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‘La conjura contra América’: ¿Qué harás cuando vengan a por ti?

‘La conjura contra América’: ¿Qué harás cuando vengan a por ti?

Acaba de terminar en la HBO el estreno de The Plot Against America, una miniserie de seis episodios en los que se imagina qué habría ocurrido si en lugar de entrar en la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se hubiera mantenido al margen, tras ganar las elecciones presidenciales Charles Lindbergh, el famoso aviador, vencedor en ellas con una campaña aislacionista y xenófoba. Basada en la novela de Philip Roth, fallecido en 2018, uno de los grandes que nunca ganó el Nobel, la trama explora en concreto las repercusiones de este giro histórico en la vida de una familia judía de New Jersey, los Levin, cuya existencia empieza a parecerse peligrosamente a la de sus correligionarios en la Alemania nazi.

La novela se publicó en 2004 y, como viene ocurriendo en los últimos años, todas esas ucronías o distopías escritas hace décadas (El cuento de la criada es otro ejemplo), basadas en el surgimiento de gobiernos inicialmente populistas y luego germen de odios internos, ahora se están considerando profecías que anunciaban correctamente lo que iba a ocurrir, al menos en los Estados Unidos de Donald Trump, mientras solo variaban los detalles. Los principales responsables de la serie son David Simon y Ed Burns, los creadores de The Corner y The Wire, entre otras, lo cual es una garantía inigualable de calidad.

[aviso de destripes de escaparates judíos en todo el texto]

Charles Lindbergh era un anónimo piloto de correo aéreo que en 1927 logró un hito en la historia de la aviación al ser la primera persona que hacía el vuelo en solitario Nueva York – París sin escalas (treinta y tres horas y media ininterrumpidas a bordo del Spirit of Saint Louis, un avión de un solo motor). De resultas de la hazaña, se convirtió en un héroe público y famoso, y en 1932 su hijo mayor (de los catorce que tuvo con cuatro mujeres diferentes sin siquiera divorciarse) fue secuestrado y asesinado. En 1935 la familia, harta del drama y la publicidad, se exilió a Europa, de donde volvieron cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en 1939. Aunque en público nunca mostró apoyo explícito a los nazis, Lindbergh sí que hizo manifestaciones antisemitas, y al respecto de la guerra se mostró firmemente anti-intervencionista, hasta el punto de ni siquiera estar a favor de enviar ayuda no militar al Reino Unido. El mismísimo presidente Franklin Roosevelt lo reprendió en público, y en abril de 1941 Lindbergh se salió de las fuerzas aéreas estadounidenses. En septiembre dio un discurso en el que decía que los británicos, los judíos y la administración de Roosevelt eran los tres grupos más importantes que presionaban en favor de que Estados Unidos entrara en la guerra, metiéndolos en el mismo saco que comunistas, intelectuales y anglófilos.

Y aquí es donde la Historia con mayúscula diverge de la literatura. En el universo paralelo de la novela, Lindbergh decide meterse en política y es elegido candidato presidencial por el partido republicano. Con un mensaje hipersimple repetido machaconamente, siempre igual, palabra por palabra («Tu decisión no es entre Lindbergh o Roosevelt, sino entre Lindbergh o la guerra»), sumado a la romántica imagen del héroe-candidato volando personalmente en su famoso monoplaza, de estado en estado, proyectada a toda pantalla en los noticiarios en blanco y negro de los cines de todo el país, Lindbergh gana unas elecciones en las que Roosevelt fue reelegido en la vida real (o al menos en nuestra línea temporal) y nombra a Henry Ford, el fabricante de automóviles, como ministro del interior. A partir de ahí, Lindbergh mantiene al país fuera de la guerra, firmando concordatos de no intervención con Japón y Alemania, recibe en la Casa Blanca a renombrados nazis, como Joachim von Ribbentrop y empieza a tomar sibilinas medidas para apartar de la vida pública a quien no piense como él, entre ellos a los judíos que no se avengan a colaborar.

Los Levin viven en Newark, el mismo lugar donde medio siglo más tarde «vivirán» los Soprano. La familia está compuesta por el padre, Herman, vendedor de seguros, la madre, Bess, de profesión ama de casa, y dos hijos. El mayor, Sandy, de catorce años, es un buen dibujante, y comparte con el pequeño, Philip, la afición por coleccionar sellos. La planta baja de la casa la alquilan a los Wishnow, otra familia judía cuyo hijo, Seldon, es un crío enclenque que parece tener problemas de desarrollo físicos y afectivos, pero al que se le da bien el ajedrez. También está por la casa Alvin, el veinteañero sobrino huérfano de Herman. Bess tiene una hermana mayor, Evelyn (interpretada por Winona Ryder), que a los cuarenta y pico años de edad está aún soltera y preocupada por ello.

En el libro no se oculta que esta familia son los propios Roth, con su apellido real y todo, pero el autor pidió a los responsables de la serie que lo cambiaran, ya que al firmar los derechos para la pantalla él perdía parte del control sobre lo que su familia real iba a decir y hacer en la trama. Philip tiene el mismo nombre y edad que el autor de la novela en esos años, así que vemos muchas escenas (o la novela entera, en su caso, escrita desde el futuro) desde el punto de vista de este chico de diez años, que no entiende aún qué tienen de diferente un judío y alguien que los odia. En el reparto de papeles políticos y sociales, en la familia Roth/Levin hay todo un espectro de reacciones entre la complicidad y la resistencia en este tiempo de desafío a los valores fundamentales. Herman, por mucho que sea un chupatintas de oficina, es el izquierdista de férreas convicciones, sin miedo de hablar alto de las injusticias y muy atento a los vaivenes de la política, sobre todo al programa radiofónico de Walter Winchell, un personaje real, también judío, hijo de emigrantes rusos (los Roth llegaron de Ucrania), mientras que la esposa se preocupa por la familia principalmente y a la menor señal de problemas quiere mudarse a Canadá con los críos. En la pareja hay una diferencia desde su crianza: mientras que Herman creció en un barrio judío, con tiendas, colegios, sinagogas y amigos judíos por todas partes, Bess creció en un sitio donde su familia era la única judía del lugar y los vecinos la señalaban a ella y a su casa por la calle, así que desde muy joven está acostumbrada a estar ojo avizor en cuanto a cualquier palabra más alta que otra.

El primer episodio, en junio de 1940, presenta a toda esta gente y a algunos más, mostrando lo que tienen que ganar y que perder en su vida cotidiana. Con Lindbergh aún no de campaña, pero poniendo de los nervios a Herman cada vez que habla por la radio, este debe decidir si aceptaría un ascenso en el trabajo que o le haría perder cuatro horas conduciendo al día o le obligaría a mudarse a una ciudad sin barrio judío, cosa que atemoriza mucho a Bessie. Evelyn, la solterona que últimamente está teniendo líos con hombres casados que nunca se van a divorciar, ahora se arrima a un rabino maduro, Lionel Bengelsdorf (interpretado por John Turturro).

A partir de ahí, una de las líneas maestras de la trama pasa por el rabino Bengelsdorf, que por ser de origen sureño, cree entender bien a la comunidad blanca, rural y gentil (en el sentido religioso del término) en la que Lindbergh busca apoyarse, y debido a su experiencia personal con gente amable y educada, ignora la corriente racista que subyace por todo el país, sobre todo en los estados más atrasados, donde el mensaje de que a ver quién quiere mandar a su hijo a morir en Europa tiene bastante calado. Así que, de buena fe pero equivocadamente, Bengelsdorf se convierte en el principal apoyo de Lindbergh entre la comunidad judía, o, como dice un airado Herman, «un agente blanqueador que purifica a Lindbergh para así poder tener permiso para votarle». En su ascenso social, Bengelsdorf se lleva con él a Evelyn como su pareja pública, que en seguida se ve cegada por el boato de las recepciones en la Casa Blanca, los despachos lujosos y la Importancia de Todo Esto. Esta situación va a causar una ruptura inevitable entre ella y su hermana y cuñado, especialmente cuando una nueva idea política del rabino les afecte a ellos personalmente. Bengelsdorf piensa que el problema es que los judíos y los gentiles no se conocen lo suficientemente bien entre ellos, y que si más gente judía viviera entre cristianos, todos se llevarían mejor y abandonarían sus prejuicios, así que apoya (y de nuevo, «blanquea») un programa gubernamental, Just Folks (Simplemente Gente / Gente Justa) para enviar a las familias judías del este del país por todos los demás estados. O sea, para deportarlos, dispersarlos, «americanizarlos» en escuelas no judías y obligarles a buscar nuevos empleos y circunstancias familiares, cosa que a Bengelsdorf ni siquiera se le ocurre. Sandy, el hijo mayor de los Levin, será por idea de Evelyn uno de los primeros elegidos, en principio como un simple campamento de verano en Kentucky, pero luego con el objetivo secreto de extenderlo a toda la familia. Y lo peor de todo es que a Sandy, adolescente al fin, le encanta la idea, e incluso se enfada con sus padres si no le dejan ir. Más aún, la experiencia funciona y Sandy pasa a ser «reclutador» de otros chavales judíos para hacer lo mismo. En nuevas broncas con los padres, llega a llamarlos «judíos de gueto» y «peores que Hitler». A medida que van pasando los días, la temperatura del agua caliente en la que están todas estas ranas va aumentando, y los ejemplos de antisemitismo más o menos casual van apareciendo: te cancelan una reserva en un hotel, te alargan los plazos de decisiones judiciales, te revientan reuniones sociales… Herman cada vez está más enfadado, pero más impotente.

Alvin, por su parte, disgustado de trabajitos y jefezuelos, y que por su talante de chico de la calle ha visto de primera mano lo embravecidos que empiezan a estar algunos grupos extremos, se alista en el ejército canadiense para poder matar nazis en Europa, que es lo único que ve como útil de verdad, y se convierte en experto en radares, pero al poco tiempo pierde una pierna en combate en Inglaterra y vuelve a casa. Con sus perspectivas laborales muy limitadas, por ser a la vez judío, tullido, ni siquiera héroe de guerra (al haber luchado con uniforme canadiense) y sospechoso de comunismo, Alvin ha de pasarse al estraperlo como manera de sobrevivir. Un día un grupo de activistas judíos buscan su ayuda para un trabajito especial, dado sus conocimientos de radar. Se trata de ayudarles a buscar un avión que vuela en medio de la noche. Alvin acepta, sin saber mucho más. Al día siguiente se informa de que el avión del presidente Lindbergh ha desaparecido. Y los acontecimientos se precipitan: la esposa de Lindbergh (que, recordemos, ya había pasado por lo del secuestro y muerte de su hijo mayor) es internada en un psiquiátrico, el vicepresidente de Lindbergh asume el poder, y las sospechas de culpa contra los judíos aumentan. El Ku Klux Klan campa a sus anchas, atacando no ya solo a los negros, sino a los judíos aislados que tan amablemente les ha enviado el gobierno como corderitos para el sacrificio (entre ellos, matan a la senora Wishnow, madre del debilucho Seldon). Walter Winchell, el locutor radiofónico judío, es despedido por hablar contra Bengelsdorf, comienza una campaña política para las siguientes elecciones y es asesinado durante un mítin.

De repente todo se arregla casi solo: la señora Lindbergh da un discurso público pidiendo el cese de la violencia y convocando nuevas elecciones, a las que vuelve a presentarse Roosevelt. Aquí la serie y la novela acaban de manera diferente. La serie termina con serias muestras de pucherazo, con gente bloqueada a la hora de votar y urnas enteras llenas de papeletas robadas y quemadas, y sin revelar el resultado de esas presidenciales extraordinarias del 42. En la novela Roosevelt vence, los japoneses atacan Pearl Harbor, Estados Unidos olvida el aislacionismo y entra en la guerra, y volvemos así a «nuestra» línea temporal tras ese desvío de un par de años, que queda como una simple pesadilla. En el epílogo hay incluso una teoría conspiratoria alucinante, pero «no necesariamente la menos convincente» que ata juntos el secuestro del bebé, la desaparición del avión y las relaciones de Lindbergh con Hitler. Léanla.

Los paralelismos entre Lindbergh y Trump se basan en la identidad de ambos como personajes famosos que no tenían nada que ver con la política y que fueron elegidos democráticamente hasta cierto punto por eso mismo: una parte de la población del país los vio como figuras conocidas y admiradas por haber alcanzado gran éxito en su campo profesional, libres de ataduras políticas y que decían públicamente las verdades que otros no querían, no se atrevían o sus maquinarias electorales no les dejaban decir. También se aprovecharon de que al principio de su candidatura su nombre les daba atención pública pero no responsabilidades reales, y de que nadie pensaba que fueran a llegar demasiado lejos, hasta que fue demasiado tarde. Y sobre todo, y este es el principal paralelismo, ambos buscan definir a los Estados Unidos como una creación WASP (blanca, anglosajona y protestante) que otros inmigrantes no acaban de entender y buscan socavar a la mínima, porque son «menos americanos», a pesar de que los Levin no son ortodoxos ni especialmente religiosos. El propio Roth, a menudo aclamado como el gran relator de la experiencia judío-americana en el siglo XX, nunca se vio a sí mismo como tal, sino simplemente como «un americano» con unas raíces definidas, pero sin prefijos necesarios. En esta novela y serie los «otros», los «ellos» de los que desconfiar desde los medios de comunicación (esa radio y esas cine-noticias que entran por la vista y el oído), son los judíos, y ahora serían los «violadores mexicanos» y los terroristas islámicos. Después de las dos victorias electorales de Barack Obama en 2008 y 2012 parecía imposible que se pudiera llegar a esto con el mismísimo presidente siguiente, pero como se ha visto, nunca se debe dejar de estar vigilante

Sin embargo, la novela, como la vida real, resiste la tentación de convertir su realidad creada en un océano de negrura eterna durante siglos, y sin evitar dificultades a sus protagonistas, muestra que no hay mal que cien años dure (ni diez quizá, en algún caso) y que hay un camino para salir de tiempos así. Y que ese camino pasa por la resistencia activa. De ahí ese final en el que se corta justo cuando se van a anunciar los resultados de unas importantes elecciones presidenciales. Justo como ocurrirá este mismo año, dentro de solo seis meses. Votar y expresar tu opinión es lo que Simon llama el mínimo exigible a cualquier ciudadano responsable: por eso esta serie ha llegado cuando lo ha hecho.

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