Quien lo probó, lo sabe; hay pocas cosas más peligrosas para la autoestima de un escritor que una feria del libro. Uno llega allí convencido de que su presencia constituye un acontecimiento cultural de primera magnitud y descubre, al cabo de unos minutos, que la cola que se forma frente a su caseta le corresponde en realidad al autor de al lado, un instagramer, o tiktoker, o lo que sea, que acaba de publicar un libro sobre cómo superar las adversidades mediante el consumo responsable de chirimoyas. El escritor, que quizá se haya tirado dos o tres años ocupado en una novela, empieza a preguntarse en qué momento tomó el camino equivocado mientras contempla deprimido cómo el joven despacha ejemplares a una velocidad vertiginosa. Las conclusiones que se sacan de esos trances suelen resultar desalentadoras. Las ferias y los festivales literarios tienen mucho de hogueras de vanidades. En ellos se congregan escritores que compiten por el favor de los lectores ―siempre me viene a la cabeza aquella escena de Astérix y el caldero: «¡Comprad, comprad, comprad mis hermosos jabalíes!»―, editores que compiten por el favor de los escritores y periodistas que procuran averiguar quién merece el privilegio de sus atenciones o que simplemente se dejan ir a ver qué va cayendo. Hay también agentes, representantes, prescriptores, críticos y una multitud de personajes que desempeñan funciones más o menos misteriosas. A veces, no muchas, incluso se habla de literatura.
Vicente Luis Mora conoce perfectamente ese ecosistema y ha decidido convertirlo en el escenario de Nosotras (Galaxia Gutenberg), una novela divertidísima que transcurre durante una sola jornada, el 23 de abril, en una Barcelona entregada a la celebración de Sant Jordi. Su protagonista es Coral P. Mengual, una filósofa de existencia precaria que se enfrenta a su primera experiencia como escritora en la gran fiesta catalana del libro. Lo que empieza siendo una inmersión en las miserias y grandezas del negocio editorial acaba convirtiéndose en una aventura desconcertante, una sucesión de acontecimientos que ponen en entredicho las certezas de Coral y, de paso, las del lector. Hay algo admirable en el modo en que Mora consigue que una novela circadiana, sometida en principio a los límites de una sola jornada, termine ensanchándose hasta adquirir dimensiones insospechadas. El tiempo parece estirarse, la realidad empieza a ofrecer síntomas de agotamiento y los personajes descubren que quizá no sean exactamente quienes creían ser. Por momentos me he acordado de Mulholland Drive, de David Lynch, o de Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick, dos películas en las que la normalidad acaba abriendo una puerta hacia territorios inquietantes, regidos por unas reglas que nadie termina de comprender. No diré más, porque buena parte del placer de esta novela reside en dejarse conducir por sus extravíos.
Sin embargo, antes de llegar a ellos conviene detenerse en el retrato que Mora hace de cierta literatura contemporánea. Una literatura que podríamos denominar nifunifesca, por su asombrosa capacidad para no decir absolutamente nada mientras aparenta estar revelando los grandes secretos de la condición humana. Son libros que ofrecen vacuidades envueltas en el trampantojo de una trascendencia impostada, historias que se anuncian como experiencias transformadoras y que, una vez despojadas de su envoltorio, apenas contienen cuatro lugares comunes. Lo verdaderamente extraordinario es que sus autores suelen presentarlas con una solemnidad inversamente proporcional a su sustancia. No se trata únicamente de una cuestión estética. También tiene que ver con la progresiva sustitución de la obra por el personaje que la firma. En determinados ámbitos, lo importante ya no es tanto lo que alguien escribe como la personalidad que consigue vender. El autor se convierte en una marca, su biografía en un argumento publicitario y sus apariciones públicas en una prolongación del producto. Importa menos haber escrito una buena novela que saber representar convincentemente el papel de quien podría haberla escrito. Y, si se dispone de una historia personal lo bastante conmovedora, quizá ni siquiera haga falta molestarse en lo primero. Mora se divierte desmontando estos mecanismos, pero sería injusto reducir su novela a una sátira del mundillo literario. Puede leerse como un thriller, con sus enigmas, sus amenazas y sus revelaciones, pero también como un ensayo narrativo sobre la fenomenología cultural de nuestro tiempo. Bajo su superficie humorística discurre una reflexión perturbadora acerca de la identidad, la construcción del yo y las ficciones mediante las cuales intentamos explicarnos quiénes somos. El autor juega con las voces, las perspectivas y las expectativas del lector hasta obligarlo a desconfiar de aquello que parecía más evidente. Y lo hace sin renunciar al humor, que es una de las grandes virtudes del libro. Entre los numerosos guiños que se esconden en sus páginas hay una mención sutil a Juan Benet y una alusión a Javier García Rodríguez, cosa pertinente porque estoy convencido de que Javier, con su inteligencia deslumbrante, su ironía y aquella manera tan suya de entender la literatura como un espacio propicio a todos los juegos, habría disfrutado como nadie de estas páginas. Sospecho también que habría encontrado en ella motivos para escribir alguno de esos textos suyos en los que compartían cama la erudición y la irreverencia.
Con todo, quizá lo mejor de Nosotras sea que, después de burlarse de casi todo el mundo, termina tomándose la literatura muy en serio. Mora parece recordarnos que escribir no consiste en fabricar una personalidad atractiva ni en envolver banalidades con papel de regalo, sino en construir una forma de conocimiento que sólo puede alcanzarse mediante la ficción. Una tarea bastante más difícil que hacerse una fotografía firmando ejemplares, aunque también mucho menos resultona en las redes sociales.


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