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La bruma verde, de Gonzalo Giner

La bruma verde, de Gonzalo Giner

El secuestro de una cooperante española y la increíble supervivencia de una adolescente en la selva son el punto de partida de este trepidante y diferente thriller ambientado en África. Bineka, una adolescente que sobrevive al brutal ataque de su tribu, y Lola Freixidó, una directiva de éxito, son las grandes protagonistas de esta vertiginosa y conmovedora historia que traslada a los lectores hasta los espectaculares parajes de la República Democrática del Congo. Ambas mujeres, de mundos tan opuestos, se verán unidas por el amor a una tierra víctima de las acciones más terribles del ser humano, aunque también escenario de las más desinteresadas. Esa dualidad entre estos dos personajes femeninos hará disfrutar al lector de una trama contemporánea repleta de dosis de intriga, momentos de acción y giros inesperados con el continente africano como contexto. 

Zenda ofrece un fragmento de La bruma verde, de Gonzalo Giner, libro ganador del Premio de Novela Fernando Lara 2020, a la venta en librerías a partir del 6 de octubre.

PRIMERA PARTE

LOS LADRONES DE SUEÑOS

1

En una aldea de la provincia de Tshopo,
República Democrática del Congo
Diciembre de 2009

Todo eran llamas, oleadas de calor y lenguas anaranjadas. Aunque lo que Bineka recordaría para siempre serían los gritos; los gritos de los suyos mientras morían.

Si la aldea tenía veinte chozas, quince ardían por entero, se contraían y bramaban. Todo era un alarido.

Eso fue lo primero que su amiga Sanza y ella vieron al dejar el bosque a sus espaldas y pisar el poblado. Lo segundo fue peor: una horrible colección de cuerpos ensangrentados y diseminados por doquier; alguno aún se movía.

Los distinguieron desde el umbral de la tragedia, con los ojos fuera de las órbitas, antes de lanzarse a los brazos del incendio, buscando, mirando, tratando de entender.

—¡Abuelo!

Carreras rotas, voces de pánico, miradas sin escapatoria.

La aldea estaba desapareciendo engullida por el fuego del infierno.

Bineka corrió hacia su choza en busca de Tonuk, espantada, sin saber qué podía estar pasando. Sanza hizo lo mismo, buscando la suya; el pequeño cuerpo partido en dos que encontró tirado en la entrada era el de su tercer hijo. Gritó su dolor con tanto desgarro que atrajo la atención de un grupo de desconocidos en plena persecución de los últimos habitantes vivos de la aldea; unos depredadores nunca antes vistos.

Tonuk no estaba dentro de la choza.

Bineka corrió hacia el cercado donde guardaban las cabras y la vaca, y al llegar presenció una imagen pavorosa. Vio a su abuelo, de rodillas, frente a un hombre blanco armado con una pistola y un machete.

—¡Abuelo! —gritó solo un segundo después de que el extraño le reventara el cráneo de un disparo.

Bineka se abalanzó sobre el cuerpo vencido de Tonuk y lo abrazó ahogada en lágrimas. No vio cómo los cuchillos siguieron arrebatando vidas por doquier, en una cacería sin piedad, ni cómo el fuego lamía, mordía y lo devoraba todo. Tampoco pudo ver cómo atrapaban a su amiga Sanza para darle muerte sin la menor piedad con un hijo en cada brazo.

Enarbolando el machete en una mano, el ejecutor de su abuelo agarró a Bineka del pelo y la forzó a mirarlo.

Entre lágrimas de odio y conmoción, ella alzó la vista y descubrió en aquel rostro una expresión seca y exenta de cualquier sentimiento. Tenía un ojo gris, como si las cenizas que deja el fuego vivieran siempre en él, y el otro muy oscuro, como si fuese la antesala de la muerte. Lejos de sentir miedo, esperó a recibir el golpe definitivo, abandonada a su suerte, incapaz de entender qué podía motivar aquella barbarie.

Pero el golpe no llegaba.

El hombre se había quedado tan deslumbrado con el insólito color de sus ojos que cambió de decisión. Tiró de ella para ponerla en pie sin que Bineka ofreciera resistencia. Alrededor solo había llamas, y un silencio que todavía dolía más. Un silencio oscuro, cuajado de muerte. La joven buscó alguna respuesta en el contorno boscoso de la aldea y le pareció ver que la selva también se estremecía, incapaz de contener el dolor que estaba sintiendo por los suyos.

Y en mitad de aquel silencio, el asesino de su abuelo dirigió dos fuertes silbidos a los suyos y en menos de tres minutos entraron en la aldea dos todoterrenos que aparcaron cerca de donde estaban. Al verse arrastrada por aquel demonio hacia uno de ellos, Bineka se rebeló, pateó y lo arañó, sin conseguir otra cosa que terminar gritando con todas sus fuerzas. Porque nada pudo hacer contra la voluntad de un hombre más fuerte y decidido a llevársela con él.

El tipo la cogió por la cintura y sin esfuerzo alguno se la puso al hombro como si se tratara de un fardo. De esa manera recorrieron los últimos metros hasta el primer vehículo; ella vio cómo más de uno limpiaba su machete en la ropa de las víctimas entre risas y bromas. Contó siete; cinco de piel negra y otro blanco, aparte del asesino de su abuelo.

—¡Ha cazado una pantera, jefe!

—La compartirá, ¿no? —apuntó otro, de piel negra casi azulada.

El hombre se limitó a decirles que arrancaran el coche.

Bineka identificó un acento extraño en la voz de su captor, aunque todos hablaban en su misma lengua, el suajili. Presa de un agudo pavor, aturdida y sin saber qué iba a ser de ella, se prometió no llorar más. A salvo de una brutalidad que nunca podría olvidar, decidió mirar a todos los suyos, uno a uno, en su particular homenaje de despedida. Y entre los últimos reconoció a Sanza, a sus hijos, a dos primos.

A tanta gente querida…

Una vez sentada en el vehículo, todavía pudo ver a su abuelo desde la ventanilla, y se mordió los labios para no llorar; no quería mostrarse vulnerable a ojos de sus verdugos. La sangre que humedeció a continuación sus labios le supo a pena, pero también a venganza.

Bineka no supo cuánto tiempo estuvieron adentrándose en la selva, ni que se movían en dirección este. Iba en el segundo coche, a una velocidad excesiva y sin que su conductor pusiera el menor cuidado a pesar del trazado y el firme irregular de la pista de tierra, de modo que sus ocupantes no dejaban de botar sobre los asientos con brusquedad, ni de moverse a derecha e izquierda. Ella solo gemía y gemía, tapándose la cara con las manos, hasta que su captor la amonestó con una violenta bofetada y optó por ser más comedida.

Matzim. Ese era el nombre del asesino de su abuelo.

Lo había escuchado en boca del que viajaba a su derecha, y supo que pensaban volver a la aldea al día siguiente para terminar de quemarlo todo. Trató de memorizar adónde la llevaban, pero no lo entendió bien.

—Una aldea más y nos volvemos al campamento; toca descansar y comer algo —respondió el tal Matzim a las preguntas del copiloto.

Iban dos hombres en los asientos delanteros, y ella atrás entre los otros dos.

—¿Cómo te llamas? —Matzim le quitó las manos de la cara para volver a admirarla. A pesar de sus enrojecidos ojos y de su corta edad, la chica tenía una inusual belleza.

Ella no quiso contestar.

El tipo hizo amago de arrancarle la respuesta a bofetadas, pero de repente sucedió algo. Unas inesperadas sombras surgieron desde los arcenes y se cruzaron con el primer vehículo. En un intento por evitarlas, este giró de forma tan brusca que volcó y empezó a dar vueltas de campana hasta salirse del camino después de llevarse por delante a dos de las sombras.

Sin haber llegado a verlos, Bineka supo que se trataba de un grupo de chimpancés al oír sus chillidos.

Su todoterreno frenó a fondo, pero por culpa del suelo embarrado perdió el control y se estampó contra el tronco de un centenario baobab a la derecha de la pista. El conductor y su acompañante atravesaron el cristal delantero para terminar quedando tendidos sobre el capó, quizá muertos.

Bineka se golpeó en la frente, por culpa de la brutal colisión, sin acertar a saber con qué. A su lado, el tal Matzim, con la cabeza vencida sobre el hombro, no se movía. Sangraba de forma copiosa por la cara y el cuello. El otro captor, el que había llevado a su derecha, acababa de abandonar el coche y le vio caminar con dificultad, agarrándose una pierna por la que asomaba un afilado hierro. Sintió apremio de huir, pero al impulsarse sobre el asiento para salir afuera tocó algo frío. Miró qué era. Se trataba de un revólver. Lo cogió, devolvió la mirada al asesino de su abuelo y le tentó la posibilidad de cobrarse el daño que le había producido. La idea la hizo temblar de arriba abajo. Pero en ese momento le vino a la cabeza la imagen de su abuelo muerto, la de Sanza y la de tantos amigos… Nunca había usado un arma, pero no lo dudó. Apuntó a su pecho, tomó aire y apretó el gatillo. El hombre rebotó sobre el asiento, soltó un terrible alarido y le dirigió una mirada de infinito odio; quizá su última mirada. Ella, antes de que pudiera reaccionar, escapó del vehículo, lanzó la pistola lejos y echó a correr muy asustada, de vuelta a su poblado, en dirección contraria a la que habían ido.

Pero a los pocos pasos se detuvo.

Frente a ella había una hembra muy grande de chimpancé, apoyada sobre el cuerpo aplastado de otro ejemplar, a simple vista más joven. Acariciaba su cabeza, puede que a la espera de obtener alguna reacción del otro, y de repente le metió los dedos en la boca, gimiendo a continuación cerca de su oído. Pero no respondía. Tras varios intentos más, la hembra se incorporó, un tanto aturdida, y empezó a dar vueltas alrededor del herido de una forma atropellada, con la respiración agitada y empujándolo cada poco, como si estuviera tratando de despertarlo de un sueño que no era tal.

De espaldas a Bineka, el resto de los simios se dirigieron a los todoterrenos sin dejar de chillar. Al volverse para mirar, vio cómo dos atacaban al sicario que había salido aturdido de su coche. Otros tiraban de los ya fallecidos, arrastraban sus cuerpos por el suelo y, cuando se cansaban de moverlos de un lado a otro, los golpeaban con inusitada furia. Contó tres chimpancés muertos. El resto parecían decididos a cobrarse su venganza allí mismo.

Bineka podía entender cómo se sentían.

Presa de un creciente pavor volvió a observar a la hembra, y cuando sus miradas se cruzaron empezó a temblar. La vio ponerse de pie y caminar hacia ella, muy resuelta. Aunque apenas la ganaba en altura por unos centímetros, la doblaba en fortaleza. Si se ponía a correr, sin duda la alcanzaría y podría ser mucho peor. Sintió la garganta seca y el corazón encogido. Entonces de improviso se oyó una fuerte explosión y una enorme llamarada envolvió el primer todoterreno; definitivamente, nadie iba a poder ayudarla.

Y en ese momento, al recordar una historia que le había contado su abuelo años atrás sobre cómo pudo evitar el ataque de un gorila macho en plena selva, decidió aplicar la misma solución: se tumbó al lado del animal muerto, todo lo quieta que pudo, con la respiración contenida y los ojos cerrados. La hembra, sorprendida, se sentó junto a ella y empezó a olisquearla con decidida curiosidad. Exploró su pelo, sus orejas, sus ojos; terminó acercándose tanto al rostro de Bineka que le hizo sentir su aliento en las mejillas, párpados y labios, mientras emitía un coro de suaves ronquidos, casi inaudibles.

La joven abrió los ojos y se volvieron a cruzar sus miradas. Le pareció ver una gran tristeza en la del animal, y sin pensárselo dos veces le ofreció la mano. La hembra se quedó parada contemplándola, hasta que posó un dedo en ella, arrastrándolo después a lo largo de su palma. Y Bineka, más confiada, empleó la otra para apenas rozar con ella su cara de una forma muy comedida, como le había visto hacer a ella. Y la hembra tampoco la rechazó.

Pero todo cambió cuando empezaron a acercarse los demás simios y fue objeto de al menos una docena de miradas bastante poco amistosas. Asustada, encogió las piernas sobre su cuerpo y cerró los ojos a la espera de ser víctima de sus golpes, como había visto hacer con los demás ocupantes de los todoterrenos.

Uno de ellos, el de gesto más fiero, la agarró por el tobillo y tiró con tanta fuerza de él que faltó poco para que se lo arrancara de la pierna. Otro más joven la cogió por el pelo y empezó a arrastrarla por el suelo sin compasión alguna. Bineka decidió, para no sufrir más de la cuenta, pensar en su abuelo Tonuk, en el vago recuerdo de sus padres, a quienes apenas había conocido, en Sanza, su mejor amiga. Notó muchas manos más, ásperas y firmes, asiéndola por piernas, brazos y cuello. Por un momento dudó si no la iban a descuartizar. Pero de pronto, y tras un agudo chillido que ahogó el ensordecedor coro de jadeos y silbidos que recorría el grupo, empezó a sentirse liberada de aquellas garras, una a una, hasta que abrió los ojos y descubrió el motivo.

La hembra a la que había acariciado se había interpuesto entre los chimpancés y ella para defenderla. Uno medio calvo y enorme, quizá fuese el macho del clan, le lanzó un aullido desafiante. Por toda respuesta, recibió un manotazo de la hembra que lo dejó parado. Los demás rebajaron al instante su agresividad y empezaron a dispersarse, de regreso al bosque.

Bineka deseó que aquella hembra se uniera a ellos y la dejara sola. No fue así. Su salvadora la cogió de la mano y tiró de ella, para poco después perderse las dos por la espesura.

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Autor: Gonzalo Giner. Título: La bruma verde. Editorial: Planeta. Venta: Todostulibros y Amazon

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