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La desmemoriada

La desmemoriada

Woman Reading by a Window – Julius Garibaldi Melchers

Espero. Limpio la casa, baño a la perra. Limpio no demasiado bien. Me gusta hacerlo siempre no demasiado bien. Las palmeras vibran detrás de la ventana. El mar es una cernidera que tamiza zahorra. La brisa. Una radial a lo lejos. Una amasadora vuelta y vuelta. Un chillido. Espero. Es otra de esas veces en las que espero. Una noticia, una llamada. Un ya, ven ya corriendo, coge las cosas, está muy mal; o no, un ya, todo está bien, se curó, se arregló, nadie se va a morir. A ratos leo. No mantengo la concentración más de cinco minutos seguidos. El libro es Desarticulaciones, de Silvia Molloy, y eso me ayuda. Es un libro desunido, como mis pensamientos ahora. Es curioso cómo se me cruzan los libros y la vida. Apunto una frase en la libreta: El hecho de verla bien vestida y bien peinada, sabiendo que otras manos la vistieron y la peinaron, agrega al patetismo, acrecienta ese aire de no persona que a veces le noto, de una no persona —valga la paradoja— muy digna. Continúo limpiando el baño. Hay arena en las esquinas del plato ducha. La perra me mira de lado a través de la puerta. Está mojada y se lame las patas. Me odia, tengo que esperar a que se le vaya el susto. Mami me llama. Me cuenta que habló con ella. Es raro hablar por teléfono con una desmemoriada. Atemoriza su capacidad de olvido y Mami está asustada aunque se ría. Lo sé, lo noto. ¿Están todos ay?, dice que le dijo a través del teléfono. ¿Están todos bien?, dice que le preguntó. Se lo dijo nada más conocer la voz de Mami o nada más fingir que la conocía. Sí, le dijo sí, estamos todos aquí, estamos todos bien. Vengan a jallarme namás ustedes puedan, dice que le rogó. Por favor, vengan a jallarme, que llevo quince días aquí dentro metida. La enfermera se rió, cuenta Mami. La enfermera era muerta de la risa, repite Mami. Y Mami se ríe como quien llora y yo me río como quien llora. ¿A quiénes se refería con todos? ¿Quiénes es toda esa gente de la que habla? ¿Acaso se refería a mí? ¿Acaso se va a acordar de mí cuando la desamarren de la cama y la dejen salir al mundo? ¿Es que va volver a salir al mundo alguna vez? ¿Por qué lo pierde todo menos la educación y la cortesía? No exige que la saquen de allí, solo pide por favor, en cuanto ustedes puedan, como si estuviese encerrada en el hospital porque andamos ocupados y no podemos ir a buscarla. Está un poco desorientada, dice Mami que le dijo la enfermera. Y yo pienso que normal. Quince días allí metida, dice Mami, quince días allí metida, dice, si solo lleva tres, se ríe Mami. Y yo pienso que normal. Hace cinco minutos para ella es toda una vida borrada. Me dio las gracias por ir a verla aunque sea de lejos, cuenta Mami que le dijo. Como si hubiese un bujerito por el teléfono de la enfermera que la conectase con mi madre. Mami cuelga y sigo limpiando. ¿Saben ese peso en el pecho? ¿Esa soga en el cogote? ¿Esas ganas de tragar un callao caliente? ¿De chascar arena? ¿De sangrar por la boca? Hay una raja en el fregadero por la que pasan las hormigas. Las ajucio como si fueran gatos asalvajados. Paso el paño con jabón de la loza por el poyo. Recuerdo la frase de Silvia Molloy. Me la imagino en la cama del hospital después de que la bañen. La veo. Ahí está. Lavada y planchada como una blusa nueva. La temo. Digo la temo y me asusto. Es la abuela mía. Debería darme paz y no miedo, pero me asusta. Me encojo de pensar en qué es lo que lleva metido en la cabeza de ella. Levanta los ojos a duras penas y me saluda en mi sueño. Le huelo la piel desde la puerta. La habitación jiede a cosas mojadas, a sábanas de franela húmedas dobladas dentro de una gaveta, a perros nadando en charcos, a badume y flores de lavanda; a perfume y mierda. Se queja. Hay un dolor aquí. Un dolor acá. Se señala el pellejo de los brazos, las manos, la vesícula, los órganos todos como si yo pudiera verlos con unos rayos X. Noto un dolor como un risco grande y negro metido dentro de la barriga de ella. En la boca del estómago. Un escozor, una picazón, las uñas peladas, la piel levantada y roja. Me río como quien aguanta la sonrisa en las fotos. Termino de fregar los cuatro platos que me quedan. ¿Quiénes somos nosotros?, pienso. A lo mejor hoy es el día en que se olvidó de mi cara. A lo mejor es hoy. Y yo estoy aquí. Limpiando.

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