo:

—Si papá no puede ir a los libros, que sean los libros los que vayan a papá.

Aquí están los clásicos, los de Grecia y Roma y los escritores del Renacimiento, los italianos y los españoles. Todo esto ha nutrido sus estudios, su conocimiento, su sensibilidad, su sabiduría, y fusionado e impulsado por su creatividad ha generado inolvidables novelas como Secretum, El ciego de Quíos, Isla Blanca, Una y todas las guerras.

Antonio Prieto no está para quedar bien con nadie, ni siquiera con él mismo. Noto que percibe su obra con serenidad, con imparcialidad, incluso con cierta dureza en el caso de algunos libros suyos  —dureza que no comparto—. Su opinión puede coincidir con la de otros, o no, pero así es como valora sus propios libros.

Sin embargo está de acuerdo conmigo en que el nivel medio de su obra es bueno, o alto. Dice que son veintitantos, pero me parecen pocos; los cuento y me salen más de treinta, y no los tengo todos. Tampoco me faltan muchos.

Cuando le pregunto quién cree que va a quedar de nuestra época, me responde que nadie, y me llama la atención de cómo se escribe en los periódicos, las columnas, que en general le parecen muy malas.

Cuando abrimos los libros aparecen papeles, algunas cartas. Me enseña notas de Carlos García Gual y de Martín de Riquer, por ejemplo, verdaderas referencias de la Filología y del mundo del libro. Las escribieron en su día para agradecerle el envío de alguna obra, o alguna cita, algo del momento que huyó.

Martín de Riquer le agradece su inclusión como personaje en Vida de Boscán y Garcilaso, que Prieto escribió más o menos cuando me daba clase de Poesía Renacentista en la Facultad de Filología de la Complutense. Prieto me dice que Martín de Riquer sabía mucho de Boscán, y que para él era un riesgo que leyera su novela, riesgo que me parece que él asumía muy bien, amparado, quizá, en la ficción, en su imaginación, no sólo en su saber, dos fuertes activos que tiene Antonio Prieto.

Siempre oí hablar de esta biblioteca, ya cuando estudiaba la carrera, tal vez antes de que me diera clase Prieto. Mis propios profesores, José Ignacio Díez y Álvaro Alonso Miguel, excelentes profesores, que tanto y tan bien me enseñaron, me hablaron de ella antes de conocerla.

Ahora que la he visitado para escribir sobre ella, disfrutando de la compañía de Antonio Prieto, gozando de sus comentarios y de lo que éstos suscitan en mi memoria, en mi propio saber e imaginación, que él también supo alimentar con sus escritos y con su ejemplo, pensaba en un título para mi artículo.

No sé si está a la altura de semejante maravilla, pero he pensado que “La biblioteca legendaria” al menos expresa lo que significan para mí estos libros, su marco incomparable, lleno de vida, y lo que sin duda serán para otros, así como lo que significa para mí Antonio Prieto.

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Fotos: Eduardo Martínez Rico

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