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La Costa Brava de Capote y el archipiélago de Agatha Christie

La Costa Brava de Capote y el archipiélago de Agatha Christie

El 26 de abril de 1960 Truman Capote llegó a Palamós (Costa Brava) en un Chevrolet negro. Traía 25 maletas y cuatro mil folios de anotaciones. Lo acompañaban su novio y secretario, Jack Dunphy, un bulldog y una gata siamesa. Apenas cinco meses antes se había producido el escalofriante asesinato en Kansas de la familia Clutter. Capote había exprimido la historia y los testimonios de los asesinos, Richard Eugene (Dick) Hickock y Perry Edward Smith. Pero no conseguía el tiempo suficiente para acometer la novela que tenía entre manos. El periodista y escritor, el enfant terrible de las letras norteamericanas, llegó a España con la intención de encerrarse a trabajar en la que sería su obra maestra: A sangre fría (1966).

Robert Ruark, un columnista de The Washington Post que había llegado a Gerona a mediados de los cincuenta, le aconsejó viajar a España para sentarse al fin a escribir. Esa es la razón por la cual Truman Capote eligió Palamós para avanzar en su intento. Capote eligió concretamente la playa de La Catifa, a la que regresó además en los veranos de 1961 y 1962. Fue allí donde recibió la noticia de la muerte de Marilyn Monroe. En aquella primera visita, alquiló una mansión en un pequeño montículo en una cala, frente al mar. Fue justamente en ese lugar donde acometió de a poco lo que tomaría forma final como A sangre fría.

"En aquella década, el Mediterráneo español recibió en sus calas figuras de verdadero relumbrón. Cadaqués no sólo era el lugar preferido de Dalí, sino también el de Duchamp"

El periodista Màrius Carol reconstruyó los itinerarios de Capote en el libro L’home dels pijames de seda, y en esas páginas reconstruyó los enclaves en los que Capote dio cuenta de la buena vida del Mediterráneo, en ocasiones en compañía de otros personajes famosos de la época que también visitaron el municipio, como Ruark o Ava Gardner. Capote solía ir a la calle mayor, donde compraba la prensa internacional o la ginebra para prepararse su dry martini, la casa de la zona de La Catifa, en la cual se instaló durante un verano o el hotel Trias y la vivienda situada en la cala Sanià, donde también estuvo alojado un tiempo.

«Esto es un pueblo de pescadores, el agua es tan clara y azul como el ojo de una sirena. Me levanto temprano porque los pescadores zarpan a las cinco de la mañana y arman tanto ruido que ni Rip Van Winkle —el protagonista de un cuento de Washington Irving que se quedó dormido 20 años bajo la sombra de un árbol— podría dormir», escribió Capote. En aquella década, el Mediterráneo español recibió en sus calas figuras de verdadero relumbrón. Cadaqués no sólo era el lugar preferido de Dalí, sino también el de Duchamp. Allí jugó algunas partidas de ajedrez con su vecina Rosa Regàs. Hasta allí arrastró también a algunos amigos, como Man Ray y su esposa Juliet y, más adelante, otros artistas como Richard Hamilton, John Cage, Merce Cunningham, Arman, Jean Tinguely, Niki de Saint Phalle, Roberto Matta o Dieter Roth. Todavía hoy puede verse la casa donde vivió, así como la plaza que lleva su nombre. Magritte, Pablo Picasso, Josep Pla, Paul Éluard y Eugenio D’Ors frecuentaron sus playas y lugares.

"Un río de exceso y confusión dominaba su vida. Tras desaparecer durante once días fue hallada con un cuadro de amnesia"

Capote no fue el único en caer rendido ante España. Agatha Christie llegó a Las Palmas de Gran Canaria en febrero de 1927. Tenía 37 años y una profunda crisis de nervios. Los últimos tiempos habían sido un calvario para la autora británica, la más prolífica exponente del policíaco moderno. Christie estaba a las puertas de su divorcio con Archibald Christie. Un río de exceso y confusión dominaba su vida. Tras desaparecer durante once días fue hallada con un cuadro de amnesia. Estaba registrada en un hotel con el nombre de la amante de su marido. A su regreso a Londres, a finales de 1926, se sometió a un tratamiento psiquiátrico.

Tras una leve mejoría, en febrero del año siguiente, la autora británica volvió a España. Tras pasar un par de semanas en Tenerife, en el Puerto de la Cruz, al que dedicó algunas menciones en The Mysterious Mr Quin, consiguió en Las Palmas un verdadero refugio. Aquel lugar acaparó su atención. Lo que se sabe de ese viaje de Christie lo ha recogido el historiador y especialista en turismo literario Nicolás González Lemus en El mes de Agatha Christie en Canarias. Ahí cuenta cómo la escritora británica se «hartó de las corrientes y de la constante panza de burro» del Puerto de la Cruz, que le impedían tomar sus ansiados baños de mar, razón por la cual decidió trasladarse hasta Gran Canaria. Sobre el surf, valga decir, se trata de un hobby que la escritora comenzó a practicar en la década de 1922, en Ciudad del Cabo y que solía practicar con cierta asiduidad.

Christie se alojó con su hija y su secretaria en el Metropol, un hotel construido y regido por británicos, donde la escritora se sentía como en casa: acudía a las cenas, se daba largos paseos y asistía a partidos de tenis. Las playas de Las Canteras  y Santa Catalina fueron algunas de las que escogió para sus baños de mar. Hizo también varias excursiones por la isla, una de ellas a Agaete, a unos 48 kilómetros, donde ambientó parte del relato La señorita de compañía, que forma parte de un libro más extenso llamado Miss Marple y los trece problemas. Aún muchos años después, y como recoge el  propio Lemus, Christie escribió en su autobiografía: “Las Palmas de Gran Canaria me parece aún el lugar ideal de descanso en los meses de invierno. Pero creo que hoy día se ha convertido en un gran centro turístico y ha perdido su encanto de entonces. En aquel tiempo era un lugar tranquilo y lleno de paz. Iba muy poca gente, salvo los que se quedaban uno o dos meses y lo preferían a Madeira”.

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