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La canallita prenavideña

La canallita prenavideña

22 de noviembre

Qué noche la de aquel día, en la Jaula de Fieras. Qué noche y qué primas más falsas me salieron ese día. No se presenta un libro cada semana, y mientras me colgaban el sambenito de bohemio iban dando cuenta del queso que bajaba Marcus. En realidad nos reunimos la tercera España y renegué falsamente de mi madridismo —faltó Pardeza—, pero todo fue por la cosa y el morbo de los focos. Después de encontrarnos a los últimos pijos de la Movida, Peláez y yo fuimos a santificar cordobesas en Malasaña. Me levanté sin resaca —Peláez es premium— y escribí algo sobre el procés.

El día antes me han mandado a Mingorrubio, entre ciervos y nostálgicos. Un miércoles los asadores de El Pardo tienen algo de balneario marino en noviembre. Lo que sé es que iba leyendo lo último de Medrano con una cita de Claudio Rodríguez en los labios. Enfrente de la cripta del gallego me dio un apretón, seguí leyendo, me quedé encerrado y salí a patadas. Andaba por allí el hijo de Utrera Molina, con el que intercambié unas palabras amables sobre nuestro común amigo, Manuel Alcántara que está en los cielos y en nuestras sobremesas más conversadas.

1 de diciembre

Me he levantado con una manta escocesa en un piso diáfano de Valladolid. En un sofá. En la mesa hay un ribera a medio terminar y una edición barata de El cuaderno gris. La noche anterior toqué con Pablo Amón en El Colmado de San Andrés a la sombra de un dálmata de porcelana y unas postales de Niza, o de lo que yo creí que era Niza. Teóricamente era un recital pero acabé imitando a García y delante de Manjarrés y del flamante premio Mingote, mi primo Nieto, que le mandó un mensaje a la Reina de mi parte.

6 de diciembre

Leo el Madrid de Carlos Aganzo en Tintablanca, que es la guía para redescubrir Madrid. Madrid la hemos hecho entre todos, pero especialmente renacentistas como Aganzo, que ha tomado la distancia suficiente para volver a redescubrirnos nuestra ciudad. En su guía literaria y primorosamente ilustrada se da cuenta de todo lo que ha venido aconteciendo en la puñetera rue desde que los moros vieron que había agua y corzos. Recorrer Madrid para las estampas de Domi del Postigo es también recordar a quién besé o quién me asaltó en aquella esquina.

Aganzo me ha vuelto a situar frente a mí y frente a mi ciudad, y como me dijo una vez Julio Anguita en la Judería de Córdoba, todo consiste en mirar con ojos renovados nuestras cuatro esquinas cotidianas. Con Carlos Aganzo somos viajeros aquí, donde entonces.

13 de diciembre

Sé que mi compañero Daniel Ramírez ha presentado un libro lírico sobre el Osasuna. Un libro sentido y bellamente escrito por el mejor prosista que ha importado Pamplona. A mí el Osasuna me cae gordo como equipo, pero es un estereotipo como otro cualquiera que tenemos sin saber exactamente por qué.

Aún así, lo mejor es el sentimiento que nos da el fútbol, que es la excusa que Pepe Domingo, Butano, Camus y Petón han encontrado para dar rienda suelta al escritor. Ramírez escribe con la ilusión de siempre, a pesar de que afuera atruene. Tiene la mirada del literato sobre Baroja, sobre un antepasado o sobre los bohemios que quedan en Madrid y que yo sólo conozco de vista (sic). Ramírez apunta a Cavia y no, no es sólo orgullo de compañero.

Arnao me llama sin saber que le tengo bloqueadas las llamadas entrantes. Marcos Ondarra y Santi Molina me hablan de fenomenología y yo les hablo de Induráin.

Termino un texto para un libro sobre Psiquiatría y las notas bibliográficas —que repasará Santiago Molina, SEO de Umbral— me dejan medio sonado.

En la agencia me aprietan las clavijas sobre La España canallita, y doy tiempo y espacio a un proyecto en el que va mucho de libertad. No por casualidad está en el ajo Camilo de Ory.

Pido a Papá Noel un poster genealógico de los Reyes de España, como el del Mariano.

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